¿saben que oras por ellos?

¿Tu novia sabe que oras por ella?

¿Tu mejor amiga sabe que oras por ella? 

Ese hermano que casi nunca llega a la reunión de oración, ¿sabe que oras por él? 

Hace tiempo, Ricky y yo oramos por un amigo que parece que ya no tiene a Dios como prioridad en su vida. Yo sabía que él jamás aceptaría mi sugerencia que sus prioridades no estaban en orden. 

Lo único que podíamos hacer era orar. 

Y resulta que también podía decirle que lo habíamos hecho. 

Le mandé un mensaje de texto que decía, “Oramos por ti hoy.” Y ese mensaje inició la conversación más larga que habíamos tenido en años. 

Hay poder en las palabras, “Oré por ti.” 

Pueden abrir el corazón del rebelde. Pueden suavizar el corazón del amargado. Pueden tocar el corazón del perdido. “Oré por ti.” Las palabras muestran que tienes cuidado de aquella persona. Le asegura que aunque quizás no estés de acuerdo con lo que hacen, no estás dispuesto a terminar tu relación con ellos. Les dice que quieres lo mejor para ellos, aunque difieran sus opiniones sobre qué es lo mejor. 

¿Cuándo es la última vez que le dijiste a alguien que oraste por él o ella?

Yo no había experimentado el efecto de las palabras hasta ese día, pero de ahora en adelante espero decirlas a alguien todos los días. Quiero que sepan que me importan. Tengamos una buena relación o una difícil, quiero mostrarles que aún pienso en ellos y los llevo a la presencia de Dios en oración. 

“Oré por ti.” 

¿A quién le dirás esas palabras hoy? 

mi motivo al orar SÍ importa

¿Sabías que no sólo es importante orar, sino reconocer por qué oras?

Yo no lo sabía, hasta hace poco.

Hace unas semanas, estaba en la cocina lavando trastes y pidiéndole al Señor por la salvación de una persona que tenía como un mes de haber conocido. Es una chica muy amable y parece que tenemos bastante en común.

¡Y cuánto deseaba poder compartirle el evangelio!

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Imagen de Catt Liu en Unsplash

Entonces, estaba orando por su salvación.

Y francamente, no recuerdo cómo fue que me empecé a preguntar por qué estaba pidiendo eso. Jamás se me había ocurrido preguntarme por qué oraba por tal o cual cosa. Simplemente, oraba.

Pero, en esta ocasión, el Señor me detuvo y me hizo preguntarme por qué pedía por la salvación de esta chica.

La respuesta me avergonzó.

Yo estaba orando por ella porque me cae bien y quisiera tenerla como amiga.

¡Qué egoísmo!

Yo pedía por su eterna salvación, yo pedía por la oportunidad de compartir el evangelio con ella porque yo quería otra amiga.

Y luego, me di cuenta de que la otra petición que había hecho ese día tampoco tenía los motivos correctos. Yo había estado orando por una hermana, que el Señor tocara su corazón y le diera la convicción de cómo debería vestir una seguidora de Cristo.

Pero, mi motivo era que ella no estaba vistiendo como yo creía que debería vestir.

¡Era lo mismo!

Yo estaba pidiendo que el Señor hiciera algo bueno (no es malo ser salvo, ni obedecer el mandato de decencia en vestimenta), pero por los motivos incorrectos.

El problema era que los motivos eran personales, eran egoístas.

Mi motivo al orar por otros siempre, siempre, siempre debe ser la gloria de Dios.

Que Dios sea glorificado.

Entonces, seguiré pidiendo que esa chica sea salva. Seguiré pidiendo que el Señor ponga convicción en el corazón de esa hermana.

Pero será porque la salvación de esa chica le dará gloria a Dios. Y la vestimenta decente de esa hermana dará gloria a Dios.

Y aunque nunca llegue a ser mi amiga esa chica y aunque esa hermana vista decentemente pero no como yo hubiera elegido, el propósito se habrá logrado.

Dios recibirá gloria.

Ésa es la motivación correcta en la oración.

cómo orar las Escrituras

Todos los días oramos.

Al menos, queremos orar todos los días. Queremos orar por nuestras familias, por nuestros amigos, por los hermanos de la asamblea… ¡todos necesitamos a Dios tanto!

Y queremos apoyar en la oración.

Pero, no sé si a ti te ha pasado lo que a mí: orar lo mismo para la misma persona puede llegar a ser monótono.

Si todos los días, o tres veces a la semana, o cada lunes oras por la salvación de cierta persona, llega un momento en el que te das cuenta de que estás usando las mismas palabras vez tras vez y te preguntas si Dios se aburre tanto con tus oraciones como tú.

¡Y esto no quiere decir que te cansaste de orar!

Al contrario, quieres seguir haciéndolo pero sabes que estás diciendo lo mismo cada vez y hasta llega a parecer vana repetición.

¿Cómo resolver esto?

El año pasado me compartieron una forma de orar que ha cambiado cómo hago petición por mis conocidos.

¡Es simplemente orar la Escritura!

