El amigo

Fue uno de los únicos amigos que me cayó bien desde la primera vez que lo vi. Las amistades tienden a desarrollarse con el tiempo. Pero este amigo era diferente. Desde el primer momento, me habló con la confianza de toda una vida de amistad. 

—¡Qué increíble! —Lo volteé a ver.

—¿Qué?

—Pues… cómo te trató. No estuve escuchando a propósito pero sí te alzó la voz y alcancé a oír lo que te dijo. ¿Cómo se atreve a tratarte así? No es justo. 

A pesar de que se había metido a mi conversación, tuve que darle la razón. El cliente me había tratado bastante mal. Y realmente sin razón, porque la confusión no había sido mi culpa. 

—No te mereces ese trato. —Mi nuevo conocido interrumpió mis reflexiones—. No es tu culpa y no tienes por qué soportar sus berrinches. —De nuevo, asentí. Y desde ese instante fuimos amigos, una de esas amistades que se vuelven cada día más inseparables.

Sus comentarios me hacían sentir mejor en situaciones difíciles.

—Oye, no tiene por qué hablarte así —cuando un cliente era demasiado exigente. 

—¿En serio? No puedo creer que te acaba de decir eso —cuando mi hermano se molestaba conmigo. 

—¿Cómo se pone a criticarte cuando todos sabemos que ella ni atiende bien a su familia? —cuando una conocida chismeaba sobre mis amistades.

Y comencé a tomar más confianza al entrar en conflictos. Me hizo reconocer que, a final de cuentas, mi opinión también era importante. Otros debían tomarme en cuenta. 

Con la ayuda de mi nuevo amigo, comencé a expresarlo.

—¡Oye! Yo también soy un ser humano. No tienes por qué tratarme mal —cuando me alzaban la voz. 

—¿Qué te pasa? ¿No ves que aquí estoy? —cuando alguien se metía a la fila. 

—¡Soy igual de importante que tú! ¿Por qué siempre tenemos que hacer lo que tú quieres? —cuando nos juntábamos los amigos. 

Más que todos, este amigo me ponía como prioridad, este amigo sí me estimaba. 

Tristemente, nuestra cercana relación parecía alejar un poco a los demás, pero como solíamos consolarnos: —No es culpa nuestra si ellos no quieren darnos la prioridad.

Al crecer nuestra amistad, se distanciaban cada vez más, no solo mis amigos, sino también mi familia. Me hirió esto y procuraba hablar con ellos. 

—¿Por qué ya no me quieres ver? —les preguntaba. Y cuando me respondían dando malas excusas como diferencias de intereses, mi amigo me defendía. 

—¡Si realmente te importáramos, harías lo que nosotros queremos hacer! 

Con el tiempo, vi que realmente nadie quería darme mi lugar y la vida era más sencilla sin ellos. Yo tenía el amigo perfecto. Y este amigo sería suficiente. 

Dejé de buscar a los demás, dejé de reunirme tanto con la familia. Salíamos solo mi amigo y yo. Conversábamos felices. 

—¿Viste eso? Tenemos que decirles que sus malos modos no son aceptables.

—¿Qué le pasa? ¿Qué tengo cara de que quiero hablar con cualquier callejero que se me presente pidiendo atención y dinero, aparte? 

—¡No saben con quién se meten!

La compañía de mi amigo me fue suficiente durante mucho tiempo. Lo tenía que ser porque los demás ya no me buscaban, ni yo, a ellos. Hasta el día en que me enfermé. 

Mi amigo no me dejó, pero fue la primera vez en todo ese tiempo que mi familia se me acercó. Mi mamá me traía consomé, mi hermana me prestaba libros, mi papá y mis hermanos traían películas y juegos de mesa para cuando tuviera suficiente energía. Y mi amigo nunca dejó mi lado. 

—¿Por qué te molesta con sus sopitas y atenciones?

—¡Qué libros tan aburridos! Ni conoce tus gustos.

—¿Qué no saben que necesitas descansar?

