la oración más básica

El otro día leí que todas las oraciones se pueden resumir en una de dos: “ayúdame” o “gracias.”

Me pareció interesante, pero creo que hay una oración aún más básica.

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En mi experiencia cristiana, hay una sola oración que es el fundamento de todas. Hay una oración que lleva a todas las demás. Creo yo que esta es, por excelencia, la oración del cristiano.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

Cuando yo buscaba la voluntad de Dios antes de tomar unos viajes, antes de empezar mi carrera, antes de casarme y aún hoy, cuando busco la voluntad de Dios, Él ha ido reduciendo mis oraciones hasta llegar a esta sencilla oración.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

Nada más.

¿Por qué creo que esta es la oración fundamental de la vida del creyente?

Cuando le pido algo a Dios, debo y quiero pedirlo dentro de su voluntad. Cuando no sé qué hacer, busco la voluntad de Dios. Cuando pido ayuda para no ceder ante la tentación, estoy pidiendo ayuda para actuar sólo en su voluntad.

Y finalmente, cuando se hace su voluntad, doy gracias y Él recibe gloria.

Porque esa es mi meta.

Fui creada para la gloria de Dios. Mis acciones, mis palabras, mis pensamientos, en fin… toda mi vida es para Su gloria. Entonces, idealmente, el resultado de cada oración que hago es la gloria de Dios.

No sé si se pueda decir de manera dogmática que cada oración es, en su fondo, “Hágase Tu voluntad, para Tu gloria.”

Sin embargo, hasta la fecha no he encontrado una oración sincera que no se pueda resumir o reducir a esta frase.

Quisiera sugerirte que también uses esta frase al orar, sería interesante saber cómo afecta tu vida de oración.

Darme cuenta de esto me ha ayudado mucho a poner todas mi oraciones en la perspectiva correcta. Por eso procuro en mi tiempo de oración siempre incluir esta frase fundamental.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

Cristo mostró el fruto del Espíritu

Ultimamente, Ricky y yo hemos estado hablando de la importancia de ser como Cristo. Uno de los grandes propósitos de Dios es que seamos como Cristo. (Algunos versículos que confirman esto son: 1 Juan 2:6, 1 Corintios 11:1, 1 Pedro 2:21, Juan 13: 13 al 17, Efesios 4:22 al 24, Filipenses 2:5 y los dos que para mí, más sobresalen, Romanos 8:29 y Gálatas 2:20.) 

El punto es: Dios quiere que seamos como Cristo. 

Estas meditaciones me hicieron ver el fruto del Espíritu de una manera. Sí, debo mostrar el fruto del Espíritu, pero es porque al hacer eso estoy siendo más como Cristo. ¡Me puedo inspirar en los ejemplos de Cristo cuando Él lo mostró! Entonces, comencé a buscarlos y aquí te dejo la lista esperando que te sirva también de inspiración.

El amor en Marcos 10.21

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.” 

Es interesante que el amor de Cristo no se relaciona mucho con los sentimientos. Cristo aquí amó a alguien que no sólo estaba equivocado sobre cómo obtener la vida eterna, sino que tampoco estaba dispuesto a obedecer para agradar a Dios. Cristo sabía que este joven rico realmente no tenía interés en agradar a Dios, o que al menos tenía más interés en sus riquezas que en Dios. Pero aún así, Cristo trató con él y le habló para su bien. Hacer algo para el bien de otro; eso es el verdadero amor. 

El gozo en Hebreos 12:2.

“… puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”

No encontré un versículo que hablara de Cristo mostrando gozo. Quizás el gozo de Cristo era algo prometido, algo que vendría después. La Biblia habla de gran gozo en el cielo cuando un pecador se arrepiente, Isaías menciona que Cristo verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho. Los salmos mencionan la plenitud de gozo en la presencia de Dios. Mucha gente dice que Dios quiere que seamos felices, pero según la vida de Cristo esto es totalmente incorrecto. Cristo sufrió la cruz para poder obtener gozo. El gozo es una promesa, el gozo es venidero y quizás la seguridad de esa promesa de Dios me da gozo en medio del sufrimiento presente. 