O sea, usar las palabras de la misma Biblia para estructurar mi intercesión. Esto cambia mi oración todos los días porque me estoy basando en un versículo o un grupo de versículos diferente cada vez que oro.

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Imagen de Amy Velazquez en Unsplash

¿Cómo se hace?

Pues, primero elige un versículo o un pasaje. Y luego, parafraseas el versículo como petición para la persona por la que estás orando.

Por ejemplo, supongamos que vas a orar el Salmo 21 por los miembros de tu familia. El versículo 1 dice así:

El rey se alegra en tu poder, oh Jehová; 

Y en tu salvación, ¡cómo se goza!

Entonces, orarías algo así:

“Te pido que mi mamá se pueda alegrar en tu poder, oh Dios. Que se goce en tu salvación hoy.”

O digamos que estás orando por por un amigo inconverso y estás leyendo Romanos. El capítulo 6 y versículo 1 dice:

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? 

Este versículo es realmente para creyentes, pero puedes adaptarlo para tu oración de ese día. Quizás sería algo así:

“Padre, te pido que salves a mi compañero, que sea convencido de su pecado y que no persevere más en él, sino que tu gracia abunde hasta entrar a su vida.”

Cuando oro las Escrituras, me doy cuenta que mi espíritu al orar cambia. Oro con más seguridad porque sé que lo que estoy pidiendo es la voluntad de Dios. Ayuda a que mi mente esté más saturada de la Palabra de Dios e influya no sólo sobre mis deseos para con los demás en ese momento, sino también sobre mis deseos para mí en el resto del día.

Aprender cómo orar las Escrituras ha cambiado mi vida de oración.

¿Por qué no lo intentas tú?

cuando no tienes ganas de orar

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Imagen de Olivia Snow en Unsplash

Cuando no tienes ganas de orar, lee.

Suena demasiado sencillo, ¿no?

Pero, todos pasamos por épocas en las que estamos tan desanimados, o tan tristes, o tan agotados que no tenemos ni la energía de orar.

Y es en esos tiempos que la lectura más nos puede ayudar.

Es que a través de la Palabra de Dios, lo podemos conocer. Al leer, veremos quién es Dios, aprendemos más de su carácter. Su Palabra lo revela.

Al conocer a Dios, es inevitable adorar. La lectura nos ayudará a recordar o a descubrir cosas nuevas de Su Persona y esto nos llevará a adorar. ¿Cómo no adorar a alguien tan maravilloso?

Y finalmente, al conocer a Dios, al adorar a Dios, comienzas de nuevo a confiar en Dios.

Digo “comienzas a confiar,” porque esa falta de ganas de hablar con Él involucra una falta de fe. Pero, habiendo conocido más del carácter de Dios, y habiéndole adorado por quién es, la confianza regresa de manera natural y una vez más podrás tener comunión con Él, hablar con Él, orar.

Cada creyente pasa por etapas de sequía. Todos hemos pasado por épocas en las que la oración – si es que se hace – no parece pasar del techo. Pero, te quiero animar, ¡sigue leyendo!

El Señor se revelará, te causará que adores y una vez más podrás hablar íntimamente con Dios.

la receta para una vida cristiana

Debes empezar con un recipiente de salvación de acero inoxidable. Notarás que esta ya viene llena de vida eterna, es decir, ilimitada.

Luego, agrega 1 cucharada sopera de jarabe de gozo. Ésta se incorporará de inmediato pero al poco tiempo verás que se hunde y forma una bola en el fondo del recipiente. Esto es porque aún no has agregado el líquido claro que viene en una botellita negra, el vinagre de sufrimiento. Casi siempre, el jarabe de gozo y el vinagre de sufrimiento se venden juntos, ya que se necesita el sufrimiento para que se disuelva el jarabe y quede su dulce sabor completamente incorporada a la bebida. Siempre hay que agregar la misma cantidad de sufrimiento que de gozo (el vinagre hace que la dulzura del jarabe se intensifique un poco, entonces siempre tendrá un sabor un poco más fuerte el jarabe.)

Después, agrega dos cucharadas soperas de Señorío de Cristo. Procura que se la esencia más pura y fuerte que encuentres porque la intensidad del sabor depende mayormente de este ingrediente clave.

Para completar la bebida, agrega 1 cucharada sopera de amor en polvo. Hay que moverlo con una cuchuara porque es mucho más difícil que se incorpore. Pero, no recomiendo reemplazarlo (como algunos sugieren) con el amor líquido que se incorpora de inmediato, ya que la sustancia del amor en polvo tiene un sabor más sincero y es duradero, mientras que el sabor del amor líquido se evapora en poco tiempo y si se contamina con una gota del vinagre de sufrimiento, ni se diga…

Esta bebida te va a durar toda la vida, pero para que te sepa igual de fresco y rico cada mañana, hay que echarle unas gotitas de la Palabra de Dios, esto es al gusto. (Aunque por ahí comentan algunos abuelitos que entre más gotas, mejor el sabor.) Y como último toque esencial, hay que espolvorearlo con oración durante el día.

Esta receta te será de mucha utilidad, pero advierto que si buscas quitar un ingrediente o reemplazarlo con una imitación, te va a salir completamente amargo.