la maestra que vivió la historia

—¡Usted es la mejor maestra de historia que jamás he tenido! Por fin entiendo un poco más sobre la época, ¡es que usted habla de las personas como si fueran personas reales y… bueno, sé que fueron reales, pero es que lo que usted cuenta los hace reales para mí, mucho más que todos los datos biográficos que están en los libros.

Luz sonrió en agradecimiento a la adolescente. Era un gusto ver la transformación de perspectivas en la clase. Casi todos los alumnos habían llegado apáticos, pero ahora estaban encantados. ¿Y cómo no? Las personas eran fascinantes y sus hechos, aunque ahora históricos, en su tiempo habían sido simplemente lo inevitable. Y así lo contaba.

Respiró profundo, cerró la mochila y salió del salón. El tema de la clase había sido la revolución, pero la mayor parte de ahora la habían pasado hablando de la vida en las haciendas justo antes de la revolución y cómo la revolución podría ser atractiva para alguien que trabajaba allí.

Pero, de repente se mordió el labio y meneó la cabeza. No habían visto el lado trágico de la revolución. Lo tendrían que tocar en la próxima clase. Porque si la revolución fue atractiva antes de suceder, después, fue lo peor que había pasado en la vida de una generación.

Al subirse al camión, Luz procuró no perderse de nuevo en los recuerdos. Le encantaba dar clases de historia, pero ciertas épocas como la Revolución Mexicana eran dolorosas. ¡Cuántas pérdidas se sufrieron en ese tiempo! Para no pensar en ello, intentó enfocarse en el presente. Durante años, la observación del presente le había salvado del recuerdo del pasado.

Voy a empezar por el lado de la tecnología. Veo diecisiete celulares inteligentes, y de ellos unos…trece se ven más gruesos y pequeños, entonces tienen más de cuatro años. ¡Y cuatro celulares con teclado físico! Extraño los teclados físicos, esos celularcitos eran lo mejor…

Los que van en camión sin celular son… seis. Cuatro personas de tercera edad y dos chicos de unos catorce años. Qué interesante. Quizás una tendencia para la siguiente generación. Tengo que apuntar eso, para no olvidarlo y seguir observando.

A ver, ahora la moda. Tres mujeres llevan falda, una es anciana, las otras dos parecen ser… sí, son Testigas, llevan también zapato cerrado y sus revistas Atalaya.

En todo el camión solo hay un pantalón que no va ajustado, y ningún pantalón acampanado. Pero, eso no va a durar, ya vi el regreso de esa horrenda moda en unas revistas. ¿Por qué no aprendimos después de los setentas a dejar esa moda y no volver? ¿O las atrocidades visuales de los dosmiles no fueron suficiente?

Pantalones de hombre… todos los hombres arriba de treinta y cinco años tienen el pantalón muy largo para esta época. ¡Les sobra tela en el tobillo! Pero, luego, hay unos tres muchachos que de verdad deberían haberse comprado una talla más grande. ¡El pantalón de mezclilla TAN ajustado! Es el extremo de la moda de estos dos o tres años que han pasado…Lo fascinante aquí es el maquillaje. Algunas con maquillaje dramático, no todas lo llevan bien aplicado y ¡qué sorpresa! Un hombre que definitivamente lleva maquillaje, aunque maquillaje discreto. Eso no se hubiera visto en el camión hace veinte años. Ups… ya notaron lo que estoy haciendo.

Como solía suceder, su observación había incomodado a algunos pasajeros, entonces dirigió su atención a su celular y sacó los audífonos. Tiempo de perderse en YouTube. Y quizás burlarse de algunos canales de historia.