Y por primera vez, sus comentarios comenzaron a irritarme. Mi familia estaba expresando cariño, me estaban cuidando y él solo se quejaba de lo que hacían. ¡Se molestaba con ellos! Entre las atenciones de mi familia y las críticas de mi amigo medité en nuestra amistad. Poco a poco, me fui recuperando y, mientras tanto, repasé todo el tiempo que había pasado con este amigo: todos sus comentarios, todo lo que me animaba a hacer y a decir. Me di cuenta que mi familia y amigos no me habían dejado de buscar porque no me querían, sino porque mi amigo se enojaba con ellos y lo mostraba. Y yo, tomaba su lado. Reaccionaba igual que él, le daba la razón porque sentía que me defendía. Desde el inicio de nuestra amistad, yo ya no me tomaba el tiempo ni hacía el esfuerzo de entender a otros, de preguntar sobre sus motivaciones… simplemente llegaba a conclusiones, al igual que mi amigo, y me alejaba con enojo. 

Quise hablarlo con mis papás, pero mi amigo no dejaba mi lado ni por un segundo. Siempre estaba allí, siempre listo, siempre a la defensiva. El día llegó cuando tuve que reconocer que no podría tener una relación buena con nadie hasta que este “amigo” se retirara de mi vida. A pesar de todo lo que según había hecho por mí, solo me perjudicaba. 

Ya me estaba sintiendo mejor y recobraba mis fuerzas cuando decidí que había llegado el momento. Esa tarde, mi mamá y hermanito venían en camino para traerme de comer y quería quitármelo de encima antes de que llegaran. 

Volteé con mi amigo, que seguía a mi lado. 

—Sé que tú piensas que eres buen amigo, pero lo único que has logrado es alejar a todos los que me aman. Durante nuestra amistad, me he convertido en una persona difícil, una persona que me avergüenza. ¡No! No me interrumpas, por favor. He buscado la manera de mantener nuestra amistad y a la vez restablecer todas mis otras relaciones, porque sí te tengo cariño, pero lo veo imposible. Necesito que me dejes. Ya no podemos ser amigos. 

Después de unos momentos incómodos, en los que me sorprendió con una mirada de odio, Ira se levantó y me dejó.

La planta

Hace unos 45 años sonó el timbre de mi casa. Cuando salí a abrir, no había nadie. A mis pies, encontré una maceta con la flor más hermosa que jamás había visto. 

Supongo que había hojas también, pero no las vi. Solo vi la flor. 

Una flor grande, con pétalos delicados. Una flor que brillaba con vida, de tonos profundos en su centro, que al acercarse a la punta de cada pétalo, se tornaban en la versión más ténue del color. ¿Y qué color era? Pues, la flor solo tenía uno, pero en él se veían reflejados todos los colores que jamás te podrías imaginar. Con cada vuelta que le daba, se apreciaba otro tono más. Cada perspectiva, cada ángulo tenía un nuevo brillo, un nuevo encanto.

Tomé la planta y la puse en el lugar de honor en el patio, donde le diera luz perfecta, donde la brisa la besaría y toda la familia la pudiera ver. 

Llegó a ser mi planta preferida. Todas las mañanas me levantaba para ir a verla, para regarla, para acariciar sus pétalos y disfrutar su discreto aroma.

Y de cierta forma llegó a ser no solo el centro de mi vida, sino el de nuestra vida familiar. Todos tomaban unos segundas cada mañana para detenerse delante de esta increíble planta. Por las tardes, nos reuníamos en el patio, notando cada día un detalle más de su belleza. 

Pasaron las semanas y los meses, la flor nunca se marchitó, nunca se cayó. Permanecía viva, bella y el eterno centro de interés. Con el tiempo, mis momentos diarios con la planta se alargaron. Comencé a observar más cosas. La flor era deslumbrante, pero empecé a ver hojas que crecían debajo de ella. Hojas grandes, que proveían una cama, un trasfondo verde para su belleza. Con el tiempo, noté que estas hojas eran especiales también, en contraste con la brillantez de los pétalos de la flor, su color, de distintos tonos, era tenue, aterciopelado. Los diferentes tonos de verde no llamaban la atención como ese color inigualable de los pétalos, pero eran un marco perfecto para la flor. Comencé a observar los tallos de la planta, también. Ahí donde el verde se volvía café, donde la flexibilidad de las hojas se volvía firmeza, noté lo muy normal que se veía. Esta parte de la planta era… ordinaria. ¡Pero, servía de apoyo para esa flor tan increíble! Mi aprecio por estas otras partes, también bonitas, de la planta creció por todo lo que hacían por esa hermosísima flor. 

