12 cosas que aprendí en mi primer año como mamá

Aunque he tenido el deseo de ser mamá desde que tengo memoria, no había pensado mucho en todo lo que implicaría. Sí, había pensado en la importancia de la formación del carácter y cuáles serían las mejores maneras de hacerlo. No había pasado tanto tiempo pensando en los demás aspectos de ser mamá. En este año, he aprendido mucho y he tenido la oportunidad de meditar más en la vida de madre.

Imagen de Jonathan Sanchez en Unsplash
  1. Estoy sembrando hoy lo que no cosecharé durante años. 
  2. Yo necesito la estabilidad de una rutina diaria tanto como mi hijo.
  3. No tengo garantías que mi hijo seguirá al Señor. 
  4. Hacer esto sin un esposo sería increíblemente difícil. 
  5. Necesito tiempo a solas a diario para restaurar mi tranquilidad interna. 
  6. Necesito tiempo a solas con Dios más que nunca porque Él me da la perspectiva correcta de mi trabajo como mamá.
  7. Los sacrificios de mis padres al criar hijos lejos de su familia fueron inmensos.
  8. La salud de mi hijo es una bendición que no puedo dar por hecho.
  9. El gozo que llena mi corazón cuando veo que mi hijo aprende algo, me hace entender el gozo de Dios cuando yo doy un paso de madurez en la vida cristiana.
  10. Solo hay tiempo para lo realmente importante. Es imprescindible saber qué es lo realmente importante. 
  11. Mi hijo no tiene la vida garantizada, pero mi deber es enseñarle como si fuera a vivir muchos años sin mí. 
  12. Hay pocos trabajos tan importantes como el de criar hijos. A los pies de mamá, se forman los hombres que en la próxima generación guiarán al mundo.

Me interesaría también saber qué lecciones has aprendido tú si eres padre o madre. Y si no lo eres, qué lecciones aprendiste de tus padres.

Ser padres es un acto de fe.

Imagen de Nienke Burgers en Unsplash

Si hay algo que he aprendido en estos últimos 12 meses, es que ser padre es un acto de fe. Pocas cosas en mi vida han sido tan impredecibles como tener y criar a un hijo. 

Comenzando con el parto, que no tenía por qué ser complicado. Mi bebé y yo estábamos en perfecta salud. Pero, sí hubo complicaciones. Casi se muere el niño. A mí también me dejó secuelas el parto y perjudicó mi salud durante meses.

Mi hijo ya tiene un año y hemos comenzado a formar su carácter.

Procuramos enseñarle que la palabra “No” tiene consecuencias. Procuramos enseñarle que no siempre puede hacer lo que él quiere. Procuramos enseñarle que siempre, siempre, siempre le amamos.

Hacemos todo esto en fe. 

Hoy no podemos ver un carácter bien formado. No podemos saber si entendió el amor de Dios gracias a nuestro amor y lo aceptó. No hay forma de predecir cuál será el resultado de nuestra labor de crianza. Pero, tomamos cada paso en fe. 

Lo hacemos porque creemos la Palabra de Dios. 

No porque las Escrituras prometan que nuestro hijo será un adolescente bien portado. No porque Dios diga que será salvo. No porque tengamos la seguridad de que si somos buenos padres, él será buen hijo. No hay garantías. 

Las Escrituras sí nos mandan a formar su carácter. A enseñarle a obedecer. A instruirlo en sabiduría. A guiarlo por un camino adecuado para él. La Palabra de Dios nos manda y nosotros procuramos obedecer en fe.

Nuestra fe no está en los buenos resultados. Nuestra fe está en Dios. 

Antes del parto, pudimos confiar en Dios, no porque todo saldría bien, sino porque Él estaba en control y nos daría la fuerza que necesitábamos. Al formar el carácter de nuestro hijo, podemos confiar en Dios, no porque será una buena persona, sino porque Dios está en control y nos dará la gracia que necesitamos.

Ser padres es un acto de rendición de control. Es un acto de reconocimiento que Dios es soberano.

Ser padres es un acto de fe. 

Cuando soy un cristiano sin gozo

Imagen de Lesly Juarez en Unsplash

Cristo prometió vida en abundancia. Dio mandamientos para que nuestro gozo fuera cumplido. Nos dice que podemos regocijarnos siempre en el Señor. Entonces, ¿por qué hay días en los que me siento vacía? ¿Por qué paso tiempos sin ánimo?

