la maestra que vivió la historia

—¡Usted es la mejor maestra de historia que jamás he tenido! Por fin entiendo un poco más sobre la época, ¡es que usted habla de las personas como si fueran personas reales y… bueno, sé que fueron reales, pero es que lo que usted cuenta los hace reales para mí, mucho más que todos los datos biográficos que están en los libros.

Luz sonrió en agradecimiento a la adolescente. Era un gusto ver la transformación de perspectivas en la clase. Casi todos los alumnos habían llegado apáticos, pero ahora estaban encantados. ¿Y cómo no? Las personas eran fascinantes y sus hechos, aunque ahora históricos, en su tiempo habían sido simplemente lo inevitable. Y así lo contaba.

Respiró profundo, cerró la mochila y salió del salón. El tema de la clase había sido la revolución, pero la mayor parte de ahora la habían pasado hablando de la vida en las haciendas justo antes de la revolución y cómo la revolución podría ser atractiva para alguien que trabajaba allí.

Pero, de repente se mordió el labio y meneó la cabeza. No habían visto el lado trágico de la revolución. Lo tendrían que tocar en la próxima clase. Porque si la revolución fue atractiva antes de suceder, después, fue lo peor que había pasado en la vida de una generación.

Al subirse al camión, Luz procuró no perderse de nuevo en los recuerdos. Le encantaba dar clases de historia, pero ciertas épocas como la Revolución Mexicana eran dolorosas. ¡Cuántas pérdidas se sufrieron en ese tiempo! Para no pensar en ello, intentó enfocarse en el presente. Durante años, la observación del presente le había salvado del recuerdo del pasado.

Voy a empezar por el lado de la tecnología. Veo diecisiete celulares inteligentes, y de ellos unos…trece se ven más gruesos y pequeños, entonces tienen más de cuatro años. ¡Y cuatro celulares con teclado físico! Extraño los teclados físicos, esos celularcitos eran lo mejor…

Los que van en camión sin celular son… seis. Cuatro personas de tercera edad y dos chicos de unos catorce años. Qué interesante. Quizás una tendencia para la siguiente generación. Tengo que apuntar eso, para no olvidarlo y seguir observando.

A ver, ahora la moda. Tres mujeres llevan falda, una es anciana, las otras dos parecen ser… sí, son Testigas, llevan también zapato cerrado y sus revistas Atalaya.

En todo el camión solo hay un pantalón que no va ajustado, y ningún pantalón acampanado. Pero, eso no va a durar, ya vi el regreso de esa horrenda moda en unas revistas. ¿Por qué no aprendimos después de los setentas a dejar esa moda y no volver? ¿O las atrocidades visuales de los dosmiles no fueron suficiente?

Pantalones de hombre… todos los hombres arriba de treinta y cinco años tienen el pantalón muy largo para esta época. ¡Les sobra tela en el tobillo! Pero, luego, hay unos tres muchachos que de verdad deberían haberse comprado una talla más grande. ¡El pantalón de mezclilla TAN ajustado! Es el extremo de la moda de estos dos o tres años que han pasado…Lo fascinante aquí es el maquillaje. Algunas con maquillaje dramático, no todas lo llevan bien aplicado y ¡qué sorpresa! Un hombre que definitivamente lleva maquillaje, aunque maquillaje discreto. Eso no se hubiera visto en el camión hace veinte años. Ups… ya notaron lo que estoy haciendo.

Como solía suceder, su observación había incomodado a algunos pasajeros, entonces dirigió su atención a su celular y sacó los audífonos. Tiempo de perderse en YouTube. Y quizás burlarse de algunos canales de historia.

A pesar de sus esfuerzos de distraerse, cuando llegó a su departamento, Luz no podía dejar de pensar en la hacienda. Dejó su mochila en la mesa y se dirigió a la sala. La pared estaba llena de repisas con álbumes, cada uno marcado con sus fechas. 1912-1920. Más adelante, 1935-1940 y 1957-1960. Y cerca del final: 2010-2011, 2012-2013, 2014, 2015. Miles de fotos. Cientos de caras. Pero, el primer álbum era su preferido. Allí se encontraban los rostros, borrosos y sin color, de la única generación a quien nunca había analizado, la generación que más bien había amado. De Rosita que siempre hacía que el trabajo fuera más placentero con pláticas, cantos y chistes. De Doña Teresa que tan joven tomó su caballo y se unió a la guerra. Y de Valentín. Valentín. Luz cerró los ojos y aún lo podía ver, brazos fuertes, ojos sinceros, caminando hacia el horizonte. Valentín, a quién jamás volvería a ver.

Pasaron horas antes de que Luz cerrara el álbum. Y cuando lo hizo, se sentía vieja, perdida, sola. Eso era normal para ella. Lo había sentido durante más de cien años. Ya sabía lo único que la reubicaría.

