un reflejo de lo divino

El ser humano se hizo a semejanza de Dios. Somos un pobre reflejo de lo divino.

Y el matrimonio, una institución creada para representar la unión de Cristo y la iglesia, es otro reflejo de algo celestial.

Pero, ¿qué tal si no somos los únicos? No es lógico pensar que toda la creación se diseñó específicamente para reflejar, aunque sea de manera limitada, algún aspecto del Creador?

¡No cabe duda!

Ezequiel 1 habla de unas criaturas celestiales. “Y el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila.”

Digo, es un capítulo que no me atrevo a explicar, pero da la idea de que hay seres del cielo que tienen más de una característica de algo terrenal. Un águila, por más majestuoso y feroz que sea, es sólo una faceta de este ser. La fuerza y constancia de un buey era sólo una parte de este ser. El león veloz y fuerte sólo representa un lado de este ser. Y el hombre con su intelecto sin rival y su capacidad espiritual es sólo un aspecto de este ser. ¡Es un ser incomprensible para nosotros!

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Imagen de Kea Mowat en Unsplash

Entonces, en el reino animal, quizás se pueda suponer que cada uno representa, de una manera pobre, pequeña, plana, algo divino. ¿La gracia del movimiento del antílope y el caballo, puede indicarnos un poquito de la elegancia de los movimientos en el cielo? ¿Qué nos enseña la increíble suavidad de una alpaca?¿Los colores brillantes del loro? ¿La rapidez impresionante del avestruz? ¿Qué aprendemos del Creador tomando en cuenta esas características?

Obviamente, no podemos entender realmente a Dios ni al cielo, pero me encanta pensar que Él nos ha dejado pistas, nos ha permitido vistazos de la magnificencia de Su ser a través de la creación. ¿No es maravilloso pensarlo? ¿Lo has pensado tú alguna vez? ¡Me encantaría saber si tú también has observado un toque divino en algo terrenal!

el acento de Cristo

¿Haz alguna vez pensado que Cristo tenía un acento?

Esta idea surgió porque estábamos estudiando la negación de Pedro hace unas semanas en el estudio del miércoles. Lo que le dijeron a Pedro en Marcos 14:70 me impresionó.

Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos.

…porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos.

Cristo tenía un acento que lo identificaba como alguien de Galilea. Es lógico. Él creció en Nazareth, un pueblo de Galilea. Los que lo rodeaban hablaban de cierta manera y era lógico que Él adoptara la forma de hablar de ellos.

Quizás esta idea me impactó tanto porque me recuerda en especial de la humanidad de Cristo.

Cristo era Dios. Conocía lo que era vivir y mandar en la gloria del cielo. Conocía de manera íntima la presencia del Padre.

A la vez, Cristo como humano fue influenciado por la cultura que lo rodeaba. (Nunca para mal, obvio.) Asistió a bodas judías. Navegaba en barcos sobre el mar de Galilea. Y claro, adoptó los sonidos del hablar de los que lo rodeaban.

Y cuando llegó a Jerusalén, lo identificaron como un Hombre de Galilea.

¡Qué maravilla que el Creador se dignara de crecer en una provincia terrenal! ¡Qué maravilla que el Supremo se permitiera adoptar un acento local! ¡Qué maravilla que el Hijo de Dios se humillara al punto de tomar forma de un simple ser humano!

Cristo mostró el fruto del Espíritu

Ultimamente, Ricky y yo hemos estado hablando de la importancia de ser como Cristo. Uno de los grandes propósitos de Dios es que seamos como Cristo. (Algunos versículos que confirman esto son: 1 Juan 2:6, 1 Corintios 11:1, 1 Pedro 2:21, Juan 13: 13 al 17, Efesios 4:22 al 24, Filipenses 2:5 y los dos que para mí, más sobresalen, Romanos 8:29 y Gálatas 2:20.) 

El punto es: Dios quiere que seamos como Cristo. 

Estas meditaciones me hicieron ver el fruto del Espíritu de una manera. Sí, debo mostrar el fruto del Espíritu, pero es porque al hacer eso estoy siendo más como Cristo. ¡Me puedo inspirar en los ejemplos de Cristo cuando Él lo mostró! Entonces, comencé a buscarlos y aquí te dejo la lista esperando que te sirva también de inspiración.

