Los tiempos de la Abuela

Carla suspiró al ver la Biblia abierta sobre la mesita. 

Unos días antes su abuela había fallecido y ya estaban metiendo todas sus pertinencias a estas cajas de cartón. Su mamá estaba en la sala, llorando al guardar las figuritas de cristal que había coleccionado la abuela a través de toda una vida. Suponía que su papá seguía limpiando la cochera. Carla se preguntó por qué le habían dejado lo más difícil a ella. ¡La habían enviado a guardar las cosas de la recámara! Allí donde estaba toda la ropa que aún tenía el aroma al perfume de su abuela, allí donde aún estaba su argolla de matrimonio sobre el tocador, en la charolita plateada que tenía grabado su nombre: Evelina Abitahan, allí donde estaba la Biblia aún abierta sobre la mesa que estaba a un lado de la cama. 

Él les respondió: 

—A ustedes no les toca saber ni los tiempos ni las ocasiones que el Padre dispuso por su propia autoridad. 

El versículo estaba subrayado pero Carla nunca había entendido por qué su abuela lo citaba tanto. Habiendo tantos versículos consoladores sobre el carácter de Dios… y ya no tendría la oportunidad de preguntar.

 

Se talló los ojos y abrió el cajón de la mesita para empezar a vaciarlo. Sacó unos pañuelos blancos, bordados que olían a flores. Sacó un pequeño frasco de agua de rosas. Y luego, sacó un libro. Parecía que estaba forrado de piel y pensó que era otra Biblia, pero nó, era muy delgado. Lo abrió y de repente una luz blanca llenó la recámara. ¿Era una pantalla? Clara lo tocó y se sorprendió cuando pareció moverse la pantalla, ¡como si fuera una hoja de papel! Se dio cuenta de que era un libro pero cada página estaba alumbrada como si fuera una pantalla. ¡Nunca había visto algo así! Estaba a punto de llamar a su mamá cuando vio que había dos pequeños símbolos al pie de cada página: una bocina y un rectángulo. Tocó la bocina y dio un brinco cuando oyó la voz de una mujer. ¿No había cómo cambiar el volumen? Encontró el botón y lo bajó. Luego, se regresó a la primera página y, emocionada por descubrir más, tocó el símbolo del cuadrito que no reconocía. Pegó otro brinco cuando de la pantalla en sus manos se proyectó al techo el video de una joven que se peinó el cabello oscuro con los dedos antes de hablar. 

— La Capital de México a 15 de junio de 2854. Este diario es el primero que me compro con mi propia moneda. Por eso decidí comprar la versión forrada en piel, sé que es un lujo pero no creo volver a tener la oportunidad de gastar tanto en algo personal. Además, este diario será el más especial hasta el momento. —La chica sonrió—. Este diario es el primero en el que mencionaré un nombre muy especial: Antoni. Conozco a Antoni desde hace tiempo, es del sur pero vino a la Capital por el trabajo. Trabaja con la Fuerza de Defensa Espacial. Como yo trabajo con la Organización de los Planetas Unidos, no tenía por qué conocerlo, ¡fue chiripa! Pero, hace unos meses, me pidieron organizar un evento conjunto de la FDE y la OPU y allí fue donde nos conocimos por primera vez. No tardamos mucho en conocernos bien y muy pronto él conoció a mis papás y yo a los de él. Nuestros valores son los mismo a pesar de trabajar en organizaciones que parecen tan opuestas. ¡Los dos estamos allí por las mismas razones! ¡Estamos seguros de que Dios nos llevó a conocernos ese día! Sé que en muy poco tiempo me va a proponer el matrimonio. Y estoy totalmente lista para decir que sí. Juntos podremos hacer tanto por nuestro planeta, ¡juntos podremos honrar al Creador cuidando su creación! Creo que nunca he sido tan feliz. 

La recámara quedó oscura de nuevo. Carla no podía creer lo que acababa de oír y ver. Era como una historia del futuro… pero, ¿cómo? Dio la vuelta a la página y el libro comenzó a brillar de nuevo. Pulsó otra vez el símbolo del proyector. 

— La Capital de México a 23 de junio de 2854. ¡Lo hizo! ¡Me propuso matrimonio! ¡Y después de sólo unos meses de conocernos! ¡Pero soy la mujer más feliz de los planetas! Y Antoni el hombre más lindo. ¡Mira, estoy llorando de felicidad! Sé que Dios tiene grandes propósitos para nosotros. En la oficina no pueden creer que me vaya a casar con alguien de la FDE, ¡pero es la persona correcta! Mis papás están felices porque conocen sus principios y él ha sido muy respetuoso con ellos. Ahora, empieza el caos de planeación de ceremonia de unión. Claro, siempre he soñado con una ceremonia como las bodas antiguas, con todo y flores, vestido blanco y argollas de oro, pero… lo antiguo es caro. Antoni cree que sería mejor gastar esa moneda en preparación de un hogar y una vida juntos. Y estoy de acuerdo… entonces probablemente hagamos una ceremonia de unión ordinaria: decoraciones de cristal, un sarí con bordado azteca para mí, y para él su uniforme, el changshan azul marino, y argollas láser. Es la opción más práctica. Lo que no hemos hablado es en dónde vamos a vivir. Mi departamento es muy céntrico, pero pequeño. Él tiene un condominio más amplio pero tiene un diseño totalmente jupiteriano y no me gusta. Además, el trabajo de ambos queda más lejos… a ver qué hacemos… ¡Ah! Y entre tanta emoción se me olvidó también algo muy importante. En el trabajo me están ofreciendo otra posición. Hasta ahora mi título ha sido “Intermediaria Suplente de la OPU al Planeta Tierra” pero ahora el Intermediario oficial, mi jefe, está listo para jubilarse. Me dijo que se quiere mudar a Marte, porque ahí hay muchas buenas actividades. ¡Yo jamás me iría ahí! ¿Por qué no Saturno? ¡Me dicen que es mucho más bonito que Marte! O ya que uno se va a mudar, pues a Casiopea en Andrómeda, ¿no? ¡Que sea una verdadera aventura! Pero bueno… cada quién. Pues, obviamente, a mí me ofrecieron el trabajo de mi jefe y estoy ¡súper feliz! Aún no le he contado a Antoni, porque me lo acaban de ofrecer hoy. Tengo hasta la próxima semana para darles mi respuesta final, pero obvio ya les dije que sí. Ya no estaría limitada a organizar eventos sociales entre organizaciones, sino podría realmente hacer una diferencia en comités, juntas y reuniones de las naciones de la Tierra y otros planetas. ¡Qué privilegio! ¡Qué oportunidad tan grande! 

