Las manos

Imagen de Jeremy Yap en Unsplash
Manos abiertas,
Dios las llena.
Manos cerradas,
Dios no obliga.
Manos abiertas 
todo reciben,
todo entregan.
Rebosando,
bendiciones 
dan a otros.
Luego ofrendan
sufrimientos
al Señor.
Manos abiertas
Dios las llena.
Manos abiertas
¡viven todo!
Manos cerradas
Dios no obliga, 
nada reciben.
No sacrifican,
ni comparten,
nada sufren.
Miserables,
nada tienen,
nada dan.
Manos cerradas 
Dios no obliga. 
Manos cerradas
nada viven.
Manos abiertas,
Dios las llena.
Manos cerradas,
Dios no obliga.

Reseña: Faltas cortas para mentes largas

Faldas cortas para mentes largas de Diana Giraldo fue publicado por la Editorial Letra Minúscula en noviembre del 2020. Conseguí la versión electrónica y lo leí en un par de días. Los cuentos cortos de esta autora resultaron adictivos, están bien escritos y te cautivan desde el inicio de cada uno. 

Siento un conflicto acerca de este libro. La autora nos dio unos cuentos extremadamente bien escritos. Me llevaron a la vida y situación de cada personaje. Me llenaron de lo que sentía cada una: ira, resignación, orgullo… y de ahí mi conflicto, porque pocas veces sentí esperanza. Dicho eso, en estos cuentos veo reflejada a mi amiga, a su tía, a una prima… La autora logró plasmar la vida como es, especialmente para la mujer en latinoamerica, y lo hizo muy bien.

Los cuentos están organizados en categorías dependiendo del tema: Resignadas, Sueños, Maternidad, Liberación, Hombres, Propósito y Complejidades. La colección de citas, refranes, preguntas y poemas al inicio de cada categoría delata que estos cuentos no se tratan de entretenimiento, sino que fueron escritos para hacernos reflexionar.

Entre los cuentos sobre mujeres resignadas, hay uno sobre varias mujeres que quedaron embarazadas, engañadas por un hombre ya casado:

“La madre del niño se llenó de valor y caminó como pudo, por las calles de la vida tomada de la mano de su bendición. Así lo hizo. Por pura dignidad.”

En la categoría de Sueños, encontré el inicio de la historia que más disfruté. La historia de una mujer que pasa la vergüenza de que su sobrino eligió una chica no digna de él. 

“Preciso, mi sobrino se casó con una doña nadie, una muchacha joven pero sin apellido, sin familia, sin belleza, sin riqueza… y yo me voy a encargar de arreglar a la esposa para presentarla ante la sociedad. Qué estrés, arreglar a alguien que no tiene arreglo para que quede aceptable.”

La historia termina en la categoría de Liberación con el punto de vista de la nueva esposa, en un cuento llamado “La fea”.

“Y fue el tiempo, el que le permitió ver en el espejo su belleza, los logros alcanzados, las cualidades que la hacían única e irrepetible… descubrió… su fuerza.”

El libro termina con una carta a la lectora. Las lecciones sobre cobrar fuerza, salir adelante, esperar un mejor futuro, etc. que la autora desea que aprendamos se encuentran allí, de manera muy clara. Sin embargo, muchas personas no leen los prólogos ni las introducciones y me temo que tampoco leerán esta carta de la autora al final del libro; es por eso que me hubiera gustado ver más esperanza en los mismos cuentos.

Este estilo de obra es precisamente el que disfruto más: descripciones de la vida cotidiana que te llevan a experimentar lo que vive el protagonista. Y el talento de la autora es evidente en la forma en que me hizo sentir lo que experimentó cada protagonista. Quizás no encontré mucha esperanza en los cuentos porque muchas mujeres así viven su vida… sin esperanza. Pero, en mi opinión, un libro cristiano precisamente de eso se trata: de señalar la esperanza que tenemos en Cristo, sin importar las circunstancias. Es es la única, gran falla que tiene esta colección de cuentos tan bien escritos.

Casi te pierdo.

Casi te pierdo. 

Como cuando el viento se lleva una carta de amor,

de un momento para otro

casi te pierdo. 

Casi te me vas. 

Como cuando al atardecer desaparece el sol,

de un momento para otro

casi te me vas.

Casi me dejas.

Como cuando al voltear, la mariposa ya no está,

de un momento para otro

casi me dejas.

Casi te pierdo. 

