días cotidianos

Hay más honra para Dios
En días cotidianos bien vividos
Que en actos “muy gloriosos”.
Se complace mucho más
En días cotidianos bien vividos.

¡Hay tanto que hacer!

Imagen de Glenn Carstens-Peters en Unsplash

¡Hay tanto que hacer!

No necesito hacer una lista de tareas. Cuando leíste esa frase, seguramente vino a tu mente cosas que sientes que debes hacer. Nuestros quehaceres nos abruman, muchas veces. Y es por eso que he sentido tanta libertad en la palabra “No”. 

Soy la persona más dispuesta a ayudar, a suplir necesidades, a estar ahí para arreglar, apoyar, añadir… y me abrumo yo sola. Es un hábito terrible que me ha dejado totalmente exhausta y vacía en más de una ocasión. 

Pero, el mismo Señor Jesucristo que es Dios Omnipotente no lo hacía todo cuando estaba aquí en la tierra. ¿Qué me hace pensar que yo sí podré con todo?

El Señor Jesucristo se retiró en más de una ocasión para estar a solas, o para descansar con sus discípulos. Dejó ciudades enteras que querían verlo para ir a lugares en donde no lo seguirían. 

¡Había tanto que hacer! 

Había demonios que podría echar fuera, enfermos que  podría sanar, pobres que podría alimentar. Pero, el Señor Jesucristo no dejó que todo lo  posible lo distrajera de lo imprescindible. El Señor dijo “No” a muchas cosas buenas que no eran parte de su misión.

Yo también, como tu, tengo un llamado específico. Tengo una razón por la que Dios me puso en este lugar. 

Tengo una misión específica. 

Y eso me da la liberta de decir “No” a todo lo que podría hacer que no es parte de mi misión. 

No tengo por qué presionarme a hacer algo que otros hacen muy bien. No tengo por qué apoyar en un proyecto que, mientras interesante, no tiene nada que ver con mi llamado. No tengo por qué sentirme culpable si no digo “Sí” a cada oportunidad que se me presenta. Al contrario. 

Cristo, nuestro ejemplo a seguir, dejó sin hacer muchas cosas buenas para enfocarse en lo mejor, en Su misión.  Tenemos el privilegio de hacer lo mismo.

ignoro la obra de Dios

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Imagen de Alexandr Bormotin en Unsplash

Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas. Eclesiastés 11:5

Cada uno de nosotros puede ser usado por Dios para cumplir Sus propósitos.

Él nos llama a obras y servicios específicos y si obedecemos, podemos servirle y tener el privilegio de ser parte de Su obra.

Pero, nunca debemos caer en el error de creer que sabemos lo que Dios está haciendo. 

Para mí, es fácil creer que yo sé el siguiente paso de la obra. Puedo analizar cómo creo que progresará después de una serie de predicaciones, o suponer que después de cierta enseñanza se podrá establecer una asamblea. 

La verdad es que realmente yo no sé. 

Mientras yo me enfoco en la cantidad de niños que vienen a las clases bíblicas o en un espíritu de servicio que veo en algún hermano, el Señor está obrando invisiblemente en corazones que yo ni tomo en cuenta. 

Leer este versículo fue un muy buen recordatorio para mí. 

Yo soy sierva en la obra de Dios. Pero eso no quiere decir que yo sé o entiendo lo que Dios está haciendo. Mi propósito es obedecerle. Y sí, me corresponde enseñar y plantar semillas de verdad en los corazones de los que me rodean, pero también debo abrirme a cualquier posibilidad que Dios pone delante de mí. 

Él es el Señor de la mies. 

Él sabe lo que hace. 

Yo no sé. Ni es necesario que yo sepa.

Sólo me corresponde hacer lo que Él me pida. 

si eres cristiano, eres misionero (2/3)

Si eres cristiano, eres misionero.

Hace unos días, publiqué las razones por las que cada creyente debe ser misionero.

Hoy, en contraste, voy a compartir los peligros de no ser misionero.

Primero, veamos las razones por no ser misionero, creo que se pueden dividir en tres categorías:

  • egocentrismo,
  • cobardía e
  • indiferencia.

Bajo el egocentrismo caben las razones que tienen que ver con uno mismo.

“No tengo tiempo.”

“Me van a tachar de fanático y ya no respetarán mi trabajo.”

“ No puedo sacrificar parte del tiempo que dedico a la tarea por eso .”