A pesar de sus esfuerzos de distraerse, cuando llegó a su departamento, Luz no podía dejar de pensar en la hacienda. Dejó su mochila en la mesa y se dirigió a la sala. La pared estaba llena de repisas con álbumes, cada uno marcado con sus fechas. 1912-1920. Más adelante, 1935-1940 y 1957-1960. Y cerca del final: 2010-2011, 2012-2013, 2014, 2015. Miles de fotos. Cientos de caras. Pero, el primer álbum era su preferido. Allí se encontraban los rostros, borrosos y sin color, de la única generación a quien nunca había analizado, la generación que más bien había amado. De Rosita que siempre hacía que el trabajo fuera más placentero con pláticas, cantos y chistes. De Doña Teresa que tan joven tomó su caballo y se unió a la guerra. Y de Valentín. Valentín. Luz cerró los ojos y aún lo podía ver, brazos fuertes, ojos sinceros, caminando hacia el horizonte. Valentín, a quién jamás volvería a ver.

Pasaron horas antes de que Luz cerrara el álbum. Y cuando lo hizo, se sentía vieja, perdida, sola. Eso era normal para ella. Lo había sentido durante más de cien años. Ya sabía lo único que la reubicaría.

Se puso de pie, y se vio en el espejo: cabello negro como el día en que había nacido, tez morena, ya no quemada del sol como en su niñez, unas pocas líneas de sonrisa al rededor de la boca, unas pocas arrugas en una frente grande y ojos del color de chocolate, tristes, pero con visión perfecta.

Luego, se acercó a las repisas de nuevo y sacó el álbum marcado 2019.

Un acontecimiento inevitable

—¡Berenice! Métete a la casa!

Ella pegó un brinco al oír el grito de su esposo. Solo había una razón por la que Lalo jamás le alzaría la voz Dejó caer la escoba y corrió hacia la puerta de su casa. Justo en ese momento, Lalo rodeó la esquina de la casa y corrió hacia ella. Tenía terror en sus ojos. Berenice dejó la puerta abierta, pero para su sorpresa, Lalo apretó los labios y cerró la puerta, quedándose afuera.

—¡Ponle seguro!

—Pero, Lalo, ¡métete! ¡Te va a alcanzar!

—¡Ponle seguro a la puerta! Mi plan es atraerlo al campo. Ahí puedo enfrentarme con él sin que él lastime a nadie más.

—Lalo, ¡no! ¡Tú solo no!

—¡Si no lo haces, aquí me voy a quedar hasta que llegue!

Frente a esa amenaza, Berenice se rindió. Aseguró la puerta y escuchó los pasos de Lalo irse hacia el campo atrás de la casa.

Y minutos después, unos pasos muy pesados atravesaron su patio. Cayó una sombra fría sobre la casa y luego desapareció.

Berenice pasó horas sola. Esperando. Orando. Preocupándose y volviendo a orar. ¡Lalo, solo! ¡Lalo, sin ella! Observaba pasar los segundos en el reloj de la cocina y recordaba cada momento de esa mañana, procurando cambiar los sucesos, cambiar su reacción, cambiar el resultado, hacer que Lalo estuviera allí con ella.

Al fin, el reloj marcó la hora de actuar. Lalo aún no había regresado y ella siguió el plan que juntos habían diseñado para un día como este. Tomó las dos mochilas que ya estaban listas en el clóset y la llave de la casa. Con cuidado aseguró todas las ventas y la puerta principal, luego salió por la puerta trasera. En el patio de atrás, no quedaba indicio de lo que había pasado esa mañana. Y no estaba Lalo. Berenice respiró profundo y luego, se dirigió hacia el punto de reunión: una cueva en el bosque, que también era su casa de seguridad.

Caminó rápido y en silencio y dentro de unos minutos, llegó al bosque en donde se oía el cantar de los pájaros y los grillos. Siguió el pequeño camino que sólo identificaban los nativos del área, sus pasos no sonaban en la tierra, aunque los daba firmes y con propósito. Había recorrido un poco más de la mitad del camino hacia la cueva, ya los grandes árboles se estaban quedando atrás, su camino la llevaba por la colina entre rocas cada vez más grandes, y de repente, algo cambió en el ambiente. Se oían menos pájaros, pero había algo más. Se detuvo un segundo. No se permitió ni respirar.

