3 cosas que la vida misionera no te da

Como ya sabrás, algo que me es muy importante es demostrar que los misioneros son cristianos comunes y corrientes. Sí, hacen sacrificios que otros quizás no hacen. Viajan más. Asisten a más reuniones. Toman más responsabilidad en la iglesia local. Pero, no hacen todo esto porque son supercristianos. Lo hacen porque eran creyentes normales y Dios les llamó a hacerlo. Y hoy voy a hablar de tres cosas más que sacrifican cuando aceptan el llamado de ser obreros para el Señor a tiempo completo.

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Imagen de Zbysiu Rodak en Unsplash
  1. Resultados o retorno de la inversión.

El trabajo del misionero se trata de sembrar. El misionero pasa años invirtiendo. El misionero esparce la semilla de la Palabra de Dios en donde pueda. Pero, ve muy poco fruto. Si fuera un negocio, la misión se iría a la quiebra sin jamás rendir ni un centavo. Porque los que el misionero ve ser salvos, los que el misionero ve crecer en su vida con el Señor y los que ve llegar a la madurez para enseñar a la siguiente generación son muy pocos en comparación con la cantidad de semilla que se plantó. En esta vida, el misionero se la pasa sembrando y regando. Ve un poco del crecimiento que da Dios. Y con eso tiene que conformarse.

Pero, ¿sabes qué? Esto es porque las cuentas no se hacen aquí. La cosecha espiritual no se puede obtener aquí en vida. Un día, en la presencia del Señor, el misionero verá todo el fruto de sus esfuerzos, se quedará atónito al ver todo lo que el Señor ha hecho con sus pobres labores y adorará cuando vea lo mucho que el Señor ha cosechado de esas siembras.

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2. Satisfacción al terminar tareas en tu trabajo.

Cuando uno inicia un proyecto con entusiasmo, es perseverante a través de los retos y termina habiendo hecho su mejor esfuerzo, ¡hay una satisfacción interna que se disfruta mucho! Y es una satisfacción que el misionero no conoce. La obra del misionero es con personas. Y las personas no son proyectos. El misionero predica el evangelio y alguien se salva, ¡y su trabajo a penas comienza! Entonces, el misionero empieza a invertir, enseñar, formar y, a veces, corregir a los nuevos creyentes. Ellos progresan, crecen, maduran, ¡pero nunca se puede decir, “Ya quedaron”! La obra del Señor en ellos no terminará hasta que lleguen a su presencia.

Pero, ¡el día que lleguen! Así como Cristo verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho, creo que dará la satisfacción también a sus siervos de tiempo completo. Ellos verán todo lo que se logró a través de su interminable trabajo en vida y, al fin, podrán sentir esa satisfacción de un trabajo bien hecho y adorarán al Señor con un nuevo aprecio por lo que hizo durante todo ese tiempo.

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3. Buen autoestima.

Dios creó al ser humano con la necesidad de un propósito o visión y la necesidad de ver un resultado de su trabajo o esfuerzo por esa visión lo que lleva a la satisfacción de haber terminado bien un proyecto o de haber cumplido un propósito. Todo esto es parte de tener buen autoestima. El misionero tiene una visión, un gran propósito por el cual trabaja. Pero, como ya notamos, no ve muchos resultados (en relación a su inversión), ni termina su trabajo nunca (al menos, antes de llegar al cielo). Esta falta naturalmente lo llevará a cuestionar el valor de su trabajo, su valor como misionero y su valor como creyente con frecuencia. Se preguntará si realmente está haciendo algo para el Señor.

