“ya no le hablo”

¿Te ha tocado que alguien te deje de hablar?

Es un comportamiento pasivo-agresivo que causa dolor indescriptible. Especialmente, si se trata de una persona en la que tenías confianza, como un buen amigo o una prima querida.

Cuando te dejan de hablar es un indicador de un problema. Puede ser cualquier tipo de problema causado por cualquier motivo, pero siempre es por un problema.

Y es una manera totalmente inútil de tratar el problema.

Dejarle de hablar a alguien no resuelve nada. La situación pasa de tener sentimientos heridos y enojo a más sentimientos heridos y más enojo.

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Imagen de Zach Guinta en Unsplash

Ahora, cuando yo estoy en una situación difícil, cuando me siento herida, cuando estoy enojada por lo que ha pasado, ¿trato a Dios de la misma manera?

¿Le dejo de hablar a Dios?

No me refiero a “dejarle de hablar” en el sentido adolescente de venganza aniñada que tanto se ve, aunque en ocasiones de eso se trata precisamente. Estoy hablando más de un descuido, o de una melancolía que impide la comunicación.

Cuando paso por tribulación, ya sea causada por circunstancias, por otras personas o por mis propias emociones, ¿le dejo de hablar a Dios? ¿Permito que el estrés de estar ocupada desvíe mi tiempo de oración? ¿Permito que mi tristeza por lo que he sufrido interfiera con mi comunicación con Dios? O, ¿será que mi coraje porque Dios no hizo lo que yo creía que haría, me tiene como esa chica de secundaria que “ya no le habla” a su mejor amiga porque tiene el deseo de infligir algún castigo?

¿Le dejo de hablar a Dios?

O en medio de mi tormenta, ¿me acerco a Él para pedirle que sea mi pronto auxilio?

la vez que me di por vencida

Esta es otra entrada que ya tiene varios años, pero el mensaje es muy importante hoy.

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Imagen de Olivia Snow en Unsplash

En enero de 2012, quité a Vanesa* de mi list de oración.

La había agregado unos años antes, cuando mi amiga me pidió que orara por su restauración y bienestar espiritual. En ese tiempo, no le iba tan bien.

Vanesa no vivía cerca de mí, entonces al orar, no pude observar los resultados. Con el tiempo, me enteré de que había completamente dejado de reunirse con la iglesia local. Ya no participaba en los eventos de la asamblea; al parecer simplemente no le importaba.

Entonces, al iniciar el año, cuando agregué a varios hermanos nuevos a mi lista de oración, tomé una decisión difícil. Suspiré, agaché la cabeza y decidí mejor usar mi tiempo de oración para el beneficio de otros.

Con tristeza, reemplacé su nombre.

No quería decir que jamás oraría por ella de nuevo, simplemente ya no la incluiría en mi tiempo de oración diario.

Pero, Dios me tenía una sorpresa.

Y una amonestación.

A finales del mes de enero, recibí un correo de mi amiga. Me contó que Vanesa había decido enfocarse más en agradar a Dios y se estaba congregando de nuevo.

¡Qué poca fe! Yo me había rendido justo antes de que Dios mostrara el fruto de todas esas oraciones y todo el esfuerzo de los hermanos.

Dios no se dio por vencido con ella.

¡Qué vergüenza reconocer que yo sí lo había hecho!

“[Mujer] de poca fe! ¿Por qué dudaste?” Mateo 14:31

Y ¡qué gozo saber que Él jamás se dará por vencido conmigo tampoco!

¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida… Isaías 49:15,16a

*Cambié los nombres y algunas circunstancias por razones de privacidad.

el valor de lo que hago

Las obras buenas del ser humano no valen nada. Son trapos de inmundicia. No valen ante Dios.

Estas frases son comunes en una predicación del evangelio.

Y es correcto.

Lo que hace una persona que no cree en Cristo, está sin Cristo y por lo tanto, Dios no lo puede aceptar.

Pero, ahora, como creyente, es fácil olvidar que lo mismo aplica.

Si lo que hice sin Cristo, antes de ser salvo, no valía nada ante Dios, ¿por qué creo que lo que hago después de la salvación sin Cristo vale algo?

Es decir, si yo presento alguna alabanza a Dios, sin depender de Cristo, no tiene valor. Si sirvo a algún hermano sin depender de Cristo, no tiene valor. Si procuro compartir el evangelio sin depender de Cristo, no tiene valor.