Y fue cuando los escuchó a lo lejos: ¡pasos atrás de ella!

Comenzó a correr.

El terreno rocoso era peligroso. Las piedras se deslizaban bajo sus pies. Ya no podía progresar en secreto. El ruido de las piedras, junto con su respiración pesada, gritaban su posición a los cuatro vientos. Comenzó a sentir el frío. La sombra del    monstruo     aún no la tocaba, pero el frío ya se acercaba. ¿Cómo era posible que fuera más grande que hace unas horas?

Berenice se había quedado sin aliento. Algo le quemaba en los pulmones y en las piernas, también. Escuchó los pasos del    monstruo    , cada vez más pesados, cada vez más largos.

La cueva ya no quedaba lejos, pero ¡necesitaba a Lalo! ¡Ya no podía más!

Justo en ese momento, salió Lalo de detrás de una roca, aún con terror en su rostro. Tomó la mano de Berenice y juntos comenzaron a correr.

—¡No te detengas! Sí alcanzamos a llegar! —Lalo estaba gritando de nuevo.

Berenice a penas tuvo la energía para contestar. —No puedo… tú sí… sí llegas…

La respuesta de su esposo solo fue apretar los labios. Su sugerencia había caído sobre oídos sordos. ¡Lalo jamás la dejaría ahí afuera con…esa cosa! Y el calor de la mano de su esposo le infundió ánimo. Esos pasos horribles ya no se oían tan cercanos y parecía que el frío también se estaba desvaneciendo un poco.

Al fin, llegaron a la entrada de la cueva. La puerta tenía un seguro especial que sólo abría con dos llaves y cada quien llevaba una. Sus manos temblaban y con dificultad metieron las llaves a los seguros, pero cuando lo lograron, se abrió la puerta fácilmente y en silencio. En cuanto la cerraron tras ellos, salió a la vista el que los perseguía. Se aprovecharon de las ventanas escondidas para observarlo mientras pasaba. Berenice quedó boquiabierta de terror y asco, pero Lalo no pudo con el espectáculo horrible y bajó la mirada antes de que siquiera desapareciera entre las rocas.

Era un monstruo.

Era Lalo. Pero, no el Lalo que Berenice conocía. Ni el Lalo que Lalo mismo reconocía. Era una figura de Lalo, una parte o quizás una copia, mal hecha y estirada y exagerada hasta ser irreconocible, aunque tuviera las mismas facciones.

Cuando Berenice dio la espalda a la ventana, con un suspiro de alivio, vio a su esposo, agachado en el piso, cubriéndose la cara con las manos. Y en el tenso silencio, se comenzaron a oír unos sollozos que partían el alma.

Berenice no tenía palabras. Mientras corrían juntos, él había sido el fuerte, el protector, el que la tranquilizaba. Pero, ahora… se acercó con Lalo, se sentó en el piso de la cueva y lo abrazó.

Pasaron las horas. El cielo afuera oscureció. Salieron las estrellas. Y Lalo comenzó a tranquilizarse, recargándose cada vez más en los brazos de su esposa.

Cuando por fin se recuperó, Lalo se enderezó y tomó las manos de Berenice: —Amor, lo siento mucho. ¡Lo siento tanto! —Berenice quiso interrumpir para consolarlo pero él siguió hablando y el pánico regresó a sus palabras—. ¡Es que nos va a destruir! ¡Y es mi culpa! Nos va a cansar o nos va a destruir…¡a menos de que lo podamos encerrar de nuevo! No sé cómo decirte lo mucho que lo siento. —Las lágrimas corrían de nuevo por las mejillas de ambos, pero, Berenice estaba sonriendo.

—Te creo, cariño. Mira, ya estamos juntos y por eso mismo él no podrá alcanzarnos. Tú y yo, juntos, somos demasiado fuertes para él. Eso de que tú me dejes en la casa y salgas a vencerlo solo no se vale, ¡eh! Juntos podemos hacer lo que jamás podríamos separados. Te amo, Lalo.

