la maestra que vivió la historia

—¡Usted es la mejor maestra de historia que jamás he tenido! Por fin entiendo un poco más sobre la época, ¡es que usted habla de las personas como si fueran personas reales y… bueno, sé que fueron reales, pero es que lo que usted cuenta los hace reales para mí, mucho más que todos los datos biográficos que están en los libros.

Luz sonrió en agradecimiento a la adolescente. Era un gusto ver la transformación de perspectivas en la clase. Casi todos los alumnos habían llegado apáticos, pero ahora estaban encantados. ¿Y cómo no? Las personas eran fascinantes y sus hechos, aunque ahora históricos, en su tiempo habían sido simplemente lo inevitable. Y así lo contaba.

Respiró profundo, cerró la mochila y salió del salón. El tema de la clase había sido la revolución, pero la mayor parte de ahora la habían pasado hablando de la vida en las haciendas justo antes de la revolución y cómo la revolución podría ser atractiva para alguien que trabajaba allí.

Pero, de repente se mordió el labio y meneó la cabeza. No habían visto el lado trágico de la revolución. Lo tendrían que tocar en la próxima clase. Porque si la revolución fue atractiva antes de suceder, después, fue lo peor que había pasado en la vida de una generación.

Al subirse al camión, Luz procuró no perderse de nuevo en los recuerdos. Le encantaba dar clases de historia, pero ciertas épocas como la Revolución Mexicana eran dolorosas. ¡Cuántas pérdidas se sufrieron en ese tiempo! Para no pensar en ello, intentó enfocarse en el presente. Durante años, la observación del presente le había salvado del recuerdo del pasado.

Voy a empezar por el lado de la tecnología. Veo diecisiete celulares inteligentes, y de ellos unos…trece se ven más gruesos y pequeños, entonces tienen más de cuatro años. ¡Y cuatro celulares con teclado físico! Extraño los teclados físicos, esos celularcitos eran lo mejor…

Los que van en camión sin celular son… seis. Cuatro personas de tercera edad y dos chicos de unos catorce años. Qué interesante. Quizás una tendencia para la siguiente generación. Tengo que apuntar eso, para no olvidarlo y seguir observando.

A ver, ahora la moda. Tres mujeres llevan falda, una es anciana, las otras dos parecen ser… sí, son Testigas, llevan también zapato cerrado y sus revistas Atalaya.

En todo el camión solo hay un pantalón que no va ajustado, y ningún pantalón acampanado. Pero, eso no va a durar, ya vi el regreso de esa horrenda moda en unas revistas. ¿Por qué no aprendimos después de los setentas a dejar esa moda y no volver? ¿O las atrocidades visuales de los dosmiles no fueron suficiente?

Pantalones de hombre… todos los hombres arriba de treinta y cinco años tienen el pantalón muy largo para esta época. ¡Les sobra tela en el tobillo! Pero, luego, hay unos tres muchachos que de verdad deberían haberse comprado una talla más grande. ¡El pantalón de mezclilla TAN ajustado! Es el extremo de la moda de estos dos o tres años que han pasado…Lo fascinante aquí es el maquillaje. Algunas con maquillaje dramático, no todas lo llevan bien aplicado y ¡qué sorpresa! Un hombre que definitivamente lleva maquillaje, aunque maquillaje discreto. Eso no se hubiera visto en el camión hace veinte años. Ups… ya notaron lo que estoy haciendo.

Como solía suceder, su observación había incomodado a algunos pasajeros, entonces dirigió su atención a su celular y sacó los audífonos. Tiempo de perderse en YouTube. Y quizás burlarse de algunos canales de historia.

A pesar de sus esfuerzos de distraerse, cuando llegó a su departamento, Luz no podía dejar de pensar en la hacienda. Dejó su mochila en la mesa y se dirigió a la sala. La pared estaba llena de repisas con álbumes, cada uno marcado con sus fechas. 1912-1920. Más adelante, 1935-1940 y 1957-1960. Y cerca del final: 2010-2011, 2012-2013, 2014, 2015. Miles de fotos. Cientos de caras. Pero, el primer álbum era su preferido. Allí se encontraban los rostros, borrosos y sin color, de la única generación a quien nunca había analizado, la generación que más bien había amado. De Rosita que siempre hacía que el trabajo fuera más placentero con pláticas, cantos y chistes. De Doña Teresa que tan joven tomó su caballo y se unió a la guerra. Y de Valentín. Valentín. Luz cerró los ojos y aún lo podía ver, brazos fuertes, ojos sinceros, caminando hacia el horizonte. Valentín, a quién jamás volvería a ver.

Pasaron horas antes de que Luz cerrara el álbum. Y cuando lo hizo, se sentía vieja, perdida, sola. Eso era normal para ella. Lo había sentido durante más de cien años. Ya sabía lo único que la reubicaría.

Se puso de pie, y se vio en el espejo: cabello negro como el día en que había nacido, tez morena, ya no quemada del sol como en su niñez, unas pocas líneas de sonrisa al rededor de la boca, unas pocas arrugas en una frente grande y ojos del color de chocolate, tristes, pero con visión perfecta.

Luego, se acercó a las repisas de nuevo y sacó el álbum marcado 2019.

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