cuando Dios te da una obra imposible

Antes, cuando me enfrentaba con algo imposible, con una tarea el cual era completamente incapaz de completar, me aterraba. 

¿Por qué me encargarían algo tan difícil?

¿Qué no tenía Dios a alguien más preparado apara algo así? 

Las preguntas y el temor me sofocaban. 

Y oraba.

“Señor, tendrás que hacer esto a través de mí, porque ¡yo no puedo!”

La primera vez que de mis labios salieron esas palabras, jamás me imaginé que las repetiría, vez tras vez. Pero, vez tras vez, el Señor me ha llevado a situaciones totalmente fuera de mi capacidad. 

Y vuelvo a orar. 

“Señor, hazlo tú, porque ¡yo no puedo!”

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Imagen de Ian Espinosa en Unsplash

Hoy, me vuelvo a enfrentar con un problema tan profundo que me estoy ahogando. Estoy tan perdida que ni sabría hacia dónde dirigirme si pudiera nadar en esta situación. 

Y me hundo. 

Me entero de más aspectos del conflicto y me hundo. Medito más en el problema y me hundo. 

Pero hoy, ya sé cómo se va a solucionar. Me he sentido así en otras ocasiones. 

Y la oración que me ha rescatado vuelve. 

“Señor, hazlo tú porque ¡yo no puedo!”

Esta vez, ya no con una voz temblando, ya no aterrada. Esta vez, con la tranquila confianza de fe probada y comprobada. 

Tengo paz. 

Tengo paz en medio de esta tormenta, tengo paz aunque estoy tragando agua, tengo paz entre las olas porque esta es la oración que mi Padre ha contestado con claridad y seguridad tantas veces en el pasado. 

No lo puedo explicar más que decir que tal como cuando Dios te salva y tú realmente no haces más que descansar en Sus manos, así también en su servicio, Él te pone en situaciones en las que la única manera de seguir adelante es descansar en Sus manos. 

Él hace lo demás. 

Obviamente, tengo que dar el siguiente paso. Pero, no se trata de seguir adelante como yo pueda. Ese siguiente paso se da confiando que Dios dirigirá mis pasos, mis manos y mis palabras porque yo ya no estoy en control. 

Y eso es lo que me toca hoy. 

“Señor, hazlo tú a través de mí, porque ¡yo no puedo!”

cuando no sabes cómo servir

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Imagen de Paul Jarvis en Unsplash

“Haz lo que tienes en frente.” 

Podemos pasar mucho tiempo preguntándonos cuál es nuestro llamado. ¿Cuál es nuestra vocación?

¿Cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas? 

Pero, mientras esperamos esa revelación, ¿qué hacemos? 

Siempre hay algo que obedecer. 

Siempre hay un servicio a dar, un paso a tomar, aunque sea tender la cama. 

Dios nunca nos deja totalmente en blanco. Siempre nos da algo que hacer. Tender la cama, como ya mencioné. Barrer el piso antes de la predicación. Ayudar a mamá a doblar la ropa. Estudiar para el examen del martes. 

Siempre hay algo qué hacer. Y es un peligro el estar tan preocupados buscando el gran llamado, la gran causa de nuestra vida que nos perdemos los pequeños pasos de obediencia que Dios nos pide hoy. 

¿Y sabes por qué es tan importante obedecer en lo que tienes por delante? 

Porque Dios así nos guía. 

Dios nos guía por medio de la obediencia a pasos pequeños. Como moronas de pan en el camino del cuento de hadas, Dios nos va dejando pequeñas pistas, oportunidades para obedecer, y si las seguimos, llegaremos al camino que Dios tiene para nosotros. 

Entonces, te quiero animar a buscar la voluntad de Dios. Sí, ora y pídele que te muestre cuál carrera estudiar, con quién te vas a casar, cuál trabajo debes buscar. Pregúntale qué quiere que tú hagas, cuál va a ser tu contribución a su obra. 

Pero mientras, haz lo que tienes en frente. 

Dios te guiará. 

hacer lo imposible

 Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos.  Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. Lucas 9.13 al 16

“Dadles vosotros de comer.” 

Cristo pidió a sus discípulos que hicieran algo imposible. 

¡Darles de comer a más de 5000 personas! ¿Cómo podía Él pedirles algo tan difícil? Él sabía que ellos no tenían dinero. Él sabía que ellos tenían hambre al igual que la multitud. Él sabía que no había donde comprar tanto comida si encontraran los fondos para hacerlo.¿Cómo podía ser tan insensible a sus limitaciones? 

Los discípulos le contestaron que no podían.

Le dijeron que sólo tenían cinco panes y dos pescados. Que no tenían dinero para ir a comprar comida. 

Y Cristo les dio una instrucción.

“Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta.” 

Los discípulos aún no tenían respuesta. Aún no sabían cómo podrían darle de comer a tanta gente. Y ahora tenían que tomar una decisión. Podían seguir cuestionando a Cristo, insistir en que no había cómo alimentar a tantos, o podían obedecer la instrucción de hacerlos sentarse en grupos. 