— La Capital de México a 29 de junio de 2854. Tenía varios días sin ver a Antoni. Parece que ahorita lo invitaron a participar en un proyecto muy grande y me da gusto por él. Está emocionado, y me dijo que dentro de unas semanas estará un poco más libre y podrá ayudarme con los planes de la ceremonia de unión. Mientras tanto, estoy ya preparándome para tomar el lugar de Intermediaria General de la OPU al Planeta Tierra. Aún no les he dado mi respuesta oficial pero, bueno… hoy por la mañana Antoni me llamó y me preguntó si podía salir a desayunar con él. Cuando lo vi, en lugar de llevarme a un restaurant me llevó a una bodega aérea. ¡Fue lo más raro del mundo! Tuvimos que dejar identificación oficial en la puerta, pero él me dijo que perderme el desayuno y todo el trabajo de firmar a la entrada y que nos tomaran foto y todo valía la pena… ¡y qué sorpresa me llevé! ¡Lo que me mostró fue algo increíble! Resulta que en el planeta Tierra hace unos 38 años, ¡alguien inventó un transporte temporal! Digo siempre se han oido rumores, pero resulta que la FDE la compró junto con los derechos de uso y luego solicitó que se clasificaran como Secretos Planetarios para evitar que cayeran en manos de alguien más. Allí está el transporte, sólo que nadie lo puede usar. Y ningún otro planeta lo sabe. Aún aquí, sólo hay rumores. Resulta que la FDE hasta saca rumores falsos para que nadie se entere de lo que realmente hay. Creo que en teoría Antoni no debe habérmelo mostrado, pero todo lo hicimos según el procedimiento y obvio no lo voy a decir a nadie… ¡y menos en el trabajo! Antoni me dejó en la oficina y justo le iba a decir de mi oportunidad cuando le llamaron de urgencia. Así es la vida de un oficial de la FDE. Le tendré que decir el sábado. El sábado me dice que ya estará más libre aunque no habrá terminado el proyecto. 

— La Capital de México a 1 de Julio de 2854. No sé qué hacer. Hoy salí a cenar con Antoni. Me contó cuál es su proyecto tan emocionante y que le ha quitado tanto tiempo últimamente. La FDE lo quiere enviar a su estación en Venus ¡y él quiere ir! ¡Quiere que vayamos! Me contó con tanta emoción todo lo que podría hacer para la protección de nuestro planeta allá, y supuso que en la OPU podría solicitar que me transfirieran a las oficinas de Venus. Supongo que sí, pero… ¡jamás lo consideraré! ¡No sé qué está pensando! ¿Cómo irnos de este planeta que tanto amamos? Aunque sea para protegerla… ¡no me voy a ir! Estoy enojada con Antoni. Y triste. Fue una conversación tan larga y complicada que ni tiempo me dio de darle mis noticias sobre el puesto nuevo que me están ofreciendo en la OPU. ¿Cómo lo voy a persuadir que se quede? 

— La Capital de México a 3 de Julio de 2854. Antoni y yo tenemos tres días peleándonos. Por fin le conté sobre el puesto que me ofrecen. Él obvio, supuso que les diría que no. Pero… si he trabajado tanto para por fin tener una voz en los comités interplanetarios. Por fin tendré el poder para hacer más que organizar fiestas. ¡Por fin, tendré un verdadero efecto sobre el futuro del planeta! ¡Y él se quiere ir! No sé ni como piensa ayudar a proteger a la Tierra desde Venus! 

Ay… bueno, es injusto decir eso. Sé que cada estación de la FDE tiene su razón de ser y si lo van a mandar para allá es por que hay algo que hacer ella. Pero… ¿cómo vamos a arreglar esto? Él se quiere ir. Yo me quiero quedar. Y esos valores compartidos en los que yo tanto confiaba son los que nos están llevando a dos planetas distintos. ¿Dónde está Dios en esto? ¿Por qué permitió que nos conociéramos si quiera? ¿Para qué si sólo nos iba a guiar en dos direcciones distintas? 

— La Capital de México a 10 de Julio de 2854. Pues ya. Ya se fue. Y obvio yo no fui. Me siento totalmente vacía. Él se fue aún convencido de que lo correcto es estar en Venus. Y yo no puedo más que pensar que debo permanecer en Tierra. No sé qué voy a hacer. Ya me ascendieron de puesto oficialmente, tengo mi primera junta en un mes. Pero, no tengo motivación. Sé que yo quería ayudar a proteger la Tierra pero ahorita, no sé ni para qué. Quizás todos los demás que viven aquí deben hacer algo por ella. Si ellos tienen ganas de vivir que se pongan a protegerla Tierra, ¡por que yo no quiero! 