Además, el misionero será malinterpretado y malentendido de parte de los que lo enviaron como misionero y de parte de la gente con la cual trabaja. Es una parte de su vida. Las personas que lo enviaron como misionero no conocen su actividad día a día y mucho de lo que hace o dice se puede malinterpretar ya que ellos lo ven desde otro contexto, personal y cultural, generalmente. Las personas entre las que trabaja pueden malentender todo desde sus intentos de comunicarse (si viene de una cultura bastante diferente o habla otro idioma), hasta cómo funciona su estilo de vida (la lejanía de sus familiares, las ofrendas que lo mantienen económicamente o sus hábitos cristianos cruzados con culturales). La vida misionera parece estar diseñada para aislar al misionero de lo que se necesita para tener buen autoestima: los resultados de su trabajo, la satisfacción al terminar un proyecto y la comprensión de sus conocidos.

Por otro lado, el Señor cuida de los suyos. Y mientras aquí puede ser difícil encontrar plenitud en una Persona intangible, Él siempre está para consolar. Y algún día, el misionero mirará a los ojos del buen Pastor, del misionero que se fue más lejos, del que llegó a un lugar totalmente ajeno para traer la salvación, y allí encontrará comprensión, encontrará todo lo que necesita para suplir sus necesidades emocionales.

La vida misionera es un reto totalmente diferente, pero quizás no más difícil que los retos de otros llamados. Un misionero rara la vez encontrará una de estas tres cosas en su servicio a tiempo completo y aunque el misionero nuevo esté consciente de que la vida misionera es una vida difícil, quizás no esté enterado de que también sacrificará estas tres cosas.

Pero, fiel es el que nos llamó. Él se encarga de suplir todo lo que nos falta.

3 cosas que necesitas para compartir el evangelio

Para compartir el evangelio necesitas 3 cosas y son las siguientes.

1. El deseo.

Es inusual que el creyente no tenga el deseo de compartir el evangelio. Puede ser por diferentes motivos, pero el deseo allí está. Quizás un creyente tenga el deseo porque ama a la persona y no quiere que vaya al infierno. Otro quizás porque sabe que es mandato de Dios y debe obedecer. Si no tienes el deseo de compartir el evangelio, pídelo al Señor porque Él quiere ayudarte a hacer su voluntad, pero si sigues este blog ¡es probable que el deseo no es lo que te hace falta!

2. Un conocimiento básico del evangelio.

Si eres salvo, ¡ya lo tienes! Has oído y aceptado las verdades básicas:

  1. Soy un pecador y eso me separa de Dios.
  2. Dios me ama y no quiere esa separación. Por eso, se sacrificó a sí mismo en la cruz para quitar ese pecado con lo único que puede limpiarme: sangre inocente.
  3. Es mi responsabilidad recibir ese perdón que me ofrece de manera personal.

3. Alguien con quién compartir.

Esto puede ser lo más difícil para alguien que a penas comienza. Pero, no tanto porque no hay con quien compartir, sino porque ¡el compartir puede dar un poco de temor! Pero, si ya tienes a alguien en mente, piensa en la motivación que hay detrás de tu deseo y verás que es más grande esa razón que tu temor. Y si no sabes con quién compartir, de nuevo, ora. El Señor te ha dado una combinación especial de talento, personalidad y circunstancias que te hacen la persona ideal para compartir el evangelio con los que Dios ha puesto en tu vida.

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Imagen de Trung Thanh en Unsplash

Espero que esta entrada no sólo te haya ayudado, sino también que te haya inspirado a salir y compartir el evangelio, porque esas tres cosas que se necesitan para compartir el evangelio, ¡ya las tienes!

3 preguntas que debes hacer antes de compartir el evangelio

Hay ocasiones cuando compartido el evangelio pero he visto que el mensaje parece no afectar a la persona. Ahora sé que si me hubiera tomado el tiempo de hacerme unas preguntas, me hubiera ayudado a compartir el mensaje de una manera que quizás hubiera tenido mayor efecto en los oyentes. Entonces, hoy te comparto estas tres preguntas esperando que el considerarlos antes de compartir el evangelio con alguien te ayuden a no cometer los mismos errores que yo.

1. ¿Qué tipo de relación tengo con esta persona?

Cuando se va a tratar un asunto tan importante y tan personal como la salvación, es excelente tener una relación como base de esa conversación.