 

La cobardía conlleva otro tipo de razones.

“No me puedo arriesgar a compartirlo allí.”

“Me sacarían del club si les contara del evangelio.”

“¿Qué tal si mi profesor me calla?”

 

Y finalmente, la indiferencia suena así:

“No sabría qué decir.”

“¿Cómo sé si les interesa o no el evangelio?”

“Ahorita no es el momento.”

Si esas son las razones (por no decir excusas) para no compartir el evangelio,

¿cuáles son los resultados cuando el creyente no comparte el evangelio?

1. Dios no recibe gloria.

Cuando se predica el evangelio, Dios recibe gloria. Gloria, por nuestra obediencia, por la obediencia de otros al evangelio y porque simplemente estamos hablando bien de Él. ¿Y cuando decidimos no predicarla? ¡Es como si quisiéramos privarle de Su merecida gloria!

2. Se pierden almas.

Cuando se predica el evangelio, almas se salvan. ¿Y cuando no se predica? ¿Qué tal si es la única ocasión cuando el pecador está dispuesto a escuchar el evangelio? ¿Qué tal si es el momento de más sensibilidad espiritual? No te lo quieres perder, ¡porque quizás se pierda esa alma!

3. Te pierdes un galardón.

Cuando se predica el evangelio, hay galardón para el que lo comparte. Dios premia cada servicio y obediencia. ¡Qué bueno es Dios! ¡Cuánta gracia muestra al premiar algo que le debemos de todos modos! Y qué privilegio tendremos al llegar al cielo, de poner a sus pies los galardones que Él nos ha dado.

Esta entrada parece bastante negativa. Pero, es importante hacernos estas preguntas.

¿Por qué no estoy compartiendo el evangelio? ¿Y qué me estoy perdiendo al no compartirlo?

 

Esta es la segunda entrada de tres sobre el cristiano misionero.

si eres cristiano, eres misionero (1/3)

Si eres cristiano, eres misionero.

Antes de que me creas, te tengo que dar la definición de un misionero.

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Es apenas en el tercer significado que se menciona el salir a otro lugar. Entonces, a pesar de la idea que tenemos sobre un “misionero,” realmente no se limita solamente al que se muda a otro país para predicar el evangelio.

Un misionero es aquel que predica el Evangelio.

Hay tres razones que yo veo en los principios de la Palabra de Dios por las que estoy totalmente convencida de que cada cristiano debe actuar como misionero.

1. El mandato a predicar.

Mateo 28:19 y 20 y Marcos 16:15 no sólo son mandatos a los discípulos en ese momento. Todos los creyentes de todos los tiempos los deben tomar para sí ¡y lo han hecho! Vemos ejemplo tras ejemplo de creyentes que compartieron el evangelio donde estaban, así obedeciendo el mandato y trayendo gloria a Dios. Algunos se dedicaban a predicar a tiempo completo, como por ejemplo el apóstol Pedro. Otros, se dedicaban a otra cosa, pero siempre compartían el evangelio cuando se les presentaba la oportunidad, como Priscila y Aquila. Otros, como el apóstol Pablo, ¡llegaron a hacer ambas cosas! Cristo es el Señor y nos manda a compartir el evangelio. Obedecer es nuestro deber.

2. La preocupación por otros.

Además de la obediencia, la consideración y el cuidado por otros también nos motivan a compartir el evangelio. El evangelio es la única manera en que el pecador puede saber sobre su destino eterno. ¿Cómo no compartirlo? Por más que nos desagrade alguien, ¡no podemos desear que vaya al infierno! ¡¿Cuánto más nos deben preocupar las personas que realmente amamos?! La preocupación por las almas que nos rodean nos va a impulsar a compartir el evangelio.

3. La expresión inevitable de la adoración.

He dejado para el final la razón que, al menos para mí, es la más importante. La adoración de Dios nos va a llevar a compartir el evangelio. Ya no compartiendo por obediencia, ni por preocupación por los demás, sino por amor a mi Salvador y Señor. Cuando veo a Cristo resucitado en gloria, cuando estoy en presencia de Padre con toda Su majestad, cuando me toca el corazón el Espíritu Santo adoro a Dios ¡y no puedo más que compartir las maravillas del Evangelio que brotan de mis labios!

Entonces, ahi tienes tres cosas que te convierten a ti, creyente, en un misionero.

Esta es la primera entrada de tres sobre el cristiano misionero.