el error #1 al responder a las preguntas del incrédulo

Imagínate lo siguiente: estás disfrutando el lonche en unos minutos libres que tienes. Un compañero que no es salvo, se acerca, se sienta frente a ti y te hace una pregunta. —Tu sabes de la Biblia, ¿verdad?

—Sí,— le contestas —algo. Soy cristiano—.

Y te empieza a hacer preguntas sobre Cristo, sobre su madre, sobre lo que sucede después de morir.

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Imagen de Juri Gianfrancesco en Unsplash

¡Es emocionante!

A mí me ha pasado y ¡me encantó! Hay pocos creyentes que no sentirían entusiasmo por una conversación así.

Pero, hay un error que yo he cometido, que he oído a otros cometer y que probablemente tú también has cometido al responder a sus preguntas: no escuchar.

Ahora, ¡obviamente para contestar las preguntas uno tiene que poner atención! Pero no me refiero a simplemente escuchar las palabras y responder a las preguntas de manera abstracta. Eso lo hemos hecho casi todos. Me refiero a realmente escuchar a la persona.

Cuando alguien hace preguntas así, es porque algo está sucediendo en su alma.

Y una de las mejores cosas que podemos hacer, es hacerle más preguntas para saber por qué está haciendo el tipo de preguntas que está haciendo, qué no sabe, cuáles prejuicios tiene, de qué situación están surgiendo estas preguntas.

Las preguntas sobre el evangelio nunca se hacen en un vacío.

El incrédulo que está haciendo las preguntas tiene un contexto emocional, cultural e intelectual que está provocando las preguntas y nos incumbe saber todo lo posible sobre eso al contestar las preguntas. Por ejemplo, la misma pregunta: “¿Por qué existen cosas malas en el mundo si Dios es bueno?” debe responderse de una forma muy diferente dependiendo si la persona que hace la pregunta es una joven activista que quisiera negar la existencia de Dios por todo el sufrimiento que ve o si es una mamá religiosa que acaba de sufrir un aborto.

Cuando alguien se acerca a nosotros para hacer preguntas sobre Dios y su Palabra, ¡es fácil emocionarnos y comenzar a responder como nosotros queremos y simplemente predicarles el evangelio!

Pero eso es un error.

Tomemos el tiempo de responder con preguntas, de realmente escuchar con amor divino a esa persona, de al menos hacer el esfuerzo de comprender su punto de vista, para así responder con palabras de gracia, sazonadas con sal, sabiendo cómo debemos responder a cada uno.

la perfección, el suicidio y la Verdad

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Imagen de Issam Hammoudi en Unsplash

Hace unos días estaba escuchando una entrevista con un investigador sobre el suicidio.

En la investigación los amigos y familiares de la gente que se quitó la vida dijeron que tenían expectativas extremadamente altas de sí mismos y de la vida en general. Estas personas esperaban tanto de sí mismos que cuando pasaban por cosas normales como épocas difíciles, exámenes reprobados o pérdidas de trabajo sentían que se les había derrumbado el mundo y no tenían por qué vivir. Obviamente, existen más factores en los casos de suicidio, pero esta investigación señaló algo interesante que yo nunca había considerado.

Las personas más propensas a depresión y a quitarse la vida eran perfeccionistas.

Esperaban perfección de sí mismos y, por consiguiente, de la vida en general.

Me sorprendió pero no debe sorprenderme. Una de las trampas preferidas de Satanás es hacernos creer que necesitamos ser perfectos y si no lo somos, al menos, aparentarlo. Satanás nos presiona a cumplir con falsas expectativas, sean nuestras o sean impuestas por el mundo que nos rodea. Satanás nos hace pensar que necesitamos ser “buenas personas” o “creyentes de excelente testimonio” y cuando nos damos cuenta de que no lo somos, nos hace pensar que hay que esconderlo y proyectar una perfección que sabemos que no tenemos. Luego, cuando la vida ataca y destruye esa máscara de perfección que con tanto cuidado hemos creado, nos sentimos un fracaso, un caso perdido.

Y precisamente esa es la meta del Enemigo, porque si somos un caso perdido, quiere decir que no hay redención para nosotros y la depresión es tanta que ni la buscamos.

Pero en contraste, ¡Dios nos quiere redimir!

(De hecho, Satanás está trabajando directamente en contra de ese propósito que Dios tiene de redimirnos.)

Dios nos da la libertad de reconocer lo que somos: pecadores fracasados.

Dios nos muestra lo perdidos que estamos, nos muestra nuestras imperfecciones y la larga lista de fallas que hay en nosotros.

Y luego, nos ofrece amor, perdón y una oportunidad más. Siempre.

Dios no esconde nuestro pecado. No hace como que no existen nuestros fracasos. Nos ayuda a enfrentarlos y luego suple toda nuestra necesidad: nuestra necesidad de ayuda, de redención, de volver a intentar.