La paz en Juan 14:27.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” 

Es interesante ver que la paz de Cristo lo llevó a vivir tal como Él nos dice que podemos vivir con su paz en este versículo. No se turbó su corazón ni tuvo miedo. Cuando los fariseos y saduceos quisieron tenderle trampas doctrinales, cuando quisieron apedrearle, cuando lo detuvieron los soldados religiosos, cuando lo torturaron los soldados romanos, cuando el gobernador mismo lo estaba interrogando… Cristo no se turbó. Él tuvo paz que su Padre estaba en control, ¡y esa es la paz que Él nos deja a nosotros ahora! 

La paciencia en Mateo 26:48 al 50.

“Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. 

Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.” 

La cantidad de oportunidades que Cristo le dio a Judas para arrepentirse son increíbles. Cristo fue paciente. Él trató a Judas como un amigo hasta el último momento, dándole la oportunidad de realmente serlo. Él nunca dejó de esperar que Judas cambiara. Y esta paciencia no es sólo paciencia de esperar. No, es paciencia de esperar mientras se sufre el rechazo. La paciencia de Cristo no es simplemente no enojarse porque el camión viene tarde. Es seguir esperando a que el pecador que tanto se ha burlado, que tanto ha maldecido, que tanto ha herido, regrese arrepentido a pedir perdón y aún querer una buena relación con él.

La benignidad en Lucas 22:50 y 51.

“Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó.”

La manera más sencilla de explicar la benignidad es con la palabra “amabilidad.” Justo después de ser traicionado, en medio de unos soldados armados, rodeado de discípulos aterrados, Cristo fue amable con un siervo. Le sanó la oreja. Es fácil ser amable en los momentos más tranquilos de la vida. Pero, ¿qué tal en los momentos como este? ¿Los momentos en los que el alarma no sonó, se quemó el desayuno, está lloviendo y el camión se descompuso? Cristo fue constantemente amable, las circunstancias eran irrelevantes.

La bondad en Hechos 10:38.

“…cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”

Cristo fue bueno. Hizo el bien. Dijo el bien. Pensó el bien. Su bondad afectaba todo lo que hacía y a todos los que lo rodeaban. 

La fe en Juan 11:42.

“Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.”

Cristo estaba totalmente convencido de que el Padre lo oía. Tuvo fe en Él. Sabía que estaba en control, que su voluntad era sólo lo mejor. Y por lo tanto, las acciones de Cristo reflejaron esta fe. Aún cuando nadie a su al rededor creía que el Padre lo oía, Él tuvo fe. En este momento, Él estaba rodeado por gente que ni creía que Él era Hijo de Dios, mucho menos que Dios le pondría atención. Pero Él siguió teniendo fe en su Padre. 

La mansedumbre en Mateo 27:13 al 15.

“Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.”

Quizás lo que más sorprendió a Pilato fue la falta de defensa que presentó Cristo. Respondió a algunas preguntas, pero rehusó defenderse. Lo estaban maltratando físicamente. Le estaban acusando de cuestiones políticas a las que nunca se había metido. ¡Lo estaban juzgando de blasfemo por decir que era el Hijo de Dios cuando realmente lo era! Pero, este Hombre inocente no se defendió. En una situación que combinaba lo peor que el ser humano puede sufrir, Él mostró mansedumbre.

La templanza en Mateo 26:53 y 54.

“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”

La templanza es el control de uno mismo. La templanza no permite que nada, ni las emociones, ni alguna sustancia, ni los deseos… nada en absoluto gobierne o controle a la persona. Cristo no permitió que su conocimiento del futuro sufrimiento de la cruz, ni sus deseos de ser reconocido por quien era, ni su cariño por su mamá y sus discípulos controlara sus acciones. Él fácilmente hubiera podido defenderse de todo lo que le pasó. Pero, lo que gobernó sus acciones fue la voluntad del Padre. Las Escrituras se tenían que cumplir. 

Cristo es nuestro ejemplo perfecto.

Con la ayuda del Espíritu Santo podremos mostrar cada vez más estas diferentes características del fruto del Espíritu. No es algo que podamos lograr jamás nosotros mismo. Si cedemos a Él, el poder del Espíritu Santo en nosotros nos dará la fuerza para derrotar la carne y todo lo que quiere. 

Entonces, podremos mostrar el fruto del Espíritu y así ser más como Cristo. 

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Gálatas 5:22, 23

¿y si no?

Tenemos un Dios potente y bueno. 

