Alexa y los piratas

Alexa abrió los ojos y una luz penetrante la encandiló. Cerró los ojos de nuevo y se dio cuenta de que algo le dolía… el hombro, el hombro le dolía. ¿Por qué? 

Intentó moverse, pero no pudo. 

Volvió a abrir los ojos y se dio cuenta que estaba viendo el cuarto de lado. Estaba acostada en el piso y el hombro le dolía porque estaba cargando con todo el peso de su cuerpo. 

Con mucho esfuerzo, logró sentarse y observar mejor la habitación. Era pequeña, con un piso de madera y paredes grises. Estaba casi vacío, sólo había una cosa en cada esquina, una puerta, una entrada a lo que parecía ser un baño, una cama y, junto a ella, una mesita. 

No fue hasta que intentó pararse que notó las dos cosas más importantes: sus manos estaban atadas detrás de ella y en la pared en donde ella había estado recargada había una ventana redonda. ¡Estaba en un barco! 

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Imagen de Cezary Kukowka en Unsplash

Esa ventana redonda la hizo recordar todo.

Había empezado con una calle oscura, un callejón realmente. Su gatito que se le había escapado y lo había visto correr en esa dirección. 

Entró con cuidado al callejón porque no estaba alumbrado. Se tropezó sobre una caja de cartón y casi se cayó. No veía al gato en ninguna parte. 

Luego oyó voces, unos hombres estaban parados casi al fondo de la cerrada.

“Esto fácil lo arreglamos. Caa quién por su lao.” La voz era urgente. 

Y una respuesta sarcástica. “¿Así de fácil? ¿Qué piensas que te van a dejar salirte del negocio nomás así? Alguien te va a buscar. Ya te conocen, van a querer sacarte información…” 

Fue justo en ese momento que se apareció el gatito de Alexa con un ¡miau! repentino. Los hombres inmediatamente reaccionaron al sonido y al voltear, vieron a Alexa. 

Alexa gritó.

Salió corriendo del callejón pero era demasiado tarde. Los hombres ya venían tras ella. Oyó una cantidad de groserías lanzadas en su dirección y los golpes de las botas en el pavimento, pero pronto todo sonido despareció. Ya no oía más que los latidos acelerados de su corazón y su respiración agitada. El terror se había apoderado de ella. No oía, no veía, sólo sabía que tenía que seguir corriendo. 

En automático pensó en lo que le había inculcado su mamá. 

“Cuando estés en problemas: Calle San Miguel #1348, la estación de policía.” 

Pero, nunca llegó. 

No supo cómo, pero uno de los hombres que la perseguían apareció frente a ella y antes de poder siquiera gritar, ya tenía la cabeza envuelta en una tela negra y apestosa. 

Después de eso, sólo recordaba un largo viaje en la oscuridad. Y al final, el sonido de olas y un olor fuerte y extraño. 

Sí, ya lo recordaba todo… ¡y ahora estaba en un barco atada de manos! 

Nunca había sido secuestrada, pero había leído muchos libros de aventuras y ahora le servirían de algo práctico a pesar de lo que decía su mamá. Comenzó a buscar algo filoso en la habitación. Aún estaba buscando cuando oyó pasos. ¡Esas botas! 

Los pasos se detuvieron justo afuera de la puerta y se escuchó la misma voz sarcástica de la noche anterior.

“Ya la voy a ver orita. No creo… ¿qué broncas va a dar? Es una chiquilla.” 

Y silencio…quizás hablaba por teléfono. 

“Pos, usté es el jefe. Si la quiera ver, se la llevo.” 

Más silencio. 

“¿Desamarrarla? ¿Como para qué?” Y luego con un tono taciturno. “Sí, señor, lo que usté diga.”

Dentro de unos minutos, Alexa, ya con las manos libres, estaba siguiendo a su secuestrador por el pasillo. Él había dicho que iban a ver al “jefe.” Y ella a pesar de sentires aterrada, puso una cara tranquila, como se imaginaba a los héroes de las aventuras que había leído, y le dijo con dignidad. “No soy una chiquilla, tengo catorce años.” Mientras, el hombre que la guiaba se carcajeaba, ella regresó al tema que estaba haciendo sudar y temblar las manos. ¿Por qué la quería ver el jefe? Comenzó a planear un discurso sobre su juventud, inocencia e incapacidad de causar problemas para alguien tan importante en el negocio cuando la interrumpió la voz tosca de su guía, aún sonriente. 

“Aquí ´stá. Pórtese bien, ¿eh?” Y con su sarcasmo característico. “Señorita.” 

Abrió la puerta, con un empujón metió a Alexa a un inmenso comedor y cerró la puerta de golpe.