Lalo se limpió las lágrimas pero tenía el ceño fruncido: —¿Cómo sabes? —Berenice señaló la ventana y fueron para asomarse.

Ahí, afuera de la cueva estaba el monstruo. Pero, ¿cuál monstruo? Seguía siendo una extraña y torcida copia de Lalo, pero su ferocidad había desaparecido. Su fuerza, desvanecida. Estaba dando vueltas a una roca lentamente como confundido.

—Cuando estamos separados, él es lo peor que nos puede pasar. Pero, estamos juntos y… ¡pues, míralo! —Berenice sonrió, suspiró y sonrió de nuevo. Lalo la abrazó. Luego, tomó con una mano, las cadenas que estaban en la cueva justo para eso, con la otra, tomó la mano de su esposa y salieron juntos de la cueva.

una novia, un bosque y unos amigos

Sus lágrimas caían sobre los pétalos de las margaritas. Temblaban el aire con sus profundos sollozos.

–¡Yo quería un bello vestido! –La chica sentada entre las flores del bosque dirigió sus palabras a una catarina que se detuvo en el pétalo más cercano para mostrarle un poco de compasión. –El vestido con el que he soñado, está tan fuera de mi alcance como si no existiera. –La catarina movió sus alitas como si la comprendiera, y ella continuó. –Mi novio y yo no tenemos nada, pero nos queremos más que  cualquier otra pareja en la historia del mundo. –Sus lamentos habían despertado a un búho que dormía en un árbol cercano y ahora el ave sabio escondió una sonrisa al escuchar la dramática declaración y señaló a unas ardillas que pusieran atención a lo que estaba diciendo. –Yo me quería ver como una princesa para él, pero cuando fui al centro, el vestido que yo quería era tan, pero tan caro… nunca lo podré pagar. Mucho menos para mañana. –Irrumpió en llanto de nuevo y espantó a unas arañas que estaban colgando cerca de su cabeza para oírla. No se había dado cuenta pero muchos animalitos en el bosque sentían compasión por ella. 

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Imagen de Annie Spratt de Unsplash

Al anochecer, después de haber acompañado a la novia a casa, el búho organizó una reunión de emergencia. ¡Había mucho que hacer! Naturalmente, una de las primeras decisiones que se tomó fue que las arañas se encargarían de hacerle un velo delicado y elegante. Unos gorriones se ofrecieron para ir a traer a la triste novia al parque en la mañana. Habiéndose decidido eso, se retiraron para dormir, ya que necesitarían levantarse temprano.

¿Qué hacer de los zapatos? Las ardillas podían traer materiales para hacerlos, ya sabían dónde encontrar paja blanca. Unos cuervos de una vez habían traído algunos objetos brillantes para proponerlos como decoraciones para los zapatos y posiblemente el vestido. La novia tenía el cabello corto, entonces no había gran problema allí, sólo había que traer algo para ayudar a sujetar el velo que tejerían las arañas. 

Ahora, la cuestión del vestido en sí. El búho quería saber quién tenía ideas sobre cómo hacerlo y algunos mapaches levantaron sus manos con sus deditos hábiles. Ellos se encargarían de formar el vestido, pero no tenían material. Las arañas sabían que no podían comprometerse a más que el velo, ¡además de que sus obras de arte tienden a ser transparentes! Algunas de las chicharras se estresaron al pensar en que no había material para el vestido y empezaron a gritar. La catarina que había sido la primera en darse cuenta del problema de la novia, pronto las tranquilizó, porque recordó que su amiga colibrí había mencionado algo no muy lejos que podría ser de ayuda. 