Se puso de pie, y se vio en el espejo: cabello negro como el día en que había nacido, tez morena, ya no quemada del sol como en su niñez, unas pocas líneas de sonrisa al rededor de la boca, unas pocas arrugas en una frente grande y ojos del color de chocolate, tristes, pero con visión perfecta.

Luego, se acercó a las repisas de nuevo y sacó el álbum marcado 2019.

La historia de un pequeño velero en una gran tormenta

Casi triunfamos.

La tormenta no llegó de sorpresa. La veíamos venir en el horizonte, primero a lo lejos, y luego de cerca. Ya lo habíamos preparado todo: las velas estaban bien atadas, la carga estaba fija y nosotros, los marineros, también estábamos firmes en nuestros lugares, con la seguridad de las cuerdas al rededor de nuestros cuerpos.

Y la tormenta no llegó de sorpresa.

El viento nos azotó, usando la lluvia como su látigo. Las olas mismas nos atacaron, como si nos quisieran escupir del mar, como si invadiéramos su territorio.

Y nosotros luchamos en su contra. Batallamos para defendernos, para conservar nuestro pequeño lugar en medio de su reino cruel.

El conflicto duró toda la noche. El mar, el viento y la lluvia perdieron su fuerza, poco a poco, al igual que nosotros. Y cuando amaneció, aún estábamos vivos. Agotados, débiles, mareados y totalmente mojados, pero, triunfantes.

Y fue bajo esos primeros rayos del sol que comenzaban a alumbrar la belleza de la mañana, mientras las olas aún desquitaban su frustración contra nosotros, que sentimos ese golpe suave y fatal.

El capitán de inmediato comenzó a gritar órdenes. Todos obedecimos corriendo. De nuevo, batallamos en contra de las olas. Toda la noche nos habían llevado cada vez más cerca de la costa, mientras nosotros habíamos batallado simplemente para sobrevivir, y ahora teníamos un nuevo enemigo: las rocas.

El riesgo de la muerte impulsaba a nuestros cuerpos exhaustos. El capitán hizo maniobras, algunos acomodamos velas, otros movieron y botaron carga, pero estábamos demasiado cerca y nos habíamos dado cuenta demasiado tarde.

El barco cayó sobre las rocas una y otra vez. Los compartimentos comenzaron a llenarse de agua. Nuestros esfuerzos habían sido en vano. El capitán nos mandó a abandonar la nave.

Casi habíamos triunfado. Casi habíamos ganado nuestro territorio. Casi.

Pero naufragamos.

Un acontecimiento inevitable

—¡Berenice! Métete a la casa!

Ella pegó un brinco al oír el grito de su esposo. Solo había una razón por la que Lalo jamás le alzaría la voz Dejó caer la escoba y corrió hacia la puerta de su casa. Justo en ese momento, Lalo rodeó la esquina de la casa y corrió hacia ella. Tenía terror en sus ojos. Berenice dejó la puerta abierta, pero para su sorpresa, Lalo apretó los labios y cerró la puerta, quedándose afuera.

—¡Ponle seguro!

—Pero, Lalo, ¡métete! ¡Te va a alcanzar!

—¡Ponle seguro a la puerta! Mi plan es atraerlo al campo. Ahí puedo enfrentarme con él sin que él lastime a nadie más.

—Lalo, ¡no! ¡Tú solo no!

—¡Si no lo haces, aquí me voy a quedar hasta que llegue!

Frente a esa amenaza, Berenice se rindió. Aseguró la puerta y escuchó los pasos de Lalo irse hacia el campo atrás de la casa.

Y minutos después, unos pasos muy pesados atravesaron su patio. Cayó una sombra fría sobre la casa y luego desapareció.

Berenice pasó horas sola. Esperando. Orando. Preocupándose y volviendo a orar. ¡Lalo, solo! ¡Lalo, sin ella! Observaba pasar los segundos en el reloj de la cocina y recordaba cada momento de esa mañana, procurando cambiar los sucesos, cambiar su reacción, cambiar el resultado, hacer que Lalo estuviera allí con ella.

Al fin, el reloj marcó la hora de actuar. Lalo aún no había regresado y ella siguió el plan que juntos habían diseñado para un día como este. Tomó las dos mochilas que ya estaban listas en el clóset y la llave de la casa. Con cuidado aseguró todas las ventas y la puerta principal, luego salió por la puerta trasera. En el patio de atrás, no quedaba indicio de lo que había pasado esa mañana. Y no estaba Lalo. Berenice respiró profundo y luego, se dirigió hacia el punto de reunión: una cueva en el bosque, que también era su casa de seguridad.