Entonces, Dios nos protegerá, ¿verdad? Dios me librará del mal. Dios me cuidará. 

¿Y si no? 

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Imagen de Rowan Heuvel en Unsplash

¿Qué pasa cuando llega el mal y siento sus efectos? ¿Qué hago cuando mi vida se ve destrozada por la maldad de otros? ¿Cómo justifico a Dios en mi mente cuando me siento totalmente vulnerable al Enemigo y sus acechanzas? 

¿Y si Dios no me protege? 

“ …nuestro Dios, a quien rendimos culto, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, que sea de tu conocimiento, oh rey, que no hemos de rendir culto a tu dios ni tampoco hemos de dar homenaje a la estatua que has levantado.” Daniel 3:17,18

Ananías, Misael y Azarías tenían la respuesta. 

Le tenían confianza a Dios. Él los rescataría. 

¿Y si no? 

Aún así, le darían gloria y adoración sólo a Él. 

Aun así, morirían antes de cuestionar su bondad y su deidad. 

Aún así, se rehusarían a adorar otra cosa que no fuera Él. 

Job sufrió pérdidas y penas increíbles y él tuvo la misma actitud que estos tres hombres: 

“Entonces Job se levantó, rasgó su manto y se rapó la cabeza; se postró a tierra y adoró. El SEÑOR dio, y el SEÑOR quitó. ¡Sea bendito el nombre del SEÑOR!” Job 1:20, 21

En el caso de Ananías, Misael y Azarías, estaban bajo la amenaza de una muerte terrible si no adoraban a un dios falso. En el caso de Job, la tragedia ya había llegado a su vida, él había perdido todo. Y estos hombres ejemplares, no hicieron más que adorar a Dios. 

¡Qué ejemplo tan impactante!

Vivo confiada en Dios, oro a Él y creo que Él me protegerá, me cuidará.

¿Y si no?

Y si no, quiero seguir fiel honrando sólo a Dios. 

Y si no, que el Señor me ayude a adorarle.

Y si no, aunque él me mate, en Él esperaré. 

 

para vivir, es necesario morir

No hay vida productiva sin muerte. 

Quizás suene morboso, pero es una verdad que encontramos en la Palabra de Dios. 

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Imagen de Daniel Hansen en Unsplash

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” Juan 12:24

Si no muero a mi mismo, mi vida será inútil para Dios. 

Es una verdad sencilla, pero muy, muy difícil. 

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Juan 12:25

Conservar tu vida, no morir a ti, indica que amas más a tu vida que a Dios. Y es una pérdida total. 

Pero, odiarla, es decir, actuar como si no importara, te llevará a fruto eterno. 

Dios espera de nosotros que nos neguemos, que muramos, que ya no mandemos en nuestra vida.

Y no estamos hablando de vida física. 

Es la vida interior: las emociones, los deseos, los sueños, la identidad. 

Si realmente quiero dar fruto eterno, habrá un sacrificio.

El sacrificio de mí misma. 

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Lucas 9:23

Si quiero ser discípulo de Cristo, mis emociones ya no dictarán cómo reacciono. Mis deseos ya no serán relevantes en mis decisiones. Mis sueños ya no serán mis metas.

Mi identidad se perderá completamente en Cristo. 

Ahora, la pregunta es, ¿quiero vivir?

una meditación sobre andar en el desierto

¿Has pasado últimamente por un desierto? 

Un desierto emocional, en el que te sentías totalmente vacía, que ya no podías dar más, ni esforzarte más, ni querer más. 

Un desierto espiritual, en el que leías tu Biblia y no recibías nada, orabas y tu alma seguía sedienta. 

Quizás tu desierto fue otro. Uno que yo no conozco. 

Lo que sí te puedo asegurar es que Dios está en el desierto contigo. 

Oh Dios … tú saliste delante de tu pueblo, Cuando anduviste por el desierto, Selah… Salmo 68:7

Dios guió a su pueblo al desierto. Los guió a donde sentirían hambre y sed y calor y cansancio. Pero, allí en el desierto, el anduvo con ellos.

¡Dios estaba allí! 

Y por eso este versículo me ha dado consuelo. 

Sí, a veces me encuentro en un desierto. Pero, tengo la seguridad de que aún allí, Dios está conmigo. 

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