Un grupo de colibríes, entre otros pajaritos, iba con frecuencia un lugar en el que pocos podían entrar. Su amiguita colibrí había visitado ese lugar y había conocido a unos gusanos de seda. ¡Quizás ellos podrían proveer el material para el vestido! El búho rápidamente asignó la tarea de ir a unas palomas y envió a dos pájaros carpinteros como guardaespaldas y para mantenerlas orientadas. Habría  que llevarles algo de comer a los gusanos ya que era mucho lo que les estaban pidiendo. Las hormigas tenían una gran colección de hojas que podían donar, pero los gusanos le habían comentado a la colibrí que no podían comer cualquier cosa. Sólo comían hojas de morera. Y las hormigas muy amablemente se ofrecieron a traer todas las hojas de morera que fueran necesarias, sólo que no sabían dónde había. Esto lo solucionó la amiga colibrí porque había visto que se cultivaba la morera blanca cerca del mismo edificio en el que estaban los gusanos, sólo era cuestión de transportar las hojas unos cuantos metros. Los pájaros carpintero tendrían que también ser el transporte del ejército de hormigas, además de cuidar de las palomas. Esto se podría hacer si las hormigas prometían no morderlas, lo cual hicieron y el problema del vestido quedó solucionado. 

Todos pasaron una noche de trabajo frenético, las hormigas cargando hojas, los gusanos produciendo seda, los mapaches creando el vestido, las arañas tejiendo el velo, las ardillas formando zapatos y, en la madrugada, los cuervos agregando pequeñas brillantes piedras y perlas de aluminio a los zapatos y al cuello del vestido. 

Justo antes de que saliera el sol, los gorriones llegaron a la ventana de la novia. Tocaron el cristal con sus picos, pero no hubo respuesta. Tocaron con más urgencia, pero sólo hubo silencio. Desesperadamente uno comenzó a cantar, mientras el otro picoteaba el cristal con tanta fuerza que casi lo rompió. Por fin, escucharon movimientos dentro. Una mano con un sencillo anillo de oro blanco con gemas brillantes movió la cortina y apareció la cara pálida de la novia. 

Sonrió al verlos. –¡Llegaron para despertarme el día de mi boda! ¡Qué lindos! No me voy a perder la ceremonia, claro que no. Aún hay bastante tiempo.–

Pero, los gorriones no la dejaron en paz. Uno volaba de la ventana hasta la calle y de regreso. El otro sólo la miraba atentamente. –Está bien, puedo salir unos minutos con ustedes. De todos modos no hay mucho qué preparar. –Agregó estas últimas palabras con un triste suspiro antes de dejar caer la cortina en su lugar. 

Minutos después, la novia estaba siguiendo a los gorriones, aunque no entendía sus instrucciones. La guiaron a un espacio entre dos de los árboles más viejos del bosque, un pino y un roble. Y allí, la novia se detuvo sin palabras ni aliento. 

En una cama de hojas entre los árboles, estaba extendido un vestido blanco, suave como la luz de la luna, con un cuello barco, del cual caían como espolvoreadas perlas plateadas. De una rama del roble, colgaba el velo más delicado que jamás había visto, con tejido cerrado en medio que se iba abriendo poco a poco hacia la cola que sólo se extendía unos centímetros más que la del vestido. Y al otro lado, entre las raíces expuestas del pino, se encontraban unos zapatos de piso tejidos de paja blanca casi invisible bajo las brillantes decoraciones: perlas plateadas intercaladas entre piedritas brillantes. 

Comenzaron a correr de nuevo las lágrimas de la novia. Su sonrisa destellaba de felicidad y agradecimiento. Aún no tenía palabras. 

Y fue en este momento de silencio y aprecio, que entraron en pánico las chicharras y comenzaron a gritar. El búho giró su cabeza para mirarlas con una rapidez y violencia que las espantó. Aún así, gritaron que no había ramo. ¡No había ramo! Los animalitos voltearon a ver a la novia que parecía ni haber notado la falta del ramo. Con sus dedos estaba trazando las delicadas figuras en el velo.

