¿Sabías que existen dos tipos de bondad?

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Ninguno hay bueno, sino solo uno: Dios.

Mateo 19:17

Tú que eres creyente en Cristo, lo sabes.

A la vez, conoces gente buena, algunos cristianos, otros no. Si tú, como yo, has percibido un hueco en tu teología o filosofía porque no tienes cómo explicar esto, ¡permíteme compartir contigo algo que transformó mi concepto de la Bondad!

¿Cómo explicamos la bondad de los que no conocen a Dios? 

Según la filosofía griega y antiguos teólogos, existe más de un tipo de bondad. Tomás de Aquino fue el primero en nombrar las virtudes teológicas (la fe, la esperanza y el amor), en contraste con las virtudes cardinales. C. S. Lewis dedicó una gran sección de su libro Mero Cristianismo a las virtudes para explicar el lugar que tienen en la vida de un cristiano. La teoría que aquellos dos hombres y muchos más proponen es que existe el “ser buena persona” de manera natural, ejerciendo las virtudes cardinales (la prudencia, la templanza, la fortaleza o valentía y la justicia) y es diferente a ejercer las virtudes teológicas (la fe, la esperanza y el amor) que solo se reciben de parte de Dios y no mediante un esfuerzo propio de disciplina personal. Cuando alguien es “buena persona,” demuestra bondad. Pero, es importante discernir entre la bondad no espiritual adquirida mediante disciplina personal y la bondad teológica que es imposible antes de nacer de nuevo.

Ya conocemos la Bondad teológica que viene de Dios.

Está relacionada con la nueva naturaleza a los que han creído en Él. Su Espíritu transforma nuestra mente y moldea nuestro carácter para que podamos ser más como Él, el estándar máximo de la Bondad.

Pero, existe otro tipo de bondad.

La llamo bondad “natural”. Hay ciertas características que cualquier persona, hecha a imagen y semejanza de Dios, puede buscar y tener, sea creyente o no.  En este mundo, hay la posibilidad de un jefe generoso, de un juez justo, de un desconocido respetuoso.  Existen buenas madres, buenos entrenadores, buenas doctoras. Estas personas muestran bondad, son prudentes, moderadas, justas y valientes. 

Esta bondad es natural porque que se puede fomentar sin el Espíritu de Dios. 

Es diferente de la bondad teológica que solo se produce en el creyente a través de la obra del Espíritu Santo. 

Entender esta bondad natural es importante.

Primero, porque todos sabemos que existe. Conocemos personas no creyentes con un buen carácter. Somos testigos de gente buena que no conoce a Dios.

Nadie puede negar que hay bondad en la humanidad. 

Y en segundo lugar, porque es una referencia directa a la Bondad divina. La bondad divina es el estándar de todo lo bueno. El simple hecho de que todos podemos reconocer bondad en las acciones de alguien, implica que existe un estándar externo a nosotros con el que podemos medir la bondad. Este estándar de bondad es Dios. 

Así que la bondad natural, nos lleva a concluir que existe una Bondad divina.

Es solo después de conocer al Dios bondadoso, que podemos producir, a través de su obra en nuestra alma, bondad teológica o espiritual.

El creyente, entonces, produce bondad natural y divina.

Pero no en su propia fuerza. Esta transformación para ser más como Cristo se lleva a cabo solo por la gracia de Dios obrando en su vida.

Una persona no creyente, puede buscar la bondad natural y a través de disciplina personal lograr bastante. Pero, siempre será una lucha en contra de su naturaleza. 

El creyente ya tiene ganada esta lucha. La vieja naturaleza ya murió y su disciplina personal tiene todo el apoyo de la nueva naturaleza, para producir no solo la bondad natural, sino también la espiritual. 

Saber sobre la bondad natural cambia nuestra visión del mundo. 

Ahora podemos entender que existe la bondad en el mundo, pero incompleta.

Existe este reflejo de la Bondad de Dios, pero solo en parte.

Y cuando alguien se convierte a Cristo, ya puede reflejar de manera completa la Bondad divina.

Puede fomentar, no solo la bondad natural, sino también la bondad espiritual y verá el fruto del Espíritu en su vida.

