¿confío en mi camino?

“…comeréis fruto de mentira, porque confiaste en tu camino…” Oseas 10:13

Al iniciar proyectos nuevos o empezar etapas nuevas en la vida, buscamos a Dios. Buscamos su voluntad, queremos saber que estamos tomando la decisión correcta, ¿verdad?

Pero, este versículo nos recuerda que a medio proyecto, ya teniendo el plan, o al encontrar la rutina en la nueva etapa, ya sintiéndonos más cómodos, hay que seguir buscando a Dios.

Israel cometió el error de suponer que como había caminado con Dios en el pasado, podía seguir por su camino y estaría bien. Yo también, he llegado a confiar en mi experiencia, en las veces pasadas que Dios me ha guiado.

Gran error.

No confíes en que hasta el momento has caminado con Dios. No confíes en tu experiencia. No te sueltes de la mano de Dios.

El corazón es engañoso. Nuestra experiencia falla. Nos desviamos del camino de Dios.

Y terminamos comiendo el fruto de la mentira.

Te quiero animar hoy a depender totalmente de Dios.

Al principio de una etapa nueva o al iniciar un nuevo proyecto, sí. Pero también en medio.

Y también al terminar.

Sólo Él te puede guiar a un lugar donde fluyen leche y miel y mantenerte en ese lugar, donde no tendrás que comer el fruto de la mentira.

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Imagen de Levi Bare en Unsplash

llevados al desierto

 Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Oseas 2:14

 

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Imagen de Agustin Lautaro en Unsplash

Generalmente, no pensamos en el desierto como un lugar a donde llevarías a un ser querido. En el desierto hay peligros, hay soledad y hay incomodidad, por decirlo de manera sutil.

¿Por qué prometió Dios atraer a Su amado pueblo para luego llevarlo al desierto?

Allí, Dios hablaría su corazón.

¿Por qué no hablarle en la ciudad? ¿Por qué no hablarle en su hogar? ¿Por qué no hablarle en donde no había peligro de morirse de hambre?

Quizás porque no Lo escucharía.

En la ciudad, rodeados de los quehaceres mundanos, no habría tiempo para escuchar a Jehová. En el hogar, a gusto entre familiares, no habría razón para buscar a Jehová. En donde hay comida, no habría necesidad de depender de Jehová.

Y Él quiere que aprendamos a escucharlo, a buscarlo, a depender de Él.

No porque Él necesite la satisfacción de nuestro reconocimiento, sino porque Él sabe que nuestras vidas serían mucho más plenas y abundantes si lo escucháramos, si lo buscáramos, si dependiéramos de Él.

Entonces, Dios nos llama fuera, al desierto, a solas y sí, al sufrimiento, para hablarnos al corazón.

Y después de un tiempo en el cruel desierto, podremos decir con Rut:

“…me has consolado… has hablado al corazón de tu sierva…”

Cuando superarlo no es posible (hay que perdonar)

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Imagen de Ian Espinosa en Unsplash

En el 2013, viajé a los Estados Unidos. Allí escuché un mensaje que mi llevó a escribir algo que hoy quiero compartir.

Se requieren de dos para reconciliarse, pero sólo uno para perdonar.

En la asamblea que visité, el que ministró predicó sobre el perdón. Se notaba que el mensaje venía del corazón y por lo tanto también tocó el mío.

Habló de cómo el perdón va en contra del orgullo y cómo él había batallado con la amargura y el odio cuando algunos le habían hecho mal.

Pero, yo conozco a ese hermano desde hace años, de hecho toda la vida.

Es uno de los hombres que más muestra gracia y gentileza.

¿Él había odiado a alguien? ¿Él había sentido amargura?

No pude más que preguntarme, ¿cuánto más había pecado yo al no perdonar a alguien?

Porque yo no soy de los que más muestran gracia y gentileza.

El mensaje me convenció de mí pecado.

A mí me han herido. A mi familia los han herido.

He intentado olvidarlo. He seguido adelante.

¿Es suficiente?

El mensaje de ese miércoles me convenció que no.

No es suficiente simplemente dejar de pensar en ello. No es suficiente sólo seguir adelante.

Hay que enfrentar lo que hizo la persona.

Y hay que perdonar.

Es seguir el mandato de Dios.

Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Efesios 4:32

fuera de la zona de confort

El inscribirse a una escuela nueva.

El iniciar un matrimonio.

El cruzar un puente de madera vieja.

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Imagen de Dalton Touchberry / CC-BY

Estas son situaciones que nos incomodan. Claro, ¡son emocionantes! Pero, son situaciones en las que hay tantas cosas nuevas que a veces no sabemos qué hacer. En la otra escuela y en la vida soltera sabíamos qué hacer. ¡Nos era fácil caminar sobre tierra firme! Sabíamos cuál era nuestro lugar y qué actividades nos correspondían. En una situación nueva, hay que volver a aprender todo eso.

Y es intimidante.

Pero, cada vez estoy más convencida de que Dios hace eso a propósito.

Dios nos pone en situaciones incómodas, intimidantes y a veces abrumadoras con un plan.

Y Su propósito es que dependamos de Él.

En cada decisión que tomamos, quiere que le tomemos de la mano. Quiere que estemos totalmente rendidos a Su voluntad, quiere que reconozcamos nuestra incapacidad de hacer algo sin Él.

Somos muy malos para confesar nuestra debilidad.

Es por eso que Dios con frecuencia nos pone en situaciones nuevas, en circunstancias incómodas.

Por que cuando no sabemos qué hacer, lo buscamos. Cuando nos sentimos impotentes, corremos a Sus brazos. Sólo estamos dispuestos a reconocer nuestra incapacidad ante Él cuando no tenemos idea sobre cómo proceder.

¡Y nuestro Dios amoroso lo sabe!

Entonces, cuando me encuentro en una situación nueva, sintiéndome totalmente inadecuada e incapaz, es momento de darle gracias a Dios.

Y es momento de caer en Sus fuertes brazos y confesar que todo lo puedo sólo en Él.

el valor de lo que hago

Las obras buenas del ser humano no valen nada. Son trapos de inmundicia. No valen ante Dios.

Estas frases son comunes en una predicación del evangelio.

Y es correcto.

Lo que hace una persona que no cree en Cristo, está sin Cristo y por lo tanto, Dios no lo puede aceptar.

Pero, ahora, como creyente, es fácil olvidar que lo mismo aplica.

Si lo que hice sin Cristo, antes de ser salvo, no valía nada ante Dios, ¿por qué creo que lo que hago después de la salvación sin Cristo vale algo?

Es decir, si yo presento alguna alabanza a Dios, sin depender de Cristo, no tiene valor. Si sirvo a algún hermano sin depender de Cristo, no tiene valor. Si procuro compartir el evangelio sin depender de Cristo, no tiene valor.

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Es muy fácil creer que soy capaz, especialmente si es algo que he hecho muchas veces, pero cada servicio debe hacerme depender más del Señor.

De hecho, el Señor mismo lo dejó claro en Juan 15:5, “Separados de mí, nada podéis hacer.”

Mi adoración, mi servicio, mi evangelización, cuando no los hago en Cristo, son madera, heno y hojarasca.

Que el Señor nos ayude, sí a adorar, a servir y a evangelizar, pero a hacerlo en Cristo.