El proceso de la tentación

“Fruta prohibida es la más apetecida.”

Imagen de Bon Vivant en Unsplash

En Josué 7, cuando los Israelitas atacaron una ciudad bajo órdenes de no tomar botín, Acán vio “un manto babilónico muy bueno” junto con grandes cantidades de plata y oro. Él mismo confesó: “lo cual codicié y tomé”. A pesar de que Dios había dicho que no tomaran nada, Acán lo vio bueno y lo codició. 

Este proceso no era nada nuevo, ya que en Génesis 3 lo mismo había pasado. Dios había mandado que no comieran de la fruta de cierto árbol, pero Eva, “vio que el árbol era bueno para comer…y árbol codiciable…” y comió.

En ambos casos lo prohibido se veía bueno y era algo codiciable. De hecho, Dios en ningún momento dijo que las cosas eran malas. Sólo prohibió tomarlas sin explicar porqué. 

Acán y Eva eran dos personas muy diferentes, de dos épocas muy distintas y seguramente las razones por las que desobedecieron no eran las mismas, pero el proceso sí fue el mismo. Si este proceso funcionó para tentar a Eva y miles de años después para tentar a Acán, el Enemigo también lo va a usar en nuestra contra hoy. 

Nos debe parar en seco si lo prohibido por Dios comienza a verse bueno y codiciable. Es señal de tentación.

Una meditación sobre el 2020

(Escribí esta meditación al final del año pasado, espero sea de bendición ¡a pesar de que ya estamos en el siguiente año!)

Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. Malaquías 3:6

El año 2020 ha sido uno lleno de retos. Los niños sin ir a la escuela, muchos sin trabajo y, lo más impactante para nosotros, los hermanos sin reunirnos. Muchísimas actividades de la vida cotidiana han cambiado drásticamente y hemos sentido, hasta sufrido, por la inestabilidad que estos cambios nos han traído. Si algo hemos aprendido es que ningún aspecto de nuestra vida es incambiable. 

Dios, sin embargo, nos da una promesa en Malaquías: Él no cambia. Sigue siendo el mismo, hoy, ayer y por los siglos. (Heb. 13:8). Una vida fundada en Él, como una casa con fundamento en la roca, será estable a pesar de los cambios que le puedan rodear (Mateo 7:25). Una vida dependiente de Él, no será consumida. 

Podemos depender de este Dios incambiable cuando todo a nuestro al rededor está cambiando. Y es gracias a eso que el 2020 no puede acabar con nosotros. Aunque no podamos salir, aunque suframos soledad, aunque no podamos ver a nuestros hermanos, no hemos sido ni seremos consumidos. Porque la vida del creyente esta fundada en un Dios incambiable. 

Dependemos de Dios y Dios no cambia. 

Ser mamá es ser misionera.

Ser cristiano es ser misionero. Tengo años convencida de eso y escribiendo sobre el tema. 

Pero, ahora soy mamá y de todas las cosas que pensaba que aprendería, la que más me impactó fue la siguiente verdad: Ser mamá es ser misionera. 

¿Cuál es la responsabilidad del misionero? Enseñar a las almas que le rodean que fueron creados por Dios para habitar con Él y glorificarle, pero son pecadores y tienen dos opciones de destino: la habitación de Dios, el cielo, o el único lugar en dónde no está Dios, el infierno. Si una mamá no logra enseñarles otra cosa a sus hijos más que estas verdades fundamentales, es una mamá exitosa. 

¡Qué privilegio el de llevar las buenas noticias del rescate que Dios ofrece a los pecadores! Y si es un privilegio para el misionero en tierra lejana, ¿cuánto más para la mamá que lo comparte con sus seres más queridos? Si el misionero no hizo nada para merecer ser el vocero de Dios a almas pecadoras, la mamá tampoco merece el inmenso privilegio de compartir las Buenas Nuevas con esas almas tan inocentes que llegan a sus brazos y la miran con ojos llenos de confianza.

Rebosa mi corazón pensando en esta inmensa responsabilidad y este increíble privilegio. Ambas cosas son mías como misionera, pero como mamá, aumentan de manera exponencial. Este pequeño ser vivirá conmigo, a diferencia de las otras personas a quienes les comparto el evangelio. Me verá en mis peores momentos y me conocerá como pocas otras personas. Me amará y dependerá de mi como nadie más en el mundo. Si fallo en mi responsabilidad de enseñarle el evangelio, si tengo en poco este privilegio de ser un testimonio ante mi hijo, no será como la pérdida cuando no cumplo como misionera. No. Será una tragedia. Pero si soy una mamá misionera…¡cuánta gloria recibirá Dios en mi hogar! 