Entender la diferencia entre la bondad natural y la bondad teológica o espiritual, me impactó muchísimo y espero esta explicación también te haya ayudado. 

Cuéntame, ¿habías pensado antes en la bondad natural, quizás con otro nombre? ¿Qué te sorprende de la bondad natural? ¿Qué dudas te quedan del tema?

esperanza para una vida difícil

Imagen de Adrian Swancar en Unsplash

La vida es difícil.

Es impossible vivir sin enfrentar problemas que amenazan con quebrantarnos. Cada ser humano se enfrenta con un obstáculo imposible. La pérdida trágica de un ser querido, un diagnóstico devastador, un ataque traumático… la vida está llena de momentos oscuros, de sufrimiento, de maldad plena. 

Cuando Marta se enfrentó con la muerte de su hermano, y Cristo le prometió que volvería a vivir, ella afirmó que sí creía que algún día su hermano resucitaría. Y a veces, nosotros, atascados en la oscuridad, podemos pensar, como ella, que aquí, en la vida, lo que nos toca es dificultad y sufrimiento, y que tendremos gozo y paz en algún lejano día, después de la muerte, en el cielo. 

Pero, Cristo no solo vino para salvarnos de la muerte eterna.

No solo da esperanza para un futuro.

Él también da esperanza para el aquí y el ahora. 

“…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”

Juan 10:10

Cristo nos quiere dar vida en abundancia. Quiere mostrarnos su bondad, quiere que vivamos en la luz a pesar de la oscuridad que nos rodea. Él nos ofrece paz en plena tragedia. 

Mientras no promete quitar las dificultades, no promete que evitaremos las consecuencias de la maldad en el mundo, sí nos muestra misericordias nuevas cada mañana. Aquí, en la tierra, mientras vivimos, podemos comprobar la bondad de nuestro Dios.

Aún cuando sufrimos la maldad de otras personas, aún cuando la enfermedad nos ataca con dolor a diario, cuando nos ahogamos en la oscuridad que nos rodea, tenemos esperanza. 

Tenemos esperanza en nuestro Dios que siempre es bueno y nos mostrará su bondad no solo en la eternidad. 

Dios nos mostrará su bondad aquí, hoy.

“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová

en la tierra de los vivientes.”

Salmo 27:13

12 cosas que aprendí en mi primer año como mamá

Aunque he tenido el deseo de ser mamá desde que tengo memoria, no había pensado mucho en todo lo que implicaría. Sí, había pensado en la importancia de la formación del carácter y cuáles serían las mejores maneras de hacerlo. No había pasado tanto tiempo pensando en los demás aspectos de ser mamá. En este año, he aprendido mucho y he tenido la oportunidad de meditar más en la vida de madre.

Imagen de Jonathan Sanchez en Unsplash
  1. Estoy sembrando hoy lo que no cosecharé durante años. 
  2. Yo necesito la estabilidad de una rutina diaria tanto como mi hijo.
  3. No tengo garantías que mi hijo seguirá al Señor. 
  4. Hacer esto sin un esposo sería increíblemente difícil. 
  5. Necesito tiempo a solas a diario para restaurar mi tranquilidad interna. 
  6. Necesito tiempo a solas con Dios más que nunca porque Él me da la perspectiva correcta de mi trabajo como mamá.
  7. Los sacrificios de mis padres al criar hijos lejos de su familia fueron inmensos.
  8. La salud de mi hijo es una bendición que no puedo dar por hecho.
  9. El gozo que llena mi corazón cuando veo que mi hijo aprende algo, me hace entender el gozo de Dios cuando yo doy un paso de madurez en la vida cristiana.
  10. Solo hay tiempo para lo realmente importante. Es imprescindible saber qué es lo realmente importante. 
  11. Mi hijo no tiene la vida garantizada, pero mi deber es enseñarle como si fuera a vivir muchos años sin mí. 
  12. Hay pocos trabajos tan importantes como el de criar hijos. A los pies de mamá, se forman los hombres que en la próxima generación guiarán al mundo.

Me interesaría también saber qué lecciones has aprendido tú si eres padre o madre. Y si no lo eres, qué lecciones aprendiste de tus padres.

Ser padres es un acto de fe.

