fuera de la zona de confort

El inscribirse a una escuela nueva.

El iniciar un matrimonio.

El cruzar un puente de madera vieja.

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Imagen de Dalton Touchberry / CC-BY

Estas son situaciones que nos incomodan. Claro, ¡son emocionantes! Pero, son situaciones en las que hay tantas cosas nuevas que a veces no sabemos qué hacer. En la otra escuela y en la vida soltera sabíamos qué hacer. ¡Nos era fácil caminar sobre tierra firme! Sabíamos cuál era nuestro lugar y qué actividades nos correspondían. En una situación nueva, hay que volver a aprender todo eso.

Y es intimidante.

Pero, cada vez estoy más convencida de que Dios hace eso a propósito.

Dios nos pone en situaciones incómodas, intimidantes y a veces abrumadoras con un plan.

Y Su propósito es que dependamos de Él.

En cada decisión que tomamos, quiere que le tomemos de la mano. Quiere que estemos totalmente rendidos a Su voluntad, quiere que reconozcamos nuestra incapacidad de hacer algo sin Él.

Somos muy malos para confesar nuestra debilidad.

Es por eso que Dios con frecuencia nos pone en situaciones nuevas, en circunstancias incómodas.

Por que cuando no sabemos qué hacer, lo buscamos. Cuando nos sentimos impotentes, corremos a Sus brazos. Sólo estamos dispuestos a reconocer nuestra incapacidad ante Él cuando no tenemos idea sobre cómo proceder.

¡Y nuestro Dios amoroso lo sabe!

Entonces, cuando me encuentro en una situación nueva, sintiéndome totalmente inadecuada e incapaz, es momento de darle gracias a Dios.

Y es momento de caer en Sus fuertes brazos y confesar que todo lo puedo sólo en Él.

el valor de lo que hago

Las obras buenas del ser humano no valen nada. Son trapos de inmundicia. No valen ante Dios.

Estas frases son comunes en una predicación del evangelio.

Y es correcto.

Lo que hace una persona que no cree en Cristo, está sin Cristo y por lo tanto, Dios no lo puede aceptar.

Pero, ahora, como creyente, es fácil olvidar que lo mismo aplica.

Si lo que hice sin Cristo, antes de ser salvo, no valía nada ante Dios, ¿por qué creo que lo que hago después de la salvación sin Cristo vale algo?

Es decir, si yo presento alguna alabanza a Dios, sin depender de Cristo, no tiene valor. Si sirvo a algún hermano sin depender de Cristo, no tiene valor. Si procuro compartir el evangelio sin depender de Cristo, no tiene valor.

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Es muy fácil creer que soy capaz, especialmente si es algo que he hecho muchas veces, pero cada servicio debe hacerme depender más del Señor.

De hecho, el Señor mismo lo dejó claro en Juan 15:5, “Separados de mí, nada podéis hacer.”

Mi adoración, mi servicio, mi evangelización, cuando no los hago en Cristo, son madera, heno y hojarasca.

Que el Señor nos ayude, sí a adorar, a servir y a evangelizar, pero a hacerlo en Cristo.

“Buen siervo y ¿…?”

Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; Mateo 25:21

Todos esperamos escuchar esas palabras del Señor cuando lleguemos al cielo.

La meta es ser fiel al Señor y lo que Él nos manda a hacer.

Pero, es fácil olvidarnos de la meta y perder el enfoque. Podemos enfocarnos en cumplir con una cuota de folletos, en buscar la salvación de personas, en desarrollar algún talento, etc. No son cosas malas, pero todo eso no debe ser el propósito final. Debe ser el medio por el cual cumplo el propósito de serle fiel al Señor.

El Señor no nos va a decir, “Buen siervo y líder exitoso”. O “Buen siervo y predicador para la salvación de muchos.” O “Buen siervo y ayudador de los hermanos.”

Lo que el Señor espera es fidelidad personal.

El Señor espera que yo sea fiel a su voluntad para mí.

el momento más sabio de Pedro

“¡Señor, sálvame!”

Cuando leemos este clamor de Pedro, muchas veces pensamos que es uno de sus momentos más débiles.

¡Con cuánta fe había saltado del barco para dirigirse al Señor! Y unos minutos después ¡se está hundiendo! Tan rápido quitó los ojos del Señor, tan fácilmente perdio la fe…

Pero, yo propongo que este momento fue uno de los momentos más sabios de Pedro.

Se estaba hundiendo. Estaba rodeado de olas abrumadoras. Las nubes de tormenta lo amenazaban desde el cielo.

Y ¿qué hizo?

“¡Señor, sálvame!”

Pedro acudió al Señor cuando perdió la fe.

¡Si sólo nosotros pudiéramos aprender esa lección!

Es que cuando nos hundimos en el estrés, cuando las circunstancias de la vida son abrumadoras, cuando el fracaso nos amenaza desde el futuro lo más fácil del mundo es huir.

Abandonar la realidad viendo Netflix.

Olvidarme del mundo perdiéndome en YouTube.

Darle la espalda al problema atascándome de papitas o postres.

Pero, podemos aprender esto de Pedro: ¡vayamos al Señor!

¡Él nos rescatará! (Mucho mejor que lo pueden hacer Netflix, YouTube o la comida!) El Señor espera ayudarnos. El Señor conoce nuestras debilidades y quiere que aprendamos a depender de Él.

Cuando perdemos la fe, cuando nos estamos ahogando, no hay nada que lo complace más que escuchar nuestra desesperada voz.

“¡Señor, sálvame!”

Y cuando clamamos, Él llegará allí al instante, nos tomará de la mano y nos mostrará lo absurdo que es el perder la fe en Él.

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Imagen de: Photosightfaces Leading the way via photopin (license)

un David en un mundo de Micales

David, en su celebración del regreso del arca, se rindió totalmente a la adoración.

Olvidó su posición de rey. Se olvidó de los miles que lo observaban y se olvidó del prestigio  de la familia de su esposa.

David, adorando, bailó.

En nuestro día, la adoración no siempre se asocia con el movimiento físico. Y está bien.

Sin embargo, la adoración es un rendimiento total de control al Señor, al Dios de los cielos.

Al adorar, uno reconoce total sumisión a tan grande y glorioso Ser.

Eso era lo que David estaba haciendo ese día.

Mientras tanto, Mical, no pudo dejar a un lado su dignidad humana, su prestigio real, ni su pragmatismo moderno.

Mical me hace pensar en mi generación.

El mundo está lleno de Micales. Personas que mientras reconocen la existencia de Dios, ¡tampoco se van a rendir fanáticamente a Su voluntad! Que contentos de poseer una Biblia, no se imaginan lo que sería dedicar su tiempo libre a la presencia de Dios. Que mientras aman a Dios, tampoco sacrificarían su dignidad por servirle.

Pero, yo quiero ser como David.

Quiero poseer la Biblia y llenar mi corazón, mente y boca de ella. Quiero celebrar una vida repleta de la presencia del Dios vivo. Quiero rendir mi voluntad completamente a la autoridad del Dios Todopoderoso.

¿Y tú? ¿Te atreves a ser un David en un mundo de Micales?

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Imagen de Dương Trần Quốc / CC-BY