La planta

Hace unos 45 años sonó el timbre de mi casa. Cuando salí a abrir, no había nadie. A mis pies, encontré una maceta con la flor más hermosa que jamás había visto. 

Supongo que había hojas también, pero no las vi. Solo vi la flor. 

Una flor grande, con pétalos delicados. Una flor que brillaba con vida, de tonos profundos en su centro, que al acercarse a la punta de cada pétalo, se tornaban en la versión más ténue del color. ¿Y qué color era? Pues, la flor solo tenía uno, pero en él se veían reflejados todos los colores que jamás te podrías imaginar. Con cada vuelta que le daba, se apreciaba otro tono más. Cada perspectiva, cada ángulo tenía un nuevo brillo, un nuevo encanto.

Tomé la planta y la puse en el lugar de honor en el patio, donde le diera luz perfecta, donde la brisa la besaría y toda la familia la pudiera ver. 

Llegó a ser mi planta preferida. Todas las mañanas me levantaba para ir a verla, para regarla, para acariciar sus pétalos y disfrutar su discreto aroma.

Y de cierta forma llegó a ser no solo el centro de mi vida, sino el de nuestra vida familiar. Todos tomaban unos segundas cada mañana para detenerse delante de esta increíble planta. Por las tardes, nos reuníamos en el patio, notando cada día un detalle más de su belleza. 

Pasaron las semanas y los meses, la flor nunca se marchitó, nunca se cayó. Permanecía viva, bella y el eterno centro de interés. Con el tiempo, mis momentos diarios con la planta se alargaron. Comencé a observar más cosas. La flor era deslumbrante, pero empecé a ver hojas que crecían debajo de ella. Hojas grandes, que proveían una cama, un trasfondo verde para su belleza. Con el tiempo, noté que estas hojas eran especiales también, en contraste con la brillantez de los pétalos de la flor, su color, de distintos tonos, era tenue, aterciopelado. Los diferentes tonos de verde no llamaban la atención como ese color inigualable de los pétalos, pero eran un marco perfecto para la flor. Comencé a observar los tallos de la planta, también. Ahí donde el verde se volvía café, donde la flexibilidad de las hojas se volvía firmeza, noté lo muy normal que se veía. Esta parte de la planta era… ordinaria. ¡Pero, servía de apoyo para esa flor tan increíble! Mi aprecio por estas otras partes, también bonitas, de la planta creció por todo lo que hacían por esa hermosísima flor. 

Cada año, así como apreciaba más cada parte de la planta, la planta tomaba una parte más central en mi hogar. Y la flor seguía siendo el bello punto focal.

Hasta ese día trágico. Una mañana me levanté, y como de costumbre, fui al patio para saludar a mi planta. Fue cuando vi la evidencia de una crueldad vil y sin sentido: la flor no estaba. El tallo que la había sostenido y sustentado durante años había sido cortado con algo filoso (aunque no noté esto de inmediato.) 

No supe si grité o no. Dentro de unos instantes, salió el resto de la familia. Ahí estábamos todos, observando la planta como solíamos hacer, pero en esta ocasión, no llenos de tranquilidad y admiración sino de horror, enojo e impotencia. 

Ese día cambió nuestra vida, cambió el ambiente de la casa. Empezamos por cambiar todos los candados, luego, reforzamos las protecciones del segundo piso, agregamos luces afuera de cada puerta y ventana. Sería difícil que alguien se volviera a meter a nuestra casa pero… realmente era demasiado tarde. Ya se habían llevado lo más valioso que teníamos, algo que nos inspiraba y nos unía. Como familia, comenzamos a pasar menos tiempo juntos… ya no había razón para sentarnos en el patio por las tardes como antes. Ya no teníamos por qué reunirnos en el patio durante unos minutos cada mañana. Tenía yo, como todos, mucho que hacer y cuando salía a regar las plantas ya no me quedaba a observar, a disfrutar… solo hacía mi trabajo y me metía. 

Seguí regando esa planta. No sé si tenía esperanzas de ver otra flor. No sé si era simplemente el hábito. Pero, nunca dejé de regar la planta. Ahí seguían las hojas y los tallos que tanto había admirado pero… ya no tenían nada de especial. Y con el tiempo, esa planta comenzó a ser rodeada de otras, macetas que me regalaban, que iba comprando. Violetas, Rosas, Alcatraces… el patio se llenó de otras plantas. Se veía bonito. Pero, nada era igual. 