¡Cuán inmenso nuestro Dios! ¡Cuán increíble su paciencia! ¡Cuán grande su amor por nosotros!

Él hace todo lo posible para que no nos quitemos la vida.

De hecho, nos ofrece más. Vida en abundancia.

Entonces, mi meta es dejar atrás mi perfeccionismo.

Abandonar esa falsa máscara de “buen testimonio,” no porque no quiero dar un buen testimonio sino porque Satanás quiere hacerme creer que la perfección es un buen testimonio, cuando no es cierto.

Dios nos dice que un buen testimonio consiste en amarnos unos a los otros, en discernir la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios, en cuidar del huérfano y la viuda, en conocerle a Él y en perdonarnos los unos a los otros.

¡En ningún momento menciona ser perfectos!

Reconocer todo esto, las mentiras de Satanás y la verdad que nos ofrece Dios, no resuelve la depresión clínica.

Pero, esta Verdad puede ayudarnos a todos a combatir esas mentiras que llegan a nuestras mentes.

Cuando oigo, “No eres buena cristiana, te van a preguntar por qué no hiciste X” puedo responder, “Dios me llamó a hacer Y. Él sabe por qué no hice X.” Cuando oigo, “Si realmente amaras al Señor, viajarías a tal lugar” puedo responder, “Dios me ama aunque no haya ido.” Y cuando oigo, “Otra vez fallaste en tu meta de romper ese hábito” puedo responder, “Dios está enterado de que fallé, lo confesé y voy a empezar de nuevo, ¡porque mi Dios es Dios de segundas oportunidades!”

Es triste que la búsqueda de perfección lleve al suicidio.

Es una obra de Satanás.

Pero puedo combatir ese peligro con la Verdad de Dios, no sólo en mi vida, sino también en las vidas de otros.

3 errores que cometí al inicio de mi vida misionera (y una cosa que hice bien)

Cuando uno empieza a responder al llamado del Señor a compartir el evangelio, uno no sabe hacerlo muy bien. Es normal, pero hoy quiero compartir 3 errores que yo cometí. ¡Quizás ayuden a que otros los eviten!

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Imagen de rawpixel en Unsplash

1. Atacar las creencias de alguien.

Cuando tenía unos 15 años, tuve una compañera de trabajo que era testiga de Jehová. Un día decidí hablarle de la Biblia, pero en lugar de compartirle algo sobre la belleza del evangelio, le pregunté si creía que Cristo era Dios. Me dijo que no y comencé a atacar su creencia. Muy pronto ella me dijo que mejor dejáramos de hablar de eso porque nunca íbamos a estar de acuerdo y asentí.

Empecé esa conversación con buenas intenciones, queriendo defender la verdad de la deidad del Señor Jesucristo, pero ¡no fue la mejor manera de exponer el evangelio!  Y tristemente nunca volvimos a tocar el tema.

2. Molestarme cuando alguien me manipuló.

Años después, una compañera con muchos problemas personales platicaba mucho conmigo, sus dos temas preferidos eran la literatura y Dios. Ella siempre me buscaba para hacerme preguntas y supuse que realmente tenía un interés sincero. Recuerdo un día en particular cuando nos quedamos solas y le expliqué el evangelio mientras ella lloraba. Pero, pronto me di cuenta de que le gustaba tener problemas porque así obtenía más atención y no tenía un verdadero interés en el evangelio. Y eso me molestó. Ella me había manipulado para obtener mi tiempo, mi compasión y mi atención. Entonces, comencé a evitarla. Al final del año escolar, a penas nos saludábamos.

Mientras es saludable poner límites cuando alguien se quiere aprovechar de ti, no fue bueno que yo me molestara porque al involucrar mis emociones negativas dejé de preocuparme por mi testimonio o por su alma. El error no fue poner límites en mi relación con ella cuando observé que era manipuladora, el error fue molestarme por eso.

3. Intentar ser perfecta.

Durante la carrera varios maestros me llegaron a hacer comentarios sobre la presión que veían que yo sola me imponía. Mis compañeros se reían porque yo era la “santita” del grupo. En varias ocasiones cuando hice cosas malas me sentí destrozada. Y todo porque yo procuraba ser la mejor persona posible. Tenía el noble deseo de dar buen testimonio, pero eso me llevó al extremo del perfeccionismo. Al final de la carrera, me di cuenta de que todo esto había dado una impresión incorrecta a mis compañeros sobre quién era yo como cristiana. Una me dijo que si era pecado dejarse controlar por el estrés entonces yo había pecado mucho porque siempre me estaba estresando por los exámenes. Y se quedó atónita cuando estuve de acuerdo con ella.

Eso me entristece porque como cristiana mi testimonio es que soy una pecadora perdonada, no que soy una persona perfeccionada. Mis compañeros deben de haber sabido eso desde mucho antes. El no permitir que ellos vieran que yo estaba consciente de mi pecaminosidad, redujo el impacto de una vida transformada por Cristo.