Alexa intentó observar rápidamente el comedor, pero era demasiado. De las paredes colgaban cuadros en marcos elaborados, del techo colgaban candelabros lujosos y el comedor estaba tan lleno de grandes mesas que era difícil moverse. Había muchos muebles más pegados a las paredes, pero no tuvo tiempo de observarlos porque la sorprendió un hombre gigantesco con una voz inmensa que salía de una enorme barba roja. 

“Así que tú eres la que causó tanto problema anoche.” 

Alexa se paralizó.

La voz de trueno continuó. “Tengo que pedirte disculpas por el trato brusco de mis ayudantes. Realmente, no es necesario defender mi negocio con tanto afán, pero tienen buenas intenciones.” 

Alexa soltó el aire que se sin querer había retenido. No estaba del todo convencida de las intenciones de los hombres que la habían capturado la noche anterior, pero tampoco iba a contradecir a este hombre imponente.

“De hecho, si prometes no reportar el pequeño problema que tuviste con ellos, te voy a dejar ir. Sólo necesito tu firma.” Puso un documento que se veía bastante oficial sobre la mesa y le pasó una pluma. 

“¿Si firmo me dejas ir?” 

“Claro, yo no quiero a una niña aquí en mi barco. Sólo me vas a estorbar, pero mi negocio depende de la discreción, entonces, sí, necesito que me hagas ese favor.” 

Alexa leyó con cuidado el documento. No entendía todas las palabras pero en general era una promesa de no divulgar ninguna información, de ninguna manera sobre el tiempo que había pasado con los empleados del negocio y en la propiedad del negocio, etc., etc. 

Después de terminar de leer el contrato, Alexa consideró durante unos minutos. “¿Qué tal si usted me dice cuál es su negocio y luego yo firmo?” 

El hombre se rió a carcajadas. “No, señorita. No es necesario que sepas más, sólo firma el documento y te llevaré de nuevo al lugar en el que te topaste con mis fieles empleados.” 

Alexa se sentía orgullosa de haberlo intentado aunque sea. Tomó la pluma y firmó. 

Y eso fue todo. El señor gritó “¡Memo!” y el de la noche anterior entró con una tela negra en la mano. “Está lista.” 

Alexa no sintió que fue un viaje largo. El hombre no habló hasta llegar al callejón en donde se habían topado la noche anterior. “Oye, lo siento, ¿eh niña? Digo, señorita. Yo pensé que a lo mejor eras una espía de los de… de los del otro lado. Pero, pus, ya. Aquí stamos.” Desató la venda que cubría sus ojos y quitó el seguro de las puertas. “Ya, pues, vete.” 

Alexa salió de la camioneta con un brinco, pero el hombre la detuvo. “´Pérame. Por si algún día necesitas ayuda… como si alguien te secuestra o algo.” Con otra sonrisa, le pasó una pequeña tarjeta sucia. Luego arrancó con suficiente fuerza para que la puerta se cerrara sola y en la esquina, quedó fuera de su vista.

Alexa miró la pequeña tarjeta en su mano. Sólo tenía una frase y un número. 

“para que seamos librados de hombres perversos y malos”

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Un mundo diferente.

Ella viene de un mundo de colores. 

No como los colores que tú conoces. No como el rojo, el verde, el amarillo. 

No, ella viene de un mundo de colores. El color de tu corazón cuando ves al que amas más que a nadie, el color de tu mente cuando aprendes algo nuevo, el color de tus lágrimas cuando te despides por última vez de tu mamá. 

Ella viene de un mundo de sonidos. 

No como los sonidos que tú conoces. No como el claxon de un tren, no como el ronroneo de un gato contento, no como la caída de un vaso al piso. 

No, ella viene de un mundo de sonidos. El sonido de tu sonrisa cuando tu papá te besa la frente, el sonido de tu pulso cuando te paras frente a un público a declamar, el sonido de tus ojos al mirar a tu hermana cuando haces referencia a un chiste local. 

Ella viene de un mundo de aromas. 

No como los aromas que tú conoces. No como el aroma de una vela navideña, no como el aroma de tierra mojada, no como el aroma de una tienda de abarrotes. 

No, ella viene de un mundo de aromas.  El aroma de la risa de tu bebé, el aroma de tu oración cuando ruegas a Dios que no se lleve a tu mejor amiga, el aroma de las palabras que tu novio te susurró al oído justo antes de su boda. 

¿Y por qué, entonces, la ves aquí? ¿Aquí en tu mundo de rojos comunes, de cláxones corrientes, de velas ordinarias? 

¿Realmente quieres saber su historia? Bueno, te cuento. 

Elena vivía en una creación espléndida. Su vida era una intensa de gozo y de amor, pero esa intensidad traía también quebrantamiento de corazón y penas profundas. 

