un poco de gramática para estudiar la Biblia

¿Te gusta la gramática?

A mí, me fascina todo lo que tenga que ver con el idioma, ¡pero Ricky me dice a cada rato que no es tan interesante para otra gente como para mí!

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 Imagen de Kinga Cichewicz en Unsplash

Pero, hoy sí quiero hablar un poquito acerca de la gramática porque quiero mostrarte algo que puede ayudar mucho a entender pasajes en la Biblia.

Es algo bastante básico, pero sí requiere de un poco de práctica para que realmente sea de ayuda en tu lectura y estudio de la Biblia.

¿Recuerdas cuando aprendiste en la escuela cómo dividir una oración o un enunciado?

Se divide en dos partes: el sujeto y el predicado. Ahora, esas dos partes se pueden dividir más pero por el momento no tenemos porqué ir más allá. El sujeto, como recordarás, es la parte que contiene la cosa, persona, objeto o idea del enunciado. El predicado, incluye lo demás, específicamente, es lo que hace o lo que se le hace a esa cosa, persona, objeto o idea.

Por ejemplo, en el enunciado: El perro café se detuvo en la banqueta. “El perro café” es el sujeto, de lo que trata el enunciado y “se detuvo en la banqueta” es el predicado, lo que hizo.

Pero, lo más útil, al menos para mí, al estudiar un versículo o un pasaje es identificar dos palabras solamente: el núcleo de cada parte.

Es decir, el sustantivo más importante del sujeto y el verbo más importante del predicado.

En nuestro ejemplo: El perro café se detuvo en la banqueta. El núcleo del sujeto es: perro. Las demás palabras no son tan importantes. Igual, el núcleo del predicado es se detuvo, porque las demás palabras no son esenciales.

¿Cómo lo sé? Si digo: “perro se detuvo”  se entiende la idea principal de lo que sucedió. Lo demás sólo le agrega detalles, el color del perro y el lugar en el que se detuvo.

En los siguientes ejemplos, sucede lo mismo.

…por cuanto todos pecaron

(Sujeto: todos

Verbo: pecar)

…la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

(Sujeto: dádiva

Verbo: ser)

…también viviremos con él…

(Sujeto: nosotros, no se dice, pero se entiende

Verbo: vivir)

Unos ejemplos más complejos:

…para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

(Sujeto: aquel

Verbo: perderse, tener)

…habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

(Sujeto: ojos

Verbo: ver)

¿Por qué incluyo esta entrada en un blog sobre ser misionero?

Pues, si quieres compartir el evangelio, es muy importante saber qué dice la Biblia. Es importante poder estudiarla y entender lo que quieren decir los versículos.

A veces, al leer los versículos, uno se puede perder entre tantas frases y siempre es de ayuda poder identificar el sujeto, es decir quién o qué está llevando a cabo la acción o recibiendo la acción y poder identificar qué es lo que está haciendo o lo que se le está haciendo, es decir cuál es la acción.

¡Espero estos ejemplos te hayan ayudado e inspirado para que la próxima vez que estudies tu Biblia puedas identificar fácilmente de quién se trata el texto y qué está haciendo!

3 cosas que la vida misionera no te da

Como ya sabrás, algo que me es muy importante es demostrar que los misioneros son cristianos comunes y corrientes. Sí, hacen sacrificios que otros quizás no hacen. Viajan más. Asisten a más reuniones. Toman más responsabilidad en la iglesia local. Pero, no hacen todo esto porque son supercristianos. Lo hacen porque eran creyentes normales y Dios les llamó a hacerlo. Y hoy voy a hablar de tres cosas más que sacrifican cuando aceptan el llamado de ser obreros para el Señor a tiempo completo.

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Imagen de Zbysiu Rodak en Unsplash
  1. Resultados o retorno de la inversión.