Por ejemplo, si tu tía te pregunta: “¿Cuántos pedazos de pastel te comiste?” Quizá te molestes, pero si te lo pregunta tu nutrióloga es diferente. ¿Por qué? Porque tú ya tienes una relación con la nutrióloga en la que ella te ayuda a tomar mejores decisiones en relación a lo que comes. Ella tiene el derecho de preguntarte eso, porque tú se lo diste.

Antes de hablar de las verdades difíciles del evangelio, pregúntate qué tipo de relación tienes con esta persona y si te ha dado el derecho de hablar de cosas personales. ¿Te ha confiado asuntos personales? ¿Te ha pedido consejos? O ¿sólo se saludan en la calle porque son vecinos?

Una relación de mucha confianza, te permite explicarle de manera más extendida y profunda cómo el evangelio impactaría su vida, mientras que una relación más superficial, quizás sólo te permita comentarle lo básico del evangelio y dejarle un folleto.

No es necesario detenerte si no te ha confiado sus secretos más íntimos, pero la relación que tienen debe afectar la manera en que compartes el evangelio.

2. ¿Por qué le quiero compartir el evangelio?

A veces estamos tan enfocados en que debemos de evangelizar que no nos detenemos para preguntarnos cuál es nuestro motivo. ¡Y resulta que el motivo es igual de importante para Dios que la acción!

¿Por qué se me ocurrió con mi compañera de clases sobre la importancia de ser salva después de su cirugía? ¿Por qué pienso invitar a la vecina que me robó unas macetas a la predicación del evangelio? ¿Por qué le quiero regalar un folleto a ese chico que se parece a Noah Centineo?

Quizás mis motivos sean sinceramente la gloria de Dios.

O quizás tenga otras ideas que influyen en mis hechos.

Es bueno hacer lo bueno. Pero, es bueno hacerlo después de haber examinado mis motivos ante el Señor.

¿ Cuál es su trasfondo religioso y familiar?

El trasfondo de una persona la ha moldeado en gran parte. No es el único factor, pero algo importante a considerar antes de compartir el evangelio es su percepción de ciertos conceptos.

Si una persona fue criada con la idea de que es más importante ser amable que decir la verdad, ¿cómo le vas a presentar la verdad de su pecado? En el caso de alguien que creció en una religión muy estricta, en donde el transgredir las reglas implicaba el abandono total de los seres queridos, es necesario comunicarle el amor incondicional de Dios. Al compartir el evangelio con uno que siempre ha creído en Dios y nunca ha hecho nada al respecto, ¿qué vas a decir para mostrarle la urgencia del evangelio?

¿O qué tal situaciones más delicadas?

Si el papá de alguien lo abandonó cuando tenía seis años, es bueno considerar la mejor manera de hablar de Dios como Padre. O si la religión de alguien le enseñó la reencarnación como verdad, ¿cómo vas a presentar el tema del juicio después de la muerte? Si la persona no cree en Dios pero cree en las energías, ¿qué le vas a decir sobre el mundo espiritual y la batalla por su alma?

El evangelio no cambia, pero sí se puede presentar de una forma apropiada dependiendo del oyente.

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Imagen de Korney Violin en Unsplash

Estas tres preguntas no son razones para no compartir el evangelio, ¡para nada! Sólo son cuestiones a considerar antes de compartir el evangelio con alguien.

Así podremos compartir el evangelio de una manera más amorosa, mas eficaz y más considerada.

la capacitación del creyente misionero (parte 4 de 4)

Un misionero necesita capacitación.

En un mundo ideal, el misionero comenzaría la obra ya con capacitación. Pero, eso no siempre sucede. Además, hay buenas razones para continuar la capacitación después de estar en el campo misionero.

Pero, no sólo se trata de misioneros a tiempo completo. ¿Qué tal el creyente “normal”?

El creyente que vive en su lugar de origen pero quiere compartir el evangelio ¡también necesita capacitación!

