nos llama a descansar

Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Marcos 6:31

Algún día, este versículo colgará en la pared sobre nuestro sofá, una invitación a descansar a solas.

El Señor invitó a sus discípulos a descansar.

Este tema es algo que ha sido olvidado, durante siglos, por los misioneros. O quizás, no por los misioneros mismos, sino solo por los que escribieron las historias de los misioneros. El descanso es algo vital y más cuando tu trabajo es persuadir a la gente a creer algo.

Cada creyente, sea misionero a tiempo completo o no, necesita recordar este versículo como algo esencial.

Es importante compartir el evangelio, ¡es un mensaje urgente! Pero, es igual de importante descansar.

Dios creo nuestros cuerpos para necesitar tiempo de descanso. Nuestros cerebros también necesitan ratos de silencio y soledad para procesar los sucesos del día, y estos tiempos tienen efectos grandes sobre nuestra salud emocional, también. (Hay estudios que indican que el aumento de la ansiedad en los jóvenes se relaciona directamente con la falta de soledad y silencio, ya que cada momento “a solas” se llena de likes, comentarios, memes en las pantallas de sus celulares).

No solo nos creó Dios con esta necesidad, sino que también practica el principio del descanso y nos lo dice en Génesis. Él, siendo inmortal y todopoderoso, descansó el séptimo día. Cristo también tomaba tiempo aparte para descansar, aunque era Dios mismo.

El descanso es necesario, aún para el creyente misionero.

Así que, en nuestra pasión por predicar el evangelio, no olvidemos este principio básico del Dios que tanto queremos compartir.

Venid aparte… y descansemos un poco.

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De Angelina Kichukova en Unsplash

el amar a Dios

He estado meditando en el siguiente versículo últimamente.

 Jesús le dijo:

—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento. Mateo 22:37

La Palabra De Dios nos instruye en este versículo a usar tres cosas que pensamos que no se pueden controlar: el corazón, la voluntad y los pensamientos. Pero, a través de la Biblia, es muy obvio que Dios espera que los controlemos.

Y no solo que tomemos el control de cada uno de estos aspectos de nuestro ser, sino que los controlemos para un propósito: el amar a Dios (y por ende, a nuestro prójimo).

De hecho, este versículo nos ayuda a definir el amor.

¿Qué es el amor?

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De Cathal Mac an Bheatha en Unsplash

Según Mateo 22:37, es la unión de propósito de tu corazón, tu voluntad y tus  pensamientos.

¿Y ese propósito?

El bien del Amado.

Es un reto para nuestra vida cristiana.

Mis deseos deben ser solo para el bien de Dios.

Mi voluntad debe ser solo para el bien de Dios.

Mis pensamientos deben ser solo para el bien De Dios.

Pero, precisamente el hecho de que son cosas que tengo que controlar indica que esto no vendrá de manera natural. Tendré deseos en mi corazón que van en contra de la gloria de Dios. Es mi responsabilidad enfrentar esos deseos y reemplazarlos con el deseo de darle gloria a Dios. Mi voluntad querrá hacer cosas que no dan gloria a Dios. Es mi responsabilidad nunca, nunca hacer algo a propósito, es decir, de manera voluntaria, que va en contra de la gloria de Dios. Llegarán a mi mente pensamientos que no dan gloria a Dios. Es mi responsabilidad desechar esos pensamientos y enfocar mi mente en lo que sí le da gloria.

Y eso es amar a Jehová mi Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi mente.

3 cosas que la vida misionera no te da

Como ya sabrás, algo que me es muy importante es demostrar que los misioneros son cristianos comunes y corrientes. Sí, hacen sacrificios que otros quizás no hacen. Viajan más. Asisten a más reuniones. Toman más responsabilidad en la iglesia local. Pero, no hacen todo esto porque son supercristianos. Lo hacen porque eran creyentes normales y Dios les llamó a hacerlo. Y hoy voy a hablar de tres cosas más que sacrifican cuando aceptan el llamado de ser obreros para el Señor a tiempo completo.

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Imagen de Zbysiu Rodak en Unsplash
  1. Resultados o retorno de la inversión.

El trabajo del misionero se trata de sembrar. El misionero pasa años invirtiendo. El misionero esparce la semilla de la Palabra de Dios en donde pueda. Pero, ve muy poco fruto. Si fuera un negocio, la misión se iría a la quiebra sin jamás rendir ni un centavo. Porque los que el misionero ve ser salvos, los que el misionero ve crecer en su vida con el Señor y los que ve llegar a la madurez para enseñar a la siguiente generación son muy pocos en comparación con la cantidad de semilla que se plantó. En esta vida, el misionero se la pasa sembrando y regando. Ve un poco del crecimiento que da Dios. Y con eso tiene que conformarse.

Pero, ¿sabes qué? Esto es porque las cuentas no se hacen aquí. La cosecha espiritual no se puede obtener aquí en vida. Un día, en la presencia del Señor, el misionero verá todo el fruto de sus esfuerzos, se quedará atónito al ver todo lo que el Señor ha hecho con sus pobres labores y adorará cuando vea lo mucho que el Señor ha cosechado de esas siembras.