¿Qué voy a hacer? ¿Seguir trabajando como si la persona más importante del planeta no se hubiera ido? ¿Voy a seguir diciendo “Buenos días” como si realmente fueran buenos? 

¡Mira! Otra vez me está llamando mi mamá. No sé por qué. No tengo nada que hablar con ella ni con nadie. ¿De qué vamos a hablar? ¿De que no tengo ni quiero futuro? ¿De que lo que según yo Dios me mostró sobre su plan para mi vida fue una mentira? ¿Qué me va a decir? 

Es cierto… no tengo ni quiero futuro. Quisiera vivir eternamente como había vivido hasta la semana pasada…

Jajaja… si sólo tuviera acceso a ese transporte temporal… jajaja.

Espera. ¿Por qué no? Usarlo es ilegal. ¿Y qué? ¿No acabo de decir que no tengo futuro? ¿Qué importa si me ven o me atrapan? En el mejor de los casos estaré viviendo mi vida de nuevo. Y en el peor… sigo sin futuro. ¿Y Dios? No sé… Dios no me ha contestado en estos días. ¿Dios qué me va a decir? Me voy. Hoy por la noche voy a entrar a la bodega aérea y me voy a regresar al año en que nací. ¿Qué voy a necesitar? ¿Qué me llevaré? Hmmm…  sólo este diario. Me lo voy a meter a la ropa. Así jamás olvidaré este momento. 

— La Capital de México a 10 de Julio de 2854. Ya estoy adentro. No me costó mucho meterme. Como es bodega aérea no hay mucha seguridad por las noches. Sólo un soldado y me metí cuando él se fue a checar el sonido de un cristal que se rompió atrás de la bodega. ¡De todos modos no me gustaban esos vasos que me regalaron en la oficina! Traje unas unidades de energía por si no estaba lleno el tanque del transporte temporal, primero las voy a insertar y luego no tendré mucho tiempo para poner la fecha después de arrancarla porque el ruido va a alertar al guardia… aquí vamos. ¡Auch! Está vieja esta máquina me pellizqué los dedos. Ok, ya están las unidades en su lugar. Y arranco… ¡pero qué ruido hace! ¡Ay no! ¡Ya me oyeron! ¿Dónde quedó el teclado de las fechas? 2 de Febrero de 2854. ¡Ya! 

La pantalla del libro se volvió negra. Carla rápido la tocó de nuevo para seguir escuchando la historia de la mujer tan atrevida como para robarse una máquina del tiempo. Pero las siguientes páginas estaban en blanco. ¿Qué le habría pasado? 

Pensativa, cerró el forro de piel, pero en lugar de guardar el libro en la caja, lo metió a su mochila. Tendría que pedirle permiso a su mamá para quedarse con él. En el cajón sólo quedaba una cobija de bebé, suave, blanca y con las iniciales de su abuela en una esquina, E. A. Justo en ese momento, entró su mamá en la habitación. 

—¡Carla! Te estoy llamando desde hace 5 minutos. 

—¡Perdón, mamá! No te oí. 

—Pues, sólo para decirte que vamos a pedir pizza. Una de pepperoni y la otra ¿de qué la quieres?

Carla ya no estaba oyendo a su mamá. Estaba viendo su cabello. Ese cabello largo, lacio y negro. 

—Mamá, ¿qué sabes de las máquinas del tiempo? 

—Clara, te estoy preguntando sobre las pizzas. Ahorita hablamos de eso. 

— De pepperoni. ¿Alguna vez has estado en una?

— ¿En una qué? Ya te dije que de pepperoni íbamos a pedir. ¿De qué pedimos la otra? 

—Pues, de lo que sea menos Hawaiiana. En una máquina del tiempo. 

—Ok, dame un segundo. —Su mamá desapareció por las escaleras mientras Carla doblaba la cobija. Cuando regresó, se sentó en la cama y miró a Carla a los ojos. 

—Ya regresé. ¿Por qué tantas preguntas de la máquina del tiempo? 

—Ah… no. No tienes los ojos iguales. Nomás el cabello. Ya nada. 

—Aaaahhh… ¿te refieres a tu abuela? Siempre me han dicho que me parezco mucho a tu abuelo, pero heredé el cabello exacto de tu abuela. 

Carla frunció la ceja, su idea no podía ser la correcta… ¿o sí? Puso la mano sobre la cobija en la caja. 

—¿Y esta cobija era de mi abuela cuando era bebé? Veo que tiene sus iniciales. 

—Sí. De hecho, tu abuela tiene un pasado un poco triste… como ya sabes, tu abuela no fue hija biológica de sus padres. Pero, nunca te había dicho que la encontraron abandonada afuera de un hospital. Pobrecita, en febrero hace un frío tremendo y lo único que llevaba era esta cobija. 

Carla no pudo contenerse. 

—¿En febrero de qué año? ¿No tenía otra cosa con ella? ¿Como un libro? ¿O una carta? ¿O algo?

—Que yo sepa no. Pero, nunca me quiso contar ella la historia. Su mamá me la contó a escondidas una vez. Sólo sé que la encontraron envuelta en esta cobija el 2 de febrero de 1927. Era una bebé de meses. 

—Mamá, ¡qué historia tan interesante! ¿Por qué nunca me habían dicho? 

—No sé. Yo siempre pensé que a tu abuela no le gustaba hablar de eso. Siempre cambiaba el tema cuando surgía, no se enojaba. De hecho, siempre sonreía antes de salir con otro tema de conversación. Fue una de esas cosas que nunca le pregunté.

