La obediencia y la gloria de Dios

¿Alguna vez has pensado que sería más fácil obedecer a Dios si solo lo pudieras ver? Si Dios se mostrara, si Dios mandara una señal, sería más sencillo hacer lo que debemos, ¿verdad?

Los Israelitas pensaron eso cuando Moisés estaba recibiendo los mandamientos en el monte y pasaron más de un mes sin saber de él. Los discípulos en el Nuevo Testamento pensaron eso cuando le pidieron a Cristo que les mostrara al Padre. Y nosotros en muchas ocasiones también pensamos eso.

Pero Dios, a través de Moisés en Levítico 9:6, dejó muy claro el orden en que sucederían las cosas: “Esto es lo que mandó Jehová; hacedlo, y la gloria de Jehová se os aparecerá.”(Lev. 9:6)

El deber de los Israelitas era obedecer y solo después de eso Dios se revelaría a ellos. Tenían que recordar y cumplir con los mandamientos para poder ver la gloria de Dios. Y en esa ocasión, lo hicieron. El contexto de este versículo es la lista de instrucciones sobre el tabernáculo. Obedecieron y, en efecto, vieron la gloria de Jehová descender sobre él.

Pero, nosotros tenemos un privilegio mucho más grande. Juan 1:14 habla del Señor Jesucristo que vino al mundo “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. A través del Nuevo Testamento tenemos el privilegio de conocer a Dios de una manera mucho más íntima, Dios como ser humano. Jehová se revela en el Nuevo Testamento. Podemos ver allí Su gloria. 

No se requiere de nosotros que primero construyamos un tabernáculo ni hagamos sacrificios de animales. Dios ya se ha revelado a nosotros y ahora nos pide obedecer.

Los Israelitas tuvieron que obedecer a un Dios aún no revelado para conocer algo de Él. Pero, ¡que privilegio el de nosotros! Leer sobre Él, conocerle porque ya se reveló. ¿Cómo no obedecer ahora que hemos visto Su gloria?

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