Llegó una época en la que casi había olvidado la flor. Ya salía a regar esa planta como todas las demás, sus hojas seguían verdes, seguía creciendo. Pero, no notaba nada de especial en ella hasta el día en que me tuve que mudar. 

Ya mi hijo mayor viviría en esa casa con su nueva esposa. Yo me cambiaría a un pequeño departamento en donde no cabrían todas mis plantas. Queriendo elegir algunas de mis plantas favoritas para llevarme, salí al patio. Tomé unos momentos para mirar cada una, cada planta ofrecía algo de belleza, algo diferente que apreciar… y luego miré esa planta. 

Esa planta que me había llegado cuando mi hijo era pequeño. Esa planta que tanto habíamos admirado y que había cambiado por completo el ambiente de nuestro hogar. Esa planta que ya no tenía flor. Pero, por primera vez desde que había perdido su flor, volví a ver su belleza. Me acerqué un poco, y noté de nuevo las vetas de distintos tonos de verde en sus suaves hojas, noté la increíble textura de cada una, noté lo frondoso que se había puesto… ¡la planta era hermosa! ¿Cómo la había dejado de apreciar?

No lo sé. 

Pero, en ese momento me di cuenta que para apreciar esta planta sin su flor, se requería experiencia de vida que mi hijo y su esposa aún no tendrían. Me llevaría esa planta y les dejaría las demás. Y quizás, algún día pronto, les llegaría también a su puerta una planta como esta, con su increíble flor. 

Espero que nunca les suceda lo que a mí, pero la vida está llena de tragedia, y si algo similar les llega a suceder, espero que también, con el tiempo, aprendan a apreciarla aún sin sus pétalos. Porque aún sin esos tonos mágicos, sin esos pétalos suaves, sin su brillante punto focal, esa planta sigue viva y es hermosa.

La mujer de la voz encantadora

Nunca olvidaré el día que la vi por primera vez. Fue también la última.

Estaba caminando por la banqueta de una de las muchas colonias de Guadalajara que hace veinte años eran bellas residenciales, pero en donde, poco a poco, las viejas casas con sus amplios jardines se han convertido en oficinas, colegios y cafés. Por ahí de las cinco me encontré caminando por una calle tranquila, cubierta con la sombra de los árboles y tropezando con sus raíces que interrumpían el nivel de la banqueta.

Pasé frente a una casa vieja, aunque cuidada, con un jardín diferente a los demás. En lugar de pasto verde, el suelo estaba tapizado de pequeñas plantas y entre ellas había esparcidos algunos arbustos y varios árboles que daban un aire de misterio a los bajos arcos del patio.

Oí una voz cantando.

No era una melodía que yo conocía, pero tampoco sé mucho de  música… No pude sino detenerme. Y al detenerme, no pude sino notar que mientras el jardín estaba protegido por una reja de viejo hierro forjado y medio cubierto con una enredadera, en el lugar donde debería haber una puerta, no había nada.

La voz seguía cantando.

Di un paso hacia el espacio de la puerta y allí me paré, escuchando. El sol seguía brillando. A lo lejos, seguían pasando los camiones. Y aquí, la voz seguía cantando.

¡Ahí estaba! A unos cuantos metros de mí. ¿Por qué me interesaba tanto? Jamás me detuve a pensarlo. ¿Qué importaba si una voz bonita estaba lejos o cerca? Ni lo sabía, ni lo consideré. Esa voz que había detenido mis pasos ahora llenaba mis sentidos, no permitía entrar otro pensamiento, no había otro deseo más que el de acercarme a esa voz encantadora. Tomé un paso más. Adentro de ese jardín, el sol, ya no brillante, a penas se filtraba por los árboles alumbrando las plantas con una pálida luz como si fuera madrugada. De hecho, el ambiente también era fresco, como si a penas comenzara el día. A lo lejos, ya no se oían los camiones, sino una parvada de pajaritos en algún árbol u otro.

Y la voz seguía cantando.

Y por la ventana la vi.

