Hay cristianos que dicen que la ficción no es realidad y por lo tanto no cabe dentro de la indicación “todo lo verdadero” en el que debemos meditar. Algunos creen que leer ficción nos puede llevar a tener malos deseos. Otros solo expresan que mientras no es malo leer ficción, no es lo más provechoso. Sugieren que lo mejor que podríamos hacer es leer historias reales, biografías o libros de ayuda espiritual. La ficción, en su opinion, es para el espíritu lo que la comida chatarra es para el cuerpo, quizás se disfrute pero no nutre.
Esto es falso.
- El humano está diseñado para ser formado por historias.
Generación tras generación de personas ha escuchado historias que advierten de peligros, que infunden identidad y lealtad y que exaltan las virtudes. Tristemente, se han contado otras historias también, historias que promueven la división, que exaltan el mal y que confunden el valor y la necedad. Nuestra cosmovisión se adapta al molde de las historias que creemos: Dios siempre es bueno, después de la muerte hay solo aniquilación, el universo es indiferente a la situación del ser humano, etc. Las historias a nuestro al rededor nos van a formar, solo queda decidir cuáles serán.

- Las historias pueden tocar al ser humano de manera única.
Es por esto que las historias nos forman. Un libro que no es ficción se lee con criterio (como debe ser), con defensas mentales o al menos con un filtro que evalúa si lo que se está leyendo es correcto o no. No puede alcanzar las profundidades del corazón que puede tocar la ficción. Las ideas y los principios que se esconden dentro de una historia pasan desapercibidas por los filtros y las defensas, simplemente tocan el corazón y se acomodan en los profundos rincones del ser. Esto no es malo, esta es la manera correcta de recibir las historias. (Es por eso que es tan importante elegir buenas historias.) Como un niño escucha un cuento de hadas y aprende que existen el bien y el mal, nosotros también absorbemos sin darnos cuenta los principios y las ideas que son parte de la ficción que leemos. Elegir buena ficción es una manera de formarnos a nosotros mismos para ser humanos más completos, para ser creyentes con una cosmovisión más cristiana.
- Cristo mismo usó la ficción.
Si ninguna otra razón convence al creyente, el hecho de que Cristo eligió enseñar mediante historias. Vez tras vez, Cristo contó una parábola, una historia ficticia, para cautivar la atención, para instruir y para hacer pensar a su público. Cristo que formó al ser humano, que sabe cómo tocar su corazón, enseñaba a través de la ficción.
No hay que tenerle miedo a la ficción, ni tampoco hay que negar los principios (ya sean verdaderos o falsos) que en ella se esconden. Como Cristo, podemos apreciar lo que la ficción hace por nosotros y aprovecharla para formar los corazones: los nuestros y los de los niños a nuestro cargo.
