la perfección, el suicidio y la Verdad

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Imagen de Issam Hammoudi en Unsplash

Hace unos días estaba escuchando una entrevista con un investigador sobre el suicidio.

En la investigación los amigos y familiares de la gente que se quitó la vida dijeron que tenían expectativas extremadamente altas de sí mismos y de la vida en general. Estas personas esperaban tanto de sí mismos que cuando pasaban por cosas normales como épocas difíciles, exámenes reprobados o pérdidas de trabajo sentían que se les había derrumbado el mundo y no tenían por qué vivir. Obviamente, existen más factores en los casos de suicidio, pero esta investigación señaló algo interesante que yo nunca había considerado.

Las personas más propensas a depresión y a quitarse la vida eran perfeccionistas.

Esperaban perfección de sí mismos y, por consiguiente, de la vida en general.

Me sorprendió pero no debe sorprenderme. Una de las trampas preferidas de Satanás es hacernos creer que necesitamos ser perfectos y si no lo somos, al menos, aparentarlo. Satanás nos presiona a cumplir con falsas expectativas, sean nuestras o sean impuestas por el mundo que nos rodea. Satanás nos hace pensar que necesitamos ser “buenas personas” o “creyentes de excelente testimonio” y cuando nos damos cuenta de que no lo somos, nos hace pensar que hay que esconderlo y proyectar una perfección que sabemos que no tenemos. Luego, cuando la vida ataca y destruye esa máscara de perfección que con tanto cuidado hemos creado, nos sentimos un fracaso, un caso perdido.

Y precisamente esa es la meta del Enemigo, porque si somos un caso perdido, quiere decir que no hay redención para nosotros y la depresión es tanta que ni la buscamos.

Pero en contraste, ¡Dios nos quiere redimir!

(De hecho, Satanás está trabajando directamente en contra de ese propósito que Dios tiene de redimirnos.)

Dios nos da la libertad de reconocer lo que somos: pecadores fracasados.

Dios nos muestra lo perdidos que estamos, nos muestra nuestras imperfecciones y la larga lista de fallas que hay en nosotros.

Y luego, nos ofrece amor, perdón y una oportunidad más. Siempre.

Dios no esconde nuestro pecado. No hace como que no existen nuestros fracasos. Nos ayuda a enfrentarlos y luego suple toda nuestra necesidad: nuestra necesidad de ayuda, de redención, de volver a intentar.

¡Cuán inmenso nuestro Dios! ¡Cuán increíble su paciencia! ¡Cuán grande su amor por nosotros!

Él hace todo lo posible para que no nos quitemos la vida.

De hecho, nos ofrece más. Vida en abundancia.

Entonces, mi meta es dejar atrás mi perfeccionismo.

Abandonar esa falsa máscara de “buen testimonio,” no porque no quiero dar un buen testimonio sino porque Satanás quiere hacerme creer que la perfección es un buen testimonio, cuando no es cierto.

Dios nos dice que un buen testimonio consiste en amarnos unos a los otros, en discernir la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios, en cuidar del huérfano y la viuda, en conocerle a Él y en perdonarnos los unos a los otros.

¡En ningún momento menciona ser perfectos!

Reconocer todo esto, las mentiras de Satanás y la verdad que nos ofrece Dios, no resuelve la depresión clínica.

Pero, esta Verdad puede ayudarnos a todos a combatir esas mentiras que llegan a nuestras mentes.

Cuando oigo, “No eres buena cristiana, te van a preguntar por qué no hiciste X” puedo responder, “Dios me llamó a hacer Y. Él sabe por qué no hice X.” Cuando oigo, “Si realmente amaras al Señor, viajarías a tal lugar” puedo responder, “Dios me ama aunque no haya ido.” Y cuando oigo, “Otra vez fallaste en tu meta de romper ese hábito” puedo responder, “Dios está enterado de que fallé, lo confesé y voy a empezar de nuevo, ¡porque mi Dios es Dios de segundas oportunidades!”

Es triste que la búsqueda de perfección lleve al suicidio.

Es una obra de Satanás.

Pero puedo combatir ese peligro con la Verdad de Dios, no sólo en mi vida, sino también en las vidas de otros.

cuando no entiendo la voluntad de Dios

Es que no entiendo cómo Dios me puede exigir algo tan inmenso.

Tengo amigos que me han dicho esas palabras, o si no, unas muy parecidas. Cuando la Biblia parece tener mandatos imposibles, cuando la Palabra de Dios parece ir en contra de nuestros instintos, cuando parece que Dios nos pide un sacrificio sin razón… ¿cómo debemos reaccionar?

No puede ser que Dios mande eso, Él no sería tan duro.

En el estudio hace unas semanas, los versículos 21 al 23 de Mateo 7, me cayeron como la respuesta a este dilema.

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

¿Quiénes son los que están fuera de la puerta?

¿Son los que abiertamente rechazaron a Cristo? No. 

¿Quiénes son a los que les responde que no los conoce? ¿A los que negaron la existencia de Dios? No.