El amor en Marcos 10.21

“Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.” 

Es interesante que el amor de Cristo no se relaciona mucho con los sentimientos. Cristo aquí amó a alguien que no sólo estaba equivocado sobre cómo obtener la vida eterna, sino que tampoco estaba dispuesto a obedecer para agradar a Dios. Cristo sabía que este joven rico realmente no tenía interés en agradar a Dios, o que al menos tenía más interés en sus riquezas que en Dios. Pero aún así, Cristo trató con él y le habló para su bien. Hacer algo para el bien de otro; eso es el verdadero amor. 

El gozo en Hebreos 12:2.

“… puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”

No encontré un versículo que hablara de Cristo mostrando gozo. Quizás el gozo de Cristo era algo prometido, algo que vendría después. La Biblia habla de gran gozo en el cielo cuando un pecador se arrepiente, Isaías menciona que Cristo verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho. Los salmos mencionan la plenitud de gozo en la presencia de Dios. Mucha gente dice que Dios quiere que seamos felices, pero según la vida de Cristo esto es totalmente incorrecto. Cristo sufrió la cruz para poder obtener gozo. El gozo es una promesa, el gozo es venidero y quizás la seguridad de esa promesa de Dios me da gozo en medio del sufrimiento presente. 

La paz en Juan 14:27.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” 

Es interesante ver que la paz de Cristo lo llevó a vivir tal como Él nos dice que podemos vivir con su paz en este versículo. No se turbó su corazón ni tuvo miedo. Cuando los fariseos y saduceos quisieron tenderle trampas doctrinales, cuando quisieron apedrearle, cuando lo detuvieron los soldados religiosos, cuando lo torturaron los soldados romanos, cuando el gobernador mismo lo estaba interrogando… Cristo no se turbó. Él tuvo paz que su Padre estaba en control, ¡y esa es la paz que Él nos deja a nosotros ahora! 

La paciencia en Mateo 26:48 al 50.

“Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. 

Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.” 

La cantidad de oportunidades que Cristo le dio a Judas para arrepentirse son increíbles. Cristo fue paciente. Él trató a Judas como un amigo hasta el último momento, dándole la oportunidad de realmente serlo. Él nunca dejó de esperar que Judas cambiara. Y esta paciencia no es sólo paciencia de esperar. No, es paciencia de esperar mientras se sufre el rechazo. La paciencia de Cristo no es simplemente no enojarse porque el camión viene tarde. Es seguir esperando a que el pecador que tanto se ha burlado, que tanto ha maldecido, que tanto ha herido, regrese arrepentido a pedir perdón y aún querer una buena relación con él.

La benignidad en Lucas 22:50 y 51.

“Y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Basta ya; dejad. Y tocando su oreja, le sanó.”

La manera más sencilla de explicar la benignidad es con la palabra “amabilidad.” Justo después de ser traicionado, en medio de unos soldados armados, rodeado de discípulos aterrados, Cristo fue amable con un siervo. Le sanó la oreja. Es fácil ser amable en los momentos más tranquilos de la vida. Pero, ¿qué tal en los momentos como este? ¿Los momentos en los que el alarma no sonó, se quemó el desayuno, está lloviendo y el camión se descompuso? Cristo fue constantemente amable, las circunstancias eran irrelevantes.

La bondad en Hechos 10:38.

“…cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.”

Cristo fue bueno. Hizo el bien. Dijo el bien. Pensó el bien. Su bondad afectaba todo lo que hacía y a todos los que lo rodeaban. 

La fe en Juan 11:42.

“Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.”

Cristo estaba totalmente convencido de que el Padre lo oía. Tuvo fe en Él. Sabía que estaba en control, que su voluntad era sólo lo mejor. Y por lo tanto, las acciones de Cristo reflejaron esta fe. Aún cuando nadie a su al rededor creía que el Padre lo oía, Él tuvo fe. En este momento, Él estaba rodeado por gente que ni creía que Él era Hijo de Dios, mucho menos que Dios le pondría atención. Pero Él siguió teniendo fe en su Padre. 