Caminó rápido y en silencio y dentro de unos minutos, llegó al bosque en donde se oía el cantar de los pájaros y los grillos. Siguió el pequeño camino que sólo identificaban los nativos del área, sus pasos no sonaban en la tierra, aunque los daba firmes y con propósito. Había recorrido un poco más de la mitad del camino hacia la cueva, ya los grandes árboles se estaban quedando atrás, su camino la llevaba por la colina entre rocas cada vez más grandes, y de repente, algo cambió en el ambiente. Se oían menos pájaros, pero había algo más. Se detuvo un segundo. No se permitió ni respirar.

Y fue cuando los escuchó a lo lejos: ¡pasos atrás de ella!

Comenzó a correr.

El terreno rocoso era peligroso. Las piedras se deslizaban bajo sus pies. Ya no podía progresar en secreto. El ruido de las piedras, junto con su respiración pesada, gritaban su posición a los cuatro vientos. Comenzó a sentir el frío. La sombra del    monstruo     aún no la tocaba, pero el frío ya se acercaba. ¿Cómo era posible que fuera más grande que hace unas horas?

Berenice se había quedado sin aliento. Algo le quemaba en los pulmones y en las piernas, también. Escuchó los pasos del    monstruo    , cada vez más pesados, cada vez más largos.

La cueva ya no quedaba lejos, pero ¡necesitaba a Lalo! ¡Ya no podía más!

Justo en ese momento, salió Lalo de detrás de una roca, aún con terror en su rostro. Tomó la mano de Berenice y juntos comenzaron a correr.

—¡No te detengas! Sí alcanzamos a llegar! —Lalo estaba gritando de nuevo.

Berenice a penas tuvo la energía para contestar. —No puedo… tú sí… sí llegas…

La respuesta de su esposo solo fue apretar los labios. Su sugerencia había caído sobre oídos sordos. ¡Lalo jamás la dejaría ahí afuera con…esa cosa! Y el calor de la mano de su esposo le infundió ánimo. Esos pasos horribles ya no se oían tan cercanos y parecía que el frío también se estaba desvaneciendo un poco.

Al fin, llegaron a la entrada de la cueva. La puerta tenía un seguro especial que sólo abría con dos llaves y cada quien llevaba una. Sus manos temblaban y con dificultad metieron las llaves a los seguros, pero cuando lo lograron, se abrió la puerta fácilmente y en silencio. En cuanto la cerraron tras ellos, salió a la vista el que los perseguía. Se aprovecharon de las ventanas escondidas para observarlo mientras pasaba. Berenice quedó boquiabierta de terror y asco, pero Lalo no pudo con el espectáculo horrible y bajó la mirada antes de que siquiera desapareciera entre las rocas.

Era un monstruo.

Era Lalo. Pero, no el Lalo que Berenice conocía. Ni el Lalo que Lalo mismo reconocía. Era una figura de Lalo, una parte o quizás una copia, mal hecha y estirada y exagerada hasta ser irreconocible, aunque tuviera las mismas facciones.

Cuando Berenice dio la espalda a la ventana, con un suspiro de alivio, vio a su esposo, agachado en el piso, cubriéndose la cara con las manos. Y en el tenso silencio, se comenzaron a oír unos sollozos que partían el alma.

Berenice no tenía palabras. Mientras corrían juntos, él había sido el fuerte, el protector, el que la tranquilizaba. Pero, ahora… se acercó con Lalo, se sentó en el piso de la cueva y lo abrazó.

Pasaron las horas. El cielo afuera oscureció. Salieron las estrellas. Y Lalo comenzó a tranquilizarse, recargándose cada vez más en los brazos de su esposa.

Cuando por fin se recuperó, Lalo se enderezó y tomó las manos de Berenice: —Amor, lo siento mucho. ¡Lo siento tanto! —Berenice quiso interrumpir para consolarlo pero él siguió hablando y el pánico regresó a sus palabras—. ¡Es que nos va a destruir! ¡Y es mi culpa! Nos va a cansar o nos va a destruir…¡a menos de que lo podamos encerrar de nuevo! No sé cómo decirte lo mucho que lo siento. —Las lágrimas corrían de nuevo por las mejillas de ambos, pero, Berenice estaba sonriendo.

—Te creo, cariño. Mira, ya estamos juntos y por eso mismo él no podrá alcanzarnos. Tú y yo, juntos, somos demasiado fuertes para él. Eso de que tú me dejes en la casa y salgas a vencerlo solo no se vale, ¡eh! Juntos podemos hacer lo que jamás podríamos separados. Te amo, Lalo.

Lalo se limpió las lágrimas pero tenía el ceño fruncido: —¿Cómo sabes? —Berenice señaló la ventana y fueron para asomarse.

Ahí, afuera de la cueva estaba el monstruo. Pero, ¿cuál monstruo? Seguía siendo una extraña y torcida copia de Lalo, pero su ferocidad había desaparecido. Su fuerza, desvanecida. Estaba dando vueltas a una roca lentamente como confundido.