Son los que no hicieron la voluntad de Dios.

(Obviamente, no sugiero que si un creyente no hace la voluntad de Dios pierde su salvación. Quiero aplicar este pasaje a nuestra vida como creyentes.)

Según el versículo 21, el que entra a su presencia es el que hace la voluntad de su Padre y según el versículo 27, ellos son los que conocen al Señor y el Señor les conoce a ellos.

La clave, creo, es que el hacer la voluntad del Padre viene antes de conocerlo.

¡Toda mi vida había oído esas palabras pero sin entenderlas! Y en pleno estudio, de repente, lo vi.

La obediencia, el hacer la voluntad del Padre, viene primero. Luego, conocer a Dios, viene como resultado.

En términos sencillos: La obediencia lleva al conocimiento.

Estas personas parecían hacer todo lo correcto, pero eso no importaba porque no estaban haciendo la voluntad de Dios y por eso no les conoció y ellos no le conocían a Él.

La obediencia viene primero. Luego, el conocimiento. Y el conocimiento no sólo de Dios, sino muchas veces del por qué de ese mandato.

Esto va totalmente en contra de nuestros instintos.

Antes de obedecer, queremos saber la razón detrás de Su voluntad, el por qué detrás del mandato.

Pero, Dios pide que confiemos en Él.

Dios pide que obedezcamos, y después Él se revelará y le conoceremos.

9 razones malas para ser un misionero

¡Ser misionero es maravilloso! ¡Qué increíble servir a Dios a tiempo completo! ¡Ellos son verdaderos héroes!

Lo que se dice acerca de la vida misionera muchas veces, además de incorrecto, nos hace a todos creer que lo mejor que podemos hacer con nuestra vida es ser misionero. Pero, en primer lugar, si el Señor no nos ha llamado a ser misioneros, ¡serlo es lo peor que podríamos hacer! Y en segundo lugar, antes de responder al llamado del Señor, hay que examinar nuestros motivos porque hay muchos que llenan nuestros corazones y sólo llevan a la decepción, la tragedia y el fracaso. Hay muchas razones para ser misionero pero la mayoría no son válidas. Hoy vamos a ver 9 razones malas para ser misionero.

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Imagen de Lonely Planet en Unsplash
  1. Porque me gusta conocer otras culturas. Algunas personas son buenísimas para aprender nuevos idiomas. A otros les encanta viajar. No por eso deben ser misioneros. Un talento natural no es un llamado a una esfera específica de servicio, aunque puede ser un indicador usado por Dios. Predicar el evangelio en una cultura totalmente ajena a la tuya es una de las cosas más difíciles de hacer. (De hecho, se han escrito libros sobre el tema.)
  2. Para ser un gran siervo. A veces puede parecer que los misioneros son las celebridades del mundo cristiano. Pero, la verdad es que los incrédulos entre los que trabajan no tienen por qué respetarlos ni por qué reconocer el sacrificio que han hecho para llevarles el evangelio. Después de salvas, algunas personas agradecen su esfuerzo, pero el misionero puede obrar durante años en un lugar en el que prefieren correrlo porque no quieren cambiar sus creencias religiosas. Un misionero rápido se da cuenta de que muy pocos lo consideran “un gran siervo”.
  3. Para ser mejor cristiano. El campo misionero te hará un mejor creyente, pero no será fácil. En la obra del Señor cada falla personal, cada falta de rasgo de carácter queda amplificado y se examina no sólo por los incrédulos que te rodean, sino también por los creyentes que te enviaron.
  4. Porque quiero más tiempo para estudiar la Biblia. Es difícil explicar cómo el servicio al Señor a tiempo completo disminuye tanto el tiempo de estudio, pero así es. El misionero es consejero, amigo, guía, anfitrión, conserje y proveedor de transporte, además de expositor del evangelio y enseñanzas bíblicas. Si se requiere de disciplina para estudiar la Biblia mientras uno tiene un trabajo “secular”, siendo misionero se requiere de poquita más.
  5. Porque perdí el trabajo. Hay gente que toma esta oportunidad para dedicarse a tiempo completo a predicar el evangelio, pero es un error. Las circunstancias no pueden ser nuestra única guía en la vida. Y si parece que ser misionero es una forma buena, o sencilla, o eficaz de ganarse el pan, simplemente con acercarnos a cualquier misionero que conozcamos para preguntarle sobre su estado financiero nos basta para un desengaño total e inmediato.
  6. Porque me gusta predicar. No es malo predicar. Pero un gusto por pararme ante un público y explicar la Palabra, no es un llamado. Ser misionero no se trata de predicar. La mayoría del trabajo de los misioneros se hace en tres lugares: al rededor de una mesa, de rodillas en un cuarto y detrás del volante en carretera.
  7. Para dejar atrás mis problemas interpersonales. Aquí hay un secreto que no lo debe ser: mis problemas interpersonales son mis problemas, aquí y en China. Si me voy de misionero sin resolver mis problemas con los hermanos de mi hogar, en el campo misionero surgirán los mismos con otros hermanos.
  8. Porque quiero ser como mi héroe. ¡Qué bueno es tener héroes! Pero, Dios sólo creó una Elisabeth Elliot y un David Livingstone. No necesita más. Dios quiere usarme a mí y formarme a Su imagen, no a la imagen de Guillermo Williams. Quizás Dios me llame a hacer algo similar a lo que hizo mi héroe. Pero, quizás no. Y una forma segura de fracasar en la obra misionera como en la vida es procurar ser alguien más.
  9. Para salvar almas. Este motivo es uno de los más comunes y más aceptados. ¿Qué tiene de malo salvar almas? Pues, me temo que la mayoría de los misioneros salen a la obra creyendo que esto es su trabajo principal. Pero, esa idea no sólo es incorrecta, ¡es anti bíblica! Y además, es un camino directo a la depresión. El misionero que predica para salvar almas se va a desanimar cuando la gente no acepta el mensaje, se va a enojar cuando el creyente nuevo decide abandonar el Camino de la vida cristiana y se va a enorgullecer cuando alguien no sólo acepta el evangelio sino crece en el Señor. Nada de eso glorifica a Dios.