Se quedaron en silencio. La mamá de Carla pensando en los recuerdos de su mamá y Carla mordiéndose la lengua para no soltar el secreto. 

—Pues, voy a bajar. Vente dentro de unos 15 minutos para comer.  —Su mamá salió del cuarto y Carla cerró la puerta tras ella. Sacó de nuevo el libro y lo volvió a abrir. Pulsó el botón de proyector para ver la cara de la joven mujer. ¿Su abuela? Tenía que buscar una foto de ella de joven. Abrió el closet y buscó en los cajones del tocador, pero no encontró ni una foto. Pensó que quizás encontraría álbumes de fotos en la sala, pero ¿cómo explicarle a su mamá para qué quería ver las fotos? Mientras pensaba en cómo decirle a su mamá, hojeaba las páginas del diario sin realmente verlas. Entonces, al llegar al final, la penúltima página cayó abierta. ¡Tenía letras escritas! 

No satisfecha con sólo leer este diario maravilloso, buscó el símbolo del proyector al pie de la página y lo pulsó. Se volvió a alumbrar el techo de la recámara.

— La Ciudad de México a 12 de enero de 2019. Siento que debo terminar esta historia. Nunca he intentado grabar en este diario desde la última entrada porque no sabía si funcionaría… la tecnología ha cambiado tanto… 

Pero bueno, la razón por la que estoy aquí hoy es un error mío. En las prisas de escaparme del guardia de la boda aérea…jajaja ¡qué raro se siente hablar de esas cosas después de tantos años de silencio! Pues, en las prisas pulsé mal la fecha. El transporte temporal me llevó a donde lo pedí y en la condición que yo quería. Por un error de dedo, llegué como bebé el 2 de febrero de 1927, en lugar del 2 de febrero de 2827. Para mí, en ese momento fue un error, pero con los años, he visto que Dios no comete errores. Él me trajo a un lugar y un tiempo en el que por un lado, ¡no tuve opción más que quedarme en este planeta! Jajajaja… Y por otro lado, esta época me ha enseñado cosas sobre la paciencia y la tolerancia que creo que jamás hubiera aprendido en mi época nativa. 

Estoy tan agradecida con Dios porque me trajo a un tiempo en el que yo pude conocerle mejor. En este tiempo, tan distinto al mío, tuve una niñez increíble, una niñez imposible en el siglo XXIX. No pude obtener un trabajo como el que había tenido, pero el trabajo que Dios me dio en esta época fue de enfermera. Y en este trabajo también, Dios me trajo a un buen hombre. Mientras que el amor de mi primera vida fue Antoni, jamás hubiéramos podido envejecer juntos. Pero, Juan Adelardo García Fournier ha sido para mí el esposo de mis sueños. Juntos servimos a Dios, criamos una familia y envejecimos. No fueron tiempos fáciles. La vida en el siglo XXI, ¡es tan difícil como se rumora en los siglos siguientes! Pero, fueron tiempos en los que Dios se mostró bueno. Lo que yo hice, en un berrinche inmaduro como una joven desesperada, Dios lo usó para mi bien, y espero, también para el bien de Antoni. Estoy segura que él pudo servir a Dios mejor sin mí, en su puesto en Venus. Y sé que mi Juanito y yo pudimos servir mucho mejor a Dios donde y cuando Él nos puso. 

Quería grabar una última entrada porque tengo 92 años, ya se fue mi Juanito y siento que se acerca el tiempo en el que iré ya también a estar con mi Señor. No sé si alguien encontrará este libro. No sé si pueda llegar a manos de mi familia en la Capital en el año 2854. Me gustaría que ellos supieran lo feliz que he sido y lo mucho que Dios me ha enseñado.

La pantalla se apagó y Carla cerró el libro por última vez. Estaba llorando. Eran lágrimas de felicidad al volver a ver a su abuela, al oír su voz pero también eran lágrimas de tristeza por la pérdida de una mujer tan increíble. 

Fue así como su mamá la encontró. 

—Carla, ¡te dije que… ah, ver ¿qué pasó, mija? ¿Por qué lloras? —Su mamá la abrazó y el libro cayó olvidado debajo de la cama. 

— Ya cariño. Yo sé que es una pérdida muy grande. Todos estamos tristes porque se fue, pero la veremos algún día en el cielo. No lloramos sin esperanza. Ella te amaba tanto… ¿Sabes que a ella le encantaba cuidarte de bebé? Decía que tu curiosidad te haría una gran aventurera, que serías como un Antoni. Supongo que estaba confundida con Alejandro el Magno…

la boda de mis tíos

El piso del hotel tiene alfombra verde pino y como estoy cansada, me siento. Acomodo la canasta blanca llena de flores a mi lado. La señorita con tacones rojos y vestido plateado me ve y luego voltea con las dos que llevan vestidos verdes de gala igualitos. Parece que me va a decir algo pero se distrae cuando se oye música al otro lado de esas puertas grandes. Cierra los ojos un momento, luego sale corriendo hacia la banqueta, pero no sé porqué. No hay nadie.

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Imagen de Wedding Photography en Unsplash

Cuando regresa, sus chinos están todos despeinados. Como los míos. Toda la mañana estuve sentada en una silla grande junto a mi tía y las gemelas de verde en un lugar lleno de mujeres con uñas largas. Me hicieron chinos y luego se me despeinaron y me los volvieron a hacer. Eso pasó como tres veces. Me había cansado de estar sentada pero me dieron dulces y un peluche y estuve sentada otro rato más. Luego metieron mi cabeza debajo de una máquina que me echaba aire y  estuve ahí mucho tiempo y cuando por fin salimos de ese lugar, me dijeron que no moviera la cabeza para que no se me despeinaran los chinos. A lo mejor esta señorita movió la cabeza demasiado afuera de la puerta.