El trabajo del misionero se trata de sembrar. El misionero pasa años invirtiendo. El misionero esparce la semilla de la Palabra de Dios en donde pueda. Pero, ve muy poco fruto. Si fuera un negocio, la misión se iría a la quiebra sin jamás rendir ni un centavo. Porque los que el misionero ve ser salvos, los que el misionero ve crecer en su vida con el Señor y los que ve llegar a la madurez para enseñar a la siguiente generación son muy pocos en comparación con la cantidad de semilla que se plantó. En esta vida, el misionero se la pasa sembrando y regando. Ve un poco del crecimiento que da Dios. Y con eso tiene que conformarse.

Pero, ¿sabes qué? Esto es porque las cuentas no se hacen aquí. La cosecha espiritual no se puede obtener aquí en vida. Un día, en la presencia del Señor, el misionero verá todo el fruto de sus esfuerzos, se quedará atónito al ver todo lo que el Señor ha hecho con sus pobres labores y adorará cuando vea lo mucho que el Señor ha cosechado de esas siembras.

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Imagen de rawpixel en Unsplash

2. Satisfacción al terminar tareas en tu trabajo.

Cuando uno inicia un proyecto con entusiasmo, es perseverante a través de los retos y termina habiendo hecho su mejor esfuerzo, ¡hay una satisfacción interna que se disfruta mucho! Y es una satisfacción que el misionero no conoce. La obra del misionero es con personas. Y las personas no son proyectos. El misionero predica el evangelio y alguien se salva, ¡y su trabajo a penas comienza! Entonces, el misionero empieza a invertir, enseñar, formar y, a veces, corregir a los nuevos creyentes. Ellos progresan, crecen, maduran, ¡pero nunca se puede decir, “Ya quedaron”! La obra del Señor en ellos no terminará hasta que lleguen a su presencia.

Pero, ¡el día que lleguen! Así como Cristo verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho, creo que dará la satisfacción también a sus siervos de tiempo completo. Ellos verán todo lo que se logró a través de su interminable trabajo en vida y, al fin, podrán sentir esa satisfacción de un trabajo bien hecho y adorarán al Señor con un nuevo aprecio por lo que hizo durante todo ese tiempo.

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Imagen de Joshua Rawson-Harris en Unsplash

3. Buen autoestima.

Dios creó al ser humano con la necesidad de un propósito o visión y la necesidad de ver un resultado de su trabajo o esfuerzo por esa visión lo que lleva a la satisfacción de haber terminado bien un proyecto o de haber cumplido un propósito. Todo esto es parte de tener buen autoestima. El misionero tiene una visión, un gran propósito por el cual trabaja. Pero, como ya notamos, no ve muchos resultados (en relación a su inversión), ni termina su trabajo nunca (al menos, antes de llegar al cielo). Esta falta naturalmente lo llevará a cuestionar el valor de su trabajo, su valor como misionero y su valor como creyente con frecuencia. Se preguntará si realmente está haciendo algo para el Señor.

Además, el misionero será malinterpretado y malentendido de parte de los que lo enviaron como misionero y de parte de la gente con la cual trabaja. Es una parte de su vida. Las personas que lo enviaron como misionero no conocen su actividad día a día y mucho de lo que hace o dice se puede malinterpretar ya que ellos lo ven desde otro contexto, personal y cultural, generalmente. Las personas entre las que trabaja pueden malentender todo desde sus intentos de comunicarse (si viene de una cultura bastante diferente o habla otro idioma), hasta cómo funciona su estilo de vida (la lejanía de sus familiares, las ofrendas que lo mantienen económicamente o sus hábitos cristianos cruzados con culturales). La vida misionera parece estar diseñada para aislar al misionero de lo que se necesita para tener buen autoestima: los resultados de su trabajo, la satisfacción al terminar un proyecto y la comprensión de sus conocidos.

Por otro lado, el Señor cuida de los suyos. Y mientras aquí puede ser difícil encontrar plenitud en una Persona intangible, Él siempre está para consolar. Y algún día, el misionero mirará a los ojos del buen Pastor, del misionero que se fue más lejos, del que llegó a un lugar totalmente ajeno para traer la salvación, y allí encontrará comprensión, encontrará todo lo que necesita para suplir sus necesidades emocionales.