La mansedumbre en Mateo 27:13 al 15.

“Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.”

Quizás lo que más sorprendió a Pilato fue la falta de defensa que presentó Cristo. Respondió a algunas preguntas, pero rehusó defenderse. Lo estaban maltratando físicamente. Le estaban acusando de cuestiones políticas a las que nunca se había metido. ¡Lo estaban juzgando de blasfemo por decir que era el Hijo de Dios cuando realmente lo era! Pero, este Hombre inocente no se defendió. En una situación que combinaba lo peor que el ser humano puede sufrir, Él mostró mansedumbre.

La templanza en Mateo 26:53 y 54.

“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”

La templanza es el control de uno mismo. La templanza no permite que nada, ni las emociones, ni alguna sustancia, ni los deseos… nada en absoluto gobierne o controle a la persona. Cristo no permitió que su conocimiento del futuro sufrimiento de la cruz, ni sus deseos de ser reconocido por quien era, ni su cariño por su mamá y sus discípulos controlara sus acciones. Él fácilmente hubiera podido defenderse de todo lo que le pasó. Pero, lo que gobernó sus acciones fue la voluntad del Padre. Las Escrituras se tenían que cumplir. 

Cristo es nuestro ejemplo perfecto.

Con la ayuda del Espíritu Santo podremos mostrar cada vez más estas diferentes características del fruto del Espíritu. No es algo que podamos lograr jamás nosotros mismo. Si cedemos a Él, el poder del Espíritu Santo en nosotros nos dará la fuerza para derrotar la carne y todo lo que quiere. 

Entonces, podremos mostrar el fruto del Espíritu y así ser más como Cristo. 

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Gálatas 5:22, 23

el sufrimiento y la gloria

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Imagen de Michael Barth en Unsplash

No hay gloria sin sufrimiento.

Y el sufrimiento siempre lleva a la gloria.

Aprendí esto en un estudio sobre 1 Pedro hace un par de semanas.

“…el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.” 1 Pedro 1:10, 11

En la vida de Cristo, primero vino el sufrimiento y después, las glorias.

Y en mi vida también, primero tiene que venir el sufrimiento y después, las glorias.

Dios quiere ver gloria en mi vida.

Me quiere limpiar. Quiere mostrar a todo mundo que en mí puede crear la fe pura y permanente.

Pero antes de esa gloria, tiene que venir el sufrimiento.

“…para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo…” 1 Pedro 1:7

El fuego limpia, deja sólo pureza.

Me anima saber esto.

He pasado por días de fuego. Y pasaré por más.

Tú también.

Pero, el sufrimiento no será en vano.

El resultado en nosotros será fe pura, gloria brillante.

llevados al desierto

 Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Oseas 2:14

 

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Generalmente, no pensamos en el desierto como un lugar a donde llevarías a un ser querido. En el desierto hay peligros, hay soledad y hay incomodidad, por decirlo de manera sutil.

¿Por qué prometió Dios atraer a Su amado pueblo para luego llevarlo al desierto?

Allí, Dios hablaría su corazón.

¿Por qué no hablarle en la ciudad? ¿Por qué no hablarle en su hogar? ¿Por qué no hablarle en donde no había peligro de morirse de hambre?

Quizás porque no Lo escucharía.

En la ciudad, rodeados de los quehaceres mundanos, no habría tiempo para escuchar a Jehová. En el hogar, a gusto entre familiares, no habría razón para buscar a Jehová. En donde hay comida, no habría necesidad de depender de Jehová.

Y Él quiere que aprendamos a escucharlo, a buscarlo, a depender de Él.

No porque Él necesite la satisfacción de nuestro reconocimiento, sino porque Él sabe que nuestras vidas serían mucho más plenas y abundantes si lo escucháramos, si lo buscáramos, si dependiéramos de Él.

Entonces, Dios nos llama fuera, al desierto, a solas y sí, al sufrimiento, para hablarnos al corazón.

Y después de un tiempo en el cruel desierto, podremos decir con Rut:

“…me has consolado… has hablado al corazón de tu sierva…”