Empieza a hablar en voz baja con las gemelas verdes, pero parece que está enojada.  Las acomoda frente a las puertas. Suspira profundo y luego me mira.

—Ven.

Me levanto de mi lugar con cuidado para no pisar mi vestido de encaje y tomo la canasta con flores, antes de acercarme.

—¿Moviste mucho la cabeza? —Sonríe porque no me entiende.

—Mira ya casi es momento de que pases al auditorio. ¿Recuerdas lo que practicamos anoche?

Asiento con la cabeza. —Cuando abren las puertas van a pasar ellas dos, luego yo las voy a seguir. Todas tenemos que caminar lento. Y cuando llegue al frente, busco la moneda en el piso y me pongo allí, pero no me puedo sentar hasta que entre mi tía.

—¡Exacto! —Sus labios sonríen de nuevo pero sus ojos no. Me da un poco de miedo y miro a las de vestido verde. Ellas son mis amigas. Ellas me sonríen y veo las sonrisas en sus ojos. Les devuelvo la sonrisa y me pongo en mi lugar atrás de ellas. Todas volteamos hacia las puertas listas para caminar.

Justo al abrirse las puertas, la señorita me recuerda una última vez —Sonríe—.

Y al seguir a las gemelas verdes, me encuentro en un lugar muy grande pero no se ve tan grande como se veía anoche. Anoche era un espacio inmenso. Hoy está lleno de filas y filas de sillas con moños, listones y flores. Y mucha, mucha gente viéndome.

Doy mis primeros pasos hacia el frente. Procuro sonreír, pero sé que mi cara se ve como la de la señorita, con labios sonrientes y ojos serios. Miro hacia el frente. Allí están un viejito, mi tío y unos amigos de él. Él me mira y sé que está feliz. Me empiezo a sentir mejor ¡pero me doy cuenta que no estoy caminando lento! ¡Tengo que caminar lento! Y vuelvo a sonreír a la gente que me está mirando.

Por fin, llego al frente y busco la moneda. ¡Ése es mi lugar!

Volteo con mi tío otra vez. ¡Sigue muy feliz! Pero ya no me está viendo a mí. Está mirando hacia la puerta. La música que están tocando los de negro en una esquina se pone más lenta y más suave. Siento cosquillas en el estómago y suspiro profundo.

El viejito dice algo pero no le entiendo. Y todos se paran y voltean hacia atrás, hacia las puertas por donde entré yo con mis amigas de verde. ¡Ya no veo nada! La música sigue igual de suave y bonita pero aparte de eso hay un silencio intenso. Siento escalofríos en la espalda…¡todo está muy bonito! Luego se oye pasar un carro por la calle. Alcanzo a oír esos tacones rojos de la señorita que corre otra vez a la banqueta. Pienso en sus chinos, se van a despeinar más.

La música sigue pero la gente ya no está quieta. Algunos mueven los pies, otros voltean con mi tío, otros miran al suelo. Mi tío me mira, me cierra el ojo y le sonrío bonito. ¡Sé que va a estar contento porque ya viene mi tía y está muy bonita en ese vestido blanco y grandote! Luego, él mira hacia las puertas y yo también aunque me estorba la gente parada. Lo que sí puedo ver muy bien son sus rodillas y zapatos. Veo zapatos negros brillosos, tacones blancos y cafés, otros rojos también brillosos, veo unos azules con puntitos…

Me parece que los de negro en la esquina se emocionan porque comienzan a tocar la música más fuerte. Pero la gente ya no está poniendo atención. Están empezando a hablar entre sí. Una amiga de verde volteó a ver a su gemela. Mi tío ya no está sonriendo. ¡Y yo tampoco porque ya estoy cansada de estar parada!

No puedo sentarme hasta que entre mi tía… pero me duelen los pies. Levanto el pié para estar segura de que estoy en el lugar correcto y sí, allí está la moneda. Me siento en el escalón elegante. Acomodo el encaje de mi vestido y de mis calcetines. Mis zapatos son de los negros brillosos pero tienen perlitas blancas. ¡Son zapatos muy bonitos! Me doy cuenta de que estoy agachada ¡y no debo mover mi cabeza! Con cuidado me siento derechita para ya no mover la cabeza. No quiero despeinarme los chinos.

La música se acaba. Ya nadie está sonriendo, muchos están platicando entre sí y las gemelas verdes están mirando a mi tío… ¿están llorando? ¡Sí! Hay lágrimas en sus ojos. Mi tío suspira profundo. El viejito tiene una mano en su hombro. Veo a mi mamá sentada en la segunda fila, me está mirando y no se ve contenta.

¡Ay, no! ¡Todos se dieron cuenta de que me senté antes de que entrara mi tía! ¡Qué horror! Siento calor en mi cara y dolor en mi garganta. Me paro rapidísimo, pero sin mover la cabeza. Tengo un trabajo muy especial y no importa que esté cansada, no puedo sentarme hasta que entre mi tía.

Luego, se oye un carro que frena de repente. Corren de nuevo los tacones rojos de la señorita hacia la banqueta. ¡Sus chinos van a ser un desastre! Se azota una puerta, luego otra. Todos voltean hacia las puertas por las que entré. A lo mejor ya llegó mi tía. Yo no puedo ver nada entonces volteo con mi tío. Da dos pasos hacia la puerta y luego hace un sonido raro. —¡Ja! —Y de un brinco regresa a su lugar al frente. Los de negro comienzan a tocar música otra vez, música rápida y feliz. Todos empiezan a sonreír. ¡Mi mamá también! Y mi tío está llorando… no sé por qué.