Las ardillas corrieron hacia las margaritas que habían sentido las lágrimas el día anterior. En cuestión de segundos, las ardillas habían logrado cortar un pequeño manojo de margaritas, un poco de lavanda y tres ramitas de pino para completar el ramo. Antes de que las chicharras pudieran gritar otra vez porque no había nadie para arreglar las flores, llegó uno de los mapaches para hacerlo.

Cuando terminaron con el ramo y regresaron a los viejos árboles, ellos fueron los que se quedaron sin aliento. 

De pie, entre los dos árboles ancianos del bosque, estaba una figura de inocencia y felicidad, alumbrada por la suave luz del sol que se filtraba entre las ramas. El vestido de seda caía como agua al suelo y cuando la novia se movía, fluía como aire. El velo, fijado en su lugar con una corona de cinco cardos blancos, flotaba tras ella gracias a una brisa. Sus zapatos, que se asomaban bajo el vestido, parecían danzar en la luz. Pero, lo que realmente los dejó boquiabiertos, lo que resaltaba de belleza y brillantez, fueron los ojos de la novia, llenos de amor, gozo y gratitud. 

Esta vez, el silencio reverente no se interrumpió. El mapache se acercó con reverencia a la novia y le ofreció el ramo. La novia lo recibió con una sonrisa de agradecimiento y él, sintiéndose el más honrado de todos, dio unos pasos hacia atrás para permitir que la novia pasara. 

Era el momento de irse. La novia caminó hacia la orilla del bosque, pero antes de dar ese último paso fuera de las sombras acogedoras del bosque, se dio la vuelta y les sopló un beso.

Luego, con pasos ligeros, fue a encontrarse con el amor de su vida. 

Un mundo diferente.

Ella viene de un mundo de colores. 

No como los colores que tú conoces. No como el rojo, el verde, el amarillo. 

No, ella viene de un mundo de colores. El color de tu corazón cuando ves al que amas más que a nadie, el color de tu mente cuando aprendes algo nuevo, el color de tus lágrimas cuando te despides por última vez de tu mamá. 

Ella viene de un mundo de sonidos. 

No como los sonidos que tú conoces. No como el claxon de un tren, no como el ronroneo de un gato contento, no como la caída de un vaso al piso. 

No, ella viene de un mundo de sonidos. El sonido de tu sonrisa cuando tu papá te besa la frente, el sonido de tu pulso cuando te paras frente a un público a declamar, el sonido de tus ojos al mirar a tu hermana cuando haces referencia a un chiste local. 

Ella viene de un mundo de aromas. 

No como los aromas que tú conoces. No como el aroma de una vela navideña, no como el aroma de tierra mojada, no como el aroma de una tienda de abarrotes. 

No, ella viene de un mundo de aromas.  El aroma de la risa de tu bebé, el aroma de tu oración cuando ruegas a Dios que no se lleve a tu mejor amiga, el aroma de las palabras que tu novio te susurró al oído justo antes de su boda. 

¿Y por qué, entonces, la ves aquí? ¿Aquí en tu mundo de rojos comunes, de cláxones corrientes, de velas ordinarias? 

¿Realmente quieres saber su historia? Bueno, te cuento. 

Elena vivía en una creación espléndida. Su vida era una intensa de gozo y de amor, pero esa intensidad traía también quebrantamiento de corazón y penas profundas. 

Su mejor amiga, se llamaba Jessica. Desde bebés habían sido vecinas y no había cosa que no compartían. Su amistad era cómoda y segura, como un chocolate caliente, como un abrazo de tu abuelita, como un anillo de bodas. 

Pero un día conoció a una amiga diferente. 

Por las tardes, Elena salía a caminar cerca de su hogar. A veces, la acompañaba su hermano, mientras sus papás se quedaban sentados en el patio, platicando. Pero, el día que conoció a Vania, había salido sola. Se dirigía hacia el impresionante bosque de colores intensos, colores claros como el canto de las aves y colores profundos como el redoble de tambores. Estaba pensando en cosas bellas, en la hermosura de la inocencia de un niño y en el encanto del sabor de una fresa recién cortada, cuando oyó pasos atrás de ella. Volteó y vio  que se acercaba una chica de su edad. No se veía del todo normal. Sí, sus facciones y su ropa eran normales, pero su comportamiento era más gris que lo normal. Y además, su aire era plano. Quizás para ti esto no tenga mucho sentido, pero en el mundo de Elena, era no sólo claro, sino extraño. Intrigada y amable, Elena se detuvo para presentarse. 

