Cuando superarlo no es posible (hay que perdonar)

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Imagen de Ian Espinosa en Unsplash

En el 2013, viajé a los Estados Unidos. Allí escuché un mensaje que mi llevó a escribir algo que hoy quiero compartir.

Se requieren de dos para reconciliarse, pero sólo uno para perdonar.

En la asamblea que visité, el que ministró predicó sobre el perdón. Se notaba que el mensaje venía del corazón y por lo tanto también tocó el mío.

Habló de cómo el perdón va en contra del orgullo y cómo él había batallado con la amargura y el odio cuando algunos le habían hecho mal.

Pero, yo conozco a ese hermano desde hace años, de hecho toda la vida.

Es uno de los hombres que más muestra gracia y gentileza.

¿Él había odiado a alguien? ¿Él había sentido amargura?

No pude más que preguntarme, ¿cuánto más había pecado yo al no perdonar a alguien?

Porque yo no soy de los que más muestran gracia y gentileza.

El mensaje me convenció de mí pecado.

A mí me han herido. A mi familia los han herido.

He intentado olvidarlo. He seguido adelante.

¿Es suficiente?

El mensaje de ese miércoles me convenció que no.

No es suficiente simplemente dejar de pensar en ello. No es suficiente sólo seguir adelante.

Hay que enfrentar lo que hizo la persona.

Y hay que perdonar.

Es seguir el mandato de Dios.

Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Efesios 4:32

la deuda que tenemos

“Hasta que todo el mundo ha escuchado el Evangelio, somos deudores.” – Steve Ballinger

Estas palabras me cayeron como un balde de agua fría.

¿Te das cuenta?

¡Somos deudores al mundo!

¿Cómo?

El hermano Steve Ballinger lo explicó de esta manera. Se un hermano me da $50 pesos para darte a ti, y yo te veo pero nunca te doy los $50, yo te los debo.

Tiene sentido, ¿no? Dios nos dio la salvación y quiere que hagamos correr la noticia.

Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Marcos 16:15

Somos deudores.

Sí, a Dios.

Pero, también a los incrédulos.

Yo les debo el Evangelio.

¿Cómo atreverme a descuidar este deber?

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Imagen de Koushik Das en Unsplash

“ya no le hablo”

¿Te ha tocado que alguien te deje de hablar?

Es un comportamiento pasivo-agresivo que causa dolor indescriptible. Especialmente, si se trata de una persona en la que tenías confianza, como un buen amigo o una prima querida.

Cuando te dejan de hablar es un indicador de un problema. Puede ser cualquier tipo de problema causado por cualquier motivo, pero siempre es por un problema.

Y es una manera totalmente inútil de tratar el problema.

Dejarle de hablar a alguien no resuelve nada. La situación pasa de tener sentimientos heridos y enojo a más sentimientos heridos y más enojo.

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Imagen de Zach Guinta en Unsplash

Ahora, cuando yo estoy en una situación difícil, cuando me siento herida, cuando estoy enojada por lo que ha pasado, ¿trato a Dios de la misma manera?

¿Le dejo de hablar a Dios?

No me refiero a “dejarle de hablar” en el sentido adolescente de venganza aniñada que tanto se ve, aunque en ocasiones de eso se trata precisamente. Estoy hablando más de un descuido, o de una melancolía que impide la comunicación.

Cuando paso por tribulación, ya sea causada por circunstancias, por otras personas o por mis propias emociones, ¿le dejo de hablar a Dios? ¿Permito que el estrés de estar ocupada desvíe mi tiempo de oración? ¿Permito que mi tristeza por lo que he sufrido interfiera con mi comunicación con Dios? O, ¿será que mi coraje porque Dios no hizo lo que yo creía que haría, me tiene como esa chica de secundaria que “ya no le habla” a su mejor amiga porque tiene el deseo de infligir algún castigo?

¿Le dejo de hablar a Dios?

O en medio de mi tormenta, ¿me acerco a Él para pedirle que sea mi pronto auxilio?

15 cosas que no quiero hacer antes de morir

El mundo está lleno de listas de qué hacer antes de morir.

“100 cosas que debes hacer antes de morir” o “25 cosas que quiero hacer antes de morir” o “Antes de morir, tienes que realizar estas 30 actividades.”

Unos quieren ver las 7 maravillas. Otros quieren lanzarse de un avión con paracaídas. ¡Todos quieren pasar tiempo con sus seres queridos!

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Imagen de Melissa en Unsplash

Pero, ¿qué tal una lista de lo que esperas nunca hacer antes de morir?

Hoy te comparto mi lista de 15 cosas que no quiero hacer antes de morir.

  1. ¡Fracturarme un hueso!
  2. Dejar la comunión de la asamblea local.
  3. Rechazar la voluntad específica de Dios.
  4. ¡Volver a probar tacos de sesos!
  5. Cortarme el cabello.
  6. Quedarme ciega.
  7. Pelearme con mi esposo.
  8. ¡Tener una alergia a alguna comida!
  9. Pasar un día sin orar.
  10. ¡Ser una anciana amargada!
  11. Permitir que mi pasaporte esté vencido.
  12. ¡Dejar de disfrutar la música navideña!
  13. Dejar de escribir.
  14. Tener un hijo no salvo.
  15. Disminuir la importancia de compartir el evangelio.

En la lista sí puse algunas cosas chistosas, pero pensar en la muerte no es lo más divertido. Su valor está en que añade una perspectiva diferente a las acciones y acciones que tomamos. Ya hablando en serio, hay ciertas prioridades en mi vida que deben cambiar, si voy a cumplir con esta lista.

¿Tienes tú una lista de cosas que no quieres hacer antes de morir? ¿Hay algo que necesitas modificar para vivir la vida que quieres presentar al Señor?

fuera de la zona de confort

El inscribirse a una escuela nueva.

El iniciar un matrimonio.

El cruzar un puente de madera vieja.

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Imagen de Dalton Touchberry / CC-BY

Estas son situaciones que nos incomodan. Claro, ¡son emocionantes! Pero, son situaciones en las que hay tantas cosas nuevas que a veces no sabemos qué hacer. En la otra escuela y en la vida soltera sabíamos qué hacer. ¡Nos era fácil caminar sobre tierra firme! Sabíamos cuál era nuestro lugar y qué actividades nos correspondían. En una situación nueva, hay que volver a aprender todo eso.

Y es intimidante.

Pero, cada vez estoy más convencida de que Dios hace eso a propósito.

Dios nos pone en situaciones incómodas, intimidantes y a veces abrumadoras con un plan.

Y Su propósito es que dependamos de Él.

En cada decisión que tomamos, quiere que le tomemos de la mano. Quiere que estemos totalmente rendidos a Su voluntad, quiere que reconozcamos nuestra incapacidad de hacer algo sin Él.

Somos muy malos para confesar nuestra debilidad.

Es por eso que Dios con frecuencia nos pone en situaciones nuevas, en circunstancias incómodas.

Por que cuando no sabemos qué hacer, lo buscamos. Cuando nos sentimos impotentes, corremos a Sus brazos. Sólo estamos dispuestos a reconocer nuestra incapacidad ante Él cuando no tenemos idea sobre cómo proceder.

¡Y nuestro Dios amoroso lo sabe!

Entonces, cuando me encuentro en una situación nueva, sintiéndome totalmente inadecuada e incapaz, es momento de darle gracias a Dios.

Y es momento de caer en Sus fuertes brazos y confesar que todo lo puedo sólo en Él.