aquí vive un niño

Botitas tiradas
frente a la puerta,
un vaso de leche
con su tapadera,
y ese peluche,
en las escaleras,
desastre que grita:
Aquí vive un niño.

Hay muchos “te amo”
hay risa y besitos,
y justo al momento
que menos conviene
te abraza la pierna:
“¡Mamá, yo ayudo!” 
El ruido indica: 
aquí vive un niño. 

La casa era limpia,
la sala, tranquila.
Y antes, de noche,
se descansaba.
Mas con el desastre,
vino algo glorioso,
feliz esperanza:
aquí vive un niño.





Reseña: La mujer emocionalmente sana

Reseña la mujer emocionalmente sana

Este libro será una sorpresa para quien lo lea. Las mujeres creyentes estamos acostumbradas a libros que nos indican que debemos mantener la calma, ser amorosas sin condición, sacrificarnos para ser mujeres conforme a la voluntad De Dios. Mientras esos principios no son incorrectos, escuchar solo un lado del asunto nos puede llevar a tener vidas Cristianas desequilibradas. Esta autora no sugiere que debemos ser egocéntricas, pero sí nos señala que para ser mujeres emocionalmente sanas, debemos poner límites en nuestra vida, y más, que es imprescindible ser emocionalmente sanas si vamos a ser espiritualmente sanas. De hecho, Geri Scazzero habla de ocho cosas que ella tuvo que dejar de hacer para llegar a ser emocionalmente sana. Incluye cosas como “Dejar de morir a las cosas incorrectas”, “Dejar de negar la ira, la tristeza y el temor” y “Dejar de echarle la culpa a los demás.” 

Quizás un peligro de este libro será que alguna mujer lo tome como excusa para no ser servicial, pero francamente, lo dudo. En primer lugar, es mucho más común entre mujeres Cristianas el sacrificarse demás, el ser pasivas y no enfrentar estos asuntos en su vida. En segundo lugar, lejos de quitarle la responsabilidad a la mujer cristiana, la autora reta a la lectora a tomar acción. Dejar estas ocho cosas implica mucho más trabajo, mucha más responsabilidad y dar cuentas ante el Señor por cómo cuida su propia alma.

La mujer emocionalmente sana es un libro imprescindible para cualquier mujer cristiana que se siente abrumada y agobiada por sus “deberes” cristianos. Es un libro que por una parte, da libertad a la lectora de dejar cosas no saludables, pero también deja clara la responsabilidad por las acciones que lleva a cabo o no.  Es fácil suponer que siempre debes estar lista para “servir”, este libro nos recuerda que estamos aquí para dar gloria a Dios y no podemos hacer eso si estamos esclavizadas a complacer a los que nos rodean.

la tormenta que conozco

Imagen de Matt Hardy en Unsplash
Esta tormenta la conozco.
Los truenos, las olas, el viento cruel,
Entraron hasta mi alma 
con amenazas que me helaron. 
Y luego, desvaneció. 

La tormenta me dejó 
quebrantada, pero me dejó. 
A ella, esta tormenta
la ataca, la ahoga, la cansa…
y yo nada puedo hacer.
Esta tormenta la conozco. 

Esta tormenta, la vuelvo a ver.
Los truenos, las olas, el viento cruel,
Hoy entran hasta su alma, 
Con amenazas que la helan,
y se vuelven realidad.

Mas, sí puedo compartir:
“Esta tormenta la conozco,
sé que a tu alma trae terror.
Pero también, conozco a Alguien
que aún esta tormenta, 
los vientos y el mar le obedecen.” 

dos maestros

Dios a veces nos enseña
y Bendición es la maestra.
Aprendemos la lección
disfrutando su enseñanza.
Pero en la Escuela Vida, 
ella única no es.
Dios a veces nos enseña
pero el profesor es otro
cuyo nombre es Dolor.

No es nuestro preferido, 
en el aula de la vida. 
Preferimos siempre estar
con la Bendición en clase.
Pero, hay ciertas lecciones
que ella no puede enseñar, 
Hay materias, unas cuantas, 
que requieren de un experto,
Y el experto es Dolor.

Es un profesor muy fuerte, 
nada como su colega,
tiene aspecto aterrador.
Pero el mismo fin comparten:
con amor, Dios usa a ambos,
Él se quiere revelar.
A Su corazón nos llevan:
Bendición con su ternura,
la dureza del Dolor.

Puedo aceptar, tranquila,
ya de ambos las lecciones.
A habitar cerca de Dios 
ambos pueden enseñarme.
Si la Bendición me guía
muy contenta estaré. 
Pero aceptaré con gozo
aprender con aflicciones,
en la clase del Dolor.

mi pregunta

Mi Dios, te pregunto a veces
¿Por qué, oh, Señor?
Esta tragedia.
La dificultad.
¿Por qué me llevas por el valle,
valle de la sombra de muerte?
La fría crueldad
de la tormenta 
entra a mi alma.
Y ¿por qué hay tanto qué sufrir?

Pero, hoy, mi pregunta es otra.
¿Por qué no, Señor?
Yo ya no sufro. 
Pero otros sí. 
¿Por qué, para mí, la tormenta
desvaneció como la niebla?
Cuando alrededor 
veo tragedias, 
valles de sombra 
y ¿por qué a mí no me tocó?