La mujer de la voz encontraba frente a la grande ventana que daba hacia el jardín. Me acerqué a la ventana sin saber ni considerar si ella me vería o no. Y al detenerme justo afuera por fin la pude ver, sola en su sala. Una mujer en la flor de la vida. Cabello brillante. Ojos intensos. Mejillas redondas con un hoyuelo. Y una boca magnífica. Su figura estaba escondida entre capas de tela oscura… quizás azul marino, pero se veía esbelta y fuerte. Solo alcanzaba a ver una mano delicada que extendía de repente, a veces en súplica, a veces en triunfo.

No me moví. No sé cuánto tiempo la observé. No sé cómo no se dio cuenta de que yo estaba allí. O quizás sí sabía. A lo lejos, como si no importara, noté que la luz del sol comenzó a llenar el jardín. Los pajaritos ya no se oían, pero unas abejas pasaron zumbando cerca de mi cabeza.

Y la voz dejó de cantar.

Cuando la última nota suave de su voz cedió al silencio, cruzó la sala lentamente y desapareció por un pasillo. Mientras esperaba su regreso, porque no me podía ir sin volverla a ver, observé el lugar que me rodeaba. Una vez adentro, el jardín se veía bastante ordenado, con filas de plantas pequeñas de diferentes tonos, los árboles y arbustos estaban en lugares estratégicos que bloqueaban la vista a cualquiera que pasara frente a la casa. El patio en el que me encontraba, reflejaba el diseño de las grandes ventanas en forma de arco y enmarcadas de tabique rojo. Cuando ella estaba cerca, todos estos detalles eran irrelevantes, pero en su ausencia, cada uno ahora me hablaba de ella, representaba su gusto, su toque.

El sol estaba en su auge, azotándome con calor aún en ese oasis. Hasta las abejas habían abandonado su trabajo y reinaba el silencio.

Y luego, ella regresó.

De inmediato volví mi atención a aquella que me había sacado de mi mundo y me había traído a este paraíso. Entró a la sala cargando una bandeja con unas tazas y servilletas. También, se había recogido el cabello pero… ¿qué era eso? ¿Eran canas?

Imposible. La acababa de ver. Joven. Brillante. Sin una sola señal de la edad. Seguí observándola, preguntándome si vería cualquier otro cambio y sí, allí estaban. Su cabello no era lo único que había perdido color, sus mejillas tan redondas y saludables hace poco, ahora eran más pálidas, esos labios hermosos estaban rodeados de líneas de sonrisa, sus ojos tan brillantes también mostraban señales del paso de los años. Pero, ¿cuáles años? Sí, quizás había pasado más tiempo aquí de lo esperado pero… la acababa de ver hacía apenas unos minutos.

La mujer encantadora se sirvió un té, se sentó en el sofá y tomó un libro de la mesa de centro. Quizás ella también disfrutaba el sonido de su voz porque comenzó a leer en voz alta. Y de nuevo quedé cautivado por la música. Cierto, ya no estaba cantando, pero su voz convertía el texto en poesía. El tiempo voló, así como lo había hecho cuando la escuchaba cantar. Cuando cerró el libro, suspiré y miré a mi al rededor, no sé por qué. Quizás buscaba a alguien más que se maravillara conmigo de la belleza de su voz, pero lo que vi fue un jardín por la noche. Los grillos habían comenzado su canto, los mosquitos ya me rodeaban. Arriba, las estrellas brillaban ¡como si pudieran competir con los ojos de aquella mujer! Y cuando regresé la mirada a la sala para volver a admirarla, ¡ya no estaba!

¿A poco ya era hora de dormir? No, solo había llevado la bandeja con las tazas (nunca había usado la segunda). Comenzó a  recoger y a reacomodar todo lo que durante el día había usado. Un cojín acá. Una mesita allá. Me llamaron la atención sus manos. Estaban arrugadas… titubeé antes de volver la mirada a su cara. No quería verlo, pero no pude sino reconocer que ahí también toda una vida había dejado sus estragos. El brillante y profundo color de su cabello ya escaseaba entre las canas, su tez se había vuelto totalmente pálido y su cuerpo, antes erguido y elegante, ahora caminaba, aún con gracia, pero encorvado. Con la noche había llegado su vejez.