La vida misionera es un reto totalmente diferente, pero quizás no más difícil que los retos de otros llamados. Un misionero rara la vez encontrará una de estas tres cosas en su servicio a tiempo completo y aunque el misionero nuevo esté consciente de que la vida misionera es una vida difícil, quizás no esté enterado de que también sacrificará estas tres cosas.

Pero, fiel es el que nos llamó. Él se encarga de suplir todo lo que nos falta.

cuando no entiendo la voluntad de Dios

Es que no entiendo cómo Dios me puede exigir algo tan inmenso.

Tengo amigos que me han dicho esas palabras, o si no, unas muy parecidas. Cuando la Biblia parece tener mandatos imposibles, cuando la Palabra de Dios parece ir en contra de nuestros instintos, cuando parece que Dios nos pide un sacrificio sin razón… ¿cómo debemos reaccionar?

No puede ser que Dios mande eso, Él no sería tan duro.

En el estudio hace unas semanas, los versículos 21 al 23 de Mateo 7, me cayeron como la respuesta a este dilema.

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

¿Quiénes son los que están fuera de la puerta?

¿Son los que abiertamente rechazaron a Cristo? No. 

¿Quiénes son a los que les responde que no los conoce? ¿A los que negaron la existencia de Dios? No.

Son los que no hicieron la voluntad de Dios.

(Obviamente, no sugiero que si un creyente no hace la voluntad de Dios pierde su salvación. Quiero aplicar este pasaje a nuestra vida como creyentes.)

Según el versículo 21, el que entra a su presencia es el que hace la voluntad de su Padre y según el versículo 27, ellos son los que conocen al Señor y el Señor les conoce a ellos.

La clave, creo, es que el hacer la voluntad del Padre viene antes de conocerlo.

¡Toda mi vida había oído esas palabras pero sin entenderlas! Y en pleno estudio, de repente, lo vi.

La obediencia, el hacer la voluntad del Padre, viene primero. Luego, conocer a Dios, viene como resultado.

En términos sencillos: La obediencia lleva al conocimiento.

Estas personas parecían hacer todo lo correcto, pero eso no importaba porque no estaban haciendo la voluntad de Dios y por eso no les conoció y ellos no le conocían a Él.

La obediencia viene primero. Luego, el conocimiento. Y el conocimiento no sólo de Dios, sino muchas veces del por qué de ese mandato.

Esto va totalmente en contra de nuestros instintos.

Antes de obedecer, queremos saber la razón detrás de Su voluntad, el por qué detrás del mandato.

Pero, Dios pide que confiemos en Él.

Dios pide que obedezcamos, y después Él se revelará y le conoceremos.

3 preguntas que debes hacer antes de compartir el evangelio

Hay ocasiones cuando compartido el evangelio pero he visto que el mensaje parece no afectar a la persona. Ahora sé que si me hubiera tomado el tiempo de hacerme unas preguntas, me hubiera ayudado a compartir el mensaje de una manera que quizás hubiera tenido mayor efecto en los oyentes. Entonces, hoy te comparto estas tres preguntas esperando que el considerarlos antes de compartir el evangelio con alguien te ayuden a no cometer los mismos errores que yo.

1. ¿Qué tipo de relación tengo con esta persona?

Cuando se va a tratar un asunto tan importante y tan personal como la salvación, es excelente tener una relación como base de esa conversación.

Por ejemplo, si tu tía te pregunta: “¿Cuántos pedazos de pastel te comiste?” Quizá te molestes, pero si te lo pregunta tu nutrióloga es diferente. ¿Por qué? Porque tú ya tienes una relación con la nutrióloga en la que ella te ayuda a tomar mejores decisiones en relación a lo que comes. Ella tiene el derecho de preguntarte eso, porque tú se lo diste.

Antes de hablar de las verdades difíciles del evangelio, pregúntate qué tipo de relación tienes con esta persona y si te ha dado el derecho de hablar de cosas personales. ¿Te ha confiado asuntos personales? ¿Te ha pedido consejos? O ¿sólo se saludan en la calle porque son vecinos?

Una relación de mucha confianza, te permite explicarle de manera más extendida y profunda cómo el evangelio impactaría su vida, mientras que una relación más superficial, quizás sólo te permita comentarle lo básico del evangelio y dejarle un folleto.