Esta entrada es la última de cuatro en las que voy a hablar de la capacitación y la preparación que cada creyente misionero puede tener y por qué es importante, seas misionero a tiempo completo o no. (Parte 1, Parte 2, Parte 3)

¿Se puede evangelizar sin tanta preparación?

¿Se puede compartir el evangelio sin capacitarte en las artes, o sin saber mucho de la biología, o sin pulir tu talento para hacer malabares?

¡Claro que sí!

Estas cuatro entradas no están para hacer sentir mal al que no ha tenido la oportunidad de capacitarse, ni para hacer menos al que comparte el evangelio antes de terminar sus estudios. (Al contrario, ¡entre más pronto empiezas a ser misionero, mejor!)

Pero, lo que intento mostrar es que la capacitación es algo que nos puede ayudar a hacer mejor nuestra obra misionera.

Voy a poner el ejemplo de la adoración. ¿Se puede adorar sin saber mucho de Cristo? ¡Claro que sí! Pero, cuando alguien que conoce al Señor de manera profunda e íntima comienza a adorar, ¡su aprecio es muchísimo más profundo!

Así también, cuando tenemos conocimiento acerca del mundo que creó Dios y de las personas por las que murió Cristo, apreciaremos el evangelio de manera más profunda.

Y podremos exponer y defenderla con más certidumbre, precisión y amor.

Además, tenemos como ejemplo el apóstol Pablo que siempre procuró conocer a su público antes de predicar el evangelio. Usó de su conocimiento cultural para relacionar el evangelio con lo que ellos conocían y así hacerla más accesible.

Ése es el propósito de la capacitación y preparación.

Por eso, el creyente debe aprovechar a lo máximo cada oportunidad de aprendizaje. Cada creyente es llamado a compartir el evangelio y todo ese conocimiento y experiencia serán útiles al cumplir ese llamado.

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Imagen de rawpixel en Unsplash

la capacitación del creyente misionero (parte 3 de 4)

Un misionero necesita capacitación.

En un mundo ideal, el misionero comenzaría la obra ya con capacitación. Pero, eso no siempre sucede. Además, hay buenas razones para continuar la capacitación después de estar en el campo misionero.

Pero, no sólo se trata de misioneros a tiempo completo. ¿Qué tal el creyente “normal”?

El creyente que vive en su lugar de origen pero quiere compartir el evangelio ¡también necesita capacitación!

Esta entrada es la tercera de cuatro en las que toco el tema de la capacitación y la preparación que cada creyente misionero puede tener y por qué es importante, seas misionero a tiempo completo o no. (Puedes leer las otras partes aquí: parte 1, parte 2, parte 4.)

Ya establecimos que es importante que un creyente misionero se capacite antes de dedicarse a ello a tiempo completo y, una vez en el campo misionero, de manera continua y también por qué es tan importante. Ahora, ¿cómo capacitarse?

Obviamente, hay muchas maneras de hacerlo.

Lo más recomendable es consultar con los ancianos o pastores sobre cómo comenzar.

Pero, aquí comparto algunas ideas que podrían ser de ayuda.

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Imagen de Hazel Abagao en Unsplash

Lo primero y lo básico es completar estudios académicos formales hasta donde se pueda.

No todos podrán estudiar una carrera, pero terminar la preparatoria es un buen comienzo. Si existe la posibilidad de estudiar una carrera, ¡qué mejor! Dios no nos exige lo que no podemos hacer, pero sí nos exige lo mejor que podemos hacer. ¿Por qué menciono los estudios formales? Al terminar la prepa y estudiar una carrera, se abrirán puertas. Puertas para el trabajo, puertas para conocer a más personas y puertas de conocimiento, obviamente. Todas estas cosas se pueden usar para evangelizar de una manera más eficaz.

Después de terminar la educación académica formal, hay ventajas en seguir estudiando. El creyente misionero puede continuar aprendiendo. (Y como ya vimos en la parte 2, ¡debe continuar aprendiendo!) Una variedad de cursos nos abrirán el panorama de aplicaciones para el evangelio. ¿Cuáles son las opciones para capacitación después de terminar la carrera?

