Perdonar es sufrir

Perdonar es sufrir.

Tú lo sabes más que nadie.

En la cruz, al morir, 

Tú sufriste más que nadie.

Perdonar es sufrir.

El que lo hace lleva el daño,

es ceder, sin rencor,

el herido lleva el daño.

Perdonar es sufrir. 

Es abrirse a la ofensa, 

por amor, vez tras vez,

rehusarse a la ofensa.

Perdonar es sufrir. 

Es mostrarse como Cristo. 

Es lograr cada vez. 

nuestra meta: como Cristo.

Reseña: Mero cristianismo

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Mero Cristianismo originalmente no era un libro sino una serie de radio que C.S. Lewis dio entre 1941 y 1944. Unos años después, Geoffrey Bles los publicó en formato de un libro que ha llegado a ser un clásico del mundo cristiano. La edición que yo leí es una traducción de Verónica Fernández Muro publicada por la casa editorial Rayo en 2006. Paso a paso, este libro establece los principios básicos de la fe cristiana y da argumentos por los cuáles son correctos, además de señalar cuáles son las implicaciones de tal fe.

El volumen se divide en cuatro libros: Verdades y Falsedades como claves para comprender el universo, Lo que creen los cristianos, El comportamiento cristiano y Más allá de la personalidad o primeros pasos en la doctrina de la Trinidad. Cada sección lleva lógicamente a la siguiente y C. S. Lewis presenta de manera concisa y acertada sus argumentos y sus principios. 

Empieza por ejemplo, argumentando que existen la verdad y la falsedad, el bien y el mal objetivos. “…si vuestras ideas morales pueden ser más verdaderas, y las de los nazis menos verdaderas, debe haber algo —alguna Moral Auténtica—, que haga que las primeras sean verdad.” 

Menciona objeciones a la bondad de Dios como lo es el libre albedrío sin el cual no existiría la posibilidad del amor. “…el libre albedrío, aunque haga posible el mal, es también lo único que hace que el amor, la bondad o la alegría merezcan la pena tenerse.”

Y agrega “…casi todo lo que llamamos historia humana —el dinero, la pobreza, la ambición, la guerra, la prostitución, las clases, los imperios, la esclavitud—, la larga y terrible historia del hombre intentando encontrar otra cosa fuera De Dios que lo haga feliz.” 

En la sección sobre la vida cristiana habla de las virtudes cardinales y teologales y nos recuerda: “Existe una diferencia entre llevar a cabo una acción justa o templada y ser un hombre justo y templado.”

Y concluye con un poco sobre la Trinidad. “Todo el mundo me ha advertido que no os diga lo que voy a deciros en este último libro. Dicen: —El lector común no quiere teología, ofrécele simple religión práctica—. Yo he rechazado esta advertencia. No creo que el lector común sea tan necio.”

El libro es uno que te hará pensar. Te hará meditar sobre tus convicciones y te explicará ciertas cosas que creías pero no sabías cómo decir claramente. Es un libro bien escrito por un excelente pensador cristiano. Es un libro básico y esencial para la biblioteca personal de cada cristiano.

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La planta

Hace unos 45 años sonó el timbre de mi casa. Cuando salí a abrir, no había nadie. A mis pies, encontré una maceta con la flor más hermosa que jamás había visto. 

Supongo que había hojas también, pero no las vi. Solo vi la flor. 

Una flor grande, con pétalos delicados. Una flor que brillaba con vida, de tonos profundos en su centro, que al acercarse a la punta de cada pétalo, se tornaban en la versión más ténue del color. ¿Y qué color era? Pues, la flor solo tenía uno, pero en él se veían reflejados todos los colores que jamás te podrías imaginar. Con cada vuelta que le daba, se apreciaba otro tono más. Cada perspectiva, cada ángulo tenía un nuevo brillo, un nuevo encanto.

Tomé la planta y la puse en el lugar de honor en el patio, donde le diera luz perfecta, donde la brisa la besaría y toda la familia la pudiera ver. 

Llegó a ser mi planta preferida. Todas las mañanas me levantaba para ir a verla, para regarla, para acariciar sus pétalos y disfrutar su discreto aroma.

Y de cierta forma llegó a ser no solo el centro de mi vida, sino el de nuestra vida familiar. Todos tomaban unos segundas cada mañana para detenerse delante de esta increíble planta. Por las tardes, nos reuníamos en el patio, notando cada día un detalle más de su belleza. 

Pasaron las semanas y los meses, la flor nunca se marchitó, nunca se cayó. Permanecía viva, bella y el eterno centro de interés. Con el tiempo, mis momentos diarios con la planta se alargaron. Comencé a observar más cosas. La flor era deslumbrante, pero empecé a ver hojas que crecían debajo de ella. Hojas grandes, que proveían una cama, un trasfondo verde para su belleza. Con el tiempo, noté que estas hojas eran especiales también, en contraste con la brillantez de los pétalos de la flor, su color, de distintos tonos, era tenue, aterciopelado. Los diferentes tonos de verde no llamaban la atención como ese color inigualable de los pétalos, pero eran un marco perfecto para la flor. Comencé a observar los tallos de la planta, también. Ahí donde el verde se volvía café, donde la flexibilidad de las hojas se volvía firmeza, noté lo muy normal que se veía. Esta parte de la planta era… ordinaria. ¡Pero, servía de apoyo para esa flor tan increíble! Mi aprecio por estas otras partes, también bonitas, de la planta creció por todo lo que hacían por esa hermosísima flor. 

Cada año, así como apreciaba más cada parte de la planta, la planta tomaba una parte más central en mi hogar. Y la flor seguía siendo el bello punto focal.