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Imagen de rawpixel en Unsplash

2. Satisfacción al terminar tareas en tu trabajo.

Cuando uno inicia un proyecto con entusiasmo, es perseverante a través de los retos y termina habiendo hecho su mejor esfuerzo, ¡hay una satisfacción interna que se disfruta mucho! Y es una satisfacción que el misionero no conoce. La obra del misionero es con personas. Y las personas no son proyectos. El misionero predica el evangelio y alguien se salva, ¡y su trabajo a penas comienza! Entonces, el misionero empieza a invertir, enseñar, formar y, a veces, corregir a los nuevos creyentes. Ellos progresan, crecen, maduran, ¡pero nunca se puede decir, “Ya quedaron”! La obra del Señor en ellos no terminará hasta que lleguen a su presencia.

Pero, ¡el día que lleguen! Así como Cristo verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho, creo que dará la satisfacción también a sus siervos de tiempo completo. Ellos verán todo lo que se logró a través de su interminable trabajo en vida y, al fin, podrán sentir esa satisfacción de un trabajo bien hecho y adorarán al Señor con un nuevo aprecio por lo que hizo durante todo ese tiempo.

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Imagen de Joshua Rawson-Harris en Unsplash

3. Buen autoestima.

Dios creó al ser humano con la necesidad de un propósito o visión y la necesidad de ver un resultado de su trabajo o esfuerzo por esa visión lo que lleva a la satisfacción de haber terminado bien un proyecto o de haber cumplido un propósito. Todo esto es parte de tener buen autoestima. El misionero tiene una visión, un gran propósito por el cual trabaja. Pero, como ya notamos, no ve muchos resultados (en relación a su inversión), ni termina su trabajo nunca (al menos, antes de llegar al cielo). Esta falta naturalmente lo llevará a cuestionar el valor de su trabajo, su valor como misionero y su valor como creyente con frecuencia. Se preguntará si realmente está haciendo algo para el Señor.

Además, el misionero será malinterpretado y malentendido de parte de los que lo enviaron como misionero y de parte de la gente con la cual trabaja. Es una parte de su vida. Las personas que lo enviaron como misionero no conocen su actividad día a día y mucho de lo que hace o dice se puede malinterpretar ya que ellos lo ven desde otro contexto, personal y cultural, generalmente. Las personas entre las que trabaja pueden malentender todo desde sus intentos de comunicarse (si viene de una cultura bastante diferente o habla otro idioma), hasta cómo funciona su estilo de vida (la lejanía de sus familiares, las ofrendas que lo mantienen económicamente o sus hábitos cristianos cruzados con culturales). La vida misionera parece estar diseñada para aislar al misionero de lo que se necesita para tener buen autoestima: los resultados de su trabajo, la satisfacción al terminar un proyecto y la comprensión de sus conocidos.

Por otro lado, el Señor cuida de los suyos. Y mientras aquí puede ser difícil encontrar plenitud en una Persona intangible, Él siempre está para consolar. Y algún día, el misionero mirará a los ojos del buen Pastor, del misionero que se fue más lejos, del que llegó a un lugar totalmente ajeno para traer la salvación, y allí encontrará comprensión, encontrará todo lo que necesita para suplir sus necesidades emocionales.

La vida misionera es un reto totalmente diferente, pero quizás no más difícil que los retos de otros llamados. Un misionero rara la vez encontrará una de estas tres cosas en su servicio a tiempo completo y aunque el misionero nuevo esté consciente de que la vida misionera es una vida difícil, quizás no esté enterado de que también sacrificará estas tres cosas.

Pero, fiel es el que nos llamó. Él se encarga de suplir todo lo que nos falta.

3 cosas que necesitas para compartir el evangelio

Para compartir el evangelio necesitas 3 cosas y son las siguientes.

1. El deseo.

Es inusual que el creyente no tenga el deseo de compartir el evangelio. Puede ser por diferentes motivos, pero el deseo allí está. Quizás un creyente tenga el deseo porque ama a la persona y no quiere que vaya al infierno. Otro quizás porque sabe que es mandato de Dios y debe obedecer. Si no tienes el deseo de compartir el evangelio, pídelo al Señor porque Él quiere ayudarte a hacer su voluntad, pero si sigues este blog ¡es probable que el deseo no es lo que te hace falta!

2. Un conocimiento básico del evangelio.

Si eres salvo, ¡ya lo tienes! Has oído y aceptado las verdades básicas:

  1. Soy un pecador y eso me separa de Dios.
  2. Dios me ama y no quiere esa separación. Por eso, se sacrificó a sí mismo en la cruz para quitar ese pecado con lo único que puede limpiarme: sangre inocente.
  3. Es mi responsabilidad recibir ese perdón que me ofrece de manera personal.