Sentí un vacío tremendo. ¡Solo un día! Solo había pasado un día con ella, escuchándola, mirándola ¡y no era suficiente! ¿Y ya la iba a perder?

Sí, de repente alzó una mano temblorosa a su frente y se sentó de golpe en el sofá. Ese sofá que había sido su trono, ahora sería su lecho. No se detuvo a apagar la lámpara, simplemente se acostó. La luna se escondió detrás de una nube y yo comencé a llorar. Entre mis lágrimas la miré, queriendo implantar en mi memoria cada detalle. No había perdido su aire de reina, solo que ahora se veía cansada. Sus ojos, rivales de las estrellas, se habían escondido detrás de sus párpados.

La voz había callado.

No sé cuánto tiempo pasé de luto. La luna salió, fríamente alumbrando el jardín. Las estrellas lucieron más brillantes. La brisa de la madrugada me rodeó con sus brazos helados.

De repente, mi vida, la realidad afuera del jardín, llenó mis pensamientos como una sombra vacía. Tendría que salir de aquel lugar encantado y enfrentarme con una larga vida sin su voz, sin su belleza, sin su presencia.

Volví a llorar.

Lloré porque nunca volvería a oír esa voz cantando. Lloré porque nunca más observaría su belleza. Lloré porque el mundo ni sabía lo que había perdido.

La pálida y fresca luz del sol secó mis lágrimas. Ya no me quedaba opción. Ya no había por qué quedarme en ese lugar encantado. Miré el jardín, aún oscuro en la tímida luz de la mañana. Miré el cielo, lleno de tonos de blanco, azul y naranja. Pero, no pude mirar hacia el sofá. Mi corazón seguía quebrantado. Lentamente, me dirigí hacia el espacio en la reja donde debía haber una puerta. Luego, me detuve. ¿Cómo salir de ahí sin un último vistazo?

Respiré profundo y un segundo antes de dar el último paso hacia afuera, miré por última vez a la mujer de la voz encantadora.

Justo en ese momento, los rayos del sol entraron por la ventana de la sala. Y ahí, alumbraron a una figura puesta en pie. Una figura hermosa, brillante, elegante que me miró a los ojos, sonrió y, llena de vida, comenzó a cantar.

la maestra que vivió la historia

—¡Usted es la mejor maestra de historia que jamás he tenido! Por fin entiendo un poco más sobre la época, ¡es que usted habla de las personas como si fueran personas reales y… bueno, sé que fueron reales, pero es que lo que usted cuenta los hace reales para mí, mucho más que todos los datos biográficos que están en los libros.

Luz sonrió en agradecimiento a la adolescente. Era un gusto ver la transformación de perspectivas en la clase. Casi todos los alumnos habían llegado apáticos, pero ahora estaban encantados. ¿Y cómo no? Las personas eran fascinantes y sus hechos, aunque ahora históricos, en su tiempo habían sido simplemente lo inevitable. Y así lo contaba.

Respiró profundo, cerró la mochila y salió del salón. El tema de la clase había sido la revolución, pero la mayor parte de ahora la habían pasado hablando de la vida en las haciendas justo antes de la revolución y cómo la revolución podría ser atractiva para alguien que trabajaba allí.

Pero, de repente se mordió el labio y meneó la cabeza. No habían visto el lado trágico de la revolución. Lo tendrían que tocar en la próxima clase. Porque si la revolución fue atractiva antes de suceder, después, fue lo peor que había pasado en la vida de una generación.

Al subirse al camión, Luz procuró no perderse de nuevo en los recuerdos. Le encantaba dar clases de historia, pero ciertas épocas como la Revolución Mexicana eran dolorosas. ¡Cuántas pérdidas se sufrieron en ese tiempo! Para no pensar en ello, intentó enfocarse en el presente. Durante años, la observación del presente le había salvado del recuerdo del pasado.

Voy a empezar por el lado de la tecnología. Veo diecisiete celulares inteligentes, y de ellos unos…trece se ven más gruesos y pequeños, entonces tienen más de cuatro años. ¡Y cuatro celulares con teclado físico! Extraño los teclados físicos, esos celularcitos eran lo mejor…

Los que van en camión sin celular son… seis. Cuatro personas de tercera edad y dos chicos de unos catorce años. Qué interesante. Quizás una tendencia para la siguiente generación. Tengo que apuntar eso, para no olvidarlo y seguir observando.