No es necesario detenerte si no te ha confiado sus secretos más íntimos, pero la relación que tienen debe afectar la manera en que compartes el evangelio.

2. ¿Por qué le quiero compartir el evangelio?

A veces estamos tan enfocados en que debemos de evangelizar que no nos detenemos para preguntarnos cuál es nuestro motivo. ¡Y resulta que el motivo es igual de importante para Dios que la acción!

¿Por qué se me ocurrió con mi compañera de clases sobre la importancia de ser salva después de su cirugía? ¿Por qué pienso invitar a la vecina que me robó unas macetas a la predicación del evangelio? ¿Por qué le quiero regalar un folleto a ese chico que se parece a Noah Centineo?

Quizás mis motivos sean sinceramente la gloria de Dios.

O quizás tenga otras ideas que influyen en mis hechos.

Es bueno hacer lo bueno. Pero, es bueno hacerlo después de haber examinado mis motivos ante el Señor.

¿ Cuál es su trasfondo religioso y familiar?

El trasfondo de una persona la ha moldeado en gran parte. No es el único factor, pero algo importante a considerar antes de compartir el evangelio es su percepción de ciertos conceptos.

Si una persona fue criada con la idea de que es más importante ser amable que decir la verdad, ¿cómo le vas a presentar la verdad de su pecado? En el caso de alguien que creció en una religión muy estricta, en donde el transgredir las reglas implicaba el abandono total de los seres queridos, es necesario comunicarle el amor incondicional de Dios. Al compartir el evangelio con uno que siempre ha creído en Dios y nunca ha hecho nada al respecto, ¿qué vas a decir para mostrarle la urgencia del evangelio?

¿O qué tal situaciones más delicadas?

Si el papá de alguien lo abandonó cuando tenía seis años, es bueno considerar la mejor manera de hablar de Dios como Padre. O si la religión de alguien le enseñó la reencarnación como verdad, ¿cómo vas a presentar el tema del juicio después de la muerte? Si la persona no cree en Dios pero cree en las energías, ¿qué le vas a decir sobre el mundo espiritual y la batalla por su alma?

El evangelio no cambia, pero sí se puede presentar de una forma apropiada dependiendo del oyente.

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Imagen de Korney Violin en Unsplash

Estas tres preguntas no son razones para no compartir el evangelio, ¡para nada! Sólo son cuestiones a considerar antes de compartir el evangelio con alguien.

Así podremos compartir el evangelio de una manera más amorosa, mas eficaz y más considerada.

la capacitación del creyente misionero (parte 1 de 4)

¿Alguna vez has escuchado de un misionero que dejó su trabajo por un tiempo para estudiar más? ¿Qué pensarías si te tocara oírlo?

Quizás la reacción más común sería la de sorpresa y desacuerdo. ¿Cómo dejar la obra? ¿No son más importantes las almas que algún título? ¿No es irresponsable dejar de evangelizar a tiempo completo?

Mientras esa reacción es lo más esperado, quizás no sea la reacción más saludable, ni la más sabia.

Un misionero necesita capacitación.

En un mundo ideal, el misionero comenzaría la obra ya con capacitación. Pero, eso no siempre sucede. Además, hay buenas razones para continuar la capacitación después de estar en el campo misionero.

Pero, no sólo se trata de misioneros a tiempo completo. ¿Qué tal el creyente “normal”?

El creyente que vive en su lugar de origen pero quiere compartir el evangelio ¡también necesita capacitación!

Esta entrada es una de cuatro en las que voy a hablar de la capacitación y la preparación que cada creyente misionero puede tener y por qué es importante, seas misionero a tiempo completo o no. (Puedes leer las otras partes aquí: parte 2, parte 3, parte 4.)

Hay dos principios importantes en la Biblia sobre las que me baso para decir que es importante capacitarte para ser creyente misionero. Primero, es la importancia de hacer tu mejor esfuerzo en todo.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor… Colosenses 3.23

Ese es uno de los principios que debe guiarme en todo lo que aprenda, desde mi educación formal académica hasta mi experiencia laboral. Pero, no es el único. Mientras ese principio me enseña que debo hacer mi mejor esfuerzo en la tarea que se me dé, existe también el principio de ser buen administrador.

