la oración más básica

El otro día leí que todas las oraciones se pueden resumir en una de dos: “ayúdame” o “gracias.”

Me pareció interesante, pero creo que hay una oración aún más básica.

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Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash

En mi experiencia cristiana, hay una sola oración que es el fundamento de todas. Hay una oración que lleva a todas las demás. Creo yo que esta es, por excelencia, la oración del cristiano.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

Cuando yo buscaba la voluntad de Dios antes de tomar unos viajes, antes de empezar mi carrera, antes de casarme y aún hoy, cuando busco la voluntad de Dios, Él ha ido reduciendo mis oraciones hasta llegar a esta sencilla oración.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

Nada más.

¿Por qué creo que esta es la oración fundamental de la vida del creyente?

Cuando le pido algo a Dios, debo y quiero pedirlo dentro de su voluntad. Cuando no sé qué hacer, busco la voluntad de Dios. Cuando pido ayuda para no ceder ante la tentación, estoy pidiendo ayuda para actuar sólo en su voluntad.

Y finalmente, cuando se hace su voluntad, doy gracias y Él recibe gloria.

Porque esa es mi meta.

Fui creada para la gloria de Dios. Mis acciones, mis palabras, mis pensamientos, en fin… toda mi vida es para Su gloria. Entonces, idealmente, el resultado de cada oración que hago es la gloria de Dios.

No sé si se pueda decir de manera dogmática que cada oración es, en su fondo, “Hágase Tu voluntad, para Tu gloria.”

Sin embargo, hasta la fecha no he encontrado una oración sincera que no se pueda resumir o reducir a esta frase.

Quisiera sugerirte que también uses esta frase al orar, sería interesante saber cómo afecta tu vida de oración.

Darme cuenta de esto me ha ayudado mucho a poner todas mi oraciones en la perspectiva correcta. Por eso procuro en mi tiempo de oración siempre incluir esta frase fundamental.

“Hágase Tú voluntad, para Tu gloria.”

el deseo y la capacidad de hacer lo bueno

Me imagino que no quieres hacer lo malo.

Yo tampoco. Somos creyentes y queremos agradar a Dios. Y queremos hacer lo bueno.

Pero, como Pablo en Romanos 7:18 tenemos un problema.

…porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

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Imagen de Jeremy Perkins en Unsplash

Cuando somos salvos, y a veces aún antes de ser salvos, queremos hacer cosas buenas. Pero, aunque logremos hacer una que otra cosa buena, no podemos formar el hábito de hacer lo bueno. La tentación nos acecha y cuando menos lo pensamos ya volvimos a perder la paciencia, a herir a alguien con nuestras palabras o a decir algo que no es verdad. Siempre nos encontramos haciendo lo malo, otra vez.

Pero, cuando Dios nos salva y pone dentro de nosotros el deseo de hacer el bien, no nos deja con ese problema. Pablo mismo nos explica en Filipenses 2:13:

…porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Dios nos da el deseo. Y luego produce en nosotros la capacidad de hacer lo bueno. Al momento de salvarnos, ¡Dios nos da una nueva naturaleza, una naturaleza capaz de resistir la tentación y hacer lo bueno!

Y entonces, ¿así de fácil haremos lo bueno?

Pues, no, porque Pablo dice en 1 Timoteo 6:12:

Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna…

Hacer lo bueno, nunca será fácil. La naturaleza nueva que Dios nos da, no es una naturaleza fuerte, es una naturaleza bebé que necesita de alimento y cuidado para crecer y ser fuerte. Se requerirá de disciplina, de determinación y de dependencia diaria del Señor para reforzar cada vez más la naturaleza nueva y debilitar cada vez más la naturaleza vieja que es incapaz de hacer lo bueno. Y digo “cada vez” porque cada tentación es una oportunidad para dar fuerza a una naturaleza y debilitar a la otra.

Hacer lo bueno es una batalla.

Pero, Dios ya ha puesto en cada creyente la posibilidad de vencer lo malo y hacer lo bueno.

Y con la constante ayuda de Dios, ¡haremos un poco más de lo bueno cada día!

¿en qué me ocupo?

Estamos estudiando el libro de Romanos los miércoles y el día que estudiamos el capítulo ocho, el versículo seis me llamó la atención.

Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.

No es un versículo que requiere de mucha explicación. Pero, sí es una verdad directa y difícil.

Pensé en mi carne, en mis deseos.

¿Cuánto tiempo, durante un día, paso pensando en algo del Espíritu?

Mientras lavo trastes o manejo a la escuela, ¿qué porcentaje de mis pensamientos se tratan del Espíritu? ¿Y qué porcentaje se trata de la carne?

Y no sólo pensando… ¿Qué tal hablando? ¿Leyendo? ¿Escribiendo? ¿Escuchando?

De las 24 horas del día, se supone que duermo siete u ocho, pero me quedan 16 horas más. Supongamos que el trabajo o la escuela me quita entre seis y ocho horas de concentración o de espacio mental.

¡Me quedan horas para ocuparme de lo que yo quiera! ¡Horas!