Entre la gente, alcanzo a ver a mi tía que camina lento hacia mi tío. Tiene un velo blanco y ligero que cubre todos sus chinos amontonados. ¡Ella supo no mover la cabeza! Tiene en sus manos unas flores como las de mi canasta ¡pero son muchísimas! Y la sonrisa de ella sí está en sus ojos. Cuando llega al frente y toma la mano de mi tío, yo suspiro pero creo que muchos más suspiraron al mismo tiempo porque se escuchó muy fuerte.

¡Bien hecho, tía! Ahora sí, me puedo sentar.

una novia, un bosque y unos amigos

Sus lágrimas caían sobre los pétalos de las margaritas. Temblaban el aire con sus profundos sollozos.

–¡Yo quería un bello vestido! –La chica sentada entre las flores del bosque dirigió sus palabras a una catarina que se detuvo en el pétalo más cercano para mostrarle un poco de compasión. –El vestido con el que he soñado, está tan fuera de mi alcance como si no existiera. –La catarina movió sus alitas como si la comprendiera, y ella continuó. –Mi novio y yo no tenemos nada, pero nos queremos más que  cualquier otra pareja en la historia del mundo. –Sus lamentos habían despertado a un búho que dormía en un árbol cercano y ahora el ave sabio escondió una sonrisa al escuchar la dramática declaración y señaló a unas ardillas que pusieran atención a lo que estaba diciendo. –Yo me quería ver como una princesa para él, pero cuando fui al centro, el vestido que yo quería era tan, pero tan caro… nunca lo podré pagar. Mucho menos para mañana. –Irrumpió en llanto de nuevo y espantó a unas arañas que estaban colgando cerca de su cabeza para oírla. No se había dado cuenta pero muchos animalitos en el bosque sentían compasión por ella. 

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Imagen de Annie Spratt de Unsplash

Al anochecer, después de haber acompañado a la novia a casa, el búho organizó una reunión de emergencia. ¡Había mucho que hacer! Naturalmente, una de las primeras decisiones que se tomó fue que las arañas se encargarían de hacerle un velo delicado y elegante. Unos gorriones se ofrecieron para ir a traer a la triste novia al parque en la mañana. Habiéndose decidido eso, se retiraron para dormir, ya que necesitarían levantarse temprano.

¿Qué hacer de los zapatos? Las ardillas podían traer materiales para hacerlos, ya sabían dónde encontrar paja blanca. Unos cuervos de una vez habían traído algunos objetos brillantes para proponerlos como decoraciones para los zapatos y posiblemente el vestido. La novia tenía el cabello corto, entonces no había gran problema allí, sólo había que traer algo para ayudar a sujetar el velo que tejerían las arañas. 

Ahora, la cuestión del vestido en sí. El búho quería saber quién tenía ideas sobre cómo hacerlo y algunos mapaches levantaron sus manos con sus deditos hábiles. Ellos se encargarían de formar el vestido, pero no tenían material. Las arañas sabían que no podían comprometerse a más que el velo, ¡además de que sus obras de arte tienden a ser transparentes! Algunas de las chicharras se estresaron al pensar en que no había material para el vestido y empezaron a gritar. La catarina que había sido la primera en darse cuenta del problema de la novia, pronto las tranquilizó, porque recordó que su amiga colibrí había mencionado algo no muy lejos que podría ser de ayuda. 

Un grupo de colibríes, entre otros pajaritos, iba con frecuencia un lugar en el que pocos podían entrar. Su amiguita colibrí había visitado ese lugar y había conocido a unos gusanos de seda. ¡Quizás ellos podrían proveer el material para el vestido! El búho rápidamente asignó la tarea de ir a unas palomas y envió a dos pájaros carpinteros como guardaespaldas y para mantenerlas orientadas. Habría  que llevarles algo de comer a los gusanos ya que era mucho lo que les estaban pidiendo. Las hormigas tenían una gran colección de hojas que podían donar, pero los gusanos le habían comentado a la colibrí que no podían comer cualquier cosa. Sólo comían hojas de morera. Y las hormigas muy amablemente se ofrecieron a traer todas las hojas de morera que fueran necesarias, sólo que no sabían dónde había. Esto lo solucionó la amiga colibrí porque había visto que se cultivaba la morera blanca cerca del mismo edificio en el que estaban los gusanos, sólo era cuestión de transportar las hojas unos cuantos metros. Los pájaros carpintero tendrían que también ser el transporte del ejército de hormigas, además de cuidar de las palomas. Esto se podría hacer si las hormigas prometían no morderlas, lo cual hicieron y el problema del vestido quedó solucionado. 

Todos pasaron una noche de trabajo frenético, las hormigas cargando hojas, los gusanos produciendo seda, los mapaches creando el vestido, las arañas tejiendo el velo, las ardillas formando zapatos y, en la madrugada, los cuervos agregando pequeñas brillantes piedras y perlas de aluminio a los zapatos y al cuello del vestido. 

Justo antes de que saliera el sol, los gorriones llegaron a la ventana de la novia. Tocaron el cristal con sus picos, pero no hubo respuesta. Tocaron con más urgencia, pero sólo hubo silencio. Desesperadamente uno comenzó a cantar, mientras el otro picoteaba el cristal con tanta fuerza que casi lo rompió. Por fin, escucharon movimientos dentro. Una mano con un sencillo anillo de oro blanco con gemas brillantes movió la cortina y apareció la cara pálida de la novia. 

