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Si eres cristiano, eres misionero.

Hay dos versículos que nos lo indican claramente.

Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. 2 Corintios 5:20

Como cristianos, somos representantes de Cristo en la tierra. Cristo, el que predicó claramente: “Arrepentíos y creed en el evangelio.” El que tanto se preocupó por las almas perdidas, el que compartió la verdad con amor.

Cristo ya no está aquí en la tierra.

Nosotros sí. Y es nuestro deber representarlo bien.

Y si predicamos el evangelio, si mostramos Su amor, si compartimos la verdad, si somos buenos embajadores, habremos completado la obra tal como nos la pidió sin esfuerzo extra.

Es que es tan fácil creer que el regalar un folleto, el preparar un mensaje del evangelio, el compartir las Buenas Nuevas en conversación con un compañero son cosas extras. Creemos que sólo los cristianos super espirituales invitan a las personas a sus casas para hablar de la Biblia. Creemos que sólo los misioneros o los pastores pueden organizar una serie de clases para niños o una repartición de textos.

Pero si cada creyente lo hace, ¡no es más de lo que le pidió el Señor!

Es decir, el Señor nos nombra a todos y a cada uno como sus embajadores.

¡Tenemos que representar bien a Cristo! ¡Tenemos que vivir el evangelio, servir a los hermanos y buscar a los perdidos!

¿Y sabes qué?

No habremos hecho más de lo que debíamos.

Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos. Lucas 17:10

Esta es la tercera entrada de tres sobre el cristiano misionero.

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Si eres cristiano, eres misionero.

Hace unos días, publiqué las razones por las que cada creyente debe ser misionero.

Hoy, en contraste, voy a compartir los peligros de no ser misionero.

Primero, veamos las razones por no ser misionero, creo que se pueden dividir en tres categorías:

  • egocentrismo,
  • cobardía e
  • indiferencia.

Bajo el egocentrismo caben las razones que tienen que ver con uno mismo.

“No tengo tiempo.”

“Me van a tachar de fanático y ya no respetarán mi trabajo.”

“ No puedo sacrificar parte del tiempo que dedico a la tarea por eso .”

 

La cobardía conlleva otro tipo de razones.

“No me puedo arriesgar a compartirlo allí.”

“Me sacarían del club si les contara del evangelio.”

“¿Qué tal si mi profesor me calla?”

 

Y finalmente, la indiferencia suena así:

“No sabría qué decir.”

“¿Cómo sé si les interesa o no el evangelio?”

“Ahorita no es el momento.”

Si esas son las razones (por no decir excusas) para no compartir el evangelio,

¿cuáles son los resultados cuando el creyente no comparte el evangelio?

1. Dios no recibe gloria.

Cuando se predica el evangelio, Dios recibe gloria. Gloria, por nuestra obediencia, por la obediencia de otros al evangelio y porque simplemente estamos hablando bien de Él. ¿Y cuando decidimos no predicarla? ¡Es como si quisiéramos privarle de Su merecida gloria!

2. Se pierden almas.

Cuando se predica el evangelio, almas se salvan. ¿Y cuando no se predica? ¿Qué tal si es la única ocasión cuando el pecador está dispuesto a escuchar el evangelio? ¿Qué tal si es el momento de más sensibilidad espiritual? No te lo quieres perder, ¡porque quizás se pierda esa alma!

3. Te pierdes un galardón.

Cuando se predica el evangelio, hay galardón para el que lo comparte. Dios premia cada servicio y obediencia. ¡Qué bueno es Dios! ¡Cuánta gracia muestra al premiar algo que le debemos de todos modos! Y qué privilegio tendremos al llegar al cielo, de poner a sus pies los galardones que Él nos ha dado.

Esta entrada parece bastante negativa. Pero, es importante hacernos estas preguntas.

¿Por qué no estoy compartiendo el evangelio? ¿Y qué me estoy perdiendo al no compartirlo?

 

Esta es la segunda entrada de tres sobre el cristiano misionero.

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Si eres cristiano, eres misionero.

Antes de que me creas, te tengo que dar la definición de un misionero.

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Es apenas en el tercer significado que se menciona el salir a otro lugar. Entonces, a pesar de la idea que tenemos sobre un “misionero,” realmente no se limita solamente al que se muda a otro país para predicar el evangelio.

Un misionero es aquel que predica el Evangelio.

Hay tres razones que yo veo en los principios de la Palabra de Dios por las que estoy totalmente convencida de que cada cristiano debe actuar como misionero.