…se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. 1 Corintios 4:2

Es decir, en todo lo que se me da, debo ser sabia en su uso, debo ponerlo a trabajar para el Señor.

En la administración, muchas veces pensamos en lo económico, pero el dinero no es lo único que Dios nos da. Dios nos da cerebro, dones y habilidades naturales que podemos administrar bien o mal.

Es por eso que quiero compartir mis convicciones sobre la preparación y capacitación continua de cada creyente como misionero, como compartidor del evangelio.

Para mejor compartir el evangelio, necesitamos ser buenos administradores de los talentos que Dios nos dio y desempeñar nuestras tareas con todo nuestro esfuerzo.

Pero, si no estamos preparados, si no hemos pulido nuestras habilidades, si no hemos desarrollado nuestros dones, nos podríamos ver limitados al momento de compartir el evangelio. Tenemos una responsabilidad de capacitarnos para ser misioneros o ya siendo misioneros.

¿En que formas nos podemos capacitar?

Pues, lo primero es medio obvio. Nos podemos preparar con estudios académicos. La cultura general y el conocimiento básico que la escuela nos da nos ayudarán a entender el mundo que Dios creó y las reglas que lo rigen.

¡Otra capacitación muy eficaz es la experiencia! En la universidad, la experiencia nos enseñará mucho. Generalmente, la experiencia se basa en nuestros errores para enseñarnos, ¡pero no por eso hay que detenernos! Las experiencias, sean exitosas o desastrosas, tienen mucho que enseñarnos si estamos dispuestos a ver cada experiencia como creyente misionero como otra parte de nuestra preparación.

Finalmente, una manera sorprendente de prepararnos es enseñar. Creo que no hay ni un maestro que lo niegue, ¡enseñar te enseña más que cualquier otra actividad! Entonces, cuando nos toque ayudar a un amigo, cuando nos hagan una pregunta, cuando tengamos que explicar algún concepto, aprovechemos para profundizar y entenderlo mejor.

La educación académica te dará una base esencial sobre la cual podrás construir el resto de tu capacitación para ser creyente misionero.

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Imagen de Lonely Planet en Unsplash

Nunca se deja de aprender.

Seguido se dice y es totalmente correcto. Un creyente misionero continuará su capacitación después de graduarse, pero de una manera más específica. Después de terminar de estudiar, se estudia, ahora quizás más a fondo, la Biblia. Hablaré de cómo hacerlo en otra entrada, pero hay que apartar tiempo para estudiar tal como se hizo para la escuela. Hay que sentarse, leer, analizar y hacer preguntas. La Biblia es la base de nuestra fe y si no la estudiamos pronto encontraremos al evangelizar que nuestras convicciones se basan sobre arenas movedizas.

La experiencia de vida cambia y dará más oportunidades para poner en práctica no sólo todo lo que aprendí en la escuela, sino también lo que estoy aprendiendo en la Biblia. Así que, hay que hacer lo que estoy aprendiendo. No importa si paso momentos incómodos, si cometo errores. La experiencia de poner en práctica lo que estoy aprendiendo me preparará para ser mejor creyente misionero.

Y claro, enseñar la Biblia también me ayudará. ¿Me preguntaron en el trabajo por qué vivo de cierta manera? ¿Los ancianos me pidieron que enseñara una clase bíblica? ¿Un niño preguntó por qué hay un pan y una copa en la mesita del centro cada domingo? ¡Hay que aprovechar! Al enseñar la Biblia, la entenderé mejor yo.

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Imagen de NeONBRAND en Unsplash

Los estudios académicos y de la Biblia, la experiencia al poner en práctica lo que aprendes y el enseñar lo que sabes nos ayudarán a desarrollar las habilidades, el talento y los dones que Dios nos ha dado y usarlas de la mejor manera, como buenos administradores, para evangelizar.

El próximo lunes, publicaré la parte 2 de esta serie sobre la capacitación del misionero.