Su mejor amiga, se llamaba Jessica. Desde bebés habían sido vecinas y no había cosa que no compartían. Su amistad era cómoda y segura, como un chocolate caliente, como un abrazo de tu abuelita, como un anillo de bodas. 

Pero un día conoció a una amiga diferente. 

Por las tardes, Elena salía a caminar cerca de su hogar. A veces, la acompañaba su hermano, mientras sus papás se quedaban sentados en el patio, platicando. Pero, el día que conoció a Vania, había salido sola. Se dirigía hacia el impresionante bosque de colores intensos, colores claros como el canto de las aves y colores profundos como el redoble de tambores. Estaba pensando en cosas bellas, en la hermosura de la inocencia de un niño y en el encanto del sabor de una fresa recién cortada, cuando oyó pasos atrás de ella. Volteó y vio  que se acercaba una chica de su edad. No se veía del todo normal. Sí, sus facciones y su ropa eran normales, pero su comportamiento era más gris que lo normal. Y además, su aire era plano. Quizás para ti esto no tenga mucho sentido, pero en el mundo de Elena, era no sólo claro, sino extraño. Intrigada y amable, Elena se detuvo para presentarse. 

“Hola.” 

“Hola.” Pero la sonrisa de la chica no era tan fuerte como la de Elena. 

“Me llamo Elena. ¿Eres nueva por aquí?” 

La chica se presentó como Vania y comentó que acababa de mudarse. Elena sintió compasión por esta chica gris y pasó el resto de la tarde caminando y platicando con Vania cerca del bosque.

Cuando no estaba estudiando, ni ayudando a su familia en el negocio, Elena estaba con Jessica, pero ambas procuraban ser amables e invitar a Vania a pasar tiempo con ellas. Vania no tenía hermanos, vivía sola con su mamá, entonces disfrutaba estar con ellas. Al menos eso decía, pero nunca se oían colores en su voz cuando lo expresaba. Era como si sólo sintiera a la mitad. 

Todos los vecinos sabían que había algo diferente en Vania, pero Elena nunca se atrevió a preguntarle a Vania por qué era más gris, más plana que todos los demás. Jessica, por otro lado, no tenía problema en preguntar y la única razón por la que nunca lo hizo fue la exclamación de Elena cuando declaró su intención de de preguntarle. 

“¡No! ¿Cómo podrías preguntarle? Pobrecita, no sabemos por qué es así, no seas cruel.” 

Pero, llegó el día cuando Elena se enteró. 

Todo comenzó porque Jessica no abrió la puerta un día cuando Elena fue a su casa. Elena la había visto llegar de la escuela. Sintió el rechazo como un rojo vivo, pero decidió esperar una explicación antes de reclamarle a su amiga. El problema fue que la explicación nunca llegó. 

Unas horas después, cuando regresó a casa de Jessica para preguntarle qué había pasado, Jessica salió, le dijo unas palabras y cerró la puerta. 

“Ya no somos amigas.” 

Fue la última vez que Elena oyó la voz amarilla y geométrica de Jessica. 

Regresó a su casa sintiendo la violencia de un huracán con sus ruidos rojos y negros, pero al pasar los días y las semanas sus emociones cambiaron a tonos grises y azules y, en lugar de oír truenos feroces cuando pensaba en Jessica, sólo oía violines melancólicos. 

Ahora, le quedaba una amiga. Una amiga que la abrazaba sin preguntar por qué la veía tan amarga. Elena apreciaba mucho que Vania no mostrara el deseo de hablar de Jessica. Tal como había cortado toda relación con Elena, había también dejado de hablarle a Vania. La diferencia era que así como Vania no disfrutaba del aroma a magnolias de su amistad, ahora el olor a la fruta podrida del abandono tampoco la afectaba mucho. 

Y eso fue lo que por fin le explicó a Elena un día que el dolor era particularmente agudo. 

“Tú crees que yo soy gris y plana porque nací rara?” Se rió un poco. “Elena, soy así porque elegí ser así. Es cierto que no aprecio los aromas de una puesta del sol, ni los colores de la música, pero desde que mi papá nos dejó, decidí que no valía la pena. Así como soy, tampoco siento el dolor de una relación quebrantada, los colores oscuros de la traición no me afectan. Si una persona me abandona, no oigo cacofonías por las noches. La vida es más plana, pero menos dolorosa.” 

No fue difícil para Elena creer que la vida un poco gris, con colores y aromas menos intensos, sería más fácil. 

Y por eso la ves aquí.

Muy pronto, Vania y Elena decidieron venir a este mundo, a tu mundo. En donde la música no tiene aromas, en donde los sentimientos no tienen sonidos y los colores no son más que colores. 

Aquí no son raras, aquí son lo que todos somos.  

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