Esto, ahora, nos lleva al verdadero y único motivo que debe regir nuestra decisión de salir al campo misionero y dedicarme a esa obra a tiempo completo: la gloria de Dios. De hecho, debe ser nuestro único motivo al desear la labor de pastor, al establecer una escuela cristiana o al buscar ser maestra de la escuela dominical. También, debe ser nuestra única razón de comenzar la carrera de medicina, tomar un diplomado en mecánica o dedicarnos de lleno al hogar.

¿Ves aquí un patrón de vida?

El propósito, sin importar qué hacemos es darle gloria a Dios.

Sí, podemos darle gloria a Dios como misioneros. Y podemos darle gloria a Dios en cualquier otra esfera de servicio a la que Él nos ha llamado.

Ése es y siempre tiene que ser nuestro motivo principal.

3 cosas que necesitas para compartir el evangelio

Para compartir el evangelio necesitas 3 cosas y son las siguientes.

1. El deseo.

Es inusual que el creyente no tenga el deseo de compartir el evangelio. Puede ser por diferentes motivos, pero el deseo allí está. Quizás un creyente tenga el deseo porque ama a la persona y no quiere que vaya al infierno. Otro quizás porque sabe que es mandato de Dios y debe obedecer. Si no tienes el deseo de compartir el evangelio, pídelo al Señor porque Él quiere ayudarte a hacer su voluntad, pero si sigues este blog ¡es probable que el deseo no es lo que te hace falta!

2. Un conocimiento básico del evangelio.

Si eres salvo, ¡ya lo tienes! Has oído y aceptado las verdades básicas:

  1. Soy un pecador y eso me separa de Dios.
  2. Dios me ama y no quiere esa separación. Por eso, se sacrificó a sí mismo en la cruz para quitar ese pecado con lo único que puede limpiarme: sangre inocente.
  3. Es mi responsabilidad recibir ese perdón que me ofrece de manera personal.

3. Alguien con quién compartir.

Esto puede ser lo más difícil para alguien que a penas comienza. Pero, no tanto porque no hay con quien compartir, sino porque ¡el compartir puede dar un poco de temor! Pero, si ya tienes a alguien en mente, piensa en la motivación que hay detrás de tu deseo y verás que es más grande esa razón que tu temor. Y si no sabes con quién compartir, de nuevo, ora. El Señor te ha dado una combinación especial de talento, personalidad y circunstancias que te hacen la persona ideal para compartir el evangelio con los que Dios ha puesto en tu vida.

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Imagen de Trung Thanh en Unsplash

Espero que esta entrada no sólo te haya ayudado, sino también que te haya inspirado a salir y compartir el evangelio, porque esas tres cosas que se necesitan para compartir el evangelio, ¡ya las tienes!

Dios me dijo “No.”

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Imagen de Priscilla Du Preez en Unsplash

Ricky y yo tenemos desde mayo orando para saber la voluntad de Dios sobre algo.

Y hace dos semanas Dios nos dijo “No.”

Fue interesante porque lo que queríamos hacer era bueno.

De hecho, estamos seguros de que es la voluntad de Dios que lo hagamos.

Pero, Dios nos dijo que no.

Me imagino que su respuesta en realidad es “Ahorita no.”

Lo único que me queda es recordar que Él tiene un plan para que salga mejor en el futuro. Quizás si lo hacíamos ahorita no le traería tanta gloria como si se hace dentro de unos años. Quizás no. Quizás estoy totalmente equivocada y nunca lo haremos.

Pero, sea cual sea su respuesta en el futuro, quiero que lo que se haga, sea para la gloria de Dios.

Y por eso, estoy conforme y contenta.

Volvemos a la oración más básica.

“Hágase tu voluntad para tu gloria.”