Ambas cosas son mías como misionera, pero como mamá, aumentan de manera exponencial. Este pequeño ser vivirá conmigo, a diferencia de las otras personas a quienes les comparto el evangelio. Me verá en mis peores momentos y me conocerá como pocas otras personas. Me amará y dependerá de mi como nadie más en el mundo. Si fallo en mi responsabilidad de enseñarle el evangelio, si tengo en poco este privilegio de ser un testimonio ante mi hijo, no será como la pérdida cuando no cumplo como misionera. No. Será una tragedia. Pero si soy una mamá misionera…¡cuánta gloria recibirá Dios en mi hogar! 

Hay muchos misioneros que se van lejos para sembrar la semilla y segar almas para Dios, pero resulta que el campo misionero más importante se encuentra aquí, en los brazos de mamá.

La obediencia y la gloria de Dios

¿Alguna vez has pensado que sería más fácil obedecer a Dios si solo lo pudieras ver? Si Dios se mostrara, si Dios mandara una señal, sería más sencillo hacer lo que debemos, ¿verdad?

Los Israelitas pensaron eso cuando Moisés estaba recibiendo los mandamientos en el monte y pasaron más de un mes sin saber de él. Los discípulos en el Nuevo Testamento pensaron eso cuando le pidieron a Cristo que les mostrara al Padre. Y nosotros en muchas ocasiones también pensamos eso.

Pero Dios, a través de Moisés en Levítico 9:6, dejó muy claro el orden en que sucederían las cosas: “Esto es lo que mandó Jehová; hacedlo, y la gloria de Jehová se os aparecerá.”(Lev. 9:6)

El deber de los Israelitas era obedecer y solo después de eso Dios se revelaría a ellos. Tenían que recordar y cumplir con los mandamientos para poder ver la gloria de Dios. Y en esa ocasión, lo hicieron. El contexto de este versículo es la lista de instrucciones sobre el tabernáculo. Obedecieron y, en efecto, vieron la gloria de Jehová descender sobre él.

Pero, nosotros tenemos un privilegio mucho más grande. Juan 1:14 habla del Señor Jesucristo que vino al mundo “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. A través del Nuevo Testamento tenemos el privilegio de conocer a Dios de una manera mucho más íntima, Dios como ser humano. Jehová se revela en el Nuevo Testamento. Podemos ver allí Su gloria. 

No se requiere de nosotros que primero construyamos un tabernáculo ni hagamos sacrificios de animales. Dios ya se ha revelado a nosotros y ahora nos pide obedecer.

Los Israelitas tuvieron que obedecer a un Dios aún no revelado para conocer algo de Él. Pero, ¡que privilegio el de nosotros! Leer sobre Él, conocerle porque ya se reveló. ¿Cómo no obedecer ahora que hemos visto Su gloria?

nos llama a descansar

Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Marcos 6:31

Algún día, este versículo colgará en la pared sobre nuestro sofá, una invitación a descansar a solas.

El Señor invitó a sus discípulos a descansar.

Este tema es algo que ha sido olvidado, durante siglos, por los misioneros. O quizás, no por los misioneros mismos, sino solo por los que escribieron las historias de los misioneros. El descanso es algo vital y más cuando tu trabajo es persuadir a la gente a creer algo.

Cada creyente, sea misionero a tiempo completo o no, necesita recordar este versículo como algo esencial.

Es importante compartir el evangelio, ¡es un mensaje urgente! Pero, es igual de importante descansar.

Dios creo nuestros cuerpos para necesitar tiempo de descanso. Nuestros cerebros también necesitan ratos de silencio y soledad para procesar los sucesos del día, y estos tiempos tienen efectos grandes sobre nuestra salud emocional, también. (Hay estudios que indican que el aumento de la ansiedad en los jóvenes se relaciona directamente con la falta de soledad y silencio, ya que cada momento “a solas” se llena de likes, comentarios, memes en las pantallas de sus celulares).

No solo nos creó Dios con esta necesidad, sino que también practica el principio del descanso y nos lo dice en Génesis. Él, siendo inmortal y todopoderoso, descansó el séptimo día. Cristo también tomaba tiempo aparte para descansar, aunque era Dios mismo.

El descanso es necesario, aún para el creyente misionero.

Así que, en nuestra pasión por predicar el evangelio, no olvidemos este principio básico del Dios que tanto queremos compartir.

Venid aparte… y descansemos un poco.

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De Angelina Kichukova en Unsplash