A ver, ahora la moda. Tres mujeres llevan falda, una es anciana, las otras dos parecen ser… sí, son Testigas, llevan también zapato cerrado y sus revistas Atalaya.

En todo el camión solo hay un pantalón que no va ajustado, y ningún pantalón acampanado. Pero, eso no va a durar, ya vi el regreso de esa horrenda moda en unas revistas. ¿Por qué no aprendimos después de los setentas a dejar esa moda y no volver? ¿O las atrocidades visuales de los dosmiles no fueron suficiente?

Pantalones de hombre… todos los hombres arriba de treinta y cinco años tienen el pantalón muy largo para esta época. ¡Les sobra tela en el tobillo! Pero, luego, hay unos tres muchachos que de verdad deberían haberse comprado una talla más grande. ¡El pantalón de mezclilla TAN ajustado! Es el extremo de la moda de estos dos o tres años que han pasado…Lo fascinante aquí es el maquillaje. Algunas con maquillaje dramático, no todas lo llevan bien aplicado y ¡qué sorpresa! Un hombre que definitivamente lleva maquillaje, aunque maquillaje discreto. Eso no se hubiera visto en el camión hace veinte años. Ups… ya notaron lo que estoy haciendo.

Como solía suceder, su observación había incomodado a algunos pasajeros, entonces dirigió su atención a su celular y sacó los audífonos. Tiempo de perderse en YouTube. Y quizás burlarse de algunos canales de historia.

A pesar de sus esfuerzos de distraerse, cuando llegó a su departamento, Luz no podía dejar de pensar en la hacienda. Dejó su mochila en la mesa y se dirigió a la sala. La pared estaba llena de repisas con álbumes, cada uno marcado con sus fechas. 1912-1920. Más adelante, 1935-1940 y 1957-1960. Y cerca del final: 2010-2011, 2012-2013, 2014, 2015. Miles de fotos. Cientos de caras. Pero, el primer álbum era su preferido. Allí se encontraban los rostros, borrosos y sin color, de la única generación a quien nunca había analizado, la generación que más bien había amado. De Rosita que siempre hacía que el trabajo fuera más placentero con pláticas, cantos y chistes. De Doña Teresa que tan joven tomó su caballo y se unió a la guerra. Y de Valentín. Valentín. Luz cerró los ojos y aún lo podía ver, brazos fuertes, ojos sinceros, caminando hacia el horizonte. Valentín, a quién jamás volvería a ver.

Pasaron horas antes de que Luz cerrara el álbum. Y cuando lo hizo, se sentía vieja, perdida, sola. Eso era normal para ella. Lo había sentido durante más de cien años. Ya sabía lo único que la reubicaría.

Se puso de pie, y se vio en el espejo: cabello negro como el día en que había nacido, tez morena, ya no quemada del sol como en su niñez, unas pocas líneas de sonrisa al rededor de la boca, unas pocas arrugas en una frente grande y ojos del color de chocolate, tristes, pero con visión perfecta.

Luego, se acercó a las repisas de nuevo y sacó el álbum marcado 2019.

La historia de un pequeño velero en una gran tormenta

Casi triunfamos.

La tormenta no llegó de sorpresa. La veíamos venir en el horizonte, primero a lo lejos, y luego de cerca. Ya lo habíamos preparado todo: las velas estaban bien atadas, la carga estaba fija y nosotros, los marineros, también estábamos firmes en nuestros lugares, con la seguridad de las cuerdas al rededor de nuestros cuerpos.

Y la tormenta no llegó de sorpresa.

El viento nos azotó, usando la lluvia como su látigo. Las olas mismas nos atacaron, como si nos quisieran escupir del mar, como si invadiéramos su territorio.

Y nosotros luchamos en su contra. Batallamos para defendernos, para conservar nuestro pequeño lugar en medio de su reino cruel.

El conflicto duró toda la noche. El mar, el viento y la lluvia perdieron su fuerza, poco a poco, al igual que nosotros. Y cuando amaneció, aún estábamos vivos. Agotados, débiles, mareados y totalmente mojados, pero, triunfantes.