—Cuando estamos separados, él es lo peor que nos puede pasar. Pero, estamos juntos y… ¡pues, míralo! —Berenice sonrió, suspiró y sonrió de nuevo. Lalo la abrazó. Luego, tomó con una mano, las cadenas que estaban en la cueva justo para eso, con la otra, tomó la mano de su esposa y salieron juntos de la cueva.

un ataque en la esquina

Ya estaba oscureciendo y los vecinos se habían metido a sus casas. Por no dejar sola a su hermanita, Chuchito la había llevado a la tienda. Pero, la tienda estaba cerrada y no había conseguido la leche. Tendría que salir temprano para conseguirla antes de que se despertara su hermanita, tenía que estar allí para su tradición diaria. Cada mañana Chuchito se paraba al pie de la cama y cuando la niña despertaba, rodaba hasta caer en sus brazos. Así habían comenzado todos los días desde que ella tenía memoria. Mientras Chuchito calculaba el tiempo que necesitaría para salir, comprar la leche, hacer la avena y estar junto a la cama para el momento que despertaría la niña, algo interrumpió sus pensamientos.

Atrás de ellos se oían unos pasos.

Chuchito tomó la mano de su hermanita. Para no espantarla, sonrió y le dijo —¡Vamos a correr! Y llegando a la casa te doy una galleta óreo. —¡A la niña le encantaban esas galletas!

Cuando comenzaron a correro, los pasos tras ellos se aceleraron. Chuchito sacó una navaja que tenía en el bolsillo. Soltó la mano de su hermanita y susurró en su oído. —Unas carreras…¡a que te gano! —y la miró correr hacia la casa. Lo bueno que había dejado la puerta sin seguro. Justo a la vuelta de la esquina se detuvo y se volteó para enfrentarse con los pasos que le seguían. La mano con la navaja estaba a su lado, en las sombras.

Los pasos se acercaron, la persona venía casi corriendo, y de repente dio la vuelta a la esquina.

Chuchito dio un paso hacia adelante y chocó con tanta fuerza que tumbó el cuerpo ligero con el que se topó.

Y ahí frente a él en la banqueta estaba un chica. La chica comenzó a gritar y a alejarse de él sin si quiera levantarse.

—Perdón. —Chuchito rápido se metió la navaja al bolsillo y le extendió la mano pero ella se levantó de un brinco y comenzó a correr, todavía gritando.

Lo único que él alcanzó a ver fue la larga trenza que se movía mientras ella corría.

Los tiempos de la Abuela

Carla suspiró al ver la Biblia abierta sobre la mesita. 

Unos días antes su abuela había fallecido y ya estaban metiendo todas sus pertinencias a estas cajas de cartón. Su mamá estaba en la sala, llorando al guardar las figuritas de cristal que había coleccionado la abuela a través de toda una vida. Suponía que su papá seguía limpiando la cochera. Carla se preguntó por qué le habían dejado lo más difícil a ella. ¡La habían enviado a guardar las cosas de la recámara! Allí donde estaba toda la ropa que aún tenía el aroma al perfume de su abuela, allí donde aún estaba su argolla de matrimonio sobre el tocador, en la charolita plateada que tenía grabado su nombre: Evelina Abitahan, allí donde estaba la Biblia aún abierta sobre la mesa que estaba a un lado de la cama. 

Él les respondió: 

—A ustedes no les toca saber ni los tiempos ni las ocasiones que el Padre dispuso por su propia autoridad. 

El versículo estaba subrayado pero Carla nunca había entendido por qué su abuela lo citaba tanto. Habiendo tantos versículos consoladores sobre el carácter de Dios… y ya no tendría la oportunidad de preguntar.

 

Se talló los ojos y abrió el cajón de la mesita para empezar a vaciarlo. Sacó unos pañuelos blancos, bordados que olían a flores. Sacó un pequeño frasco de agua de rosas. Y luego, sacó un libro. Parecía que estaba forrado de piel y pensó que era otra Biblia, pero nó, era muy delgado. Lo abrió y de repente una luz blanca llenó la recámara. ¿Era una pantalla? Clara lo tocó y se sorprendió cuando pareció moverse la pantalla, ¡como si fuera una hoja de papel! Se dio cuenta de que era un libro pero cada página estaba alumbrada como si fuera una pantalla. ¡Nunca había visto algo así! Estaba a punto de llamar a su mamá cuando vio que había dos pequeños símbolos al pie de cada página: una bocina y un rectángulo. Tocó la bocina y dio un brinco cuando oyó la voz de una mujer. ¿No había cómo cambiar el volumen? Encontró el botón y lo bajó. Luego, se regresó a la primera página y, emocionada por descubrir más, tocó el símbolo del cuadrito que no reconocía. Pegó otro brinco cuando de la pantalla en sus manos se proyectó al techo el video de una joven que se peinó el cabello oscuro con los dedos antes de hablar. 