Hasta ese día trágico. Una mañana me levanté, y como de costumbre, fui al patio para saludar a mi planta. Fue cuando vi la evidencia de una crueldad vil y sin sentido: la flor no estaba. El tallo que la había sostenido y sustentado durante años había sido cortado con algo filoso (aunque no noté esto de inmediato.) 

No supe si grité o no. Dentro de unos instantes, salió el resto de la familia. Ahí estábamos todos, observando la planta como solíamos hacer, pero en esta ocasión, no llenos de tranquilidad y admiración sino de horror, enojo e impotencia. 

Ese día cambió nuestra vida, cambió el ambiente de la casa. Empezamos por cambiar todos los candados, luego, reforzamos las protecciones del segundo piso, agregamos luces afuera de cada puerta y ventana. Sería difícil que alguien se volviera a meter a nuestra casa pero… realmente era demasiado tarde. Ya se habían llevado lo más valioso que teníamos, algo que nos inspiraba y nos unía. Como familia, comenzamos a pasar menos tiempo juntos… ya no había razón para sentarnos en el patio por las tardes como antes. Ya no teníamos por qué reunirnos en el patio durante unos minutos cada mañana. Tenía yo, como todos, mucho que hacer y cuando salía a regar las plantas ya no me quedaba a observar, a disfrutar… solo hacía mi trabajo y me metía. 

Seguí regando esa planta. No sé si tenía esperanzas de ver otra flor. No sé si era simplemente el hábito. Pero, nunca dejé de regar la planta. Ahí seguían las hojas y los tallos que tanto había admirado pero… ya no tenían nada de especial. Y con el tiempo, esa planta comenzó a ser rodeada de otras, macetas que me regalaban, que iba comprando. Violetas, Rosas, Alcatraces… el patio se llenó de otras plantas. Se veía bonito. Pero, nada era igual. 

Llegó una época en la que casi había olvidado la flor. Ya salía a regar esa planta como todas las demás, sus hojas seguían verdes, seguía creciendo. Pero, no notaba nada de especial en ella hasta el día en que me tuve que mudar. 

Ya mi hijo mayor viviría en esa casa con su nueva esposa. Yo me cambiaría a un pequeño departamento en donde no cabrían todas mis plantas. Queriendo elegir algunas de mis plantas favoritas para llevarme, salí al patio. Tomé unos momentos para mirar cada una, cada planta ofrecía algo de belleza, algo diferente que apreciar… y luego miré esa planta. 

Esa planta que me había llegado cuando mi hijo era pequeño. Esa planta que tanto habíamos admirado y que había cambiado por completo el ambiente de nuestro hogar. Esa planta que ya no tenía flor. Pero, por primera vez desde que había perdido su flor, volví a ver su belleza. Me acerqué un poco, y noté de nuevo las vetas de distintos tonos de verde en sus suaves hojas, noté la increíble textura de cada una, noté lo frondoso que se había puesto… ¡la planta era hermosa! ¿Cómo la había dejado de apreciar?

No lo sé. 

Pero, en ese momento me di cuenta que para apreciar esta planta sin su flor, se requería experiencia de vida que mi hijo y su esposa aún no tendrían. Me llevaría esa planta y les dejaría las demás. Y quizás, algún día pronto, les llegaría también a su puerta una planta como esta, con su increíble flor. 

Espero que nunca les suceda lo que a mí, pero la vida está llena de tragedia, y si algo similar les llega a suceder, espero que también, con el tiempo, aprendan a apreciarla aún sin sus pétalos. Porque aún sin esos tonos mágicos, sin esos pétalos suaves, sin su brillante punto focal, esa planta sigue viva y es hermosa.

Poema para el año 2020

Este año nuevo,

te busco en oración,

mucho que pedirte

en esta ocasión.

 

Este año nuevo,

me acerco a ti, Señor,

tengo una lista,

y pido tu favor.

 

Este año nuevo,

mi orar no es igual,

hoy es diferente,

quizás sea inusual.

 

Este año nuevo,

entiendo la lección:

debe ser mi alma

mi tema en la oración.

 

Este año nuevo,

a un lado dejaré

protección, dinero,

salud, no pediré.

 

Este año nuevo,

oh Dios, te rogaré,

hazme como Cristo,

refuerza Tú mi fe.

 

Este año nuevo,

te pido obra en mí,

haz lo necesario

para acercarme a ti.

 

Este año nuevo,

te ruego en oración,

quiero conocerte,

mi única pasión.

Se visten niños Dios

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En junio, asistí a un campamento de escritores cristianos en donde tuve el gusto de conocer a Margie, escritora como yo, canadiense como yo y viviendo en México como yo. Compartió un poema que me conmovió e inmediatamente pensé en compartirlo con mis lectores. ¡Espero les toque el corazón como a mí!

Se visten niños Dios

¿Vestirle a Dios?

Anacronismo

para mi incomprensible

mas para otros

devoción.

María lo vistió una vez

pero sólo cuando él

se vistió de carne.

¿Cómo vestirle a Aquel

que viste

campos y cielos

(de arcoiris, flores,

diamantes)

Y a los suyos 

viste de rojo-amor

blanco-pureza,

azul celestial?

¿Cómo

(en aquel humano rito)

vestirle al Infinito?

Cuando él más bien

insiste:

—Hijo, viste

tu vida de mí,

tu inmundicia

de mi justicia.

Si quieres

vísteme

pero con tu alabanza

tu obediencia

tus oraciones

tu amor

tu todo.

—Pero más que nada

en tu pobreza y desnudez

déjame vestirte a ti.