Imagen de Nienke Burgers en Unsplash

Si hay algo que he aprendido en estos últimos 12 meses, es que ser padre es un acto de fe. Pocas cosas en mi vida han sido tan impredecibles como tener y criar a un hijo. 

Comenzando con el parto, que no tenía por qué ser complicado. Mi bebé y yo estábamos en perfecta salud. Pero, sí hubo complicaciones. Casi se muere el niño. A mí también me dejó secuelas el parto y perjudicó mi salud durante meses.

Mi hijo ya tiene un año y hemos comenzado a formar su carácter.

Procuramos enseñarle que la palabra “No” tiene consecuencias. Procuramos enseñarle que no siempre puede hacer lo que él quiere. Procuramos enseñarle que siempre, siempre, siempre le amamos.

Hacemos todo esto en fe. 

Hoy no podemos ver un carácter bien formado. No podemos saber si entendió el amor de Dios gracias a nuestro amor y lo aceptó. No hay forma de predecir cuál será el resultado de nuestra labor de crianza. Pero, tomamos cada paso en fe. 

Lo hacemos porque creemos la Palabra de Dios. 

No porque las Escrituras prometan que nuestro hijo será un adolescente bien portado. No porque Dios diga que será salvo. No porque tengamos la seguridad de que si somos buenos padres, él será buen hijo. No hay garantías. 

Las Escrituras sí nos mandan a formar su carácter. A enseñarle a obedecer. A instruirlo en sabiduría. A guiarlo por un camino adecuado para él. La Palabra de Dios nos manda y nosotros procuramos obedecer en fe.

Nuestra fe no está en los buenos resultados. Nuestra fe está en Dios. 

Antes del parto, pudimos confiar en Dios, no porque todo saldría bien, sino porque Él estaba en control y nos daría la fuerza que necesitábamos. Al formar el carácter de nuestro hijo, podemos confiar en Dios, no porque será una buena persona, sino porque Dios está en control y nos dará la gracia que necesitamos.

Ser padres es un acto de rendición de control. Es un acto de reconocimiento que Dios es soberano.

Ser padres es un acto de fe. 

Dios contesta la oración. ¿Y si no?

Escribí este artículo para el Centro Evangélico de Zapopan pero también quise compartirlo aquí.

Imagen de Nik Shuliahin en Unsplash

Cada cristiano ha pasado por ese momento en el que se pregunta por qué Dios no le ha contestado su oración. 

Le pedimos salud y el cáncer aún asedia. 

Le pedimos protección y sucede el accidente vehicular. 

Le pedimos ayuda con nuestros hijos y siguen rebeldes. 

En Daniel 3: 17 y 18, Ananías, Misael y Azarías estaban preparados para una situación así: 

—He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

Ellos sabían que Dios los podía librar del horno con que el rey los amenazaba. Pero, también reconocían que Dios no lo había garantizado.  

“Y si no…” 

¿Y si Dios no los libraba?

Aún le serían fieles. Aún le adorarían. Aún rechazarían a cualquier otro dios. 

Porque aún si Dios no los libraba, seguía siendo Dios, seguía siendo bueno, seguía siendo digno de su devoción. 

El Señor Jesucristo nos puso el ejemplo de cómo orar, hasta en la crisis más intensa:

“No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Esta oración es una declaración de fe como la de Ananías, Misael y Azarías. 

“Señor, te pido salud. No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

“Señor, protégenos. No se haga mi voluntad, sino la tuya.” 

“Señor, toca el corazón de mis hijos. No se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Con esa oración declaramos que Dios sigue siendo Dios.

Aún cuando no se hace lo que nosotros pedimos, aún cuando Dios no nos libra, aún cuando parece que no nos oye, Dios es bueno, justo y digno. 

Quizás recibamos la respuesta más adelante. Quizás Dios nos tenga algo mejor. Quizás necesitemos aprender una lección. Sepamos o no la razón por la que Dios no nos ha respondido como queremos, podemos seguir el ejemplo de Ananías, Misael, Azarías y Cristo. Podemos confiar que Dios es es bueno, es digno y que, a final de cuentas, se hará Su buena, agradable y perfecta voluntad.

“Y si no…”

“No se haga mi voluntad sino la tuya.”