¿Por qué soy un cristiano sin gozo?

En mi experiencia, la falta de gozo no viene por alguna falla del Señor, sino porque he olvidado ciertos hábitos saludables.

Cuando desaparece mi gozo en la vida cristiana, me doy cuenta de que he dejado a un lado ciertas prácticas.

1. Adorar antes de servir. 

Es un principio básico de la vida cristiana, que antes de servir, hay que adorar. Pero, es un principio que muy rápido olvidamos. Pasar tiempo en la presencia del Señor expresando aprecio por Su persona, nos prepara mental, emocional y espiritualmente para servir a los que nos rodean. Si dejo pasar demasiados días excesivamente en servicio, sin adorar, pronto se me acaba el gozo.

2. Meditar a diario. 

Subestimamos la importancia de tiempo en silencio en la presencia de Dios. En el silencio podemos poner en orden nuestros pensamientos. En el silencio, nuestra perspectiva cambia y vemos los altibajos de la vida como lo que son. En el silencio, podemos oír la voz de Dios de manera más clara a través de su Palabra. Todo esto contribuye al gozo interno y la paz personal frente a cualquier circunstancia de la vida.

3. Pasar tiempo en la naturaleza. 

Está bien comprobado que pasar tiempo en la naturaleza disminuye el estrés físico, mental y emocional. Es otro hábito que nos abre a disfrutar no solo la naturaleza misma, sino las demás bendiciones en la vida también, a pesar de cualquier problema o tribulación. Cuando mantengo mi hábito de pasar unos minutos bajo un árbol o entre las plantas del jardín o caminando en un parque, el Señor usa Su creación para darme gozo.

4. Moverme.

Es impresionante el impacto del ejercicio físico sobre todos los aspectos de la salud. Además de ser bueno para el cuerpo, el ejercicio físico tiene buenos efectos sobre la salud mental y el equilibrio emocional. El esfuerzo físico permite enfocarme en mi cuerpo y dejar a un lado los asuntos de la vida. Cuando regreso a la vida cotidiana, me siento mejor y estoy abierta a gozarme hasta en los detalles del día.

5. Recibir al igual que dar.

Es muy importante dar a otros de nuestro tiempo, de nuestra energía, de nuestros bienes. Pero, a veces olvidamos la importancia de recibir. Los que nos rodean tienen cosas que compartir con nosotros y si no permitimos que ellos nos den, perjudicamos nuestra relación y nos perjudicamos a nosotros mismos. Para poder gozarme en mis relaciones con los demás, Teo estar dispuesta a recibir. A veces se trata de pedir ayuda, a veces, de trabajar en conjunto, a veces, de permitir que alguien me dé un regalo. Cuando no solo doy, sino recibo, soy una persona más saludable con relaciones más saludables y es fácil gozarme en ellas.

Solo Dios da gozo. Pero practicar estos buenos hábitos me deja más abierta al gozo. Me aclara la mente, me enfoca el alma, abre mi corazón y puedo disfrutar más del gozo del Señor.

¿Qué tal tú? ¿Practicas alguno de estos hábitos? ¿Cuáles conducen al gozo en tu vida?

¿Cuál es la base de la presencia de Dios entre Su pueblo?

Sabemos que Dios vez tras vez ha hecho todo lo posible por habitar con los seres humanos. Pero, un Ser supremo, de justicia perfecta, de bondad perfecta, de santidad perfecta está tan elevado en comparación con estas pequeñas criaturas tan llenas de pecado, de imperfección y de rebelión… ¿cómo podremos habitar juntos? 

Esa es la historia de la Biblia. Todo se trata de precisamente ese problema y la solución: Cristo. El Antiguo Testamento está lleno de ilustraciones, sombras, figuras de Cristo. 

Una de las ilustraciones de Cristo más preciosas para mí es el tabernáculo. Y en el corazón del tabernáculo estaba el propiciatorio. Dios prometió estar ahí. El propiciatorio sería su habitación en la tierra.

“Allí me encontraré contigo, y desde encima del propiciatorio, de en medio de los querubines que están sobre el arca del testimonio, hablaré contigo de todo lo que te mande para los hijos de Israel.” 