Cada año, así como apreciaba más cada parte de la planta, la planta tomaba una parte más central en mi hogar. Y la flor seguía siendo el bello punto focal.

Hasta ese día trágico. Una mañana me levanté, y como de costumbre, fui al patio para saludar a mi planta. Fue cuando vi la evidencia de una crueldad vil y sin sentido: la flor no estaba. El tallo que la había sostenido y sustentado durante años había sido cortado con algo filoso (aunque no noté esto de inmediato.) 

No supe si grité o no. Dentro de unos instantes, salió el resto de la familia. Ahí estábamos todos, observando la planta como solíamos hacer, pero en esta ocasión, no llenos de tranquilidad y admiración sino de horror, enojo e impotencia. 

Ese día cambió nuestra vida, cambió el ambiente de la casa. Empezamos por cambiar todos los candados, luego, reforzamos las protecciones del segundo piso, agregamos luces afuera de cada puerta y ventana. Sería difícil que alguien se volviera a meter a nuestra casa pero… realmente era demasiado tarde. Ya se habían llevado lo más valioso que teníamos, algo que nos inspiraba y nos unía. Como familia, comenzamos a pasar menos tiempo juntos… ya no había razón para sentarnos en el patio por las tardes como antes. Ya no teníamos por qué reunirnos en el patio durante unos minutos cada mañana. Tenía yo, como todos, mucho que hacer y cuando salía a regar las plantas ya no me quedaba a observar, a disfrutar… solo hacía mi trabajo y me metía. 

Seguí regando esa planta. No sé si tenía esperanzas de ver otra flor. No sé si era simplemente el hábito. Pero, nunca dejé de regar la planta. Ahí seguían las hojas y los tallos que tanto había admirado pero… ya no tenían nada de especial. Y con el tiempo, esa planta comenzó a ser rodeada de otras, macetas que me regalaban, que iba comprando. Violetas, Rosas, Alcatraces… el patio se llenó de otras plantas. Se veía bonito. Pero, nada era igual. 

Llegó una época en la que casi había olvidado la flor. Ya salía a regar esa planta como todas las demás, sus hojas seguían verdes, seguía creciendo. Pero, no notaba nada de especial en ella hasta el día en que me tuve que mudar. 

Ya mi hijo mayor viviría en esa casa con su nueva esposa. Yo me cambiaría a un pequeño departamento en donde no cabrían todas mis plantas. Queriendo elegir algunas de mis plantas favoritas para llevarme, salí al patio. Tomé unos momentos para mirar cada una, cada planta ofrecía algo de belleza, algo diferente que apreciar… y luego miré esa planta. 

Esa planta que me había llegado cuando mi hijo era pequeño. Esa planta que tanto habíamos admirado y que había cambiado por completo el ambiente de nuestro hogar. Esa planta que ya no tenía flor. Pero, por primera vez desde que había perdido su flor, volví a ver su belleza. Me acerqué un poco, y noté de nuevo las vetas de distintos tonos de verde en sus suaves hojas, noté la increíble textura de cada una, noté lo frondoso que se había puesto… ¡la planta era hermosa! ¿Cómo la había dejado de apreciar?

No lo sé. 

Pero, en ese momento me di cuenta que para apreciar esta planta sin su flor, se requería experiencia de vida que mi hijo y su esposa aún no tendrían. Me llevaría esa planta y les dejaría las demás. Y quizás, algún día pronto, les llegaría también a su puerta una planta como esta, con su increíble flor. 

Espero que nunca les suceda lo que a mí, pero la vida está llena de tragedia, y si algo similar les llega a suceder, espero que también, con el tiempo, aprendan a apreciarla aún sin sus pétalos. Porque aún sin esos tonos mágicos, sin esos pétalos suaves, sin su brillante punto focal, esa planta sigue viva y es hermosa.

La mujer de la voz encantadora

Nunca olvidaré el día que la vi por primera vez. Fue también la última.

Estaba caminando por la banqueta de una de las muchas colonias de Guadalajara que hace veinte años eran bellas residenciales, pero en donde, poco a poco, las viejas casas con sus amplios jardines se han convertido en oficinas, colegios y cafés. Por ahí de las cinco me encontré caminando por una calle tranquila, cubierta con la sombra de los árboles y tropezando con sus raíces que interrumpían el nivel de la banqueta.