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Imagen de The Climate Reality Project en Unsplash

Primero, muchas ciudades tienen centros de cultura en donde se pueden tomar clases de muchas cosas diferentes y generalmente con un costo accesible. Además, hay universidades o preparatorias en las que podemos preguntar por cursos de verano. Muchas veces ofrecen cursos cortos ya sea en el verano, por las tardes o los fines de semana para permitir que asista alguien que también trabaja. Un curso así puede ser una buena oportunidad para desarrollar un talento que después se pueda usar para compartir el evangelio.

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Imagen de J. Kelly Brito en Unsplash

No sólo existen las oportunidades en casas de cultura o en escuelas, ¡sino también hay miles de oportunidades en línea! La ventaja de esto es la flexibilidad de tiempos y de lugar. No es necesario salir a una escuela y muchas veces tampoco es necesario apegarse a un horario. Si tenemos la posibilidad económica, hay muchas universidades que dan cursos en línea. Obviamente es importante tener un lugar con wifi confiable ¡para que no se desconecte a media clase o mientras procuras entregar la tarea! Pero, las universidades en línea no son la única opción.

Los cursos ofrecidos por ciertos “gurus” o “expertos” blogueros, pueden ser buenos pero no siempre son confiables. Otra opción son los sitios de educación que también ofrecen cursos de buen nivel académico que tocan temas específicos. Los siguientes tres sitios son confiables y tienen algunos cursos gratuitos y otros pagados.

Dos páginas completamente gratuitas son las siguientes:

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Imagen de rawpixel en Unsplash

Ahora, por el lado de obtener experiencia y poner en práctica lo que se ha aprendido, podemos buscar oportunidades para trabajar como parte del voluntariado en alguna organización sin fines de lucro. Como creyentes, nuestra primera meta hacia el mundo es compartir el evangelio, pero otro deber que tenemos es ayudar. La experiencia de apoyar en algún albergue, una clínica o una escuela nos ayudará a pulir no sólo nuestras habilidades sino también nuestro carácter cristiano.

Todo eso fue en relación a la capacitación académica. Ahora, hablemos de capacitación bíblica.

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Imagen de Hannah Busing en Unsplash

Para aprender de la Biblia, no hay nada como los estudios bíblicos consecutivos, pasaje por pasaje, semana por semana en la asamblea. Es, por excelencia, la manera de aprender de la Biblia. Obviamente, para sacarle provecho a estos estudios, hay que leer el pasaje varias veces, tomar notas y hacer preguntas.

Pero, ¡tampoco olvidemos los recursos en internet! Claro, hay que tener mucho cuidado, no todos los que enseñan en internet son confiables y abunda la falsa doctrina, pero sí hay recursos que pueden ser de mucha ayuda. Aquí comparto algunas páginas con buen contenido:

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Imagen de Cristian Newman en Unsplash

A parte de los estudios en la congregación, podemos buscar apoyo con hermanos con más experiencia, como nos instruye la Palabra de Dios. Los hermanos con más experiencia nos podrán recomendar ciertos temas o pasajes para estudiar de manera personal. Además, nos podrán recomendar material para aprender más sobre la Biblia. Podemos pedir recomendaciones de libros, audios y cursos en línea sobre temas bíblicos. Quizás lo más ideal sería pedirles que nos vean cada semana o cada quince días para estudiar la Biblia juntos. ¡Los hermanos espirituales son un recurso desaprovechado en muchas asambleas! Según la Biblia, ellos son los designados para enseñarnos, para capacitarnos a los que queremos capacitarnos. Así que, ¡aprovechemos su conocimiento!

Ahi dejo, entonces, algunas ideas sobre cómo nos podemos capacitar más y mejor para pulir nuestros talentos, desarrollar nuestros dones ¡y así usar todo lo que nos ha dado el Señor para compartir Su evangelio!