¡No es justo! (Cuando Dios no contesta mi oración como yo quería)

En la revista Esencia, publicaron un artículo mío sobre la oración.

Son pocos los que no conocen la historia de las plagas de Egipto que Dios usó para sacar a los Israelitas de su esclavitud. Pero si Dios hubiera hecho las cosas según quería Moisés, esa historia no existiría.  [Leer más…]

Dios, dame…

Estos pensamientos se publicaron en la revista Esencia. ¡Espero los disfruten!

Los Israelitas tenían un Rey, pero durante toda la época de los jueces se rehusaron a reconocerlo.

¿Será que le pedimos a Dios cosas que ya tenemos? 

La nación de Israel hizo esto con algo muy importante: el rey. El libro de los Jueces menciona con frecuencia que en aquellos días días no había rey en Israel (Jueces 17:6; 18:1; 19:1; 21:25) y me pregunto si esto refleja la perspectiva errónea de los Israelitas más que la realidad. [Leer más…]

Lo que Dios promete darnos

Hace unas semanas, publicaron unos pensamientos míos en Esencia. ¡Espero te sean de bendición!

Si Dios se te apareciera y te dijera: «Pídeme lo que quieras», ¿qué pedirías? Esto realmente le sucedió al hijo del Rey David. [Leer más…]

Instrucciones para un hogar piadoso

Como padres nuevos, mi esposo y yo queremos hacer todo lo posible por establecer el mejor hogar posible. Un hogar lleno de cultura, de retos físicos y mentales, de aprecio por lo práctico, al igual que lo bello, pero más que nada, un hogar piadoso, un hogar que honra a Dios.

Imagen de Kelly Sikkema en Unsplash

En Deuteronomio 11:18 al 20 creo que encontré cómo establecer ese hogar.

“Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes,y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas…”

Aquí están las instrucciones para un hogar piadoso. Todo empieza con uno, de manera personal.

En el versículo 18, la Palabra de Dios debe estar:

En mi corazón: dirige mis emociones. 

En mi alma: dirige mi ser, quién soy.

En mi mano: dirige lo que hago. 

Entre mis ojos: dirige lo que veo, o quizás mejor dicho, en lo que enfoco la mirada.

Es que nosotros muchas vemos tenemos esto al revés. Permitimos que nuestras emociones nos guíen. Creemos que lo que rige nuestra vida es quienes somos, según nuestra personalidad o nuestros rasgos de carácter más fuertes. Para saber todo sobre alguien, le preguntamos a qué se dedica, como si su trabajo lo definiera. Y nos dejamos llevar por lo que vemos. Pero, todas estas cosas que creemos que nos definen como personas, se deben verificar, y de hecho, regir por la Palabra de Dios.

Luego, las instrucciones sobre el hogar en general. El versículo 19, indica qué estará en mi boca. Debo hablar de la Palabra de Dios: 

Sentado en la casa: relajado con la familia. 

Andando por el camino: en las actividades del día con otras personas. 

Acostado en la cama: descansando con mi pareja. 

Levantándome por la mañana: al iniciar el día solo.

Sin importar con quién hablamos, aunque sea solo nuestro monólogo interno, tenemos un tema recurrente. ¿De qué hablamos? Cuando pasamos un rato en familia en el patio, cuando conversamos con conocidos en el trabajo o la escuela, cuando platicamos con nuestra pareja, y en nuestros pensamientos a solas ¿cuál es nuestro tema? No deben ser exclusivamente las Escrituras. Pero sí, debe estar siempre en conformidad con la Palabra de Dios.

Finalmente, lo que me pareció más importante para un hogar piadoso, se encuentra en el versículo 20. La Palabra de Dios está escrita en dos lugares claves de la casa:

En los postes de la casa: sostiene al hogar. 

En las puertas: se anuncia a los vecinos y a los que pasan.

La Palabra de Dios debe ser las columnas que sostienen nuestro hogar. Sobre ella tomaremos las decisiones para nuestra familia, sobre ella nos apoyaremos para saber qué permitir y qué no, sobre ella fundaremos los principios que inculcamos en nuestros hijos. 

Y la Palabra de Dios debe desplegarse abiertamente desde mi hogar hacia el mundo. Mi testimonio debe ser claro. La Palabra de Dios, escrita en mi puerta.

¡Qué reto tan grande! 

Dejarme dirigir por la Palabra de Dios de manera personal. Hablar de la Palabra de Dios con todos los que me rodean. Basar mi hogar en la Palabra de Dios y dejarlo muy en claro para los que pasan por la puerta. 

Pero, ¡qué belleza de hogar! ¿No?

El sufrimiento: la puerta al gozo

“Cualquier cosa, si se entrega a Dios, puede ser tu puerta al gozo.” —Elisabeth Elliot

Imagen de Denny Müller en Unsplash

Como esta autora es una de mis héroes, esta frase me es muy conocida, pero últimamente ha sido un tema recurrente. Algo similar surgió en una conversación con mi esposo anoche. Y hace poco leí en un libro devocional, “Aunque no tenga el privilegio de ser crucificado, de ser martirizado de manera literal para Dios, sí tengo el privilegio de ofrecerle lo que sea que Él me ha dado.” 

Esta verdad le da un propósito especial a cada cosa que llega a la vida. 

Si pasas años soltera, deseando un marido, esa soledad puede ser una ofrenda a Dios. Si Dios te llama a ir lejos de tu familia, puedes recibir las dificultades del choque de culturas como algo para ofrecerle en ofrenda. Si vives con una enfermedad crónica, puedes poner tu sufrimiento físico sobre el altar de tu vida como ofrenda a Dios.

Puedo dar todo lo que llega a mi vida en ofrenda a Dios. 

Puedo llevar ante Dios en oración lo que estoy sufriendo, no solo para desahogarme, sino también para dejarlo a sus pies en sacrificio. Para aceptar que Él permitió que esto entrara en mi vida. Para reconocer que si lo dejo en Sus manos, lo usará para bien. 

Cristo fue nuestro máximo ejemplo de esto, obviamente, porque por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz. Su sufrimiento fue su puerta al gozo. 

Nuestro sufrimiento tampoco es en vano. Nuestro sufrimiento también puede ser nuestra puerta al gozo. Depende de lo que hagamos con él. 

Podemos tolerar el sufrimiento, esperando a que pase, preguntándonos por qué nos sucedió. O podemos entregar nuestro sufrimiento a Dios, en oración ponerlo en sus manos, para que Él lo use según Su sabiduría. Una es la puerta a la amargura. La otra, la puerta al gozo.