“Hola.” 

“Hola.” Pero la sonrisa de la chica no era tan fuerte como la de Elena. 

“Me llamo Elena. ¿Eres nueva por aquí?” 

La chica se presentó como Vania y comentó que acababa de mudarse. Elena sintió compasión por esta chica gris y pasó el resto de la tarde caminando y platicando con Vania cerca del bosque.

Cuando no estaba estudiando, ni ayudando a su familia en el negocio, Elena estaba con Jessica, pero ambas procuraban ser amables e invitar a Vania a pasar tiempo con ellas. Vania no tenía hermanos, vivía sola con su mamá, entonces disfrutaba estar con ellas. Al menos eso decía, pero nunca se oían colores en su voz cuando lo expresaba. Era como si sólo sintiera a la mitad. 

Todos los vecinos sabían que había algo diferente en Vania, pero Elena nunca se atrevió a preguntarle a Vania por qué era más gris, más plana que todos los demás. Jessica, por otro lado, no tenía problema en preguntar y la única razón por la que nunca lo hizo fue la exclamación de Elena cuando declaró su intención de de preguntarle. 

“¡No! ¿Cómo podrías preguntarle? Pobrecita, no sabemos por qué es así, no seas cruel.” 

Pero, llegó el día cuando Elena se enteró. 

Todo comenzó porque Jessica no abrió la puerta un día cuando Elena fue a su casa. Elena la había visto llegar de la escuela. Sintió el rechazo como un rojo vivo, pero decidió esperar una explicación antes de reclamarle a su amiga. El problema fue que la explicación nunca llegó. 

Unas horas después, cuando regresó a casa de Jessica para preguntarle qué había pasado, Jessica salió, le dijo unas palabras y cerró la puerta. 

“Ya no somos amigas.” 

Fue la última vez que Elena oyó la voz amarilla y geométrica de Jessica. 

Regresó a su casa sintiendo la violencia de un huracán con sus ruidos rojos y negros, pero al pasar los días y las semanas sus emociones cambiaron a tonos grises y azules y, en lugar de oír truenos feroces cuando pensaba en Jessica, sólo oía violines melancólicos. 

Ahora, le quedaba una amiga. Una amiga que la abrazaba sin preguntar por qué la veía tan amarga. Elena apreciaba mucho que Vania no mostrara el deseo de hablar de Jessica. Tal como había cortado toda relación con Elena, había también dejado de hablarle a Vania. La diferencia era que así como Vania no disfrutaba del aroma a magnolias de su amistad, ahora el olor a la fruta podrida del abandono tampoco la afectaba mucho. 

Y eso fue lo que por fin le explicó a Elena un día que el dolor era particularmente agudo. 

“Tú crees que yo soy gris y plana porque nací rara?” Se rió un poco. “Elena, soy así porque elegí ser así. Es cierto que no aprecio los aromas de una puesta del sol, ni los colores de la música, pero desde que mi papá nos dejó, decidí que no valía la pena. Así como soy, tampoco siento el dolor de una relación quebrantada, los colores oscuros de la traición no me afectan. Si una persona me abandona, no oigo cacofonías por las noches. La vida es más plana, pero menos dolorosa.” 

No fue difícil para Elena creer que la vida un poco gris, con colores y aromas menos intensos, sería más fácil. 

Y por eso la ves aquí.

Muy pronto, Vania y Elena decidieron venir a este mundo, a tu mundo. En donde la música no tiene aromas, en donde los sentimientos no tienen sonidos y los colores no son más que colores. 

Aquí no son raras, aquí son lo que todos somos.  

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