Sonrió al verlos. –¡Llegaron para despertarme el día de mi boda! ¡Qué lindos! No me voy a perder la ceremonia, claro que no. Aún hay bastante tiempo.–

Pero, los gorriones no la dejaron en paz. Uno volaba de la ventana hasta la calle y de regreso. El otro sólo la miraba atentamente. –Está bien, puedo salir unos minutos con ustedes. De todos modos no hay mucho qué preparar. –Agregó estas últimas palabras con un triste suspiro antes de dejar caer la cortina en su lugar. 

Minutos después, la novia estaba siguiendo a los gorriones, aunque no entendía sus instrucciones. La guiaron a un espacio entre dos de los árboles más viejos del bosque, un pino y un roble. Y allí, la novia se detuvo sin palabras ni aliento. 

En una cama de hojas entre los árboles, estaba extendido un vestido blanco, suave como la luz de la luna, con un cuello barco, del cual caían como espolvoreadas perlas plateadas. De una rama del roble, colgaba el velo más delicado que jamás había visto, con tejido cerrado en medio que se iba abriendo poco a poco hacia la cola que sólo se extendía unos centímetros más que la del vestido. Y al otro lado, entre las raíces expuestas del pino, se encontraban unos zapatos de piso tejidos de paja blanca casi invisible bajo las brillantes decoraciones: perlas plateadas intercaladas entre piedritas brillantes. 

Comenzaron a correr de nuevo las lágrimas de la novia. Su sonrisa destellaba de felicidad y agradecimiento. Aún no tenía palabras. 

Y fue en este momento de silencio y aprecio, que entraron en pánico las chicharras y comenzaron a gritar. El búho giró su cabeza para mirarlas con una rapidez y violencia que las espantó. Aún así, gritaron que no había ramo. ¡No había ramo! Los animalitos voltearon a ver a la novia que parecía ni haber notado la falta del ramo. Con sus dedos estaba trazando las delicadas figuras en el velo.

Las ardillas corrieron hacia las margaritas que habían sentido las lágrimas el día anterior. En cuestión de segundos, las ardillas habían logrado cortar un pequeño manojo de margaritas, un poco de lavanda y tres ramitas de pino para completar el ramo. Antes de que las chicharras pudieran gritar otra vez porque no había nadie para arreglar las flores, llegó uno de los mapaches para hacerlo.

Cuando terminaron con el ramo y regresaron a los viejos árboles, ellos fueron los que se quedaron sin aliento. 

De pie, entre los dos árboles ancianos del bosque, estaba una figura de inocencia y felicidad, alumbrada por la suave luz del sol que se filtraba entre las ramas. El vestido de seda caía como agua al suelo y cuando la novia se movía, fluía como aire. El velo, fijado en su lugar con una corona de cinco cardos blancos, flotaba tras ella gracias a una brisa. Sus zapatos, que se asomaban bajo el vestido, parecían danzar en la luz. Pero, lo que realmente los dejó boquiabiertos, lo que resaltaba de belleza y brillantez, fueron los ojos de la novia, llenos de amor, gozo y gratitud. 

Esta vez, el silencio reverente no se interrumpió. El mapache se acercó con reverencia a la novia y le ofreció el ramo. La novia lo recibió con una sonrisa de agradecimiento y él, sintiéndose el más honrado de todos, dio unos pasos hacia atrás para permitir que la novia pasara. 

Era el momento de irse. La novia caminó hacia la orilla del bosque, pero antes de dar ese último paso fuera de las sombras acogedoras del bosque, se dio la vuelta y les sopló un beso.

Luego, con pasos ligeros, fue a encontrarse con el amor de su vida. 

Alexa y los piratas

Alexa abrió los ojos y una luz penetrante la encandiló. Cerró los ojos de nuevo y se dio cuenta de que algo le dolía… el hombro, el hombro le dolía. ¿Por qué? 

Intentó moverse, pero no pudo. 

Volvió a abrir los ojos y se dio cuenta que estaba viendo el cuarto de lado. Estaba acostada en el piso y el hombro le dolía porque estaba cargando con todo el peso de su cuerpo. 

Con mucho esfuerzo, logró sentarse y observar mejor la habitación. Era pequeña, con un piso de madera y paredes grises. Estaba casi vacío, sólo había una cosa en cada esquina, una puerta, una entrada a lo que parecía ser un baño, una cama y, junto a ella, una mesita. 

No fue hasta que intentó pararse que notó las dos cosas más importantes: sus manos estaban atadas detrás de ella y en la pared en donde ella había estado recargada había una ventana redonda. ¡Estaba en un barco! 

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Imagen de Cezary Kukowka en Unsplash

Esa ventana redonda la hizo recordar todo.

Había empezado con una calle oscura, un callejón realmente. Su gatito que se le había escapado y lo había visto correr en esa dirección. 

Entró con cuidado al callejón porque no estaba alumbrado. Se tropezó sobre una caja de cartón y casi se cayó. No veía al gato en ninguna parte. 

Luego oyó voces, unos hombres estaban parados casi al fondo de la cerrada.

“Esto fácil lo arreglamos. Caa quién por su lao.” La voz era urgente. 

Y una respuesta sarcástica. “¿Así de fácil? ¿Qué piensas que te van a dejar salirte del negocio nomás así? Alguien te va a buscar. Ya te conocen, van a querer sacarte información…” 

Fue justo en ese momento que se apareció el gatito de Alexa con un ¡miau! repentino. Los hombres inmediatamente reaccionaron al sonido y al voltear, vieron a Alexa. 

Alexa gritó.