Éxodo 25:22

¿Pero qué era el propiciatorio? ¿Porqué estaría la presencia de Dios ahí y no sobre algún otro mueble del tabernáculo? ¿Porqué no sobre el altar de bronce donde se hacían los sacrificios o sobre el altar de incienso en donde adoraban?

¿Qué tenía de especial el propiciatorio? 

El propiciatorio era un mueble hecho totalmente de oro que funcionaba como la tapadera del arca del pacto (o el arca del testimonio, como se le llama en la RVR 2015). Tenía dos esculturas de querubines, uno a cada extremo, que miraban hacia el centro del propiciatorio y extendían sus alas sobre él. Y una vez al año, entraba el sumo sacerdote de Israel al Lugar Santísimo y salpicaba sangre hacia y en el propiciatorio. En ese día el Señor perdonaba los pecados de Israel, les era propicio, es decir, les mostraba misericordia.

Es impactante que el lugar de la presencia de Dios era el lugar de la misericordia.

Solo gracias a la misericordia era posible que Dios habitara entre ellos. 

Hoy Dios también quiere habitar enter nosotros. ¿Y cuál es la base de la presencia de Dios entre Su pueblo?

Sigue siendo Su misericordia.

Cristo mismo fue la propiciación para poder acercarnos a Dios.

“…Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” 

Romanos 3:24, 25

Así, la distancia causada por el pecado desapareció gracias a la propiciación que hizo Cristo, gracias a la misericordia que nos mostró Dios.

“Cristo también padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios;” 

1 Pedro 3:18

“…no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia…” 

Tito 3:5

Hoy, Dios habita con cada creyente. Ya no esperamos que un sumo sacerdote entre ante el propiciatorio una vez al año. Hoy tenemos libre entrada, gracias a nuestro Gran Sumo Sacerdote quien abrió el velo para permitirnos libre acceso a Dios. 

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, …acerquémonos…” 

Hebreos 10:19-22

Y cuando entramos ¿qué encontramos? 

Aún hoy, vemos un propiciatorio, un lugar de misericordia y, así como en el tabernáculo del Antiguo Testamento, lo vemos cubierto de sangre. Pero, no de animales, sino sangre de nuestro Señor Jesucristo, quien obtuvo misericordia para cada creyente. 

La presencia de Dios aquí siempre ha sido, hoy es y siempre será solamente gracias a Su gran misericordia.

Dios contesta la oración. ¿Y si no?

Escribí este artículo para el Centro Evangélico de Zapopan pero también quise compartirlo aquí.

Imagen de Nik Shuliahin en Unsplash

Cada cristiano ha pasado por ese momento en el que se pregunta por qué Dios no le ha contestado su oración. 

Le pedimos salud y el cáncer aún asedia. 

Le pedimos protección y sucede el accidente vehicular. 

Le pedimos ayuda con nuestros hijos y siguen rebeldes. 

En Daniel 3: 17 y 18, Ananías, Misael y Azarías estaban preparados para una situación así: 

—He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

Ellos sabían que Dios los podía librar del horno con que el rey los amenazaba. Pero, también reconocían que Dios no lo había garantizado.  

“Y si no…” 

¿Y si Dios no los libraba?

Aún le serían fieles. Aún le adorarían. Aún rechazarían a cualquier otro dios. 

Porque aún si Dios no los libraba, seguía siendo Dios, seguía siendo bueno, seguía siendo digno de su devoción. 

El Señor Jesucristo nos puso el ejemplo de cómo orar, hasta en la crisis más intensa:

“No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Esta oración es una declaración de fe como la de Ananías, Misael y Azarías. 

“Señor, te pido salud. No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

“Señor, protégenos. No se haga mi voluntad, sino la tuya.” 

“Señor, toca el corazón de mis hijos. No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Con esa oración declaramos que Dios sigue siendo Dios.

Aún cuando no se hace lo que nosotros pedimos, aún cuando Dios no nos libra, aún cuando parece que no nos oye, Dios es bueno, justo y digno. 

Quizás recibamos la respuesta más adelante. Quizás Dios nos tenga algo mejor. Quizás necesitemos aprender una lección. Sepamos o no la razón por la que Dios no nos ha respondido como queremos, podemos seguir el ejemplo de Ananías, Misael, Azarías y Cristo. Podemos confiar que Dios es es bueno, es digno y que, a final de cuentas, se hará Su buena, agradable y perfecta voluntad.

“Y si no…”

“No se haga mi voluntad sino la tuya.”