Pasé frente a una casa vieja, aunque cuidada, con un jardín diferente a los demás. En lugar de pasto verde, el suelo estaba tapizado de pequeñas plantas y entre ellas había esparcidos algunos arbustos y varios árboles que daban un aire de misterio a los bajos arcos del patio.

Oí una voz cantando.

No era una melodía que yo conocía, pero tampoco sé mucho de  música… No pude sino detenerme. Y al detenerme, no pude sino notar que mientras el jardín estaba protegido por una reja de viejo hierro forjado y medio cubierto con una enredadera, en el lugar donde debería haber una puerta, no había nada.

La voz seguía cantando.

Di un paso hacia el espacio de la puerta y allí me paré, escuchando. El sol seguía brillando. A lo lejos, seguían pasando los camiones. Y aquí, la voz seguía cantando.

¡Ahí estaba! A unos cuantos metros de mí. ¿Por qué me interesaba tanto? Jamás me detuve a pensarlo. ¿Qué importaba si una voz bonita estaba lejos o cerca? Ni lo sabía, ni lo consideré. Esa voz que había detenido mis pasos ahora llenaba mis sentidos, no permitía entrar otro pensamiento, no había otro deseo más que el de acercarme a esa voz encantadora. Tomé un paso más. Adentro de ese jardín, el sol, ya no brillante, a penas se filtraba por los árboles alumbrando las plantas con una pálida luz como si fuera madrugada. De hecho, el ambiente también era fresco, como si a penas comenzara el día. A lo lejos, ya no se oían los camiones, sino una parvada de pajaritos en algún árbol u otro.

Y la voz seguía cantando.

Y por la ventana la vi.

La mujer de la voz encontraba frente a la grande ventana que daba hacia el jardín. Me acerqué a la ventana sin saber ni considerar si ella me vería o no. Y al detenerme justo afuera por fin la pude ver, sola en su sala. Una mujer en la flor de la vida. Cabello brillante. Ojos intensos. Mejillas redondas con un hoyuelo. Y una boca magnífica. Su figura estaba escondida entre capas de tela oscura… quizás azul marino, pero se veía esbelta y fuerte. Solo alcanzaba a ver una mano delicada que extendía de repente, a veces en súplica, a veces en triunfo.

No me moví. No sé cuánto tiempo la observé. No sé cómo no se dio cuenta de que yo estaba allí. O quizás sí sabía. A lo lejos, como si no importara, noté que la luz del sol comenzó a llenar el jardín. Los pajaritos ya no se oían, pero unas abejas pasaron zumbando cerca de mi cabeza.

Y la voz dejó de cantar.

Cuando la última nota suave de su voz cedió al silencio, cruzó la sala lentamente y desapareció por un pasillo. Mientras esperaba su regreso, porque no me podía ir sin volverla a ver, observé el lugar que me rodeaba. Una vez adentro, el jardín se veía bastante ordenado, con filas de plantas pequeñas de diferentes tonos, los árboles y arbustos estaban en lugares estratégicos que bloqueaban la vista a cualquiera que pasara frente a la casa. El patio en el que me encontraba, reflejaba el diseño de las grandes ventanas en forma de arco y enmarcadas de tabique rojo. Cuando ella estaba cerca, todos estos detalles eran irrelevantes, pero en su ausencia, cada uno ahora me hablaba de ella, representaba su gusto, su toque.

El sol estaba en su auge, azotándome con calor aún en ese oasis. Hasta las abejas habían abandonado su trabajo y reinaba el silencio.

Y luego, ella regresó.

De inmediato volví mi atención a aquella que me había sacado de mi mundo y me había traído a este paraíso. Entró a la sala cargando una bandeja con unas tazas y servilletas. También, se había recogido el cabello pero… ¿qué era eso? ¿Eran canas?

Imposible. La acababa de ver. Joven. Brillante. Sin una sola señal de la edad. Seguí observándola, preguntándome si vería cualquier otro cambio y sí, allí estaban. Su cabello no era lo único que había perdido color, sus mejillas tan redondas y saludables hace poco, ahora eran más pálidas, esos labios hermosos estaban rodeados de líneas de sonrisa, sus ojos tan brillantes también mostraban señales del paso de los años. Pero, ¿cuáles años? Sí, quizás había pasado más tiempo aquí de lo esperado pero… la acababa de ver hacía apenas unos minutos.