1. El mandato a predicar.

Mateo 28:19 y 20 y Marcos 16:15 no sólo son mandatos a los discípulos en ese momento. Todos los creyentes de todos los tiempos los deben tomar para sí ¡y lo han hecho! Vemos ejemplo tras ejemplo de creyentes que compartieron el evangelio donde estaban, así obedeciendo el mandato y trayendo gloria a Dios. Algunos se dedicaban a predicar a tiempo completo, como por ejemplo el apóstol Pedro. Otros, se dedicaban a otra cosa, pero siempre compartían el evangelio cuando se les presentaba la oportunidad, como Priscila y Aquila. Otros, como el apóstol Pablo, ¡llegaron a hacer ambas cosas! Cristo es el Señor y nos manda a compartir el evangelio. Obedecer es nuestro deber.

2. La preocupación por otros.

Además de la obediencia, la consideración y el cuidado por otros también nos motivan a compartir el evangelio. El evangelio es la única manera en que el pecador puede saber sobre su destino eterno. ¿Cómo no compartirlo? Por más que nos desagrade alguien, ¡no podemos desear que vaya al infierno! ¡¿Cuánto más nos deben preocupar las personas que realmente amamos?! La preocupación por las almas que nos rodean nos va a impulsar a compartir el evangelio.

3. La expresión inevitable de la adoración.

He dejado para el final la razón que, al menos para mí, es la más importante. La adoración de Dios nos va a llevar a compartir el evangelio. Ya no compartiendo por obediencia, ni por preocupación por los demás, sino por amor a mi Salvador y Señor. Cuando veo a Cristo resucitado en gloria, cuando estoy en presencia de Padre con toda Su majestad, cuando me toca el corazón el Espíritu Santo adoro a Dios ¡y no puedo más que compartir las maravillas del Evangelio que brotan de mis labios!

Entonces, ahi tienes tres cosas que te convierten a ti, creyente, en un misionero.

Esta es la primera entrada de tres sobre el cristiano misionero.

un David en un mundo de Micales

David, en su celebración del regreso del arca, se rindió totalmente a la adoración.

Olvidó su posición de rey. Se olvidó de los miles que lo observaban y se olvidó del prestigio  de la familia de su esposa.

David, adorando, bailó.

En nuestro día, la adoración no siempre se asocia con el movimiento físico. Y está bien.

Sin embargo, la adoración es un rendimiento total de control al Señor, al Dios de los cielos.

Al adorar, uno reconoce total sumisión a tan grande y glorioso Ser.

Eso era lo que David estaba haciendo ese día.

Mientras tanto, Mical, no pudo dejar a un lado su dignidad humana, su prestigio real, ni su pragmatismo moderno.

Mical me hace pensar en mi generación.

El mundo está lleno de Micales. Personas que mientras reconocen la existencia de Dios, ¡tampoco se van a rendir fanáticamente a Su voluntad! Que contentos de poseer una Biblia, no se imaginan lo que sería dedicar su tiempo libre a la presencia de Dios. Que mientras aman a Dios, tampoco sacrificarían su dignidad por servirle.

Pero, yo quiero ser como David.

Quiero poseer la Biblia y llenar mi corazón, mente y boca de ella. Quiero celebrar una vida repleta de la presencia del Dios vivo. Quiero rendir mi voluntad completamente a la autoridad del Dios Todopoderoso.

¿Y tú? ¿Te atreves a ser un David en un mundo de Micales?

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Imagen de Dương Trần Quốc / CC-BY

cuando no puedo adorar

 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Mateo 28:17

La reacción natural e inmediata de las persons que vieron a Cristo y todo lo que Él era fue adorar.

Hasta la fecha así es.

Cuando uno ve a la gloria de Cristo, Su poder, Su amor, Su gracia… la única reacción es adoración. Es natural y lógico.

Entonces, ¿qué pasa en mi vida cuando no me nace la adoración?

Cada creyente tiene momentos en los que cuesta adorar, en los que no es natural adorar. ¿Qué pasa allí?

Voy a sugerir que si no nos encontramos en la primera parte del versículo, nos encontramos en la última: “pero algunos dudaban.”

Si no adoro al verlo, es porque en el fondo de mi corazón dudo de algo de su persona. Y no me refiero a duda intelectual, porque un creyente sabe y cree que Cristo es Todopoderoso, es Amor, es Gracia, es abiduría etc. Nunca lo negaría, pero saberlo y creerlo en práctica son dos cosas diferentes.

Y suceden cosas en la vida que nos causan dudas.

A mi mejor amiga le da cáncer y dudo de la bondad de Dios.

Me falta para darle de comer a mis hijos y dudo de la sabiduría de Dios.

La guerra se lleva a mi hermano y dudo del poder de Dios.

Y me cuesta adorar. No me nace adorar. Ni deseo adorar.

¿Qué hacer, entonces, para volver a darle a Dios lo que se merece? ¿Cómo volver a adorar?
Ver a Cristo.

Ver a Cristo, tal como es.

En toda Su gloria. Y Su poder. Y Su amor.

Y al ver a Cristo, tal como es, al verlo verdaderamente, uno deja de dudar.

Y al ver a Cristo, tal como es, uno vuelve a adorar.

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Imagen de Frank McKenna/CC-BY