3. Alguien con quién compartir.

Esto puede ser lo más difícil para alguien que a penas comienza. Pero, no tanto porque no hay con quien compartir, sino porque ¡el compartir puede dar un poco de temor! Pero, si ya tienes a alguien en mente, piensa en la motivación que hay detrás de tu deseo y verás que es más grande esa razón que tu temor. Y si no sabes con quién compartir, de nuevo, ora. El Señor te ha dado una combinación especial de talento, personalidad y circunstancias que te hacen la persona ideal para compartir el evangelio con los que Dios ha puesto en tu vida.

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Imagen de Trung Thanh en Unsplash

Espero que esta entrada no sólo te haya ayudado, sino también que te haya inspirado a salir y compartir el evangelio, porque esas tres cosas que se necesitan para compartir el evangelio, ¡ya las tienes!

3 preguntas que debes hacer antes de compartir el evangelio

Hay ocasiones cuando compartido el evangelio pero he visto que el mensaje parece no afectar a la persona. Ahora sé que si me hubiera tomado el tiempo de hacerme unas preguntas, me hubiera ayudado a compartir el mensaje de una manera que quizás hubiera tenido mayor efecto en los oyentes. Entonces, hoy te comparto estas tres preguntas esperando que el considerarlos antes de compartir el evangelio con alguien te ayuden a no cometer los mismos errores que yo.

1. ¿Qué tipo de relación tengo con esta persona?

Cuando se va a tratar un asunto tan importante y tan personal como la salvación, es excelente tener una relación como base de esa conversación.

Por ejemplo, si tu tía te pregunta: “¿Cuántos pedazos de pastel te comiste?” Quizá te molestes, pero si te lo pregunta tu nutrióloga es diferente. ¿Por qué? Porque tú ya tienes una relación con la nutrióloga en la que ella te ayuda a tomar mejores decisiones en relación a lo que comes. Ella tiene el derecho de preguntarte eso, porque tú se lo diste.

Antes de hablar de las verdades difíciles del evangelio, pregúntate qué tipo de relación tienes con esta persona y si te ha dado el derecho de hablar de cosas personales. ¿Te ha confiado asuntos personales? ¿Te ha pedido consejos? O ¿sólo se saludan en la calle porque son vecinos?

Una relación de mucha confianza, te permite explicarle de manera más extendida y profunda cómo el evangelio impactaría su vida, mientras que una relación más superficial, quizás sólo te permita comentarle lo básico del evangelio y dejarle un folleto.

No es necesario detenerte si no te ha confiado sus secretos más íntimos, pero la relación que tienen debe afectar la manera en que compartes el evangelio.

2. ¿Por qué le quiero compartir el evangelio?

A veces estamos tan enfocados en que debemos de evangelizar que no nos detenemos para preguntarnos cuál es nuestro motivo. ¡Y resulta que el motivo es igual de importante para Dios que la acción!

¿Por qué se me ocurrió con mi compañera de clases sobre la importancia de ser salva después de su cirugía? ¿Por qué pienso invitar a la vecina que me robó unas macetas a la predicación del evangelio? ¿Por qué le quiero regalar un folleto a ese chico que se parece a Noah Centineo?

Quizás mis motivos sean sinceramente la gloria de Dios.

O quizás tenga otras ideas que influyen en mis hechos.

Es bueno hacer lo bueno. Pero, es bueno hacerlo después de haber examinado mis motivos ante el Señor.

¿ Cuál es su trasfondo religioso y familiar?

El trasfondo de una persona la ha moldeado en gran parte. No es el único factor, pero algo importante a considerar antes de compartir el evangelio es su percepción de ciertos conceptos.

Si una persona fue criada con la idea de que es más importante ser amable que decir la verdad, ¿cómo le vas a presentar la verdad de su pecado? En el caso de alguien que creció en una religión muy estricta, en donde el transgredir las reglas implicaba el abandono total de los seres queridos, es necesario comunicarle el amor incondicional de Dios. Al compartir el evangelio con uno que siempre ha creído en Dios y nunca ha hecho nada al respecto, ¿qué vas a decir para mostrarle la urgencia del evangelio?

¿O qué tal situaciones más delicadas?

Si el papá de alguien lo abandonó cuando tenía seis años, es bueno considerar la mejor manera de hablar de Dios como Padre. O si la religión de alguien le enseñó la reencarnación como verdad, ¿cómo vas a presentar el tema del juicio después de la muerte? Si la persona no cree en Dios pero cree en las energías, ¿qué le vas a decir sobre el mundo espiritual y la batalla por su alma?

El evangelio no cambia, pero sí se puede presentar de una forma apropiada dependiendo del oyente.

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Imagen de Korney Violin en Unsplash

Estas tres preguntas no son razones para no compartir el evangelio, ¡para nada! Sólo son cuestiones a considerar antes de compartir el evangelio con alguien.

Así podremos compartir el evangelio de una manera más amorosa, mas eficaz y más considerada.