¿Y en qué las ocupo? Cuando escucho estaciones de radio o podcasts, cuando veo programas o videos en YouTube, cuando escucho música, leo artículos y libros, cuando envío mensajes de texto… ¿Estoy alimentando la carne? ¿O estoy nutriendo mi vida espiritual?

Ese día tuve que reconocer que muchas de las cosas que elijo, no son para mi bien espiritual. ¡Claro, no estoy escuchando, viendo o leyendo basura! Pero, quizás allí está el peligro. Ocuparme en cosas que mientras no son malas, tampoco me hacen bien.

Los placeres más inocentes son fáciles de permitir en mi vida… y luego es fácil perderme en ellos y jamás dedicar tiempo al Espíritu.

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Imagen de Toa Heftiba en Unsplash

Un video chistoso en YouTube ¡no tiene nada de malo! Pero, ¿cómo compararlo con escuchar la grabación de una predicación del evangelio?

Una conversación por Messenger sobre la maravilla que es el brownie con un poco de chile güajillo, está bien. Pero, ¿es más el provecho que cuando compartimos un versículo de la Biblia?

La última canción de Tori Kelly puede ser relativamente inocente. Pero, ¿qué tal la profundidad la letra de “O profundo amor de Cristo”?

¡No quiero dar a entender que todo esto es malo, horrible y hay que sacarlo de nuestra vida! Claro que se pueden disfrutar videos de YouTube, canciones pop y conversar sobre superficialidades. Pero, este versículo me recuerda que debo checar mis tiempos. Debo estar consciente de la cantidad de tiempo que estoy ocupando en cosas de poco provecho. Porque aunque sí se disfruten aquí, los placeres de la carne desvanecerán en el cielo, mientras que las cosas sustanciales, las de provecho espiritual, se convertirán en tesoros.

No se trata de abandonar todo lo que disfruto. Sólo se trata de inversión.

A final de cuentas, todo lo que yo hago aquí en vida es una inversión.

Y Romanos 8:6 me recuerda cuales inversiones valdrán la pena en la eternidad.

¿qué significa ser cristiano

“Soy cristiano.” 

Esas palabras siempre traen una reacción. A veces positiva, a veces negativa. Y generalmente, cuando es negativa uno piensa que es porque no saben lo que realmente es ser cristiano. 

Pero, eso nos lleva a la pregunta, ¿qué es ser cristiano? 

Cuando digo que soy cristiano, ¿qué significa? 

¿Qué implica en mi visión del mundo, en mis acciones diarias, en mis prácticas espirituales? 

Quizás me ayude saber de dónde viene la palabra “cristiano.”

Según un diccionario etimológico, “la palabra cristiano (perteneciente de Cristo) viene del sufijo -ano (pertenencia) sobre el nombre “Cristo”, el cual viene del griego Christos = “Ungido”.

Así que, entiendo que ser cristiano indica que no soy mío, sino de Cristo.

Él es el dueño de mi vida. 

Me imagino que eso ya lo sabías. Nada de esto es nuevo para ti.

Pero, las consecuencias de vivir como si Cristo fuera dueño de mi vida son enormes. 

Quiere decir que mis deseos desde el momento que llego a ser cristiano son irrelevantes. Claro, en ocasiones Dios los usará para guiarme en su voluntad. Pero, a veces no. Y mis decisiones nunca se basarán sólo en mis deseos.

Quiere decir que la opinión de otros sobre mí y sobre mis acciones, tampoco importan. Sólo importa lo que piensan de Cristo, gracias a mis acciones. Es decir, mis acciones ya no influyen sobre mi reputación, sino sobre la reputación de Cristo. 

Quiere decir que aunque mi autoestima no sufrirá porque sé que soy una Hija, amada, escogida y atesorada por Dios, sólo viviré para complacer al Señor, no para hacerme sentir bien a mí misma. 

Ser cristiano quiere decir que en mi vida, ya no mando yo. 

Quiere decir que el lema de mi vida es,

“Señor, ¿qué quieres que yo haga?” 

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Imagen de Eutah Mizushima en Unsplash

para vivir, es necesario morir

No hay vida productiva sin muerte. 

Quizás suene morboso, pero es una verdad que encontramos en la Palabra de Dios. 

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Imagen de Daniel Hansen en Unsplash

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” Juan 12:24

Si no muero a mi mismo, mi vida será inútil para Dios. 

Es una verdad sencilla, pero muy, muy difícil. 

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Juan 12:25

Conservar tu vida, no morir a ti, indica que amas más a tu vida que a Dios. Y es una pérdida total. 

Pero, odiarla, es decir, actuar como si no importara, te llevará a fruto eterno. 

Dios espera de nosotros que nos neguemos, que muramos, que ya no mandemos en nuestra vida.

Y no estamos hablando de vida física. 

Es la vida interior: las emociones, los deseos, los sueños, la identidad. 

Si realmente quiero dar fruto eterno, habrá un sacrificio.

El sacrificio de mí misma. 

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Lucas 9:23

Si quiero ser discípulo de Cristo, mis emociones ya no dictarán cómo reacciono. Mis deseos ya no serán relevantes en mis decisiones. Mis sueños ya no serán mis metas.

Mi identidad se perderá completamente en Cristo. 

Ahora, la pregunta es, ¿quiero vivir?