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Es muy fácil creer que soy capaz, especialmente si es algo que he hecho muchas veces, pero cada servicio debe hacerme depender más del Señor.

De hecho, el Señor mismo lo dejó claro en Juan 15:5, “Separados de mí, nada podéis hacer.”

Mi adoración, mi servicio, mi evangelización, cuando no los hago en Cristo, son madera, heno y hojarasca.

Que el Señor nos ayude, sí a adorar, a servir y a evangelizar, pero a hacerlo en Cristo.

la causa #1 de la falta de celo misionero entre los creyentes

Hay algo que apaga el celo misionero como ninguna otra cosa. Algo que, cuando sucede, disminuye el deseo de compartir el evangelio. Se puede decir que es la causa número uno de que los creyentes no seamos misioneros. 

¿Y qué es esta cosa con efectos tan terribles?

Es el dejar de pasar tiempo con el Señor a diario.

¿A poco es tan importante el tiempo devocional?

Sí. Los momentos que pasamos con el Señor nos inspiran y fomentan el deseo de compartir acerca de esta maravillosa Persona y todo lo que ha hecho. Leyendo Su Palabra aprendemos la importancia de predicar el evangelio y vemos ejemplos de cómo hacerlo. En oración, nos comunicamos con Él, nos desahogamos y dejamos nuestras preocupaciones en las manos del Padre. Y experimentamos Su amor de manera muy personal.

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Imagen de Ben White / CC-BY

Después de pasar tiempo en presencia de un Padre tan amoroso gracias a un Salvador tan fiel, ¿cómo no compartir el evangelio? Después de leer los mandatos a ir y predicar el evangelio para la salvación de almas, ¿cómo quedarnos callados? 

La falta  de tiempo devocional es una de las razones más comunes por las que los creyentes no somos misioneros.

Si queremos mantenernos firmes y fervientes en nuestra obra para el Señor, es imprescindible que pasemos tiempo con el Señor a diario.

Aunque falte tiempo.

Aunque tenga sueño.

A pesar de cualquier dificultad emocional o física que esté pasando.

Necesitas pasar tiempo con el Señor a diario si vas a ser un creyente misionero eficaz.

lo que Satanás más quiere que dejes de hacer

El diablo es mucho más poderoso que uno.

Él tiene mucha más experiencia, es fuerte, es espíritu y conoce la Biblia muy bien.

¿Cómo crees que puedes ganarle a Él?

Un ser humano como tú y yo, tan frágil que una gripa nos tira a la cama, tan débiles que una ligera tentación de enojo nos hace pecar con palabras en contra de nuestros hermanos. Somos tan pequeños. ¿Qué podemos hacer nosotros en contra del ángel más poderoso que Dios creo?

Reconocer nuestra debilidad es la clave.

Porque cuando uno reconoce su falta de toda capacidad y fuerza, uno se dirige a Dios. Y como niño pequeño se vuelve totalmente dependiente.

El diablo nos ataca con tentaciones en nuestra vida personal, crítica de otras personas, desánimo por dentro, división por fuera. Su único anhelo es la destrucción de la obra del Señor. Su deseo es destruir todo lo que el Señor ha hecho en nosotros.

Y nuestra mejor forma de defendernos es ir a Dios en oración.

La oración nos pone en presencia del Señor. Nos ayuda a reconocer la realidad de la inmensa fuerza de Su brazo salvador. Nos da ánimo para salir y proclamar la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Y la oración nos sana y nos da paz cuando regresamos heridos de la batalla espiritual.

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Imagen de Alejandro Alvarez / CC-BY

Amigo lector, ¡ora!

¡Ora por tu vida espiritual! ¡Ora, que del Señor depende todo lo que eres! Ora, porque Dios obrará más entre más se lo pidas. Ora por la salvación de almas. Ora por sabiduría. Ora por victoria.

Tú sólo no puedes vencer al diablo. Satanás nos puede derrotar con su meñique. Pero, ¡El Señor está con nosotros! ¿Quién contra nosotros?

¡Ora! Quédate cerca del Señor. Deténte en su presencia. Escóndete detrás de Él. 

¡Ora! Ora que Él levante sus millares en contra del Enemigo. Ora que Él envíe sus huestes a la batalla. Ora que Él te infunda de valor.

¡Ora! Porque Satanás temblará.