— La Capital de México a 15 de junio de 2854. Este diario es el primero que me compro con mi propia moneda. Por eso decidí comprar la versión forrada en piel, sé que es un lujo pero no creo volver a tener la oportunidad de gastar tanto en algo personal. Además, este diario será el más especial hasta el momento. —La chica sonrió—. Este diario es el primero en el que mencionaré un nombre muy especial: Antoni. Conozco a Antoni desde hace tiempo, es del sur pero vino a la Capital por el trabajo. Trabaja con la Fuerza de Defensa Espacial. Como yo trabajo con la Organización de los Planetas Unidos, no tenía por qué conocerlo, ¡fue chiripa! Pero, hace unos meses, me pidieron organizar un evento conjunto de la FDE y la OPU y allí fue donde nos conocimos por primera vez. No tardamos mucho en conocernos bien y muy pronto él conoció a mis papás y yo a los de él. Nuestros valores son los mismo a pesar de trabajar en organizaciones que parecen tan opuestas. ¡Los dos estamos allí por las mismas razones! ¡Estamos seguros de que Dios nos llevó a conocernos ese día! Sé que en muy poco tiempo me va a proponer el matrimonio. Y estoy totalmente lista para decir que sí. Juntos podremos hacer tanto por nuestro planeta, ¡juntos podremos honrar al Creador cuidando su creación! Creo que nunca he sido tan feliz. 

La recámara quedó oscura de nuevo. Carla no podía creer lo que acababa de oír y ver. Era como una historia del futuro… pero, ¿cómo? Dio la vuelta a la página y el libro comenzó a brillar de nuevo. Pulsó otra vez el símbolo del proyector. 

— La Capital de México a 23 de junio de 2854. ¡Lo hizo! ¡Me propuso matrimonio! ¡Y después de sólo unos meses de conocernos! ¡Pero soy la mujer más feliz de los planetas! Y Antoni el hombre más lindo. ¡Mira, estoy llorando de felicidad! Sé que Dios tiene grandes propósitos para nosotros. En la oficina no pueden creer que me vaya a casar con alguien de la FDE, ¡pero es la persona correcta! Mis papás están felices porque conocen sus principios y él ha sido muy respetuoso con ellos. Ahora, empieza el caos de planeación de ceremonia de unión. Claro, siempre he soñado con una ceremonia como las bodas antiguas, con todo y flores, vestido blanco y argollas de oro, pero… lo antiguo es caro. Antoni cree que sería mejor gastar esa moneda en preparación de un hogar y una vida juntos. Y estoy de acuerdo… entonces probablemente hagamos una ceremonia de unión ordinaria: decoraciones de cristal, un sarí con bordado azteca para mí, y para él su uniforme, el changshan azul marino, y argollas láser. Es la opción más práctica. Lo que no hemos hablado es en dónde vamos a vivir. Mi departamento es muy céntrico, pero pequeño. Él tiene un condominio más amplio pero tiene un diseño totalmente jupiteriano y no me gusta. Además, el trabajo de ambos queda más lejos… a ver qué hacemos… ¡Ah! Y entre tanta emoción se me olvidó también algo muy importante. En el trabajo me están ofreciendo otra posición. Hasta ahora mi título ha sido “Intermediaria Suplente de la OPU al Planeta Tierra” pero ahora el Intermediario oficial, mi jefe, está listo para jubilarse. Me dijo que se quiere mudar a Marte, porque ahí hay muchas buenas actividades. ¡Yo jamás me iría ahí! ¿Por qué no Saturno? ¡Me dicen que es mucho más bonito que Marte! O ya que uno se va a mudar, pues a Casiopea en Andrómeda, ¿no? ¡Que sea una verdadera aventura! Pero bueno… cada quién. Pues, obviamente, a mí me ofrecieron el trabajo de mi jefe y estoy ¡súper feliz! Aún no le he contado a Antoni, porque me lo acaban de ofrecer hoy. Tengo hasta la próxima semana para darles mi respuesta final, pero obvio ya les dije que sí. Ya no estaría limitada a organizar eventos sociales entre organizaciones, sino podría realmente hacer una diferencia en comités, juntas y reuniones de las naciones de la Tierra y otros planetas. ¡Qué privilegio! ¡Qué oportunidad tan grande! 