A pesar de estos errores que cometí cuando empezaba a compartir el evangelio, hay algo clave que hice muy, muy bien.

Lo intenté.

Comparto esto para que puedas evitar estos errores, sí. Pero, lo importante no es no cometer errores.

Lo importante es intentarlo.

Así que te animo a compartir el evangelio hoy. Como puedas. Con quien sea. Y quizás algún día tú también podrás hacer una lista de tus errores ¡para animar a otros a ser misioneros también!

señalaron mi pecado

—¿Por qué no?

La compañera que expresó esa pregunta sólo dijo lo que todos estaban pensando. Yo les había dicho que en la celebración de nuestra graduación, no quería que hubiera bebidas alcohólicas. Y como ya habíamos tocado el tema, me preguntaron también por qué yo no tomaba.

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Imagen de Muhammad Rizwan en Unsplash

—Porque cuando tomas es fácil emborracharte. Y cuando sucede eso, quedas bajo el control del alcohol en tu cuerpo y la Biblia dice que nada debe controlarme más que el Espíritu Santo. Como cristiana, quiero obedecer eso y no permitir que nada me controle, ni el alcohol, ni las drogas, ni la comida, ni la ansiedad…

Pero no me dejó terminar.

—¿La ansiedad? ¿O sea, que cuando te estresas por los exámenes y las tareas y eso…?

Mi compañera sonrió. Me había atrapado. Me estaba acusando de precisamente lo que yo acababa de condenar.

—Sí, es cierto. Cuando yo me estreso es pecado, porque en ese momento me está controlando la ansiedad, no el Espíritu Santo.

No hubo más respuesta que el silencio. Creo que mis compañeros no se habían esperado esa confesión tan franca. Pero no podía mentir.

Cuando me controla la ansiedad, es pecado.

Cuando me controla el deseo de comer, es pecado.

Cuando me controla cualquier cosa que no sea el Espíritu Santo, es pecado.

Pero, Dios es bueno. No sólo es fiel y justo para perdonar mi pecado cuando lo confieso, sino usa mis debilidades para Su gloria, para mostrar Su poder.

No se sirvió alcohol en nuestra graduación, pero es obvio que sucedió algo más importante.

Aprendí que un poco de humildad en cuanto a mi vida cristiana, puede tener más impacto sobre mi testimonio ante el mundo que toda una vida aparentemente perfecta.

Claro, esto no quiere decir que debemos seguir pecando para poder tener un testimonio “relevante.” ¡Para nada! Romanos 6 nos habla claramente de los problemas que trae esa mentalidad.

Pero, no tengo por qué aparentar ser mejor persona de lo que soy: Cristo rescató a una pecadora. Esa pecadora sigue pecando, pero con la ayuda del Señor, tendrá cada vez más fuerza para resistir la tentación. Y se vale que todos observen esta lenta transformación. De hecho, es bueno que la observen.

Porque Cristo no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.

Y si los pecadores ven que yo soy pecadora, que la diferencia en mí es que yo respondí al llamado de Cristo, ellos sabrán que Cristo también les llama a ellos y espera que ellos también respondan.

cuando se burlan de ti

Aún cuando se burlan de mí, es para la gloria de Dios.

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Imagen de chuttersnap en Unsplash

Llegué a la universidad con la ilusión de que mi vida como buena alumna y compañera llevaría gloria a Dios porque me ganaría el respeto de mis profesores y de mis compañeros.

Algunos sí llegaron a respetarme a mí y a lo que yo creía.

Pero otros simplemente se burlaron.

Se burlaron de mis esfuerzos como estudiante. Se burlaron de mis características como persona. Pero más que nada, se burlaron de lo que creía y practicaba espiritualmente.

Y sé que no soy la única que ha sufrido esto, ni soy la que más he sufrido, ¡para nada!

Pero, si tú estás en una situación en la que se burlan de ti por ser creyente quiero darte unas palabras de ánimo.

Cuando se burlan de ti, glorifican a Dios.

¡Es cierto!

Seguro es sin querer, pero cuando se burlan de ti por lo que crees, es para la gloria de Dios.

Piénsalo así, si no fueras diferente, si no supieran que eres seguidora o seguidor de Cristo, no habría reacción alguna. Su reacción negativa a ti quiere decir que tu vida, que tú mismo, eres diferente.

¿Y por qué eres diferente?

¡Por Cristo!

Eres diferente, y atraes su burla, porque tú sigues a Cristo, porque tú crees la Biblia, porque tú procuras vivir según la Palabra de Dios.

Así que, ten ánimo.

Si te ganas su respeto a través de tu buen testimonio, ¡qué bueno! Vieron a Cristo en tu vida y es para la gloria de Dios. Pero, si te rechazan, si se burlan de ti y de lo que crees a pesar de tus esfuerzos de ser como Cristo, ¡qué bueno!

Vieron a Cristo en tu vida y es para la gloria de Dios.