aquí vive un niño

Botitas tiradas
frente a la puerta,
un vaso de leche
con su tapadera,
y ese peluche,
en las escaleras,
desastre que grita:
Aquí vive un niño.

Hay muchos “te amo”
hay risa y besitos,
y justo al momento
que menos conviene
te abraza la pierna:
“¡Mamá, yo ayudo!” 
El ruido indica: 
aquí vive un niño. 

La casa era limpia,
la sala, tranquila.
Y antes, de noche,
se descansaba.
Mas con el desastre,
vino algo glorioso,
feliz esperanza:
aquí vive un niño.





días cotidianos

Hay más honra para Dios
En días cotidianos bien vividos
Que en actos “muy gloriosos”.
Se complace mucho más
En días cotidianos bien vividos.

Mi principito

Yo conozco un principito,
cachetón y muy travieso.
Es un niño exquisito,
su carita exige un beso.

Tiene boca encantadora,
como un botón de rosa,
una risa que enamora,
y sonrisa muy graciosa.

Sobre ojitos avispados, 
elocuentes cejas tiernas.
Siempre trae los pies cruzados,
bajo largas, fuertes piernas.

Sus deditos son preciosos,
(los nudillos con hoyuelos),
que dirigen, imperiosos,
el andar de sus abuelos.

Y si éramos felices,
él nos convirtió en trío,
trajo gozo con matices,
Principito, ¡niño mío!

Ser padres es un acto de fe.

Imagen de Nienke Burgers en Unsplash

Si hay algo que he aprendido en estos últimos 12 meses, es que ser padre es un acto de fe. Pocas cosas en mi vida han sido tan impredecibles como tener y criar a un hijo. 

Comenzando con el parto, que no tenía por qué ser complicado. Mi bebé y yo estábamos en perfecta salud. Pero, sí hubo complicaciones. Casi se muere el niño. A mí también me dejó secuelas el parto y perjudicó mi salud durante meses.

Mi hijo ya tiene un año y hemos comenzado a formar su carácter.

Procuramos enseñarle que la palabra “No” tiene consecuencias. Procuramos enseñarle que no siempre puede hacer lo que él quiere. Procuramos enseñarle que siempre, siempre, siempre le amamos.

Hacemos todo esto en fe. 

Hoy no podemos ver un carácter bien formado. No podemos saber si entendió el amor de Dios gracias a nuestro amor y lo aceptó. No hay forma de predecir cuál será el resultado de nuestra labor de crianza. Pero, tomamos cada paso en fe. 

Lo hacemos porque creemos la Palabra de Dios. 

No porque las Escrituras prometan que nuestro hijo será un adolescente bien portado. No porque Dios diga que será salvo. No porque tengamos la seguridad de que si somos buenos padres, él será buen hijo. No hay garantías. 

Las Escrituras sí nos mandan a formar su carácter. A enseñarle a obedecer. A instruirlo en sabiduría. A guiarlo por un camino adecuado para él. La Palabra de Dios nos manda y nosotros procuramos obedecer en fe.

Nuestra fe no está en los buenos resultados. Nuestra fe está en Dios. 

Antes del parto, pudimos confiar en Dios, no porque todo saldría bien, sino porque Él estaba en control y nos daría la fuerza que necesitábamos. Al formar el carácter de nuestro hijo, podemos confiar en Dios, no porque será una buena persona, sino porque Dios está en control y nos dará la gracia que necesitamos.

Ser padres es un acto de rendición de control. Es un acto de reconocimiento que Dios es soberano.

Ser padres es un acto de fe. 

Instrucciones para un hogar piadoso

Como padres nuevos, mi esposo y yo queremos hacer todo lo posible por establecer el mejor hogar posible. Un hogar lleno de cultura, de retos físicos y mentales, de aprecio por lo práctico, al igual que lo bello, pero más que nada, un hogar piadoso, un hogar que honra a Dios.

Imagen de Kelly Sikkema en Unsplash

En Deuteronomio 11:18 al 20 creo que encontré cómo establecer ese hogar.

“Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes,y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas…”

Aquí están las instrucciones para un hogar piadoso. Todo empieza con uno, de manera personal.

En el versículo 18, la Palabra de Dios debe estar:

En mi corazón: dirige mis emociones. 

En mi alma: dirige mi ser, quién soy.

En mi mano: dirige lo que hago. 

Entre mis ojos: dirige lo que veo, o quizás mejor dicho, en lo que enfoco la mirada.

Es que nosotros muchas vemos tenemos esto al revés. Permitimos que nuestras emociones nos guíen. Creemos que lo que rige nuestra vida es quienes somos, según nuestra personalidad o nuestros rasgos de carácter más fuertes. Para saber todo sobre alguien, le preguntamos a qué se dedica, como si su trabajo lo definiera. Y nos dejamos llevar por lo que vemos. Pero, todas estas cosas que creemos que nos definen como personas, se deben verificar, y de hecho, regir por la Palabra de Dios.

Luego, las instrucciones sobre el hogar en general. El versículo 19, indica qué estará en mi boca. Debo hablar de la Palabra de Dios: 

Sentado en la casa: relajado con la familia. 

Andando por el camino: en las actividades del día con otras personas. 

Acostado en la cama: descansando con mi pareja. 

Levantándome por la mañana: al iniciar el día solo.

Sin importar con quién hablamos, aunque sea solo nuestro monólogo interno, tenemos un tema recurrente. ¿De qué hablamos? Cuando pasamos un rato en familia en el patio, cuando conversamos con conocidos en el trabajo o la escuela, cuando platicamos con nuestra pareja, y en nuestros pensamientos a solas ¿cuál es nuestro tema? No deben ser exclusivamente las Escrituras. Pero sí, debe estar siempre en conformidad con la Palabra de Dios.

Finalmente, lo que me pareció más importante para un hogar piadoso, se encuentra en el versículo 20. La Palabra de Dios está escrita en dos lugares claves de la casa:

En los postes de la casa: sostiene al hogar. 

En las puertas: se anuncia a los vecinos y a los que pasan.

La Palabra de Dios debe ser las columnas que sostienen nuestro hogar. Sobre ella tomaremos las decisiones para nuestra familia, sobre ella nos apoyaremos para saber qué permitir y qué no, sobre ella fundaremos los principios que inculcamos en nuestros hijos. 

Y la Palabra de Dios debe desplegarse abiertamente desde mi hogar hacia el mundo. Mi testimonio debe ser claro. La Palabra de Dios, escrita en mi puerta.

¡Qué reto tan grande! 

Dejarme dirigir por la Palabra de Dios de manera personal. Hablar de la Palabra de Dios con todos los que me rodean. Basar mi hogar en la Palabra de Dios y dejarlo muy en claro para los que pasan por la puerta. 

Pero, ¡qué belleza de hogar! ¿No?