— La Capital de México a 29 de junio de 2854. Tenía varios días sin ver a Antoni. Parece que ahorita lo invitaron a participar en un proyecto muy grande y me da gusto por él. Está emocionado, y me dijo que dentro de unas semanas estará un poco más libre y podrá ayudarme con los planes de la ceremonia de unión. Mientras tanto, estoy ya preparándome para tomar el lugar de Intermediaria General de la OPU al Planeta Tierra. Aún no les he dado mi respuesta oficial pero, bueno… hoy por la mañana Antoni me llamó y me preguntó si podía salir a desayunar con él. Cuando lo vi, en lugar de llevarme a un restaurant me llevó a una bodega aérea. ¡Fue lo más raro del mundo! Tuvimos que dejar identificación oficial en la puerta, pero él me dijo que perderme el desayuno y todo el trabajo de firmar a la entrada y que nos tomaran foto y todo valía la pena… ¡y qué sorpresa me llevé! ¡Lo que me mostró fue algo increíble! Resulta que en el planeta Tierra hace unos 38 años, ¡alguien inventó un transporte temporal! Digo siempre se han oido rumores, pero resulta que la FDE la compró junto con los derechos de uso y luego solicitó que se clasificaran como Secretos Planetarios para evitar que cayeran en manos de alguien más. Allí está el transporte, sólo que nadie lo puede usar. Y ningún otro planeta lo sabe. Aún aquí, sólo hay rumores. Resulta que la FDE hasta saca rumores falsos para que nadie se entere de lo que realmente hay. Creo que en teoría Antoni no debe habérmelo mostrado, pero todo lo hicimos según el procedimiento y obvio no lo voy a decir a nadie… ¡y menos en el trabajo! Antoni me dejó en la oficina y justo le iba a decir de mi oportunidad cuando le llamaron de urgencia. Así es la vida de un oficial de la FDE. Le tendré que decir el sábado. El sábado me dice que ya estará más libre aunque no habrá terminado el proyecto. 

— La Capital de México a 1 de Julio de 2854. No sé qué hacer. Hoy salí a cenar con Antoni. Me contó cuál es su proyecto tan emocionante y que le ha quitado tanto tiempo últimamente. La FDE lo quiere enviar a su estación en Venus ¡y él quiere ir! ¡Quiere que vayamos! Me contó con tanta emoción todo lo que podría hacer para la protección de nuestro planeta allá, y supuso que en la OPU podría solicitar que me transfirieran a las oficinas de Venus. Supongo que sí, pero… ¡jamás lo consideraré! ¡No sé qué está pensando! ¿Cómo irnos de este planeta que tanto amamos? Aunque sea para protegerla… ¡no me voy a ir! Estoy enojada con Antoni. Y triste. Fue una conversación tan larga y complicada que ni tiempo me dio de darle mis noticias sobre el puesto nuevo que me están ofreciendo en la OPU. ¿Cómo lo voy a persuadir que se quede? 

— La Capital de México a 3 de Julio de 2854. Antoni y yo tenemos tres días peleándonos. Por fin le conté sobre el puesto que me ofrecen. Él obvio, supuso que les diría que no. Pero… si he trabajado tanto para por fin tener una voz en los comités interplanetarios. Por fin tendré el poder para hacer más que organizar fiestas. ¡Por fin, tendré un verdadero efecto sobre el futuro del planeta! ¡Y él se quiere ir! No sé ni como piensa ayudar a proteger a la Tierra desde Venus! 

Ay… bueno, es injusto decir eso. Sé que cada estación de la FDE tiene su razón de ser y si lo van a mandar para allá es por que hay algo que hacer ella. Pero… ¿cómo vamos a arreglar esto? Él se quiere ir. Yo me quiero quedar. Y esos valores compartidos en los que yo tanto confiaba son los que nos están llevando a dos planetas distintos. ¿Dónde está Dios en esto? ¿Por qué permitió que nos conociéramos si quiera? ¿Para qué si sólo nos iba a guiar en dos direcciones distintas? 

— La Capital de México a 10 de Julio de 2854. Pues ya. Ya se fue. Y obvio yo no fui. Me siento totalmente vacía. Él se fue aún convencido de que lo correcto es estar en Venus. Y yo no puedo más que pensar que debo permanecer en Tierra. No sé qué voy a hacer. Ya me ascendieron de puesto oficialmente, tengo mi primera junta en un mes. Pero, no tengo motivación. Sé que yo quería ayudar a proteger la Tierra pero ahorita, no sé ni para qué. Quizás todos los demás que viven aquí deben hacer algo por ella. Si ellos tienen ganas de vivir que se pongan a protegerla Tierra, ¡por que yo no quiero! 

¿Qué voy a hacer? ¿Seguir trabajando como si la persona más importante del planeta no se hubiera ido? ¿Voy a seguir diciendo “Buenos días” como si realmente fueran buenos? 

¡Mira! Otra vez me está llamando mi mamá. No sé por qué. No tengo nada que hablar con ella ni con nadie. ¿De qué vamos a hablar? ¿De que no tengo ni quiero futuro? ¿De que lo que según yo Dios me mostró sobre su plan para mi vida fue una mentira? ¿Qué me va a decir? 