Y fue bajo esos primeros rayos del sol que comenzaban a alumbrar la belleza de la mañana, mientras las olas aún desquitaban su frustración contra nosotros, que sentimos ese golpe suave y fatal.

El capitán de inmediato comenzó a gritar órdenes. Todos obedecimos corriendo. De nuevo, batallamos en contra de las olas. Toda la noche nos habían llevado cada vez más cerca de la costa, mientras nosotros habíamos batallado simplemente para sobrevivir, y ahora teníamos un nuevo enemigo: las rocas.

El riesgo de la muerte impulsaba a nuestros cuerpos exhaustos. El capitán hizo maniobras, algunos acomodamos velas, otros movieron y botaron carga, pero estábamos demasiado cerca y nos habíamos dado cuenta demasiado tarde.

El barco cayó sobre las rocas una y otra vez. Los compartimentos comenzaron a llenarse de agua. Nuestros esfuerzos habían sido en vano. El capitán nos mandó a abandonar la nave.

Casi habíamos triunfado. Casi habíamos ganado nuestro territorio. Casi.

Pero naufragamos.

Un acontecimiento inevitable

—¡Berenice! Métete a la casa!

Ella pegó un brinco al oír el grito de su esposo. Solo había una razón por la que Lalo jamás le alzaría la voz Dejó caer la escoba y corrió hacia la puerta de su casa. Justo en ese momento, Lalo rodeó la esquina de la casa y corrió hacia ella. Tenía terror en sus ojos. Berenice dejó la puerta abierta, pero para su sorpresa, Lalo apretó los labios y cerró la puerta, quedándose afuera.

—¡Ponle seguro!

—Pero, Lalo, ¡métete! ¡Te va a alcanzar!

—¡Ponle seguro a la puerta! Mi plan es atraerlo al campo. Ahí puedo enfrentarme con él sin que él lastime a nadie más.

—Lalo, ¡no! ¡Tú solo no!

—¡Si no lo haces, aquí me voy a quedar hasta que llegue!

Frente a esa amenaza, Berenice se rindió. Aseguró la puerta y escuchó los pasos de Lalo irse hacia el campo atrás de la casa.

Y minutos después, unos pasos muy pesados atravesaron su patio. Cayó una sombra fría sobre la casa y luego desapareció.

Berenice pasó horas sola. Esperando. Orando. Preocupándose y volviendo a orar. ¡Lalo, solo! ¡Lalo, sin ella! Observaba pasar los segundos en el reloj de la cocina y recordaba cada momento de esa mañana, procurando cambiar los sucesos, cambiar su reacción, cambiar el resultado, hacer que Lalo estuviera allí con ella.

Al fin, el reloj marcó la hora de actuar. Lalo aún no había regresado y ella siguió el plan que juntos habían diseñado para un día como este. Tomó las dos mochilas que ya estaban listas en el clóset y la llave de la casa. Con cuidado aseguró todas las ventas y la puerta principal, luego salió por la puerta trasera. En el patio de atrás, no quedaba indicio de lo que había pasado esa mañana. Y no estaba Lalo. Berenice respiró profundo y luego, se dirigió hacia el punto de reunión: una cueva en el bosque, que también era su casa de seguridad.

Caminó rápido y en silencio y dentro de unos minutos, llegó al bosque en donde se oía el cantar de los pájaros y los grillos. Siguió el pequeño camino que sólo identificaban los nativos del área, sus pasos no sonaban en la tierra, aunque los daba firmes y con propósito. Había recorrido un poco más de la mitad del camino hacia la cueva, ya los grandes árboles se estaban quedando atrás, su camino la llevaba por la colina entre rocas cada vez más grandes, y de repente, algo cambió en el ambiente. Se oían menos pájaros, pero había algo más. Se detuvo un segundo. No se permitió ni respirar.

Y fue cuando los escuchó a lo lejos: ¡pasos atrás de ella!

Comenzó a correr.

El terreno rocoso era peligroso. Las piedras se deslizaban bajo sus pies. Ya no podía progresar en secreto. El ruido de las piedras, junto con su respiración pesada, gritaban su posición a los cuatro vientos. Comenzó a sentir el frío. La sombra del    monstruo     aún no la tocaba, pero el frío ya se acercaba. ¿Cómo era posible que fuera más grande que hace unas horas?