Decidieron obedecer.

No sabían cómo podrían darles de comer. No sabían siquiera si realmente alimentarían a la gente. Pero, obedecieron: sentaron a toda la gente en grupos. 

El Señor dio gracias por los panes y pescados, los partió y luego, los dio a sus discípulos para que los sirvieran a la gente. 

¡Los discípulos alimentaron a la multitud! 

El Señor Jesucristo les había pedido que hicieran algo imposible. Luego, paso por paso, ¡les dio la manera de hacerlo! 

Y hoy, hace lo mismo con nosotros. 

Quizás parece que lo que el Señor nos pide es difícil, o aún imposible. Pero tenemos la seguridad de que si Él pide algo de nosotros, nos da la manera de obedecer.

¿Cómo vamos a encontrar la manera de obedecer que Él nos da?Obedeciendo los pasos más pequeños que Él nos manda a tomar, tal como los discípulos cuando sentaron a la gente.

Entonces, cuando Cristo te pide que hagas algo imposible, cuando me pide que haga algo imposible, lo único que necesitamos hacer es dar el siguiente paso pequeño de obediencia, porque Él hará que todo lo demás también sea posible. 

2 formas de glorificar a Dios

El apóstol Pablo dijo algo impactante en Gálatas 1:24.

“Y glorificaban a Dios en mí.”

Él estaba contando cómo los creyentes se sorprendieron cuando él se convirtió y cambió de manera radical. ¡Pasó de perseguir cruelmente a los cristianos a predicar el evangelio con fervor! Los cristianos vieron su vida y glorificaban a Dios.

La última vez que leí este versículo, me pregunté, ¿mi vida causa que otros glorifiquen a Dios?

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Imagen de Jeremy Yap en Unsplash

En Juan 15:8, se mencionan dos cosas que en mí pueden glorificar a Dios.

“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”

1. Llevar fruto.

Así como sabemos que un árbol es un limón cuando da limones, los demás sabrán que soy creyente si mi vida lo muestra con cosas visibles. Una vida diferente, una vida que agrada a Dios es una vida con fruto. Y si doy fruto, comprobando que soy creyente, Dios será glorificado.

2. Ser así sus discípulos.

Cristo mismo dio fruto, vivió una vida diferente, vivió de una manera que agradaría a Su Padre. Y al dar fruto, al llevar una vida como la de Cristo, soy su discípulo. Estoy siguiendo sus pasos. Y así como Su vida glorificó al Padre, mi vida también lo hará.

Entonces, en Gálatas 1:24 tenemos un ejemplo, una inspiración a vivir de manera que cuando nos vean, glorifiquen a Dios. Y en Juan 15:8 tenemos dos pasos prácticos para saber cómo vivir para glorificar a Dios.

Habiendo aprendido eso, queda la pregunta para cada uno de nosotros.

¿Mi vida causa que otros glorifiquen a Dios?

cómo estar lleno de gozo

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Imagen de ilya gorborukov en Unsplash

En la Biblia, el agua representa la Palabra de Dios.

En la Biblia, el vino representa el gozo.

 

Y si tomamos en cuenta estas figuras, podemos aprender algo increíble sobre la vida cristiana de la historia de Cristo en las bodas de Caná. Juan 2:7-10 dice esto:

“Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.”

Los siervos obedecieron a Cristo. Llenaron las tinajas. Las llenaron hasta arriba. ¿Hubiera sido terrible si sólo las hubieran llenado? ¿O qué tal dejarlas a tres cuartos? ¿Hubiera sido tragedia?

Probablemente, no.

Pero, los siervos llenaron las tinajas hasta arriba.

Y luego, ¡Cristo hizo el milagro! Cristo convirtió el agua en vino.

Y las tinajas ahora estaban llenas de vino, hasta arriba.

Ahora, la Biblia está llena de versículos que nos muestran la importancia de tener la Palabra de Dios siempre en nosotros. Josué 1:8 es un buen ejemplo.

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito…”

Él me manda a llenarme de Su Palabra.

Y no es sólo porque quiere que le obedezca por el simple hecho de obedecer. Es por que Él me quiere llenar de gozo. Hasta arriba. 

¿Qué tanto le voy a obedecer? ¿Llenaré la tinaja hasta la mitad? ¿O me voy a llenar hasta arriba de Su Palabra?

Cristo no se encargó de llenar las tinajas y también convertir el agua en vino. El trabajo de llenarlas les correspondía a los siervos. Cristo hizo la otra parte.

De igual manera, yo no puedo esperar que Cristo me llene de su Palabra. ¡Eso me corresponde a mí! ¡Mandó que yo lo hiciera!l Y Él hará lo demás.

Entre más obedezca, entre más me lleno de Su Palabra, más me podrá llenar Él de gozo.