un testimonio inevitable

¿Recuerdas la historia del cojo que les pidió dinero a Pedro y Juan?

Hechos 3 nos cuenta que Pedro se detuvo y le dijo que no tenía oro ni plata, pero que sí le daría lo que tenía. Y lo sanó.

¡Qué interesantes las palabras que usó Pedro!

“…en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”

El hombre obedeció. Se levantó y comenzó a andar y a saltar.

¡Un milagro! Pero, lo especial de este momento no fue que Pedro hizo un milagro. ¡Para nada! Lo especial nos lo cuenta el versículo 9:

“Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.”

Todos le vieron andar. Y ¿cuál fue el resultado?

“Y le reconocían …y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.”

El andar de este hombre, su alabanza era algo que nadie podía ignorar. No se podía pasar por alto. No tuvieron más opción que reconocerlo.

El simple caminar de este hombre predicaba el evangelio.

¿Y que de mi vida? ¿Cómo ando yo?

¿Tengo yo un testimonio inevitable?

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5:16

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Imagen de dan carlson / CC-BY

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