Es cierto… no tengo ni quiero futuro. Quisiera vivir eternamente como había vivido hasta la semana pasada…

Jajaja… si sólo tuviera acceso a ese transporte temporal… jajaja.

Espera. ¿Por qué no? Usarlo es ilegal. ¿Y qué? ¿No acabo de decir que no tengo futuro? ¿Qué importa si me ven o me atrapan? En el mejor de los casos estaré viviendo mi vida de nuevo. Y en el peor… sigo sin futuro. ¿Y Dios? No sé… Dios no me ha contestado en estos días. ¿Dios qué me va a decir? Me voy. Hoy por la noche voy a entrar a la bodega aérea y me voy a regresar al año en que nací. ¿Qué voy a necesitar? ¿Qué me llevaré? Hmmm…  sólo este diario. Me lo voy a meter a la ropa. Así jamás olvidaré este momento. 

— La Capital de México a 10 de Julio de 2854. Ya estoy adentro. No me costó mucho meterme. Como es bodega aérea no hay mucha seguridad por las noches. Sólo un soldado y me metí cuando él se fue a checar el sonido de un cristal que se rompió atrás de la bodega. ¡De todos modos no me gustaban esos vasos que me regalaron en la oficina! Traje unas unidades de energía por si no estaba lleno el tanque del transporte temporal, primero las voy a insertar y luego no tendré mucho tiempo para poner la fecha después de arrancarla porque el ruido va a alertar al guardia… aquí vamos. ¡Auch! Está vieja esta máquina me pellizqué los dedos. Ok, ya están las unidades en su lugar. Y arranco… ¡pero qué ruido hace! ¡Ay no! ¡Ya me oyeron! ¿Dónde quedó el teclado de las fechas? 2 de Febrero de 2854. ¡Ya! 

La pantalla del libro se volvió negra. Carla rápido la tocó de nuevo para seguir escuchando la historia de la mujer tan atrevida como para robarse una máquina del tiempo. Pero las siguientes páginas estaban en blanco. ¿Qué le habría pasado? 

Pensativa, cerró el forro de piel, pero en lugar de guardar el libro en la caja, lo metió a su mochila. Tendría que pedirle permiso a su mamá para quedarse con él. En el cajón sólo quedaba una cobija de bebé, suave, blanca y con las iniciales de su abuela en una esquina, E. A. Justo en ese momento, entró su mamá en la habitación. 

—¡Carla! Te estoy llamando desde hace 5 minutos. 

—¡Perdón, mamá! No te oí. 

—Pues, sólo para decirte que vamos a pedir pizza. Una de pepperoni y la otra ¿de qué la quieres?

Carla ya no estaba oyendo a su mamá. Estaba viendo su cabello. Ese cabello largo, lacio y negro. 

—Mamá, ¿qué sabes de las máquinas del tiempo? 

—Clara, te estoy preguntando sobre las pizzas. Ahorita hablamos de eso. 

— De pepperoni. ¿Alguna vez has estado en una?

— ¿En una qué? Ya te dije que de pepperoni íbamos a pedir. ¿De qué pedimos la otra? 

—Pues, de lo que sea menos Hawaiiana. En una máquina del tiempo. 

—Ok, dame un segundo. —Su mamá desapareció por las escaleras mientras Carla doblaba la cobija. Cuando regresó, se sentó en la cama y miró a Carla a los ojos. 

—Ya regresé. ¿Por qué tantas preguntas de la máquina del tiempo? 

—Ah… no. No tienes los ojos iguales. Nomás el cabello. Ya nada. 

—Aaaahhh… ¿te refieres a tu abuela? Siempre me han dicho que me parezco mucho a tu abuelo, pero heredé el cabello exacto de tu abuela. 

Carla frunció la ceja, su idea no podía ser la correcta… ¿o sí? Puso la mano sobre la cobija en la caja. 

—¿Y esta cobija era de mi abuela cuando era bebé? Veo que tiene sus iniciales. 

—Sí. De hecho, tu abuela tiene un pasado un poco triste… como ya sabes, tu abuela no fue hija biológica de sus padres. Pero, nunca te había dicho que la encontraron abandonada afuera de un hospital. Pobrecita, en febrero hace un frío tremendo y lo único que llevaba era esta cobija. 

Carla no pudo contenerse. 

—¿En febrero de qué año? ¿No tenía otra cosa con ella? ¿Como un libro? ¿O una carta? ¿O algo?

—Que yo sepa no. Pero, nunca me quiso contar ella la historia. Su mamá me la contó a escondidas una vez. Sólo sé que la encontraron envuelta en esta cobija el 2 de febrero de 1927. Era una bebé de meses. 

—Mamá, ¡qué historia tan interesante! ¿Por qué nunca me habían dicho? 

