7 cosas que no sabía antes de ser maestra de la escuela bíblica

¡Ser maestra de la escuela bíblica fue una de las bendiciones más grandes en mi vida de adolescente! Esa oportunidad que Dios me dio me enseñó muchísimas cosas. Hoy, les comparto siete de ellas.

  1. Si les muestras amor sincero, los niños te responden con amor sincero.
  2. El amor de esos niños te ilumina la vida.
  3. ¡Se aburren fácilmente!
  4. Tienes la capacidad de transformar sus vidas.
  5. Es importante motivarlos en la clase, pero no es difícil ni caro.
  6. Es una excelente manera de aprender a compartir el evangelio de manera sencilla.
  7. Tú puedes ser la razón por la que no se pierden la escuelita bíblica por nada, o puedes ser la razón por la que nunca vuelven.

¡Espero esta lista te anime a ser maestro o maestra de una clase bíblica! Cambiará tu vida cristiana, te lo prometo.

un poco de gramática para estudiar la Biblia

¿Te gusta la gramática?

A mí, me fascina todo lo que tenga que ver con el idioma, ¡pero Ricky me dice a cada rato que no es tan interesante para otra gente como para mí!

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 Imagen de Kinga Cichewicz en Unsplash

Pero, hoy sí quiero hablar un poquito acerca de la gramática porque quiero mostrarte algo que puede ayudar mucho a entender pasajes en la Biblia.

Es algo bastante básico, pero sí requiere de un poco de práctica para que realmente sea de ayuda en tu lectura y estudio de la Biblia.

¿Recuerdas cuando aprendiste en la escuela cómo dividir una oración o un enunciado?

Se divide en dos partes: el sujeto y el predicado. Ahora, esas dos partes se pueden dividir más pero por el momento no tenemos porqué ir más allá. El sujeto, como recordarás, es la parte que contiene la cosa, persona, objeto o idea del enunciado. El predicado, incluye lo demás, específicamente, es lo que hace o lo que se le hace a esa cosa, persona, objeto o idea.

Por ejemplo, en el enunciado: El perro café se detuvo en la banqueta. “El perro café” es el sujeto, de lo que trata el enunciado y “se detuvo en la banqueta” es el predicado, lo que hizo.

Pero, lo más útil, al menos para mí, al estudiar un versículo o un pasaje es identificar dos palabras solamente: el núcleo de cada parte.

Es decir, el sustantivo más importante del sujeto y el verbo más importante del predicado.

En nuestro ejemplo: El perro café se detuvo en la banqueta. El núcleo del sujeto es: perro. Las demás palabras no son tan importantes. Igual, el núcleo del predicado es se detuvo, porque las demás palabras no son esenciales.

¿Cómo lo sé? Si digo: “perro se detuvo”  se entiende la idea principal de lo que sucedió. Lo demás sólo le agrega detalles, el color del perro y el lugar en el que se detuvo.

En los siguientes ejemplos, sucede lo mismo.

…por cuanto todos pecaron

(Sujeto: todos

Verbo: pecar)

…la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

(Sujeto: dádiva

Verbo: ser)

…también viviremos con él…

(Sujeto: nosotros, no se dice, pero se entiende

Verbo: vivir)

Unos ejemplos más complejos:

…para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

(Sujeto: aquel

Verbo: perderse, tener)

…habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

(Sujeto: ojos

Verbo: ver)

¿Por qué incluyo esta entrada en un blog sobre ser misionero?

Pues, si quieres compartir el evangelio, es muy importante saber qué dice la Biblia. Es importante poder estudiarla y entender lo que quieren decir los versículos.

A veces, al leer los versículos, uno se puede perder entre tantas frases y siempre es de ayuda poder identificar el sujeto, es decir quién o qué está llevando a cabo la acción o recibiendo la acción y poder identificar qué es lo que está haciendo o lo que se le está haciendo, es decir cuál es la acción.

¡Espero estos ejemplos te hayan ayudado e inspirado para que la próxima vez que estudies tu Biblia puedas identificar fácilmente de quién se trata el texto y qué está haciendo!

el error #1 al responder a las preguntas del incrédulo

Imagínate lo siguiente: estás disfrutando el lonche en unos minutos libres que tienes. Un compañero que no es salvo, se acerca, se sienta frente a ti y te hace una pregunta. —Tu sabes de la Biblia, ¿verdad?

—Sí,— le contestas —algo. Soy cristiano—.

Y te empieza a hacer preguntas sobre Cristo, sobre su madre, sobre lo que sucede después de morir.

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Imagen de Juri Gianfrancesco en Unsplash

¡Es emocionante!

A mí me ha pasado y ¡me encantó! Hay pocos creyentes que no sentirían entusiasmo por una conversación así.

Pero, hay un error que yo he cometido, que he oído a otros cometer y que probablemente tú también has cometido al responder a sus preguntas: no escuchar.

Ahora, ¡obviamente para contestar las preguntas uno tiene que poner atención! Pero no me refiero a simplemente escuchar las palabras y responder a las preguntas de manera abstracta. Eso lo hemos hecho casi todos. Me refiero a realmente escuchar a la persona.

Cuando alguien hace preguntas así, es porque algo está sucediendo en su alma.

Y una de las mejores cosas que podemos hacer, es hacerle más preguntas para saber por qué está haciendo el tipo de preguntas que está haciendo, qué no sabe, cuáles prejuicios tiene, de qué situación están surgiendo estas preguntas.

Las preguntas sobre el evangelio nunca se hacen en un vacío.