Berenice se había quedado sin aliento. Algo le quemaba en los pulmones y en las piernas, también. Escuchó los pasos del    monstruo    , cada vez más pesados, cada vez más largos.

La cueva ya no quedaba lejos, pero ¡necesitaba a Lalo! ¡Ya no podía más!

Justo en ese momento, salió Lalo de detrás de una roca, aún con terror en su rostro. Tomó la mano de Berenice y juntos comenzaron a correr.

—¡No te detengas! Sí alcanzamos a llegar! —Lalo estaba gritando de nuevo.

Berenice a penas tuvo la energía para contestar. —No puedo… tú sí… sí llegas…

La respuesta de su esposo solo fue apretar los labios. Su sugerencia había caído sobre oídos sordos. ¡Lalo jamás la dejaría ahí afuera con…esa cosa! Y el calor de la mano de su esposo le infundió ánimo. Esos pasos horribles ya no se oían tan cercanos y parecía que el frío también se estaba desvaneciendo un poco.

Al fin, llegaron a la entrada de la cueva. La puerta tenía un seguro especial que sólo abría con dos llaves y cada quien llevaba una. Sus manos temblaban y con dificultad metieron las llaves a los seguros, pero cuando lo lograron, se abrió la puerta fácilmente y en silencio. En cuanto la cerraron tras ellos, salió a la vista el que los perseguía. Se aprovecharon de las ventanas escondidas para observarlo mientras pasaba. Berenice quedó boquiabierta de terror y asco, pero Lalo no pudo con el espectáculo horrible y bajó la mirada antes de que siquiera desapareciera entre las rocas.

Era un monstruo.

Era Lalo. Pero, no el Lalo que Berenice conocía. Ni el Lalo que Lalo mismo reconocía. Era una figura de Lalo, una parte o quizás una copia, mal hecha y estirada y exagerada hasta ser irreconocible, aunque tuviera las mismas facciones.

Cuando Berenice dio la espalda a la ventana, con un suspiro de alivio, vio a su esposo, agachado en el piso, cubriéndose la cara con las manos. Y en el tenso silencio, se comenzaron a oír unos sollozos que partían el alma.

Berenice no tenía palabras. Mientras corrían juntos, él había sido el fuerte, el protector, el que la tranquilizaba. Pero, ahora… se acercó con Lalo, se sentó en el piso de la cueva y lo abrazó.

Pasaron las horas. El cielo afuera oscureció. Salieron las estrellas. Y Lalo comenzó a tranquilizarse, recargándose cada vez más en los brazos de su esposa.

Cuando por fin se recuperó, Lalo se enderezó y tomó las manos de Berenice: —Amor, lo siento mucho. ¡Lo siento tanto! —Berenice quiso interrumpir para consolarlo pero él siguió hablando y el pánico regresó a sus palabras—. ¡Es que nos va a destruir! ¡Y es mi culpa! Nos va a cansar o nos va a destruir…¡a menos de que lo podamos encerrar de nuevo! No sé cómo decirte lo mucho que lo siento. —Las lágrimas corrían de nuevo por las mejillas de ambos, pero, Berenice estaba sonriendo.

—Te creo, cariño. Mira, ya estamos juntos y por eso mismo él no podrá alcanzarnos. Tú y yo, juntos, somos demasiado fuertes para él. Eso de que tú me dejes en la casa y salgas a vencerlo solo no se vale, ¡eh! Juntos podemos hacer lo que jamás podríamos separados. Te amo, Lalo.

Lalo se limpió las lágrimas pero tenía el ceño fruncido: —¿Cómo sabes? —Berenice señaló la ventana y fueron para asomarse.

Ahí, afuera de la cueva estaba el monstruo. Pero, ¿cuál monstruo? Seguía siendo una extraña y torcida copia de Lalo, pero su ferocidad había desaparecido. Su fuerza, desvanecida. Estaba dando vueltas a una roca lentamente como confundido.

—Cuando estamos separados, él es lo peor que nos puede pasar. Pero, estamos juntos y… ¡pues, míralo! —Berenice sonrió, suspiró y sonrió de nuevo. Lalo la abrazó. Luego, tomó con una mano, las cadenas que estaban en la cueva justo para eso, con la otra, tomó la mano de su esposa y salieron juntos de la cueva.