Pero cuando abrí los ojos todavía estabas aquí. 

Y de un momento para otro

te tengo otra vez.

Caminando por San Esteban

El muchacho me miró caminando por la calle empedrada y me ofreció su brazo. Me apoyé en él, pos porque ya no camino como antes, ni miro como antes y me puedo tropezar. Ese muchachito que acababa de comprar la casa de Goyo. No me conocía muy bien, pero muy respetuoso, él. Y yo soy de allí, de San Esteban. Tengo 75 años en la misma casa, en el mismo terreno de mi pa.

Me miró quién sae cómo… alamejor con tristeza o compasión… Pues, es que ya no stoy tan fuerte como antes, como él. No… de joven yo también caminaba derechito y con los hombros hacia atrás. No es por nada, pero sí me miraba muy bien, yo. Y más cuando me ponía mis botas vaqueras con mi cinto de cuero los domingos pal baile. Sí, en esos días yo caminaba derechito como él. 

Saludamos a la nieta de mi compa Moncho. Ramón, pues, se llama, pero desde chiquillo le decíamos Moncho. Se me hace bonito que este muchachito salude a todos tan amable aunque no sea de aquí. Bueno, saludó más amable a la chiquilla que a doña Angelita, la de la tienda… pero, pos, ¿quién no? Doña Angelita de angelita no tiene nada… es bien gruñona. Y la muchachita esta…uufff…se parece a su abuela, Carmela. Ay, Carmela era una hermosura cuando Moncho y yo andábamos atrás de ella, los dos. Al final, se decidió por Moncho y pos, qué le íbamos a hacer. Me dijeron que me fuera pal norte y que con los dólares me la ganaba pero pos no le iba a hacer eso a mi compa. Moncho siempre fue bien derecho conmigo y yo con él, aunque los dos quisiéramos a la misma mujer. Pero sí… volvió a salir la hermosura pura de Carmela en su nieta y pos como que mi vecinito nuevo se dio cuenta.

Llegamos cerca de la casa. Goyo y yo construimos nuestras casas casi pegadas. Se me hizo bien triste cuando Goyo se murió y pos sus hijos ya no quieren regresar a San Esteban. Ellos se fueron a vivir a colonias más modernas con nombres elegantes como la Ciudadela y los Prados del Fresno o sabe qué árbol. Extraño al Goyo. Ya casi nadie queda que vivió lo que nosotros vivimos. Nadie se acuerda de cuando pasaban los revolucionarios a llevarse a los hombres a pelear y las mamás escondían a sus chamacos. Ni de cuando se acabó la guerra y nos empezaron a repartir los terrenos que ahorita ya todos vendieron a gentes que vinieron a poner casonas y tiendas en vez de tener parcelas y animales. Y pos está bien tener lugares bien bonitos pero, yo digo que ¿qué tenían de malo nuestras casitas? Miro a la gente igual de feliz o hasta menos felices que uno… y pos yo con Goyo siempre platicaba de esas cosas. Ora… ¿con quién voy a platicar? Este vecinito ya me viene diciendo cómo quiere mejorar la casa y pos yo pienso que no le interesa saber de nuestra vida antes, cómo era y cómo salimos adelante. 

Le voy a dar las gracias al muchachito por ayudarme y ofrecerle un vaso de agua. No creo que se quede a platicar. Yo siento que tiene ganas de meterse rápido a su casa, siempre dice que tiene mucho trabajo por interné. Yo me acuerdo de cuando nos sentábamos afuera de las casas a platicar y es cuando más extraño a Goyo y a mi Ofelia. Carmela me rechazó, pero Ofe sí quiso conmigo y fue la mejor mujer que conocí. Siempre me trato bien mi Ofelia y cuando no, pos era bien merecido. Y platicábamos con Goyo y su mujer afuera de la casa en las sillas que Ofe tejía. Pero, si le ofrezco una silla y un vaso de agua a este muchachito no se queda porque tiene bien mucho trabajo. 

Mi casa sigue de la de Goyo… pos ya no de Goyo, ¿verda? Ora ya es casa de este muchachito…¿cómo se llamaba? Ricardo. No sé si ya se cansó de ayudarme a caminar. Es que ya no camino como antes, ni miro como antes. Yo me venía por estas calles cuando eran de tierra. Caminaba derechito y a veces andaba a caballo por aquí y pos, me decían que bien galán. Pero… ya no. Ya estas calles son para Ricardo y los demás jovencitos. Ya no son mi calles.