Salió corriendo del callejón pero era demasiado tarde. Los hombres ya venían tras ella. Oyó una cantidad de groserías lanzadas en su dirección y los golpes de las botas en el pavimento, pero pronto todo sonido despareció. Ya no oía más que los latidos acelerados de su corazón y su respiración agitada. El terror se había apoderado de ella. No oía, no veía, sólo sabía que tenía que seguir corriendo. 

En automático pensó en lo que le había inculcado su mamá. 

“Cuando estés en problemas: Calle San Miguel #1348, la estación de policía.” 

Pero, nunca llegó. 

No supo cómo, pero uno de los hombres que la perseguían apareció frente a ella y antes de poder siquiera gritar, ya tenía la cabeza envuelta en una tela negra y apestosa. 

Después de eso, sólo recordaba un largo viaje en la oscuridad. Y al final, el sonido de olas y un olor fuerte y extraño. 

Sí, ya lo recordaba todo… ¡y ahora estaba en un barco atada de manos! 

Nunca había sido secuestrada, pero había leído muchos libros de aventuras y ahora le servirían de algo práctico a pesar de lo que decía su mamá. Comenzó a buscar algo filoso en la habitación. Aún estaba buscando cuando oyó pasos. ¡Esas botas! 

Los pasos se detuvieron justo afuera de la puerta y se escuchó la misma voz sarcástica de la noche anterior.

“Ya la voy a ver orita. No creo… ¿qué broncas va a dar? Es una chiquilla.” 

Y silencio…quizás hablaba por teléfono. 

“Pos, usté es el jefe. Si la quiera ver, se la llevo.” 

Más silencio. 

“¿Desamarrarla? ¿Como para qué?” Y luego con un tono taciturno. “Sí, señor, lo que usté diga.”

Dentro de unos minutos, Alexa, ya con las manos libres, estaba siguiendo a su secuestrador por el pasillo. Él había dicho que iban a ver al “jefe.” Y ella a pesar de sentires aterrada, puso una cara tranquila, como se imaginaba a los héroes de las aventuras que había leído, y le dijo con dignidad. “No soy una chiquilla, tengo catorce años.” Mientras, el hombre que la guiaba se carcajeaba, ella regresó al tema que estaba haciendo sudar y temblar las manos. ¿Por qué la quería ver el jefe? Comenzó a planear un discurso sobre su juventud, inocencia e incapacidad de causar problemas para alguien tan importante en el negocio cuando la interrumpió la voz tosca de su guía, aún sonriente. 

“Aquí ´stá. Pórtese bien, ¿eh?” Y con su sarcasmo característico. “Señorita.” 

Abrió la puerta, con un empujón metió a Alexa a un inmenso comedor y cerró la puerta de golpe.

Alexa intentó observar rápidamente el comedor, pero era demasiado. De las paredes colgaban cuadros en marcos elaborados, del techo colgaban candelabros lujosos y el comedor estaba tan lleno de grandes mesas que era difícil moverse. Había muchos muebles más pegados a las paredes, pero no tuvo tiempo de observarlos porque la sorprendió un hombre gigantesco con una voz inmensa que salía de una enorme barba roja. 

“Así que tú eres la que causó tanto problema anoche.” 

Alexa se paralizó.

La voz de trueno continuó. “Tengo que pedirte disculpas por el trato brusco de mis ayudantes. Realmente, no es necesario defender mi negocio con tanto afán, pero tienen buenas intenciones.” 

Alexa soltó el aire que se sin querer había retenido. No estaba del todo convencida de las intenciones de los hombres que la habían capturado la noche anterior, pero tampoco iba a contradecir a este hombre imponente.

“De hecho, si prometes no reportar el pequeño problema que tuviste con ellos, te voy a dejar ir. Sólo necesito tu firma.” Puso un documento que se veía bastante oficial sobre la mesa y le pasó una pluma. 

“¿Si firmo me dejas ir?” 

“Claro, yo no quiero a una niña aquí en mi barco. Sólo me vas a estorbar, pero mi negocio depende de la discreción, entonces, sí, necesito que me hagas ese favor.” 

Alexa leyó con cuidado el documento. No entendía todas las palabras pero en general era una promesa de no divulgar ninguna información, de ninguna manera sobre el tiempo que había pasado con los empleados del negocio y en la propiedad del negocio, etc., etc. 

Después de terminar de leer el contrato, Alexa consideró durante unos minutos. “¿Qué tal si usted me dice cuál es su negocio y luego yo firmo?” 

El hombre se rió a carcajadas. “No, señorita. No es necesario que sepas más, sólo firma el documento y te llevaré de nuevo al lugar en el que te topaste con mis fieles empleados.” 

Alexa se sentía orgullosa de haberlo intentado aunque sea. Tomó la pluma y firmó. 

Y eso fue todo. El señor gritó “¡Memo!” y el de la noche anterior entró con una tela negra en la mano. “Está lista.” 

Alexa no sintió que fue un viaje largo. El hombre no habló hasta llegar al callejón en donde se habían topado la noche anterior. “Oye, lo siento, ¿eh niña? Digo, señorita. Yo pensé que a lo mejor eras una espía de los de… de los del otro lado. Pero, pus, ya. Aquí stamos.” Desató la venda que cubría sus ojos y quitó el seguro de las puertas. “Ya, pues, vete.” 

Alexa salió de la camioneta con un brinco, pero el hombre la detuvo. “´Pérame. Por si algún día necesitas ayuda… como si alguien te secuestra o algo.” Con otra sonrisa, le pasó una pequeña tarjeta sucia. Luego arrancó con suficiente fuerza para que la puerta se cerrara sola y en la esquina, quedó fuera de su vista.

Alexa miró la pequeña tarjeta en su mano. Sólo tenía una frase y un número. 

“para que seamos librados de hombres perversos y malos”

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