La mujer encantadora se sirvió un té, se sentó en el sofá y tomó un libro de la mesa de centro. Quizás ella también disfrutaba el sonido de su voz porque comenzó a leer en voz alta. Y de nuevo quedé cautivado por la música. Cierto, ya no estaba cantando, pero su voz convertía el texto en poesía. El tiempo voló, así como lo había hecho cuando la escuchaba cantar. Cuando cerró el libro, suspiré y miré a mi al rededor, no sé por qué. Quizás buscaba a alguien más que se maravillara conmigo de la belleza de su voz, pero lo que vi fue un jardín por la noche. Los grillos habían comenzado su canto, los mosquitos ya me rodeaban. Arriba, las estrellas brillaban ¡como si pudieran competir con los ojos de aquella mujer! Y cuando regresé la mirada a la sala para volver a admirarla, ¡ya no estaba!

¿A poco ya era hora de dormir? No, solo había llevado la bandeja con las tazas (nunca había usado la segunda). Comenzó a  recoger y a reacomodar todo lo que durante el día había usado. Un cojín acá. Una mesita allá. Me llamaron la atención sus manos. Estaban arrugadas… titubeé antes de volver la mirada a su cara. No quería verlo, pero no pude sino reconocer que ahí también toda una vida había dejado sus estragos. El brillante y profundo color de su cabello ya escaseaba entre las canas, su tez se había vuelto totalmente pálido y su cuerpo, antes erguido y elegante, ahora caminaba, aún con gracia, pero encorvado. Con la noche había llegado su vejez.

Sentí un vacío tremendo. ¡Solo un día! Solo había pasado un día con ella, escuchándola, mirándola ¡y no era suficiente! ¿Y ya la iba a perder?

Sí, de repente alzó una mano temblorosa a su frente y se sentó de golpe en el sofá. Ese sofá que había sido su trono, ahora sería su lecho. No se detuvo a apagar la lámpara, simplemente se acostó. La luna se escondió detrás de una nube y yo comencé a llorar. Entre mis lágrimas la miré, queriendo implantar en mi memoria cada detalle. No había perdido su aire de reina, solo que ahora se veía cansada. Sus ojos, rivales de las estrellas, se habían escondido detrás de sus párpados.

La voz había callado.

No sé cuánto tiempo pasé de luto. La luna salió, fríamente alumbrando el jardín. Las estrellas lucieron más brillantes. La brisa de la madrugada me rodeó con sus brazos helados.

De repente, mi vida, la realidad afuera del jardín, llenó mis pensamientos como una sombra vacía. Tendría que salir de aquel lugar encantado y enfrentarme con una larga vida sin su voz, sin su belleza, sin su presencia.

Volví a llorar.

Lloré porque nunca volvería a oír esa voz cantando. Lloré porque nunca más observaría su belleza. Lloré porque el mundo ni sabía lo que había perdido.

La pálida y fresca luz del sol secó mis lágrimas. Ya no me quedaba opción. Ya no había por qué quedarme en ese lugar encantado. Miré el jardín, aún oscuro en la tímida luz de la mañana. Miré el cielo, lleno de tonos de blanco, azul y naranja. Pero, no pude mirar hacia el sofá. Mi corazón seguía quebrantado. Lentamente, me dirigí hacia el espacio en la reja donde debía haber una puerta. Luego, me detuve. ¿Cómo salir de ahí sin un último vistazo?

Respiré profundo y un segundo antes de dar el último paso hacia afuera, miré por última vez a la mujer de la voz encantadora.

Justo en ese momento, los rayos del sol entraron por la ventana de la sala. Y ahí, alumbraron a una figura puesta en pie. Una figura hermosa, brillante, elegante que me miró a los ojos, sonrió y, llena de vida, comenzó a cantar.

Reseña: El castillo azul

Valancy Stirling o El castillo Azul fue escrito por Lucy Maude Montgomery, una autora mucho más conocida por su famosísimo libro Ana de las tejas verdes. Esta nueva historia fue publicada 5 años después de haber terminado esa serie que la hizo tan famosa en 1926 por Frederick A. Stokes. Es una historia encantadora de una mujer que lleva una vida gris y su único refugio es el castillo azul de su imaginación. Pero, como sucede con todos los que tienen algo de imaginación, comienza a tener aventuras, y en su caso particular el catalizador es un problema del corazón que amenaza su vida. Su historia tiene sus momentos sentimentales pero mayormente causa mucha risa y está llena de momentos de belleza pura.