El incrédulo que está haciendo las preguntas tiene un contexto emocional, cultural e intelectual que está provocando las preguntas y nos incumbe saber todo lo posible sobre eso al contestar las preguntas. Por ejemplo, la misma pregunta: “¿Por qué existen cosas malas en el mundo si Dios es bueno?” debe responderse de una forma muy diferente dependiendo si la persona que hace la pregunta es una joven activista que quisiera negar la existencia de Dios por todo el sufrimiento que ve o si es una mamá religiosa que acaba de sufrir un aborto.

Cuando alguien se acerca a nosotros para hacer preguntas sobre Dios y su Palabra, ¡es fácil emocionarnos y comenzar a responder como nosotros queremos y simplemente predicarles el evangelio!

Pero eso es un error.

Tomemos el tiempo de responder con preguntas, de realmente escuchar con amor divino a esa persona, de al menos hacer el esfuerzo de comprender su punto de vista, para así responder con palabras de gracia, sazonadas con sal, sabiendo cómo debemos responder a cada uno.

la mejor capacitación para el predicador del evangelio

Yo sé que no a todos les encantan los niños como a mí. Y sé que no todos se sienten cómodos siendo maestros de la escuela dominical. También, sé que muchas veces las clases de las escuelas bíblicas se dejan a las hermanas.

Pero, creo que cada hermano debe ser maestro al menos durante un tiempo, porque una de las mejores maneras de aprender a predicar el evangelio.

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Imagen de Taylor Grote en Unsplash

Un predicador del evangelio explica el evangelio a personas cerradas, cínicas y cansadas. Eso puede ser difícil y es mucho más fácil explicar el evangelio a caras inocentes, entusiasmadas y abiertas. Entonces, un grupo de niños es el mejor lugar para empezar a predicar el evangelio para el que a penas comienza. Será de más ánimo para él porque verá reacciones sinceras en las caras de su público al explicar el evangelio. Además, los niños perdonan errores y nervios muchísimo más que los adultos porque nada les da pena y no entienden que al adulto le podría dar pena. Entonces, cuando el maestro dice algo mal o comete algún error no pasa nada, su público lo sigue respetando y escuchando.

Es bueno practicar el hablar en público con los niños antes de ponerse de pie frente a un público de adultos que notarán los nervios y los errores del predicador nuevo.

Los niños se distraen fácilmente y se requiere de creatividad para mostrarles las verdades del evangelio a través de algo tangible, ya sea dibujos, modelos de plastilina o muñequitos de papel. Y los niños no son educados, ¡si algo les aburre el maestro rápido se dará cuenta porque estarán jugando y platicando a media clase! Entonces el maestro aprenderá a siempre observar a los que le oyen y hacer más interesante su presentación si ve caritas aburridas.

Esto ayudará al predicador del evangelio a siempre tener en mente la atención de su público e ilustrar estas verdades tan importantes de una manera que les llamará la atención.

Quizás la razón más importante por la que un predicador debe primero ser maestro de una clase bíblica es esta: las mentes pequeñas no siempre pueden entender los conceptos abstractos del pecado y el perdón. Entonces, el maestro se ve obligado a expresar las doctrinas más sublimes en los términos más sencillos. Y mientras mucha gente cree que eso solo es necesario con los niños, la verdad es que la sencillez es igual de importante cuando uno comparte el evangelio con adultos que no conocen el evangelio.

Ese vocabulario sencillo que aprendió mientras enseñaba a los pequeñitos le ayudará mucho al exponer el evangelio ante adultos que no conocen a Dios, ni creen en Cristo.

Así que, mi recomendación personal es que todos los hermanos, pero especialmente los hermanos que quieren predicar el evangelio sean maestros de la escuela dominical. ¡Esa experiencia les dará herramientas para compartir que usarán el resto de su vida!

3 cosas que necesitas para compartir el evangelio

Para compartir el evangelio necesitas 3 cosas y son las siguientes.

1. El deseo.

Es inusual que el creyente no tenga el deseo de compartir el evangelio. Puede ser por diferentes motivos, pero el deseo allí está. Quizás un creyente tenga el deseo porque ama a la persona y no quiere que vaya al infierno. Otro quizás porque sabe que es mandato de Dios y debe obedecer. Si no tienes el deseo de compartir el evangelio, pídelo al Señor porque Él quiere ayudarte a hacer su voluntad, pero si sigues este blog ¡es probable que el deseo no es lo que te hace falta!

2. Un conocimiento básico del evangelio.

Si eres salvo, ¡ya lo tienes! Has oído y aceptado las verdades básicas:

  1. Soy un pecador y eso me separa de Dios.
  2. Dios me ama y no quiere esa separación. Por eso, se sacrificó a sí mismo en la cruz para quitar ese pecado con lo único que puede limpiarme: sangre inocente.
  3. Es mi responsabilidad recibir ese perdón que me ofrece de manera personal.

3. Alguien con quién compartir.

Esto puede ser lo más difícil para alguien que a penas comienza. Pero, no tanto porque no hay con quien compartir, sino porque ¡el compartir puede dar un poco de temor! Pero, si ya tienes a alguien en mente, piensa en la motivación que hay detrás de tu deseo y verás que es más grande esa razón que tu temor. Y si no sabes con quién compartir, de nuevo, ora. El Señor te ha dado una combinación especial de talento, personalidad y circunstancias que te hacen la persona ideal para compartir el evangelio con los que Dios ha puesto en tu vida.

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Imagen de Trung Thanh en Unsplash

Espero que esta entrada no sólo te haya ayudado, sino también que te haya inspirado a salir y compartir el evangelio, porque esas tres cosas que se necesitan para compartir el evangelio, ¡ya las tienes!