—No sé. Yo siempre pensé que a tu abuela no le gustaba hablar de eso. Siempre cambiaba el tema cuando surgía, no se enojaba. De hecho, siempre sonreía antes de salir con otro tema de conversación. Fue una de esas cosas que nunca le pregunté.

Se quedaron en silencio. La mamá de Carla pensando en los recuerdos de su mamá y Carla mordiéndose la lengua para no soltar el secreto. 

—Pues, voy a bajar. Vente dentro de unos 15 minutos para comer.  —Su mamá salió del cuarto y Carla cerró la puerta tras ella. Sacó de nuevo el libro y lo volvió a abrir. Pulsó el botón de proyector para ver la cara de la joven mujer. ¿Su abuela? Tenía que buscar una foto de ella de joven. Abrió el closet y buscó en los cajones del tocador, pero no encontró ni una foto. Pensó que quizás encontraría álbumes de fotos en la sala, pero ¿cómo explicarle a su mamá para qué quería ver las fotos? Mientras pensaba en cómo decirle a su mamá, hojeaba las páginas del diario sin realmente verlas. Entonces, al llegar al final, la penúltima página cayó abierta. ¡Tenía letras escritas! 

No satisfecha con sólo leer este diario maravilloso, buscó el símbolo del proyector al pie de la página y lo pulsó. Se volvió a alumbrar el techo de la recámara.

— La Ciudad de México a 12 de enero de 2019. Siento que debo terminar esta historia. Nunca he intentado grabar en este diario desde la última entrada porque no sabía si funcionaría… la tecnología ha cambiado tanto… 

Pero bueno, la razón por la que estoy aquí hoy es un error mío. En las prisas de escaparme del guardia de la boda aérea…jajaja ¡qué raro se siente hablar de esas cosas después de tantos años de silencio! Pues, en las prisas pulsé mal la fecha. El transporte temporal me llevó a donde lo pedí y en la condición que yo quería. Por un error de dedo, llegué como bebé el 2 de febrero de 1927, en lugar del 2 de febrero de 2827. Para mí, en ese momento fue un error, pero con los años, he visto que Dios no comete errores. Él me trajo a un lugar y un tiempo en el que por un lado, ¡no tuve opción más que quedarme en este planeta! Jajajaja… Y por otro lado, esta época me ha enseñado cosas sobre la paciencia y la tolerancia que creo que jamás hubiera aprendido en mi época nativa. 

Estoy tan agradecida con Dios porque me trajo a un tiempo en el que yo pude conocerle mejor. En este tiempo, tan distinto al mío, tuve una niñez increíble, una niñez imposible en el siglo XXIX. No pude obtener un trabajo como el que había tenido, pero el trabajo que Dios me dio en esta época fue de enfermera. Y en este trabajo también, Dios me trajo a un buen hombre. Mientras que el amor de mi primera vida fue Antoni, jamás hubiéramos podido envejecer juntos. Pero, Juan Adelardo García Fournier ha sido para mí el esposo de mis sueños. Juntos servimos a Dios, criamos una familia y envejecimos. No fueron tiempos fáciles. La vida en el siglo XXI, ¡es tan difícil como se rumora en los siglos siguientes! Pero, fueron tiempos en los que Dios se mostró bueno. Lo que yo hice, en un berrinche inmaduro como una joven desesperada, Dios lo usó para mi bien, y espero, también para el bien de Antoni. Estoy segura que él pudo servir a Dios mejor sin mí, en su puesto en Venus. Y sé que mi Juanito y yo pudimos servir mucho mejor a Dios donde y cuando Él nos puso. 

Quería grabar una última entrada porque tengo 92 años, ya se fue mi Juanito y siento que se acerca el tiempo en el que iré ya también a estar con mi Señor. No sé si alguien encontrará este libro. No sé si pueda llegar a manos de mi familia en la Capital en el año 2854. Me gustaría que ellos supieran lo feliz que he sido y lo mucho que Dios me ha enseñado.

La pantalla se apagó y Carla cerró el libro por última vez. Estaba llorando. Eran lágrimas de felicidad al volver a ver a su abuela, al oír su voz pero también eran lágrimas de tristeza por la pérdida de una mujer tan increíble. 

Fue así como su mamá la encontró. 

—Carla, ¡te dije que… ah, ver ¿qué pasó, mija? ¿Por qué lloras? —Su mamá la abrazó y el libro cayó olvidado debajo de la cama. 

— Ya cariño. Yo sé que es una pérdida muy grande. Todos estamos tristes porque se fue, pero la veremos algún día en el cielo. No lloramos sin esperanza. Ella te amaba tanto… ¿Sabes que a ella le encantaba cuidarte de bebé? Decía que tu curiosidad te haría una gran aventurera, que serías como un Antoni. Supongo que estaba confundida con Alejandro el Magno…