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Si no hubiera llovido cierta mañana en Mayo toda la vida de Valancy Stirling hubiera sido totalmente diferente.

El libro comienza con este enunciado cautivador. Y luego la autora nos da más descripciones del personaje principal.

Era una de esas personas a quien la vida pasa por alto. No había manera de alterar ese hecho.

Así que, al iniciar la historia, nos encontramos con una mujer totalmente ordinaria, pasada por alto en un día lluvioso. Y pronto después, nos enteramos de que tiene un problema del corazón y el doctor no le da esperanzas.

Descubrió algo que la sorprendió. Ella, que había temido prácticamente todo en vida, no temía la muerte.

De hecho, después de toda una vida caracterizada de temor, Valancy decide que ya no le teme a nadie. Y en una reunión familiar, Valancy escandaliza a todos.

Nadie había soñado que Valancy se quedaba muda ante ellos porque les temía. Pero ya no les temía.

Y cuando una tía quiso iniciar una conversación filosófica con la profunda pregunta: “¿Cuál es la felicidad más grande?”

 —La felicidad más grande —dijo Valancy de repente y con claridad —es poder estornudar cuando uno quiera.

Y así comienzan sus aventuras, con el tiempo no solo se escandaliza toda la familia sino todo el pueblo también.

En un libro tan lleno de prosa bonita, hay muchísimas citas que quisiera compartir pero solo les dejo una más que se encuentra más o menos en medio de la historia.

Ya no era Valancy Stirling, pequeña, insignificante, quedada. Era una mujer, llena de amor y por lo tanto rica e importante, justificada para ella misma. La vida ya no era vacía y vana, la muerte no le podría quitar nada. El amor había echado fuera su último temor.

Hay novelas que no pasan de ser novelas. Y hay novelas que son grandes historias de sufrimiento y amor, novelas que cuentan la historia de la humanidad. Creo que queda obvio qué tipo de historia es la de Valancy Stirling o El castillo azul. Y la cuenta una de las grandes maestras de la prosa de nuestro continente. Hay pocos libros que son mejores.

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Reseña: Una muerte en el Nilo

Muerte en el Nilo * es una novela de la reina del crimen, Agatha Christie. La autora nació en 1890 en Inglaterra y falleció en 1976. Escribió mayormente novelas y cuentos policiales, aunque también publicó algunos cuentos románticos (bajo el nombre de Mary Westmacott) y algunas obras de teatro también.

Ya había leído algunos cuentos y una novela de ella, ¡pero nunca había leído una novela como esta! Leí la versión de kindle, pero quisiera tener el libro físico. Encontré uno en Amazon publicado por la Editorial Planeta* en 2017.

Generalmente, uno comienza a leer un libro de misterio o de detectives sin saber qué va a pasar y mucho menos quién va a cometer el crimen. Pero, este libro declara desde un principio lo que va a suceder: alguien va a morir en el Nilo. La novela comienza con las historias de varias personas diferentes y al llegar a la mitad de la novela, yo aún no tenía idea quién sería el asesinado ni quién, el asesino.

En este libro, el personaje famoso de Agatha Christie, el detective Hercule Poirot, está en el mismo lugar que todos estos personajes y busca, junto con el lector, la verdad de quién va a morir y quién lo matará.

A pesar del título y el tema del libro, no es un libro oscuro ni rudo. Es una novela que cuenta una tragedia que bien pudiera sucederle a casi cualquiera, pero que, a través del detective Poirot, da esperanza.

Es por esa razón que me gustan tanto las historias de Agatha Christie. En libros más modernos, muchas veces hay una perspectiva más oscura, a veces, morbosa. Hay la actitud de que esto va a suceder, siempre ha sucedido y siempre sucederá. Mientras que en los libros de Agatha Christie, siempre hay la esperanza de que no suceda, o, al menos, de que pudiera no haber sucedido. Es algo muy importante para mí en los libros de misterio.

En fin, Muerte en el Nilo* es una historia cautivadora, interesante y trágica, pero no oscura. ¡La recomiendo mucho!

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